El día que el cielo se rasgó
El fin del mundo no llegó con el estruendo de los meteoritos ni con el rugido de las llamas. No hubo trompetas celestiales ni advertencias científicas.
Llegó con un silencio tan absoluto que dolió en los oídos.
Kael estaba en la plaza del mercado, quejándose mentalmente del precio del grano, cuando el sonido simplemente… murió. El martilleo del herrero, los gritos de los mercaderes y el ladrido de los perros se apagaron como si alguien hubiera puesto una mano sobre la boca del universo.
Entonces, el cielo se rompió.
No fue una nube moviéndose, sino una fractura real. Una grieta de un color violeta eléctrico y negro absoluto recorrió el firmamento de horizonte a horizonte. Kael observó, con el corazón martilleando contra sus costillas, cómo la gravedad parecía dudar. Por un segundo, sus pies se despegaron del suelo. Las montañas en la distancia, que habían estado allí por milenios, simplemente se plegaron sobre sí mismas como papel quemado y desaparecieron en la nada.
—¿Qué es eso…? —susurró una mujer a su lado.
No hubo respuesta. Solo un zumbido vibratorio que subía por las plantas de los pies.
Frente a los ojos de cada ser humano en la Tierra, el aire se cristalizó. Pequeños fragmentos de luz dorada se unieron hasta formar rectángulos perfectos que flotaban con una indiferencia gélida. Kael intentó apartar la suya con la mano, pero sus dedos atravesaron la luz.
[Sistema inicializando...]
[Escaneando biomasa planetaria... 100% completado]
[Compatibilidad detectada. Registrando jugadores...]
Las palabras no estaban escritas en ningún idioma que Kael conociera, pero se grabaron en su cerebro con la fuerza de un hierro al rojo vivo. El pánico, que hasta ese momento había sido un nudo en la garganta, estalló en un grito colectivo.
—¡Corran! —alguien chilló.
Pero no había a dónde ir. Bajo el hospital del pueblo, la tierra se hundió para revelar las fauces de una estructura de piedra negra: una mazmorra que exhalaba un aire fétido y ancestral. De las sombras de los callejones, comenzaron a emerger siluetas que la biología humana no podría explicar.
El mundo que Kael conocía —el de las leyes, la rutina y la seguridad— se derrumbó en menos de diez minutos. Fue reemplazado por una sola notificación que parpadeaba en rojo sangre en el centro de su visión:
[Objetivo único: Sobrevive si puedes.]
Kael no era un guerrero. No tenía músculos de acero ni una voluntad inquebrantable. Era, a todos los efectos, una pieza de relleno en el gran tablero del destino.
Y ese mismo día, mientras el primer monstruo saltaba sobre él desde la sombra de su propia casa, el mundo cumplió su promesa.
Aquel día, Kael murió.