Aiden King
El sol de la tarde caía justo detrás de las gradas de aquel gran estadio, lo bastante bajo como para pegarme en los ojos pero no lo suficiente como para distraerme. El partido estaba empatado 1-1 y faltaban menos de tres minutos. Para cualquiera era solo un juego de primaria, dos equipos de niños correteando detrás de un balón demasiado grande. Pero para mí... era todo. Era el momento que habia imaginado cientos de veces en mi cabeza mientras movía el balón contra la pared de mi casa, entrenando pases y regates que nadie me había enseñado, solo porque me nacían.
—¡Aiden, la tienes! —escuché a Diego, mi mejor amigo, desde la banda derecha.
El balón rodó hacia mí después de un rechace torpe del defensa rival. Un segundo. Eso era todo lo que tenía para decidir. Si lo dejaba correr, lo perdería. Si disparaba, tal vez salvaríamos el partido. Sentí los latidos acelerar como un tambor dentro de mi pecho. En aquel momento no sabía si era emoción o nervios… A dia de hoy se exactamente lo que era.
Di un toque corto para orientarlo y avancé. Uno, dos pasos entre jugadores. La gente gritaba —o al menos eso parecía— pero el sonido me llegaba como si estuviera bajo el agua. Todo se volvió más lento, como si el mundo quisiera darme ese instante. Incluso pude escuchar mi respiración… demasiado fuerte, demasiado pesada para algo tan simple.
“Qué raro”, pensé.
Aun así, seguí. No podía detenerme ahora.
El arco se abrió frente a mí. El arquero rival dio un paso adelante, levantando los brazos. Yo levanté la pierna, tensando el cuerpo para conectar el remate con todas mis fuerzas.
Pero justo cuando iba a golpear, una punzada atravesó mi cabeza. No como un dolor normal. Fue como si algo dentro de mi cráneo se hubiese encendido y explotado al mismo tiempo. Una línea de fuego detrás de los ojos. Parpadeé, y el campo se dobló, como si hubiera dos pelotas, dos arcos, dos cielos.
Intenté mantenerme en pie, pero… no pude.
El balón se me escapó y mis rodillas golpearon el pasto. Escuché gritos, pero ya no podía distinguir qué decían. El césped estaba frío en mi mejilla. Yo intenté hablar, decir que estaba bien, que solo me había mareado, que ya iba a levantarme…
Pero mi lengua no me obedeció.
Mi visión vibró, se encogió y se expandió como si alguien controlara un zoom invisible. Sentí manos en mis hombros, alguien llamando mi nombre, y por un instante creí que me desmayaría del todo. Cerré los ojos.
Cuando desperté, estaba en una camilla. El techo blanco del hospital me miraba como si supiera algo que yo no. Mis padres discutían con un médico atrás de una cortina; no entendía lo que decían, pero sus voces tenían esa mezcla de preocupación y rabia que uno solo escucha cuando pasa algo serio. Yo pensé que me iban a retar por haberme esforzado demasiado.
Pero entonces el médico movió la cortina y se acercó.
—Aiden —me dijo con esa voz suave que usan cuando quieren que no te asustes—, encontramos algo en tus exámenes. Nada urgente, pero sí importante.
“Encontramos algo”. Las palabras me golpearon más fuerte que la caída.
Mi mamá se sentó a mi lado y me tomó la mano, pero temblaba. Mi papá no decía nada; solo fijaba la vista en el suelo, como si buscara respuestas ahí.
—Detectamos un tumor en tu cerebro —continuó el médico.
No entendí. O no quise entender.
—¿Un… tumor? —repetí, como si la palabra fuera demasiado grande para entrar en mi boca.
—No es maligno —respondió él rápidamente—, pero sí requiere operarse cuando seas mayor. A los quince años será más seguro extirparlo.
Quince. Me faltaban años para eso.
—¿Y mientras tanto? —pregunté.
Él respiró hondo.
—Mientras tanto, Aiden… no puedes jugar fútbol. Ni hacer actividades físicas exigentes. Es demasiado peligroso.
Ahí sí sentí que alguien me pateó el pecho por dentro. No pude decir nada. Ni llorar. Ni gritar. Solo me quedé ahí, mirando mis manos, esas mismas que horas antes habían controlado el balón como si fueran parte de él. Ahora ya no. Ahora eran… inútiles.
El médico siguió hablando, explicando cosas sobre cuidados, riesgos, controles. Yo no escuché nada. Solo pensaba en la sensación del pasto bajo mis zapatos, en el sonido del balón, en cómo había estado a segundos de rematar el gol más importante de mi vida.
Y ahora no podría volver a intentarlo.
El pitido final del partido nunca lo escuché. Pero en mi cabeza… sí sonó. Y marcó algo peor que una derrota.
Marcó el fin de la única parte de mí que sabía quién era.