Hechicería maligna

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Summary

Esta historia tratará sobre romance, suspense,drama,+18 y un poco de casi todo. Declaro que esta historia,las imágenes,los poderes,los personajes es completamente mía. Declaro que todos los derechos de esta historia están guardados solamente para mí.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

A


Saray Hayaka era, a simple vista, una chica normal. Llevaba una vida corriente, perdida entre la multitud de adolescentes que caminan por las calles de Japón. Sin embargo, habitaba un mundo cuya verdadera naturaleza —una oscuridad densa y antigua— se ocultaba justo frente a sus ojos, agazapada tras el velo de lo cotidiano. Pero el velo estaba a punto de rasgarse. Su existencia cambiaría de forma irreversible y ya nada volvería a ser como antes. ¿Sería capaz de resistir el peso de esta nueva vida, o acabaría como tantos otros que, antes que ella, intentaron salvar al mundo de los engendros y solo hallaron la muerte?


—¡HAYAKAA, Hayakaaa! —¿Dónde se habrá metido esta chica?—. ¡Vas a llegar tarde!

El grito de mi abuela me sacó de mis pensamientos.

—Uf, abuela, estoy preparándome... ¡dame un momento! —exclamé mientras terminaba de pelearme con el espejo.

Bajé las escaleras a toda prisa y me la encontré allí, de pie, esperándome.

—Es tu primer día, debes ir con tiempo —me recordó con tono severo, aunque sus ojos me recorrían con una mirada expectante, como si buscara algo en mí que yo aún no alcanzaba a comprender—. Ya es tu último año de escuela, Saray.

—Tranquila, abuela —solté un suspiro largo, tratando de calmar sus nervios y los míos—. Ya estoy lista para irme.

Diez minutos después, el mundo exterior me recibió con su habitual indiferencia. Me colgué la mochila al hombro, me ajusté los auriculares y dejé que el ritmo pesado del phonk inundara mi cabeza, aislándome de todo. Mientras caminaba hacia la escuela Yoji de Tokio, las luces y el ruido de la ciudad me parecían una película repetida.

—Qué aburrido... —mascullé para mis adentros, sin darme cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta—. Menos mal que es mi último año.

—¡Eh, vamos, anímate!

Una figura se emparejó conmigo. Era Souta. Con su característico cabello rubio y esos ojos azules que siempre parecían estar analizando algo, me dedicó una de sus sonrisas ladeadas.

—Mira el lado positivo: voy a ayudarte a encontrar nuestra clase —añadió soltando una pequeña risa.

Me conocía demasiado bien. Sabía que compartíamos ese sentimiento de hastío por la rutina, pero él siempre se las apañaba para que el peso de la escuela fuera un poco más ligero.

—Qué remedio... —respondí resignada.

Las horas en clase pasaron volando, pero mi mente estaba en otra parte. Solo podía pensar en llegar a casa para encerrarme en mi cuarto, jugar a videojuegos, ver algún anime o perderme en mis lecturas de romance. En cuanto sonó el timbre, fui la primera en recogerlo todo. Me despedí de Souta con un gesto rápido y salí disparada.

Sin embargo, mis planes de relax se truncaron al llegar. Ya estaba atardeciendo; la calle se veía oscura y el aire se había vuelto extrañamente frío. Mi abuela estaba en plena preparación de una tarta y se dio cuenta de que le faltaba el chocolate, así que me pidió el favor de ir a comprarlo.

Fue al salir de la tienda cuando lo vi. Entre la poca gente que quedaba, distinguí a un chico que me dejó hipnotizada: tenía el pelo dividido en dos colores, mitad negro y mitad azul eléctrico. Me dio tanta curiosidad que, casi sin darme cuenta, empecé a seguirlo hasta que llegamos a un antiguo colegio abandonado.

El ambiente de aquel lugar era sombrío y opresivo, pero a la vez sentía una especie de atracción magnética. Era como si algo me empujara a entrar, una necesidad de encontrar algo que no sabía explicar. Perdí de vista al chico, pero no pude resistirme a investigar.

Con el corazón acelerado, entré. A medida que avanzaba hacia la segunda planta, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Entonces, lo oí: un sonido perturbador, como si alguien estuviera arañando las paredes con saña.

—Vale, me arrepiento totalmente de haber entrado... —susurré, sintiendo cómo se me erizaba la piel—. Mejor me... ¡AAAAAH!

El grito se me escapó de la garganta cuando sentí que algo me aferraba el tobillo con una fuerza inhumana y me lanzaba contra el suelo.

Entonces lo vi. Era algo espantoso, una masa deforme y horrorosa que no parecía de este mundo. Desprendía un olor insoportable, una mezcla a putrefacción y muerte que me revolvió el estómago. Aquello no era humano.

—¡¿Qué hago?! ¡¿QUÉ HAGO, Dios mío?! —El pánico me nubló la vista por completo. Grité de nuevo con todas mis fuerzas, pateando y forcejeando en un intento desesperado por zafarme de las garras de esa criatura, que me arrastraba por el suelo polvoriento del colegio abandonado.

Sentí que las fuerzas me abandonaban mientras los pasillos oscuros y decrépitos parecían cerrarse sobre mí. El miedo se volvió un frío pesado en mi pecho.

(¿Será este mi final?... Lo siento, abuela).

De repente, antes de que pudiera cerrar los ojos, el aire se comprimió de forma violenta.

—¡Explosión súbita!

Un estallido ensordecedor sacudió los cimientos del colegio. Fue tan rápido que ni siquiera vi de dónde vino; solo sentí una onda de choque abrasadora que desintegró la presión en mi tobillo. El impacto me dejó sorda y la luz me cegó por unos instantes, dejándome aturdida entre el humo y los escombros. ¿Qué había pasado? ¿Acaso el edificio se había derrumbado sobre nosotros?

Me quedé allí, tirada en el suelo, con los ojos muy abiertos y el corazón intentando salirse de mi pecho, hasta que una voz rompió el pitido de mis oídos.

—No deberías estar aquí.

Me sobresalté y giré la cabeza hacia el origen del sonido. Entonces, y solo entonces, lo vi. Un chico estaba allí, de pie en medio del pasillo en ruinas, observándome con una calma sobrenatural. Su cabello, dividido en dos colores —mitad negro y mitad azul eléctrico—, resaltaba entre el polvo que aún flotaba en el aire.

Su voz era firme y cargada de autoridad, pero al mismo tiempo tenía un matiz tan agradable que, casi por arte de magia, mis sentidos se apaciguaron. El temblor de mis manos se detuvo y el nudo de terror en mi garganta comenzó a disolverse. Por alguna razón, escucharlo me hizo sentir que, después de todo, estaba a salvo.

—Lo siento... yo... ese ser... —Las palabras se me escapaban, incapaz de articular nada coherente mientras mi cerebro intentaba procesar el horror que acababa de presenciar en aquel pasillo en ruinas.

El chico abrió un poco los ojos, y su expresión de fría autoridad se transformó en una de pura sorpresa.

—¿Puedes verla? —preguntó, como si lo que acabara de decir fuera un imposible.

—S-sí... —respondí con la voz quebrada.

No podía parar de tiritar. El trauma de lo ocurrido y el frío gélido del colegio se me habían metido en los huesos. Al verme así, el chico no lo dudó; se quitó su chaqueta y me la puso sobre los hombros. Al instante, una calidez reconfortante me envolvió, calmando mis temblores más violentos.

Acto seguido, se acercó para ayudarme a levantar. Sentí su brazo rodeando mi espalda con firmeza para darme apoyo, y en ese momento, me quedé sin aliento. Me sentía terriblemente avergonzada; nunca había estado tan cerca de un extraño, y mucho menos en una situación así. El calor que desprendía su brazo era tan real y tan vivo que, por unos instantes, el mundo a mi alrededor se desvaneció. Me olvidé de dónde estábamos, me olvidé del olor a podrido y de las sombras. Solo podía sentir mi corazón latiendo con fuerza contra mis costillas, presa de una timidez que casi superaba al miedo.

Todavía estaba en shock y los nervios me recorrían el cuerpo, pero su presencia había creado una burbuja de calor que me hacía sentir, al menos por un segundo, que no estaba sola en esa pesadilla.

—Gracias... —susurré, bajando la mirada de inmediato.

Me sentía morir de la vergüenza; no sabía si debía devolverle la chaqueta en ese mismo instante o aceptar su gesto, al menos mientras el frío seguía calándome los huesos. Pero antes de que pudiera decidirlo, él rompió el silencio con una energía que no me esperaba.

—Soy Yuyi Itazaki. ¿Cuál es tu nombre y desde cuándo puedes ver engendros? —preguntó.

Me sorprendió su sonrisa. Era amplia, sincera... se sentía como un sol radiante después de una tormenta devastadora. Su calidez no solo venía de la chaqueta, sino de su propia forma de ser.

—Encantada de conocerte, soy Saray Hayaka —respondí con la voz todavía un poco temblorosa—. Es la primera vez que veo algo tan... fuera de lo común. Tu chaqueta... —Hice un ademán de quitármela, mirándolo con timidez.

—Puedes quedártela, estaré bien —me interrumpió, volviendo a sonreír para darme confianza—. Señorita Hayaka, sé que suena atrevido, pero le ruego que se quede conmigo. He venido aquí por un objeto de gran poder y, en cuanto lo consiga, la acompañaré personalmente a su casa.

No supe qué decir, así que simplemente asentí. Caminamos juntos hacia un aula vacía y, a medida que nos acercábamos, sentí que esa curiosidad magnética de antes regresaba con fuerza. Allí, en medio del salón abandonado, estaba aquello que me había atraído: un objeto envuelto en vendajes desgastados, cubierto de dibujos ancestrales que parecían vibrar con una energía propia.

No pude contemplarlo más; con un movimiento rápido y seguro, Yuyi lo tomó y se lo guardó en el bolsillo.

Sin decir una sola palabra más, salimos de esa escuela que ahora me provocaba un terror profundo. En cuanto cruzamos el umbral y sentí el aire fresco de la calle golpeándome el rostro, solté un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Por fin, me sentí segura de nuevo.