Capítulo 1
Vivir en Palermo, para Luciana Ponce, era como habitar dentro de una fotografía de filtro cálido. Si alguien la hubiera visto aquel sábado por la mañana, caminando por la calle Malabia con el cochecito de su hija, habría pensado que la vida no podía ser más generosa. El sol de octubre se colaba entre los plátanos dorados, y el aire olía a café recién tostado y a jazmines que empezaban a asomar en los balcones de los edificios antiguos.
Luciana se sentía la arquitecta de esa armonía. A sus veintisiete años, su mundo se reducía a tres pilares: su hija de 1 año , su departamento impecable y, sobre todo, Benjamín Saenz.
Hacía cinco años que Benjamín había llegado a su vida como un torbellino de seguridad. Él era tres años mayor, creativo en una agencia de publicidad top, y con esa labia porteña que te hace creer que el mundo es un lugar fácil de conquistar. Cuando ella quedó embarazada en el último tramo de la carrera de Ciencias Económicas, Benjamín no dudó un segundo.
—Lu, quedate tranquila —le había dicho él, rodeándola con sus brazos en aquel monoambiente donde vivían antes—. No hace falta que te mates rindiendo finales ahora. Yo voy a escalar en la agencia, voy a ser director creativo y a ustedes no les va a faltar nada. Sos el amor de mi vida, y lo único que quiero es que seas feliz y cuides a nuestra gorda.
Y Luciana le creyó. Le creyó con la entrega de quien no tiene a nadie más en una ciudad tan grande y a veces tan fría como Buenos Aires. Sus padres vivían en el sur, en Neuquén, y sus hermanos estaban desparramados por el interior. Benjamín se convirtió en su familia, en su mejor amigo y en su único norte.
Aquel sábado, la felicidad se sentía física. Al llegar al departamento, Benjamín la recibió con música suave de fondo y el aroma de un almuerzo gourmet que él mismo estaba preparando.
—¿Cómo les fue en la plaza, mis reinas? —preguntó Benjamín, alzando a la nena por los aires y dándole a Luciana un beso largo, de esos que todavía le hacían sentir mariposas.
—Hermoso, Benja. No sabés lo que creció la gorda, ya se anima sola al tobogán —respondió ella, sonriendo con una plenitud que le iluminaba la cara.
Pasaron la tarde entre risas, planeando las vacaciones en la Costa y hablando de cambiar el auto el año que viene. Benjamín era el hombre perfecto: atento, detallista, el alma de las reuniones con los pocos amigos que a ella le quedaban. Luciana miraba su hogar —los muebles de diseño, las plantas que ella regaba con dedicación, las fotos de los tres en los portarretratos de plata— y sentía que el sacrificio de haber dejado su carrera valía la pena.
Incluso cuando él empezó a quedarse “trabajando hasta tarde” en la agencia un par de meses atrás, ella no sospechó nada. ¿Cómo iba a dudar de él, si cuando llegaba a las once de la noche, se acercaba a la cama, le acariciaba el pelo y le pedía perdón por “perderse el crecimiento de la nena por culpa del laburo”?
—Todo lo que hago, lo hago por ustedes, Lu —le susurraba él en la oscuridad.
Luciana se dormía sintiéndose protegida, sin saber que ese “afán” de Benjamín por el trabajo no era más que el inicio de la grieta. No sabía que esa felicidad era como un edificio de Palermo: imponente por fuera, pero con los cimientos carcomidos por la humedad de la mentira.
Esa misma noche, el departamento de la calle Malabia se llenó de voces y risas. Era el turno de ellos de ser anfitriones del grupo de la facultad, una tradición que mantenían a pesar de que Luciana era la única que no había colgado el título en la pared. Pero a ella no le importaba; ver a sus amigos allí, en su casa impecable, la hacía sentir que su elección de vida era la correcta.
Benjamín estaba en su salsa. Con un delantal de lino que Luciana le había comprado en un local boutique de Palermo Soho, manejaba la parrilla eléctrica del balcón con la misma confianza con la que manejaba las cuentas en la agencia.
—¡Che, Benja, te pasaste con este vacío! —exclamó bromeando Martín, uno de los excompañeros de Luciana—. Lu, decime la verdad, ¿lo entrenás vos o nació así de perfecto?
Luciana se rió mientras servía más Malbec en las copas de cristal.
—Es natural, chicos. Yo solo me encargo de que no prenda fuego el edificio —respondió ella, buscando la mirada de su marido.
Él le guiñó un ojo desde el balcón y le lanzó un beso al aire. En esa mesa estaba también Agustina, la “amiga” inseparable de la facultad, la que siempre llamaba a Luciana para pedirle consejos y la que se quedaba horas charlando con ellos después de las cenas.
—Ay, Lu, de verdad, son la pareja envidia del grupo —dijo Agustina, acomodándose el pelo y mirando el departamento—. Mirá lo que es este lugar, la gorda que es un ángel... A veces pienso que te sacaste la lotería con Benja.
—La lotería nos la sacamos los dos, Agus —intervino Benjamín, entrando del balcón y pasando un brazo por los hombros de Luciana, apretándola con cariño—. No saben lo que es esta mujer. Me banca en todas, me espera con la mejor onda aunque llegue destruido de la oficina. Es el corazón de esta casa.
Luciana sintió un calorcito en el pecho. Esas palabras, frente a todos, eran como un bálsamo. Se sentía valorada, vista, amada. La cena transcurrió entre anécdotas de la facultad y planes para el verano. Hablaron de alquilar una casa grande en Pinamar entre todos, de los proyectos de la agencia de Benjamín y de cómo Palermo se estaba poniendo “imposible” de caro, aunque ellos se sentían privilegiados de estar ahí.
Cerca de la medianoche, cuando los invitados empezaron a irse, Agustina se acercó a Luciana para saludarla con un abrazo apretado.
—Gracias por todo, Lu. Sos de fierro. Avisame si necesitás que te cuide a la nena algún día de estos así salís un poco, ¿dale?
—Gracias, Agus, sos una genia. Lo voy a tener en cuenta —respondió Luciana con sinceridad, sintiéndose afortunada de tener una amiga así.
Cuando la puerta se cerró y el silencio volvió al departamento, Benjamín la ayudó a juntar las copas. No había tensión, no había reproches. Se movían en la cocina con una sincronía perfecta, como si fueran dos piezas de un reloj suizo.
—¿Estás cansada, gorda? —le preguntó él, abrazándola por la espalda mientras ella guardaba los platos en el lavavajillas.
—Un poco, pero valió la pena. Salió todo lindo, ¿no?
—Salió perfecto. Como todo lo que hacés vos.
Se fueron a dormir de la mano, con la luz de la luna filtrándose por las cortinas de gasa. Para Luciana, esa noche fue una confirmación: tenía la vida que siempre había soñado. No faltaba nada, no sobraba nada. Todo era exactamente como debía ser.
Después de esa cena con amigos, la rutina en Palermo seguía su curso como una seda. Los domingos eran el ritual sagrado de la familia Saenz-Ponce. Benjamín insistía en que ese día no se cocinaba; bajaban a desayunar a una de las panaderías boutique de la zona y después caminaban por los Bosques de Palermo.
—Mirá, Lu, lo que sería vivir en una de esas torres frente al Rosedal —le dijo Benjamín una tarde, señalando los edificios de lujo sobre Libertador—. Un par de campañas más que pegue en la agencia y nos mudamos ahí. Te quiero dar lo mejor, gorda.
Luciana lo miraba con admiración. Para ella, Benjamín no solo era su marido, era su héroe. Él era el que resolvía todo: el que hablaba con el administrador del consorcio cuando algo fallaba, el que manejaba las cuentas, el que decidía a qué colegio iba a ir la nena en el futuro. Ella se sentía cómoda en ese rol de ser “cuidada”.
A veces, cuando pasaba por la puerta de la facultad en la avenida Córdoba, sentía una puntada de nostalgia al ver a las chicas con sus apuntes y sus caras de sueño. Pero después miraba sus manos cuidadas, su ropa de marca y la tranquilidad de su hija, y se convencía de que no le faltaba nada.
—¿Extrañás estudiar? —le preguntó él un día, casi leyéndole el pensamiento.
—A veces, un poco. Me faltaba tan poco, Benja...
—Pero pensalo bien, Lu —le respondió él, acariciándole la mejilla con una dulzura que cerraba cualquier debate—. Si te ponés a estudiar ahora, vas a estar estresada, no vas a ver a la nena, vamos a estar a mil. Yo prefiero que estés tranquila. Además, ¿para qué querés trabajar de contadora encerrada en una oficina si acá tenés todo? Yo soy el que sale a pelearla afuera, vos sos la que mantiene este paraíso.
Y así, con frases de terciopelo, Benjamín iba levantando muros invisibles alrededor de ella. Luciana no lo veía como control, lo veía como protección. Estaba tan envuelta en ese “afán” de ser la mujer perfecta que no se daba cuenta de que, poco a poco, estaba perdiendo su propia voz. En su mundo de Palermo, el sol siempre brillaba, y ella estaba demasiado encandilada para ver las nubes que se asomaban en el horizonte .