Relato completo
Los párpados de Felipe Rodríguez se posan a través de una antigua ventana. El aire caliente de un suspiro largo se empeña en dibujarse mientras observa las mesas de madera que recorren la majestuosa obra. Los búhos se pierden en la densa noche, mas el cantar ignora lo gélido del mutismo envuelto en oscuridad. Tras fugaces pestañeos, el universitario observa los candelabros mecerse ligeramente. La mano izquierda sostiene de manera vaga una de las correas que cuelgan del morral. Inclinada postura nacida del desconcierto; una noche prófuga de la razón entre un par de botellas que lo abrigaron hasta el alba. El muchacho de cabello castaño es ahora un símbolo de la terquedad situado en sus inestables pasos. La mirada caída delata las advertencias de la madre, quien anhela conocer el fruto de una supuesta noche de estudios.
Un toque ligero de su mano derecha en la madera de la entrada lo convence de un alivio encontrado en un nuevo comienzo; un intento de redención. Ignorando las astillas que se adueñan de la piel.
Su caminar cede a la torpeza, la inmensa estancia pretende sumergir a Rodríguez en la densidad de los pasillos y posa sus manos en una de las mesas buscando equilibrio. Mientras entrecierra su mirada y con la cabeza gacha suspira levemente.
Empecinado, abre lentamente sus ojos y observa un anaquel que reposa en la quietud de la biblioteca. Allí, se detiene unos instantes a observar los colores repartidos. Incapaz de leer palabra alguna en los lomos, decide adentrarse en la lectura más cercana para mantener el ánimo prematuro.
El tacto del inusual cabello conocido de la cubierta lo envuelve entre la paternidad ahogada en la ausencia, pues similar es su sentir como la melena de quien en instantes de sobriedad, le brindaba destellos de calidez. Aquel recuerdo se escabulle con torpeza en el mundo de los vivos; una invitación que trasciende el tiempo y la distancia, ocasionada por los viajes en el mar. Las aves de los puertos y el aroma del pescado fresco le recuerdan lo curtido, inusualmente compartido por la envoltura lírica. La sonrisa torcida lo guía con pesadez a los primeros párrafos. Pero estos difieren de lo común; el crujido de piel desplegándose revela rostros humanos tejidos con seda en cada página. Las enredaderas consumen sus uñas mientras una aguja invisible comienza a bordar su nombre en la última hoja, ahogando hasta el último de sus gritos y emergiendo como el final de un capítulo, justo bajo el de Leonor, la madre.
Microrrelato de terror por Alessandro Queen.
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