Dónde caen las estrellas

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Summary

Lyra despierta sin recuerdos en el corazón del Umbral, el territorio donde se alzan las puertas que conectan todos los reinos. Las flores se tensan cuando pasa. Las estatuas de piedra susurran su nombre. Y quienes la miran... la miran como si ya la hubieran perdido una vez. Todos parecen conocerla. Todos, menos ella. Aren, príncipe y Guardián del Umbral, debería vigilarla. Desconfiar. Mantenerla lejos. Porque si las sospechas son ciertas, Lyra es una traidora. Pero ¿cómo odiar a alguien que no recuerda haber hecho daño? ¿Y cómo dejar de quererla... cuando su sola presencia todavía le duele en el pecho? Lyra deberá descubrir quién fue... Porque algunas historias no mueren. Solo esperan detrás del Eco.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Lyra

El frío la despertó. No era el frío que llega con el invierno; era otro, más hondo, como si la desesperanza le hubiera calado los huesos y ya nunca pudiera volver a sentir calor en su cuerpo.

Abrió los ojos y se sintió pequeña, insignificante ante la intensidad que la rodeaba. El bosque parecía nostálgico, desprovisto de color, como si la magia lo hubiera abandonado. Solo se oía el barullo de las hojas otoñales arremolinándose con el viento.

Permaneció unos segundos acostada sobre la tierra húmeda, intentando recordar cómo había llegado hasta ese lugar… pero no logró aferrarse a nada.

Nada.

No recordaba. No sentía.

Esa verdad le caló hondo.

Lyra —que aún no sabía que ese era su nombre— se llevó una mano al pecho, con la sensación punzante de que algo faltaba. Algo que le había sido arrebatado.

Se incorporó con torpeza y se observó. Vestía gasas color humo; las mangas caían anchas sobre sus brazos como alas rotas. Ese no era un vestido para andar por el bosque.

Si no fuese por el barro y la ceniza que lo cubrían…

Si no fuese por las botas gastadas…

Hubiese jurado que era un vestido digno de la realeza.

Entonces vio sus manos: pequeños cortes escarlata cruzaban su piel.

Un latido sordo le golpeó la cabeza.

Y llegaron las imágenes.

Puertas.

Altas. Sombrías.

Llamándola. Susurrando su nombre.

Sus piernas flaquearon. Avanzó a tientas.

El lugar estaba demasiado quieto. Sin ríos. Sin animales. Sin insectos.

Y, aun así… no estaba sola.

Un sonido metálico la sobresaltó.

Un chasquido firme. Como acero rozando una vaina.

Se giró.

Entre las sombras, un joven avanzaba hacia ella. Llevaba una capa oscura que rozaba el suelo y una espada en la mano. Cabello castaño. Ojos del color de la arena del desierto, tensos, cautelosos. Tenía la apariencia de un príncipe… pero la mirada de alguien que había aprendido a sobrevivir.

—No des un paso más —ordenó.

La voz, baja y firme, la obligó a retroceder.

—No deberías estar aquí.

Entonces lo vio detrás de él: un arco imponente de piedra gris oscura, con una puerta sin cerradura en el centro.

Quiso responder, decir cualquier cosa que la mantuviera a salvo, pero no pudo emitir sonido alguno.

Estaba vacía.

—¿Qué hiciste? —preguntó él, con la espada aún alzada, indeciso—. ¿Qué haces aquí?

Lyra negó con la cabeza.

—No lo sé —susurró.

El joven la examinó: el vestido color humo, las mangas como alas rotas, los cortes en sus manos.

Algo cambió en su expresión.

No era miedo.

No era sorpresa.

Era reconocimiento.

Respiró hondo y bajó la espada. Sus hombros se relajaron apenas, pero la tensión en sus ojos permaneció.

—Son marcas de puerta —murmuró—. Nadie cruza el Umbral sin pagar.

Sus ojos se clavaron en los de ella.

—¿Qué entregaste?

Lyra miró sus manos ensangrentadas. Le parecían ajenas.

—No entiendo… —la voz apenas le salió—. No recuerdo nada. Ni siquiera mi nombre.

Un estremecimiento la recorrió.

Y, sin saber por qué, sintió que lo conocía.

Que ya había estado bajo su mirada antes.

Que algo muy importante —tal vez ella misma— dependía de él.