Me enamore de un ángel sin alas

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Summary

Todo cambió en una sola noche. Un accidente arrebató a Tsuki Yasu su capacidad de caminar, dejándola a merced de sus propias inseguridades y de la crueldad de sus compañeros de clase. Su vida escolar se ha convertido en un infierno silencioso orquestado por dos acosadoras. Pero el destino, caprichoso como siempre, le ofrece una mano inesperada. Kiseki, un estudiante transferido con una mirada intensa y un pasado que intenta ocultar, entra en su vida rompiendo todas las barreras. ¿Podrá un chico que busca redención salvar a una chica que ha olvidado cómo volar? Dos almas rotas están a punto de descubrir que, a veces, las alas no son necesarias para tocar el cielo.

Genre
Romance
Author
Krerios
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El sonido de las ruedas

El último año de preparatoria transcurría igual que los dos anteriores para Tsuki: intentando ser invisible. Acomodó su silla de ruedas en la parte trasera del salón, junto a la ventana, su único refugio contra el mundo exterior.

Sin embargo, el anonimato era un lujo que ella no podía costear. El chirrido de las llantas sobre el linóleo la delataba.

—Llegó la coja rechinando con sus ruedas —la voz de Sakura cortó el aire, venenosa y clara.

—Ay, pensé que ese ruido eran sus pies arrastrando las zapatillas —respondió Akari, soltando una risita cruel que resonó en el aula.

Parte del salón guardó un silencio incómodo; otros, por inercia o miedo a ser el siguiente blanco, rieron disimuladamente. Tsuki simplemente se encogió de hombros, abrazándose a sí misma como si intentara ocupar menos espacio en el universo.

—No es gracioso... —susurró para sí misma, con la voz quebrada.

Justo cuando Sakura abría la boca para lanzar otro dardo, la puerta se abrió de golpe. El profesor entró, rompiendo la tensión, seguido de un chico alto de cabello negro azabache y una arracada plateada en la oreja derecha.

—Jóvenes, tomen asiento. Sé que es repentino, pero les presento a su nuevo compañero. Por favor, sean amables.

Kiseki entró al aula. Su postura era relajada, propia de alguien que practica artes marciales, pero sus ojos azules escaneaban el lugar con una intensidad inusual, casi defensiva. Los murmullos femeninos estallaron al instante: "Es lindo", "Mira esa mirada".

—Nada mal —susurró Sakura a su amiga, evaluando a la "presa"—. Hay que hablar con él antes de que Tsuki intente darle lástima con su silla.

—Es mi estilo, Sakura —afirmó Akari, lanzando miradas de advertencia al resto de las chicas para marcar territorio.

—Mucho gusto, soy Kiseki Kibō —dijo él con voz firme, inclinándose levemente—. Es un placer. Vengo de otra ciudad.

Tsuki levantó la vista tímidamente. Sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo. Él no la miró con pena, sino con curiosidad.

—¿Dónde te sentarás? —dijo el profesor, mirando alrededor—. Mmm, claro. Hay un sitio vacío frente a Tsuki, la chica del fondo junto a la ventana.

Kiseki caminó por el pasillo, ignorando las miradas coquetas de Akari. Al llegar al fondo, se sentó frente a ella y giró su silla completamente.

—Hola... Soy Tsuki, mucho gusto —susurró ella, apenas audible, temiendo que hablarle fuera un error.

Kiseki tuvo que inclinarse un poco para oírla. —Hola, Tsuki. Soy Kiseki —respondió él en el mismo tono bajo, creando una pequeña burbuja de privacidad entre ambos—. Espero que nos podamos llevar bien.

Al otro lado del aula, la ira de Sakura hervía. —Akari, creo que tenemos que recordarle a la lisiada cuál es su lugar. No puede quedarse con el chico nuevo. —¿Qué tienes en mente esta vez? —preguntó Akari, notando la mueca de maldad en su amiga. —Imagina que, por "accidente", se me cae el lapicero bajo las pobres piernas de Tsuki... y le pedimos a Kiseki que lo busque. —Genial. Seguro a Tsuki le gustará que Kiseki le vea esas piernas inútiles.

Tsuki notó las miradas de las dos chicas y un nudo se formó en su estómago. El pánico comenzó a subir por su garganta. ¿Qué van a hacer ahora?

El profesor salió un momento para atender un asunto urgente en la dirección. Fue la señal.

Sakura y Akari se acercaron. Con un movimiento ensayado, Akari empujó levemente a Sakura, y el lapicero salió volando, rodando hasta detenerse justo debajo de la silla de ruedas de Tsuki.

—¡Ay, perdón, Tsuki! Espero no molestar —dijo Sakura con una sonrisa falsa que no llegaba a sus ojos. —No te apures —intervino Akari rápidamente—. Seguro Kiseki nos ayuda a recogerlo, ¿verdad?

Tsuki sintió que la sangre se le helaba. Saben que no puedo agacharme. Quieren que él vea... quieren que se dé cuenta de lo deforme que me veo.

—Hola chicas —dijo Kiseki, ajeno a la trampa—. ¿Necesitan algo? —Soy Akari y ella es Sakura. Se nos cayó el lapicero debajo de Tsuki. ¿Podrías sacarlo?

Kiseki se giró hacia Tsuki y le sonrió amablemente antes de empezar a buscar a ciegas con la mano. —¿Seguro que cayó por aquí? —Sí, estoy segura —insistió Sakura—. Debe estar más cerca de los pies de Tsuki. Agáchate para ver mejor.

—No te apures, Kiseki... yo... yo puedo prestarles uno —dijo Tsuki, su voz temblando, al borde del llanto. —Pero Tsuki, ese es mi favorito —replicó Akari—. Kiseki lo encontrará si mira bien.

Tsuki cerró los ojos, deseando desaparecer. —Por favor... no sigas, no te acerques más, no me veas... —rogó en un susurro.

—Tranquila, Tsuki, no pienso ver nada indebido —dijo él inocentemente, sin captar el verdadero terror de ella.

Kiseki se agachó completamente, metiendo la cabeza bajo el pupitre para buscar el objeto. Sus ojos recorrieron el suelo buscando los zapatos de su compañera. Pero al subir la vista, se detuvo en seco.

El uniforme colgaba vacío. Donde deberían estar las pantorrillas, no había nada.

—¡¿Y dónde están las piernas?! —exclamó Kiseki sin pensar, la sorpresa ganándole al filtro social.

El silencio fue absoluto por un segundo, roto inmediatamente por el llanto de Tsuki. No pudo contenerlo. Los sollozos escaparon de su garganta mientras se cubría la cara con las manos, devastada.

Sakura y Akari estallaron en carcajadas. —¡Te lo dijimos! —rio Akari—. ¡Es un fantasma de la cintura para abajo!

Kiseki se congeló. Al ver las lágrimas caer al piso y tocar una con sus dedos, la realidad lo golpeó como un puñetazo. ¿Qué acabo de decir? Soy un imbécil.

—No... no me veas... —decía Tsuki entre llantos entrecortados—. Por favor, no te burles como los demás.

Justo en ese momento, el profesor regresó. —Disculpen, jóvenes. Ha surgido un tema administrativo, tendrán la hora libre.

—Genial, Akari. Vámonos, dejemos que Kiseki conozca a Tsuki "a fondo" —dijo Sakura en voz alta, guiñando un ojo.

Las acosadoras salieron del salón, satisfechas con el espectáculo, dejando atrás a una chica destrozada y a un chico paralizado por la culpa.

Capítulo 2: Un peso ligero

El aula se vació rápidamente, pero el aire seguía pesado. Tsuki seguía llorando, con los ojos rojos y los pómulos hinchados, escondida tras sus manos pálidas.

Kiseki sentía un nudo en la garganta. La imagen de Chise, una chica a la que molestó en su antigua escuela, cruzó por su mente. No otra vez. No puedo ser ese tipo de persona otra vez.

—Tsuki... perdón. No fue mi intención lastimarte. De verdad. Soy un idiota.

Ella no respondió de inmediato, limpiándose las lágrimas con furia y vergüenza. —Por favor... no me veas con lástima. Yo no decidí estar así. Fue un accidente. No fue mi culpa.

Kiseki sacó un pañuelo de tela de su bolsillo y se lo extendió con delicadeza. Tsuki lo miró con desconfianza. —Está bien así... no quiero que lo desperdicies conmigo —murmuró, apartando la mirada. —No es un desperdicio. Por favor, tómalo —insistió él, colocando la tela suave sobre la mano temblorosa de ella.

Tsuki se sorprendió. Por lo general, nadie quería tocarla, como si su desgracia fuera contagiosa. —¿De verdad... lo puedo tomar? —Sí. Si se ensucia, lo lavo. No pasa nada.

Tsuki asintió y secó sus lágrimas, sintiendo el aroma a suavizante limpio del pañuelo. —Te lo regresaré mañana limpio, lo prometo.

La campana del almuerzo sonó, interrumpiendo el momento. Tsuki comenzó a guardar sus cosas en su mochila colgada de la silla, lista para su rutina solitaria. —Espera —dijo Kiseki impulsivamente—. ¿Quieres que comamos juntos?

Tsuki se detuvo en seco. —¿Estás seguro? No quiero que te molesten por estar conmigo. Ya viste lo que hicieron solo porque te hablé. No quieren que te juntes con alguien como yo... alguien incompleta y rota.

Esas palabras, "incompleta y rota", golpearon a Kiseki. Le recordaron quién solía ser él. Recordó el miedo en los ojos de otros cuando él era el agresor. —Ves, es mejor que esté sola —añadió ella con desprecio hacia sí misma—. Vete con ellas, estarás mejor.

Kiseki reaccionó instintivamente, sujetando las manijas de la silla de ruedas con firmeza. —Quiero comer contigo. Tú dime a dónde vamos. —¿Por qué? —preguntó ella, confundida, girándose para verlo—. ¿Por qué te arriesgas? —Fuiste la única que me saludó al llegar con una sonrisa sincera. Quiero agradecer ese gesto. Nada más.

Tsuki dudó, buscando alguna señal de burla en su rostro, pero solo encontró determinación. —Está bien. Vamos a las jardineras, detrás de la biblioteca. Es tranquilo allí.

Kiseki notó que ella llevaba un cuaderno de dibujo y un estuche de arte sobre el regazo. —Me tienes que indicar el camino, recuerda que soy nuevo —bromeó él para aligerar el ambiente. —Al fondo, derecha, luego izquierda... —Tsuki hizo una pausa al llegar al final del pasillo—. Tenemos que bajar las escaleras. Por lo general espero a mi amiga Yumi, o uso la rampa larga del otro edificio, pero está muy lejos...

Kiseki miró las escaleras frente a ellos. Eran dos tramos largos. —¿Cómo te ayudo a bajar por aquí normalmente? —Lo más fácil es que me pongas de espaldas y bajemos escalón por escalón con la silla... —dijo ella en voz muy baja—, o... puedes cargarme. Pero eso es mucho pedir.

Kiseki escuchó el susurro y no lo dudó. —Tsuki, cierra los ojos un momento. Confía en mí. Sujeta tus cosas y mi cuello. —¿Qué vas a hacer? ¡Espera! —Tsuki cerró los ojos por reflejo.

Kiseki se inclinó, pasó un brazo fuerte bajo las rodillas de ella y otro por su espalda, levantándola con una suavidad sorprendente. La pegó a su pecho.

Era increíblemente ligera. Como una pluma, pensó él. Como un ángel sin alas.

—Creo que así es más fácil y rápido para los dos, ¿no crees? Tsuki sintió la calidez del pecho de él y se puso roja como un tomate. Sin darse cuenta, apoyó una mano en el hombro de Kiseki, sintiendo sus músculos tensarse bajo la camisa. —Creo... creo que sí. Gracias. Espero no ser una molestia —susurró contra su hombro.

Mientras bajaba los escalones con ella en brazos, sintiendo cómo el cuerpo frágil de Tsuki temblaba, la mente de Kiseki viajó un año atrás. A una escena oscura.

—¡Quítate, estorbo! —gritaba su yo del pasado. La chica muda, Chise, caía por las escaleras tras un empujón. La culpa lo inundó. "Esta vez no", pensó Kiseki. "Esta vez las manos son para sostener, no para empujar".

—¡Hey, Kiseki! ¿Estás bien? —la voz de Tsuki lo trajo al presente—. Te veo pálido. ¿No estoy siendo muy pesada? Te detuviste a medio escalón.

Kiseki parpadeó. El sudor frío recorría su espalda. —Perdona, Tsuki. Todo bien. Solo recordé algo que olvidé en el salón. Tsuki notó que el agarre de él se había vuelto más protector. —Ya casi llegamos a la jardinera. Me puedes dejar en esa banca de madera, por favor.

Kiseki llegó a la banca y la depositó con extremo cuidado, como si fuera de cristal. —Ya regreso, voy por la silla. No te muevas —dijo él, esbozando una sonrisa tranquilizadora antes de girarse.

Capítulo 3: La caída

Kiseki subió las escaleras corriendo de dos en dos, tratando de despejar los fantasmas de su mente. Pero al llegar al descanso superior, el camino estaba bloqueado.

Sakura y Akari estaban paradas frente a la silla de ruedas vacía de Tsuki, inspeccionándola como buitres.

—Mira, Akari, es la silla de la coja. ¿Qué hace aquí sola? —Seguro se aventó de las escaleras —dijo Sakura con frialdad—. Sería lo mejor que podría hacer para dejar de estorbar. —¿O será que está con Kiseki? —sugirió Akari, asomándose por la ventana—. ¡Mira! Ahí están, en la jardinera. La dejó en la banca.

Sakura miró hacia abajo y su rostro se torció de ira y celos. —Ya verá esa inválida. ¿Quién se cree para que la carguen en brazos como a una princesa?

Kiseki llegó al último escalón, jadeando ligeramente. —Disculpen —dijo con voz grave. Al levantar la vista, se topó con las dos chicas bloqueando el paso hacia la silla.

—Vaya, vaya, volvió el príncipe azul —escupió Akari—. ¿Crees que esa coja te va a hacer caso por ser buena persona? Solo busca dar lástima. Estarías mejor con nosotras. —Anda, Kiseki. Olvida a la rota de Tsuki —Sakura le guiñó un ojo, acercándose demasiado—. Nosotras estamos... completas. Podemos divertirnos de verdad.

Kiseki sintió una repugnancia profunda que le revolvió el estómago. —Puede que tengan razón —dijo él con voz calmada. Las chicas sonrieron triunfantes, creyendo haber ganado—. Podría estar mejor con ustedes... pero tengo un estándar: no me interesan las chicas vacías, huecas y crueles como ustedes.

La sonrisa de Sakura se borró al instante. —¿Qué me acabas de decir, maldito idiota?

—¿Acaso te gustan los adefesios? —gritó Akari, histérica—. ¡Seguro eres un pervertido que quiere ver cómo se ve sin ropa! ¡Maldito degenerado!

Sakura, roja de furia, pateó una de las ruedas de la silla. —¿Quieres jugar con la silla de tu noviecita? ¡Pues ve por ella!

Con un movimiento violento, Sakura y Akari empujaron la silla de ruedas por las escaleras.

El sonido fue estruendoso. Clang, crash, bang.

El metal chocó contra el concreto, rebotando escalón tras escalón. Una pieza de plástico salió volando. La silla aterrizó deformada en el piso de abajo con un golpe seco.

—¡Qué desperdicio de hombre! —rio Akari mientras se alejaban taconeando—. Ojalá te rompas una pierna tú también.

Kiseki apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. —¡Ni crean que seré su perro faldero! —gritó a sus espaldas—. ¡Púdranse!

Bajó corriendo las escaleras. La silla estaba volcada. Al enderezarla, notó que el eje estaba torcido, pero las ruedas aún giraban. Al levantar la vista, vio una sombra esconderse rápidamente detrás de una columna cercana.

Era Tsuki. Se había arrastrado hasta allí o había intentado subir. Había escuchado todo.

—¿Qué estará haciendo? —pensaba Tsuki, con el corazón a mil—. Me defendió... nadie me había defendido así antes. Pero ahora mi silla está rota...

—¡Tsuki! —llamó Kiseki, fingiendo no haberla visto escondida para proteger su dignidad. Apareció con la silla—. Olvidé unas cosas en el salón y tardé buscando, perdón. Pero veo que... eh... la silla se cayó. Creo que se tropezó sola.

Él no mencionó a las chicas. No mencionó los insultos. Quería protegerla del dolor. Tsuki salió de su escondite (la banca cercana donde realmente estaba) y lo miró a los ojos. Buscó la mentira, pero solo encontró nerviosismo y... una amabilidad que le calentó el pecho.

—¡Kiseki! No te preocupes —dijo ella, ruborizándose—. Creo... creo que puedo confiar en ti.

Pasaron el resto del almuerzo hablando de cosas triviales. Él se interesó genuinamente en sus dibujos de paisajes, y ella compartió su bento con él al darse cuenta de que Kiseki había perdido su almuerzo en el caos.

Al final del día, el profesor llamó a Kiseki para hablar de los trámites de su transferencia, dejándolos separarse con una extraña sensación de cercanía.

Capítulo 4: Coincidencias del destino

El cielo se teñía de naranja cuando Kiseki salió de la escuela, mucho más tarde de lo planeado. Caminaba hacia la estación de tren revisando los mensajes de su madre en el celular.

> "Mantén el departamento en orden o te echarán. Está a 3 estaciones. Cuídate y no te metas en problemas esta vez."

—No soy un héroe de manga —se dijo a sí mismo, suspirando mientras esperaba el tren—. No soy quien para salvar a nadie. Soy todo lo contrario. Apenas puedo cuidarme a mí mismo.

El tren llegó con un chirrido metálico. Al mirar hacia el final del andén, vio algo familiar. Una cabellera plateada. Tsuki estaba subiendo al último vagón, acompañada por una chica de cabello rosa corto y actitud enérgica que empujaba su silla (ahora un poco chueca) con vigor.

—Esa debe ser la amiga de la que habló... Yumi, creo —pensó Kiseki.

Su teléfono vibró de nuevo. Mensaje de su padre: > "No te metas con la nieta de la dueña del edificio. Tu madre consiguió el departamento gracias a una amiga suya, compórtate."

Kiseki bajó en la estación del Distrito 9. Caminó hacia su nuevo edificio de apartamentos, sumido en sus pensamientos, y se detuvo a comprar la cena en un conbini cercano.

Mientras tanto, unos metros más atrás, Yumi empujaba a Tsuki mientras la interrogaba sin piedad.

—¡Espera! ¿Me estás diciendo que te cargó en brazos? —chilló Yumi, haciendo que varios peatones voltearan—. ¡Tsuki, eso es una escena de anime romántico total!

—¡Cállate, Yumi! ¡Baja la voz! —Tsuki estaba roja como un tomate, intentando hundirse en su silla—. No fue la gran cosa... solo me ayudó por las escaleras. Pero... por primera vez me sentí segura con alguien más. Además...

—¿Además qué? —presionó Yumi con una sonrisa pícara. —Es... es lindo. Y huele bien —admitió Tsuki cubriéndose la cara.

Llegaron al edificio de ladrillos rojos. Subieron al cuarto piso en el elevador. —Ya, ya. Tu "príncipe" te cargó. ¿Y qué vas a hacer mañana? —Tengo que pedirle disculpas por cómo le hablé al principio —admitió Tsuki—. Él no me miró con lástima. Fue diferente.

Llegaron a la puerta del apartamento 403. Yumi estaba buscando las llaves de Tsuki en la bolsa. En ese momento, la puerta del elevador se abrió de nuevo y alguien salió, dejando caer sus llaves al suelo con un tintineo.

Ambas chicas voltearon. Kiseki estaba allí, con su bolsa del supermercado en una mano, los ojos abiertos como platos y la cara empezando a arder. Estaba parado justo frente a la puerta 404.

—¡¿Tsuki?! —exclamó él. —¡¿Tú qué haces aquí?! —gritó ella.

Kiseki, preso del pánico social, recogió sus llaves del suelo y se metió en su departamento (el 404) a la velocidad de la luz, cerrando la puerta de golpe tras de sí.

Yumi se quedó en silencio un segundo y luego soltó una carcajada estrepitosa. —Vaya, vaya... Así que el "nuevo vecino" misterioso es tu príncipe cargador. ¡El destino es muy divertido!

—¡Yumi! —Tsuki se cubrió la cara con las manos, sintiendo que le salía humo de las orejas—. ¡Estuvo escuchando todo! Dije que era lindo... ¡Me quiero morir!

Dentro del 404, Kiseki se deslizó hasta el suelo, con la espalda contra la puerta, el corazón latiéndole a mil por hora. —No puede ser... La amiga de mi madre son los abuelos de Tsuki. Somos vecinos. Pared con pared.

Se llevó una mano al pecho, recordando la conversación que escuchó involuntariamente en el pasillo. —Dijo que soy lindo... —una sonrisa tonta e involuntaria se dibujó en su rostro—. Bueno, ella olía a vainilla. Y sí... es bastante linda.

El destino acababa de jugar su carta más fuerte.