Primitivo Un deseo carnivoro

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Summary

PRIMITIVOS Antes de las sectas. Antes de las profecías. Antes incluso de que el mundo aprendiera a nombrar a los monstruos. Ellos aparecieron. Criaturas que no nacen, que no pertenecen a ninguna especie conocida y cuya existencia rompe las leyes de la identidad. Algunos pueden imitar, otros elegir en qué convertirse, otros simplemente observar… todos ocultándose entre humanos que ignoran lo cerca que está el verdadero peligro. Aren, Taal, Mae, Nes e Iro forman parte de ese equilibrio frágil: un grupo obligado a moverse, a esconderse y a proteger un objeto antiguo que contiene la verdad sobre su origen, sus poderes y el modo en que pueden ser exterminados. La llegada de dos humanas —Cataleya y Mara— altera todo. Una busca respuestas. La otra no puede dejar de hacer preguntas. Mientras las sectas resurgen, los infectados aumentan y la Élité observa desde las sombras, una verdad se vuelve imposible de ignorar: los Primitivos no son el error del mundo… son su primera versión. Y cuando el objeto despierte, no decidirá quién es bueno o malo. Decidirá quién merece existir.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Capítulo 1 — Gente rara

La universidad siempre me había parecido un lugar fácil de leer.

Los mismos pasillos.

Las mismas caras.

Incluso los desconocidos se volvían familiares después de unas semanas.

Por eso supe que algo no encajaba cuando Mara se detuvo en seco.

—¿Qué pasa? —pregunté, sin dejar de caminar.

No respondió.

Tuve que retroceder dos pasos para quedar a su lado. Estaba mirando hacia el extremo del patio, cerca del edificio antiguo, donde casi nadie se quedaba más de lo necesario.

—Mara.

—¿Lo ves? —dijo al fin.

Seguí su mirada.

Había un chico apoyado contra la pared. Nada raro a simple vista: ropa oscura, postura relajada, manos en los bolsillos. No hablaba con nadie. No parecía esperar a nadie.

Guapo, sí. De esos que no llaman la atención por esfuerzo, sino porque simplemente están bien colocados en el mundo.

—¿Y? —pregunté.

—No lo había visto antes.

—Seguro es nuevo.

Negó despacio.

—No. Si fuera estudiante, lo recordaría.

Eso me hizo mirarlo mejor.

No era solo atractivo. Era… claro. Demasiado claro. Como una figura recortada contra el fondo. No parecía pertenecer al movimiento constante del lugar.

El chico se separó de la pared y empezó a caminar.

Mara dio un paso sin darse cuenta.

—No —le dije—. Ni se te ocurra.

—Solo voy a ver a dónde va.

Suspiré.

Y, como siempre, fui detrás.

No caminaba rápido. Tampoco lento. Giró por un pasillo lateral que casi nadie usaba y luego por otro más estrecho. El ruido del campus quedó atrás, reemplazado por un silencio raro, como si ese sector no se actualizara al ritmo del resto.

Entonces se detuvo.

No estaba solo.

Había otro chico frente a él.

Este no era guapo de la misma forma. No llamaba la atención de inmediato. Si lo veías de reojo, podías pasarlo por alto. Pero cuando lo mirabas de verdad, algo se acomodaba mal en el pecho.

Hablaban.

No escuchábamos las palabras, pero el intercambio era corto, preciso. El chico guapo escuchaba. El otro hablaba sin mover demasiado la boca, sin gestos innecesarios.

Mara se quedó quieta.

—Ese —susurró—. Ese es el que me gusta.

—¿Cuál?

—El que está parado. El que no hace nada.

Lo observé.

Era alto. Delgado. Vestía simple. No llevaba mochila. No miraba el celular. No miraba a la gente. Miraba… el espacio. Como si estuviera midiendo distancias invisibles.

—Ese no estudia aquí —dije.

—¿Cómo sabes?

—Lo sabría. Lo recordaría.

El chico guapo sonrió apenas, dijo algo que no alcanzamos a oír y se alejó, pasando por un costado del pasillo sin mirarnos. Cuando se fue, el otro no lo siguió.

Se quedó.

Quieto.

Mara tragó saliva.

—¿Viste eso?

—Sí.

—Ni siquiera se despidieron.

—Tal vez no lo necesitan.

Nos quedamos observándolo unos segundos más, hasta que giró ligeramente el rostro.

No hacia nosotras.

Hacia el pasillo vacío.

Como si supiera que alguien estaba ahí… aunque no nos hubiera visto.

—Vámonos —dije.

—Un momento —respondió Mara—. Solo un segundo más.

El chico se movió entonces. No se acercó. Se colocó en otro punto del pasillo, justo donde la luz cambiaba un poco. Donde nadie se quedaba.

—No me gusta esto —insistí.

—A mí sí —dijo ella, sin dejar de mirarlo.

Cuando finalmente nos fuimos, sentí algo incómodo que no supe nombrar: la certeza de que no habíamos sido nosotras quienes decidieron irse primero.

Al volver al campus central, vi al chico guapo otra vez, a lo lejos, hablando con alguien más. No nos miró. No nos notó.

Pero el otro…

El otro ya no estaba.

Esa noche, mientras Mara hablaba sin parar de “el chico del pasillo”, entendí algo simple:

No todos los que caminan por la universidad pertenecen a ella.

Y algunos no están ahí para ser vistos.

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