Sometida a su Sombra

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Summary

Ashley solo quería sobrevivir a su primer año de universidad y dejar atrás el trauma de un pasado que casi la destruye. Pero una noche, una copa adulterada y un encuentro desastroso con el chico más intocable del campus lo cambian todo. Christian Carper es el heredero perfecto: hijo de una supermodelo y un magnate, posee una belleza genética y una fortuna incalculable. Pero detrás de su fachada impecable, Christian lucha contra una adicción que podría desmoronar el imperio de su familia; él la recordaba. Ha diseñado un plan maestro para mantenerla a su lado. Ahora, ambos están atados por una mentira. Ella le debe la vida; él le debe un secreto. Entre besos fingidos, labios mordidos y un pasado que amenaza con salir a la luz, Ashley deberá descubrir si Christian es su protector... ¿Qué pasa cuando la única persona que puede salvarte es tan peligrosa como aquello de lo que huyes?

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Efecto de la Melaza

Me miré en el espejo con un nudo en el estómago.¿Por qué me había dejado convencer por Luci para venir a esta fiesta?

Eramos nuevas en la universidad de Willowcove. No conocíamos a nadie.Y por unos conocidos de Lucí que eran un grado mayor que nosotras nos trajeron.

La conocía desde primaria. Luciana siempre había sido así: linda, tierna, popular. Nunca entendí cómo se fijó en mí ni por qué me consideraba su mejor amiga, pero agradecía cada día que lo hubiera hecho. Sin ella, probablemente no habría sobrevivido a nada.

Me reacomode el vestido rojo que me habia prestado Luci, me sentia muy incomoda era demasiado ceñido para mi gusto y el escote apenas me tapaba.Segun luci me quedaba genial, aunque lo dudo mucho.

—Vamos, Ashley, no lo pienses tanto —dijo mientras se acomodaba el cabello que estaba sujetado en una coletita —. Es solo una fiesta de bienvenida.

Solté una risa nerviosa.Solo una fiesta se decian entre los demas vi que habia mas gente de lo normal junto con alcohol y parejas comiendose como si no hubiera un mañana

—No sé, Luci… no me siento bien.

Se giró y me observó con una sonrisa que significaba que no iba caer en lo mismo de siempre y me obligaria ir con ella.

— ¿El vestido? Créeme, te queda increíble. El color hace que tus ojos negros brillen y tu cabello resalte muchísimo es el peinado perfecto.

Negué con la cabeza.

—No es solo eso. Es todo. No sé si quiero ir.

Se acercó y apoyó una mano en mi hombro.

—Relájate. Solo vamos a divertirnos. Nada malo va a pasar.

Asentí, aunque no estaba del todo convencida.

—Supongo que tienes razón…

Luci sonrió satisfecha y me abrazó.

—Claro que sí. Ahora vamos antes de que se llene la barra.

Luci era la unica que habia empezado a beber todo tipo de cocteles es mas que por la experiencia en cambio yo solo observaba.

La música estaba demasiado alta, la casa llena, y el aire olía a sudor y comida grasosa. Me sentí pequeña. Luci me tomó de la mano y me arrastró hasta la cocina, donde había bocadillos por todas partes.Fue para darnos un respiro por todo el ruido.

—Espérame aquí —me dijo—. Voy a saludar a alguien.

Y desapareció.

Me quedé sola, observando gente que no conocía. Tomé un vaso y me serví lo que contenia ahi parecia ser un refresco.

Cuando me giré, choqué con alguien.

Levanté la vista… y me quedé inmóvil.

Su altura era lo primero que notabas; te obligaba a levantar la mirada. Tenía el cabello de un castaño claro intenso, ondulado y con ese desorden estratégico de quien no necesita un espejo para verse bien. Sus ojos miel me observaron con diversión, pero yo no podía dejar de recorrerlo. Vestía una camiseta azul marino, lo suficientemente ceñida para marcar una musculatura que parecía más cuestión de genética que de gimnasio. Sus brazos, potentes e imponentes, contrastaban con sus pantalones negros holgados y unas zapatillas blancas impecables. Tenía una postura relajada, segura… como si el mundo entero le perteneciera.

Me di cuenta, demasiado tarde, de que me había quedado perdida en él.

— ¿Te gusta lo que ves? —soltó, con una voz profunda que arrastraba un deje de burla.

Sentí el calor encender mis mejillas de inmediato.

— Lo siento... no miraba por dónde iba —murmuré, intentando recuperar la compostura.

Él no se inmutó. Sus ojos recorrieron mi vestido rojo con una lentitud deliberada; no era un descaro vulgar, sino una calma peligrosa. Se movía con la confianza de quien está acostumbrado a que lo miren y, peor aún, de quien sabe perfectamente cómo mirar de vuelta.

—No eres la primera que se tropieza conmigo esta noche —soltó él, y una sonrisa ladeada, casi imperceptible, asomó en sus labios—. ¿Sueles quedarte mirando así a todos los chicos?

El tono juguetón de su voz hizo que mi disculpa muriera en mi garganta. Él dio un paso hacia adelante, invadiendo ese espacio personal que yo ya había perdido al chocar contra su pecho.

—Solo a los idiotas —respondí, dándome la vuelta.

Él soltó una risa seca, baja, que vibró en el aire entre nosotros.

—Hey —me llamó—. ¿Cómo te llamas?

Suspiré y me giré.

—Ashley.

—Bonito nombre —dijo—. Para alguien tan distraida ¿no?.

Rodé los ojos.Para intentar calmar mi enojo me tome de largo lo que me habia servido

—Gracias.

Se acercó un poco más.

—¿Te gusta la fiesta?

Solté una risa que no sabía de dónde venía. Me sentía extraña. Ligera.

—Supongo que sí.

Él frunció apenas el ceño y miró el vaso en mi mano.

Se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento rozó mi oído como el inicio de un secreto peligroso.

—Eso que estás bebiendo... —susurró.

Antes de que pudiera procesar sus palabras o articular una respuesta, el mundo se fracturó. El ruido de la fiesta se volvió un eco lejano y todo a mi alrededor se desdibujó en manchas de color borrosas.

Lo siguiente que sentí fueron unas manos firmes, como grilletes de seda, sujetándome por la cintura. Abrí los ojos con una pesadez insoportable, con la intención de golpear a quien me tocaba, pero mis músculos no respondían. Entonces lo vi. Sus ojos miel estaban fijos en los míos, cargados de una mezcla de irritación y algo parecido al miedo

Lo señalé con el dedo, molesta.

—¿Y a ti qué te importa? Ni siquiera te conozco. Me tocaste sin permiso, no me advertiste antes y ahora actúas como si yo fuera la estúpida.

—Eres increíblemente tonta —sentenció con esa voz profunda que ahora retumbaba en mi cráneo—. ¿De verdad no te diste cuenta de que en la cocina dejan las bebidas más fuertes o con algo que ya te tomaste de largo ?

Intenté incorporarme, pero una oleada de euforia artificial me golpeó y terminé soltando una carcajada carente de sentido, incapaz de controlar mis propios impulsos. Él me obligó a sentarme en una esquina sombría, ocultándome de las miradas ajenas con su cuerpo.

—No te rías —me ordenó en un susurro gélido—. Si alguien nota en qué estado estás, tendrás problemas. Eres nueva aquí y no tienes idea de aguantar este tipo de cosas que se hacen acá.

Su expresión cambió. Se tensó.Lo trataba de disimular ya que evitaba mi mirada de enojo o eso creo, la bebida hizo un poco de efecto

—Yo te sostuve porque te desmayaste —respondió—. Y sí, tienes cero resistencia. Me arruinaste la fiesta.

Eso fue suficiente.

Por encima de su hombro, mi mirada errática logró enfocar el fondo del salón. Ahí estaba Luciana, coqueteando despreocupada con el tipo que nos había traído. El pánico me atravesó como una descarga eléctrica, despejando la niebla de mi mente por un segundo aterrador.

Si me veía en este estado, estaba muerta.

Mi risa se extinguió, reemplazada por un temblor que no podía controlar.

Él pareció notar mi cambio de pulso. Siguió mi mirada hacia donde estaba ella y luego volvió a fijarse en mí, bloqueándome la visión con su cuerpo imponente.

—Entonces haz silencio y deja de moverte —masculló, su tono era una orden absoluta—. Si no quieres que tu amiga se entere de lo poco que sabes cuidarte, vas a tener que confiar en mí.

—Ayúdame... —balbuceé, extendiendo las manos con torpeza.

Él soltó un suspiro de pura frustración, pero se inclinó lo suficiente. Mis dedos se enredaron en el cuello de su camiseta y tiré de él para impulsarme; en respuesta, sus manos se cerraron sobre mi cintura con una firmeza que me robó el aliento. A través de la tela fina, sentí que su piel ardía, o quizás era mi propia fiebre distorsionando el contacto.

—Tu teléfono. Dámelo —ordenó, extendiendo la mano con impaciencia.

Dudé un segundo, con la mente nadando en melaza, pero terminé entregándoselo entre carcajadas flojas y sin sentido. Comencé a soltar frases incoherentes, chistes que solo yo entendía y fragmentos de pensamientos que no deberían haber salido de mi boca.

Él apretaba la mandíbula, revisando el dispositivo con movimientos rápidos. Su fastidio era palpable; cada vez que yo intentaba decir una tontería más, su mirada se oscurecía, como si estuviera a punto de perder la poca paciencia que le quedaba conmigo.

—Dime a quién tengo que llamar —insistió él, su voz era un látigo de impaciencia—. Necesito a alguien que te saque de aquí con cualquier excusa antes de que te encuentren en este estado.

Yo solo pude mirarlo con la vista nublada, dejando que una risa infantil escapara de mis labios. Empecé a tararear, dándole a sus palabras el ritmo de una canción absurda:

—Es Luciii... Luci... Luciana... —canturreé entre carcajadas, balanceándome apenas en mi sitio.

Él me sujetó del brazo, obligándome a guardar silencio. Su mirada era fría, dominante.

—Te callas ahora mismo o te juro que te dejo aquí a tu suerte —masculló de mala gana—. ¿Entendido? No te estoy ayudando para que te burles

Me sujetó con tanta fuerza que sentí que podía volar; mis pies apenas rozaban el suelo, suspendidos por su agarre firme y esa abrumadora diferencia de altura. En mi estado, el mundo se sentía ligero, así que empecé a balancearme en el aire, riendo por la sensación de flotar.

—Quédate quieta de una vez —me regañó él, aunque su tono tenía ese matiz de fastidio que ya empezaba a resultarme familiar—. Voy a llamar a tu amiga Luciana, pero necesito que dejes de moverte.

Al ver que yo seguía perdida en mi propio juego, me atrajo más hacia él para estabilizarme, casi cargándome mientras caminaba.

—Vamos a un lugar con menos ruido —sentenció, guiándome lejos del estruendo de la fiesta—. Si no me alejo de este caos, no podré escuchar ni una palabra de lo que me diga en la llamada.