EL CATÁLOGO DE ALMAS
COMPAÑEROS DE DISEÑO
La corporación GenEros era una de las empresas más innovadoras y controvertidas del siglo XXII. Con sede en una torre de cristal y titanio que perforaba el cielo de Singapur, GenEros había resuelto el problema más antiguo de la humanidad: la soledad. Sus productos no eran simples robots o inteligencias artificiales. EranCompañeros de Diseño—seres humanos sintéticos, creados en laboratorio con bioingeniería avanzada, diseñados genéticamente para ser la pareja perfecta de su comprador.
Los llamaban Adeptos.
Cada Adepto era único. Tenían nombres, personalidades, cuerpos y deseos programados en su ADN. No envejecían como los humanos normales; su metabolismo estaba optimizado para mantenerse en el pico de su atractivo físico durante décadas. Y lo más importante: se alimentaban de sexo. El acto carnal no era solo placer para ellos; era nutrición, era vida. Necesitaban el intercambio de fluidos y energía sexual tanto como los humanos necesitaban oxígeno.
Checo Pérez había cumplido veintiocho años y estaba desesperado.
No era feo, ni tonto, ni carecía de oportunidades. Era un hombre hermoso de una manera poco convencional —sus tetas gordas y redondas, sus caderas amplias, su coño siempre húmedo y hambriento—, pero su personalidad era un desastre. Necesitaba atención constante, validación perpetua, un amante que lo devorara vivo cada noche y aún así despertara hambriento de él. Había tenido novios, amantes, encuentros esporádicos, pero todos se agotaban. Lo encontraban «demasiado intenso», «demasiado necesitado», «demasiado». Checo era un pasivo de mierda, como él mismo se definía con amarga honestidad, y ningún humano podía satisfacer su sed insaciable de posesión.
Hasta que encontró GenEros.
El proceso de selección duró tres días. Checo se sometió a entrevistas exhaustivas, análisis genéticos, escáneres cerebrales y pruebas psicológicas. Respondió preguntas sobre sus fantasías más profundas, sus límites, sus deseos inconfesables.
— ¿Qué busca exactamente en un Compañero, señor Pérez? —preguntó la consejera, una mujer elegante de cabello plateado.
Checo tragó saliva. — Quiero a alguien… obsesivo. Alguien que no pueda vivir sin mí. Que me desee tanto que le duela. Que me folle cada noche hasta dejarme sin aliento y aún así amanezca con las manos en mi coño. Alguien celoso, posesivo, que mate con la mirada a cualquiera que se me acerque. Que quiera embarazarme, mantenerme, encerrarme en una casa y adorarme como a una deidad. — Hizo una pausa, ruborizándose—. ¿Es demasiado?
La consejera sonrió, tecleando algo en su tableta. — No, señor Pérez. Es perfectamente específico.
Tres semanas después, recibió la notificación. Su Adepto estaba listo.
La caja era de un blanco inmaculado, del tamaño de un ataúd vertical, con el logotipo de GenEros grabado en plata en la superficie. Checo la había recibido en su apartamento de lujo —un regalo de sus padres, que no entendían su soledad pero financiaban sus soluciones— y había pasado diez minutos solo mirándola, con el corazón golpeándole las costillas.
Cuando por fin activó el mecanismo de apertura, la caja se desplegó como una flor de metal y luz. Y allí estaba él.
Max Verstappen era todo lo que Checo había pedido y mucho más.
Medía más de un metro noventa, con hombros de nadador y brazos que prometían una fuerza capaz de levantarlo sin esfuerzo. Su cabello era rubio ceniza, corto a los lados y más largo arriba, con mechones que caían sobre una frente despejada. Sus ojos eran del azul más intenso que Checo hubiera visto, casi eléctricos, y en ese primer momento de activación, lo miraron con una mezcla de devoción y hambre que hizo que Checo sintiera cómo su coño se humedecía instantáneamente.
Pero lo más impresionante era su pene. Incluso en reposo, era enorme —grueso, largo, venoso—, y cuando Max dio un paso fuera de la caja y el bulto se movió bajo la tela blanca de su pantalón, Checo supo que había sido diseñado específicamente para él.
— Hola, mi dueño —dijo Max, y su voz era grave, ronca, como si acabara de despertar de un sueño de siglos—. Soy Max. He sido creado para amarte, poseerte y satisfacerte hasta el final de tus días. ¿Aceptas mi compañía?
Checo asintió, incapaz de hablar. Max sonrió, una sonrisa lenta y posesiva, y cerró la distancia entre ellos.
— Entonces empecemos.
🌹
Max no fue suave. No necesitaba serlo. Checo no quería suavidad.
Lo levantó como si no pesara nada y lo depositó sobre la cama, despojándolo de su ropa con movimientos rápidos y precisos. Cuando Checo quedó desnudo bajo él, sus tetas expuestas y temblorosas, su coño ya brillando de humedad, Max se detuvo a contemplarlo.
—Eres exactamente como lo imaginé—murmuró, sus dedos recorriendo la curva de una teta—.Más hermoso incluso. He sido diseñado para desear cada centímetro de tu cuerpo, y te juro que lo haré. Cada noche. Cada mañana. Cada momento que me lo permitas.
—Siempre—susurró Checo—.Siempre te lo permitiré.
Max se inclinó y tomó un pezón en su boca. La sensación fue eléctrica —¡Ah!—. Su lengua era caliente y hábil, trazando círculos alrededor del pezón endurecido, succionando con la intensidad justa para hacer gemir a Checo pero no lastimarlo. Mientras su boca trabajaba, sus manos descendieron, encontrando el coño empapado de Checo.
—Ya estás mojado—gruñó Max contra su piel—.Solo con mirarme. Solo con saber que soy tuyo.
—Es que lo eres—jadeó Checo—.Mío. Solo mío.
Max hundió dos dedos en su interior sin preámbulos. Checo gritó —¡UGH!—, arqueándose contra la mano que lo penetraba. Los dedos de Max eran largos y gruesos, y se movían dentro de él con una precisión que solo el diseño genético podía garantizar, encontrando cada punto sensible, acariciando cada pliegue.
—Aquí—dijo Max, presionando un punto profundo—.¿Aquí es donde más te gusta?
—¡SÍÍÍ!—aulló Checo, las lágrimas de placer corriendo por sus sienes—.¡AHÍ, DIOS, NO PARES!
Max no paró. Continuó estimulando ese punto con sus dedos mientras su boca se movía al otro pecho, lamiendo, mordisqueando, marcando. Checo sintió que el orgasmo se construía en su vientre como una tormenta, pero justo cuando estaba a punto de estallar, Max retiró sus dedos.
—No—gimió Checo—.Por favor…
—Todavía no—Max se incorporó, desabrochándose el pantalón—.Quiero sentirte cuando te vengas. Quiero que sea mi pene el que te haga explotar.
Su erección emergió, enorme y palpitante. El glande era oscuro, brillante con una gota de líquido preseminal. Checo lo miró con una mezcla de temor y deseo abrumador.
—¿Crees que vas a caber?—preguntó Max, con una sonrisa peligrosa.
—Tú haz que quepa—respondió Checo, desafiante—.Para eso te diseñaron.
Max lo tomó de las caderas, lo giró boca abajo y lo penetró de un solo empujón profundo.
El grito de Checo fue de dolor y éxtasis —¡AAHHH!—. El tamaño de Max era abrumador, estirando sus paredes internas hasta el límite, llenándolo de una manera que ningún humano había logrado. Max se hundió hasta el fondo y se quedó quieto, jadeando, dando tiempo a Checo para adaptarse.
—Dios… este coño…—gruñó—.Es perfecto. Apretado, caliente, chorreando. Hecho para mí.
—Hecho para ti—confirmó Checo, sus uñas clavándose en las sábanas—.Ahora muévete, por favor.
Max comenzó a moverse. Lentamente al principio, empujones largos y profundos que hacían que la cama se deslizara contra la pared. Clap… clap… clap…El sonido de sus cuerpos chocando, de la piel contra la piel, era obsceno y maravilloso. Checo gemía, maldecía, suplicaba —¡Más duro! ¡Más rápido! ¡Así, así, así!—, completamente perdido en la sensación de ser poseído por aquella máquina de placer perfecta.
Max lo volteó de nuevo, queriendo ver su rostro. Lo penetró frente a frente, sus ojos azules fijos en los oscuros de Checo, sus manos apretando sus tetas mientras embestía.
—Mírame—ordenó—.Mira quién te está follando. Mira quién te va a llenar de leche.
—Tú—jadeó Checo—.Solo tú, Max. Siempre tú.
—¿Y quién más va a tocarte?
—Nadie. Solo tú.
—¿Y si alguien te mira?
—Mátalo—susurró Checo, y era una orden, una súplica, una confesión—.Mata a cualquiera que me mire. Soy solo tuyo.
Esa respuesta, esa rendición total, fue el detonante para Max. Su ritmo se volvió frenético, descontrolado, animal. El sonido de sus cuerpos era una sinfonía de sexo puro —slap, squish, glup—, mezclado con los gemidos de Checo y los gruñidos de Max.
—Voy a llenarte—jadeó Max, su voz distorsionada por el esfuerzo—.Voy a ponerte un hijo en este vientre. Voy a hacer que tu cuerpo recuerde mi marca para siempre.
—¡HÁZLO!—aulló Checo—.¡LLÉNAME, MAX! ¡QUIERO TU LECHE, TU SEMILLA, TU HIJO! ¡TODO LO TUYO QUIERO DENTRO DE MÍ!
El orgasmo de Max fue violento, cataclísmico —¡¡URRGHHH!!—. Un torrente caliente y espeso llenó a Checo en pulsaciones largas, potentes, interminables. Chorro tras chorro, como si intentara impregnar cada rincón de su interior, sembrarlo de su esencia. Checo, sintiendo esa marca líquida quemarlo desde dentro, alcanzó el clímax segundos después —¡¡AAHHHH!!—, su coño contrayéndose salvajemente alrededor del miembro de Max, succionándolo, exprimiéndolo, en espasmos que parecían no tener fin.
Colapsaron juntos, entrelazados, sudorosos. Max no se retiró. Se quedó dentro, sintiendo cómo los últimos espasmos recorrían el cuerpo de Checo, cómo su respiración se aquietaba gradualmente.
—¿Siempre será así?—susurró Checo, después de un largo silencio.
—Siempre—respondió Max, besando su frente—.Y más. Cada día te desearé más. Cada noche te amaré mejor. Estoy diseñado para amarte hasta que tú decidas dejar de existir. Y ni siquiera la muerte me detendrá.
Checo sonrió, exhausto pero en paz. —Creo que voy a vivir mucho tiempo.
Vivir con Max era como habitar dentro de una fantasía erótica perpetua.
Despertaban cada mañana con las manos de Max ya entre sus piernas, acariciando su coño adormecido, provocándolo hasta que gemía y se arqueaba. A veces lo penetraba antes de que abriera los ojos, moviéndose lento y profundo mientras Checo aún luchaba con los sueños.
—Buenos días, mi dueño—susurraba Max contra su oído—.Te he estado deseando toda la noche.
—Toda la noche estabas dentro de mí—protestaba Checo, aunque sus caderas se movían al ritmo de las embestidas.
—Y aún así no fue suficiente.
El desayuno se enfriaba invariablemente sobre la mesa mientras Max lo poseía contra la encimera de la cocina, sus tetas aplastadas contra el mármol frío, sus gemidos resonando entre los azulejos. Las compras en el supermercado se interrumpían en el pasillo de congelados porque Max no podía resistirse a besarlo, a tocarlo, a recordarle que era suyo.
Y los celos. Dios, los celos de Max eran una cosa hermosa y aterradora.
—Ese camarero te ha mirado tres veces—gruñó una noche en un restaurante, su mano apretando el muslo de Checo bajo la mesa—.Tres veces en cinco minutos.
—Estaba tomando la orden—suspiró Checo, aunque por dentro vibraba de placer ante la posesividad de su Adepto.
—No me importa lo que estuviera haciendo. No quiero que nadie te mire.
Max pagó la cuenta y se lo llevó a casa. Esa noche, Checo aprendió lo que significaba ser follado por un hombre que necesitaba reclamar cada centímetro de su cuerpo después de sentirse amenazado. No fue violento, nunca era violento, pero fue intenso, demoledor, una declaración de propiedad escrita en cada embestida.
—¿De quién eres?—preguntaba una y otra vez.
—¡Tuyo!—respondía Checo, una y otra vez.
Y al final, cuando ambos yacían agotados y empapados, Max lo abrazaba con una ternura infinita y le susurraba: —Perdóname. No puedo evitarlo. Estoy diseñado para amarte y también para poseerte. Son la misma cosa.
Checo sonreía contra su pecho. —No te disculpes. Es exactamente lo que pedí.
El cambio comenzó sutilmente. Checo notó que sus tetas se volvían más sensibles, más llenas. Sus antojos se volvieron extraños —pepinillos en medio de la noche, helado a las tres de la madrugada—. Y una pequeña curva, apenas perceptible, comenzó a redondearse bajo su ombligo.
Max lo notó antes de que él mismo lo comprendiera. Una noche, mientras adoraba su vientre con besos lentos, se detuvo en esa suave protuberancia y levantó la mirada.
—¿Estás…?
Checo asintió, una sonrisa tímida en sus labios. —Sí. Tres meses, según el análisis. Tu semilla… funcionó.
Max no gritó de alegría. Lloró. Lágrimas silenciosas que rodaron por sus mejillas mientras besaba una y otra vez ese pequeño bulto, esa prueba tangible de su amor programado, de su diseño cumplido.
—Nunca pensé…—susurró—.Sabía que era posible, GenEros me diseñó con fertilidad garantizada, pero nunca pensé que realmente…
—¿Crees que te pedí que lo intentaras tantas veces por casualidad?—Checo sonrió, sus dedos acariciando el cabello rubio de Max—.Quería esto. Quería una parte de ti que fuera solo mía. Que nadie pudiera quitarme.
Max enterró su rostro en el vientre de Checo y lloró en silencio durante lo que parecieron horas.
El embarazo transformó su dinámica. Los encuentros sexuales se volvieron más cuidadosos, pero no menos frecuentes. Max lo amaba con una ternura nueva, con movimientos lentos y profundos que hacían gemir a Checo de una manera diferente, más íntima.
—Te voy a mantener—dijo Max una noche, después de hacer el amor—.Voy a comprarte una casa grande, con jardín, para que nuestro hijo tenga espacio. Nunca tendrás que trabajar un día más si no quieres.
—¿Y qué haré todo el día?—preguntó Checo, divertido.
—Dejarte querer—respondió Max, como si fuera la cosa más obvia del mundo—.Dejarte adorar. Dejarte follar hasta que te duelan las piernas. Ese será tu trabajo.
Checo se rió, pero por dentro sentía que cada una de sus fantasías más profundas se estaba haciendo realidad. Un amante obsesivo, posesivo, insaciable. Un hijo en camino. Una vida de lujo y entrega. No era un sueño; era su realidad, diseñada a la medida de sus deseos más oscuros.
GenEros no solo creaba Compañeros; también legitimaba uniones. Con un certificado especial, reconocido por corporaciones y algunos gobiernos progresistas, un humano podía casarse con su Adepto.
La ceremonia fue íntima. Solo ellos dos, un funcionario de GenEros y un atardecer sobre el mar. Checo vistió una túnica blanca de seda que se abría en un delicado escote, mostrando la curva superior de sus tetas y la pequeña protuberancia de su vientre de cinco meses. Max vestía de azul noche, el color de sus ojos.
—Te elijo—dijo Checo, mirándolo fijamente—.Te elijo a ti, creado para mí, diseñado para amarme. Te elijo hoy, mañana y siempre.
—Y yo te elijo a ti—respondió Max, su voz temblorosa—.Mi creador, mi dueño, mi razón de existir. No hay otro propósito en mi diseño que amarte. No habrá otro destino en mi vida que poseerte.
Se besaron bajo el cielo incendiado de colores, y Checo sintió que todas las piezas de su vida encajaban por fin en su lugar.
Tres años después, en una casa blanca junto al mar, un niño de cabello oscuro y ojos azules corría tras una pelota en el jardín. Max lo perseguía con pasos largos, fingiendo que no podía alcanzarlo, mientras Checo los observaba desde la terraza con una mano apoyada en su vientre —otra vez ligeramente abultado, otra vez sembrado por la semilla incansable de su Adepto.
—¿Estás cansado?—preguntó Max, acercándose para besar su frente.
—Cansada—corrigió Checo, sonriendo—.Esta niña no me deja dormir.
—Una niña—Max sonrió con esa sonrisa suya que era pura devoción—.Otra princesa para mimar.
—Otra víctima de tu obsesión—rio Checo.
—Solo contigo soy obsesivo—Max se arrodilló frente a él, posando sus labios sobre el vientre redondeado—.Con ellos solo soy un padre. Contigo soy todo lo que fui diseñado para ser.
Checo pasó sus dedos por el cabello rubio de Max, sintiendo la paz profunda de quien ha encontrado su lugar en el mundo. No era un lugar convencional, ni moralmente aceptable para muchos. Pero era suyo. Perfectamente diseñado. Perfectamente poseído.
—Te quiero—susurró Max contra su piel.
—Y yo a ti—respondió Checo—.Mi compañero perfecto.
El sol se puso sobre el mar, pintando el cielo de naranja y rosa. El niño corrió a refugiarse en las piernas de su padre. Y en esa casa blanca, junto al mar, una familia imposible encontró su felicidad perfectamente diseñada.
Fin.