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Temporada 2024 – Hotel en Budapest
El cuarto del hotel estaba en silencio, iluminado apenas por la pantalla plana frente a la cama.
Max estaba echado boca abajo, con una almohada larga bajo el pecho y las piernas estiradas, todavía con el pelo húmedo tras la ducha. Llevaba puesta una camiseta vieja de Checo, de esas que siempre terminaban en su maleta sin explicación. Y, como ya era habitual, sin ropa interior.
Habían tenido una carrera de mierda.
Red Bull había cometido errores estratégicos, Max se había peleado con la radio más de lo habitual, y Checo había quedado en zona media tras un toque innecesario en la primera vuelta.
La frustración era silenciosa, espesa. Pero ellos sabían cómo sobrellevarla.
Ya habían creado su ritual: no hablar del circuito, no abrir redes sociales, no tocar el tema.
Solo cama. Servicio a la habitación. Y su manera favorita de “soltar tensión”.
—¿Otra vez esa película? —murmuró Checo desde el baño, secándose las manos.
—Es la mejor. —Max tenía el mentón apoyado en la almohada y los ojos fijos en la pantalla—. 22 Jump Street siempre me relaja.
Checo sonrió mientras caminaba hacia él.
Se quitó la camiseta que llevaba puesta, quedando en bóxer ajustado. Desde donde estaba, podía ver el contorno perfecto del culo de Max, suavemente curvado bajo la luz de la tele.
Su piel clara, con alguna marquita roja aún fresca.
Las piernas relajadas. Las mejillas flojitas de quien ya estaba en modo “descanso absoluto”.
Se sentó a los pies de la cama.
Apoyó las manos en los muslos de Max y las deslizó hacia arriba.
Max ni se movió.
Porque ya sabía lo que venía.
Checo se colocó con calma.
Acomodó su cuerpo entre las piernas abiertas de su compañero, y con la delicadeza de quien ya había hecho esto mil veces, lo tomó por la cintura y lo giró hacia sí, arrastrándolo suavecito hasta su propio pecho.
—¿Vas a hacer eso otra vez? —preguntó Max, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Obvio —murmuró Checo, ya deslizándole la camiseta hacia arriba, exponiéndolo por completo—. Es mi parte favorita del día.
Max sonrió de lado, como si le hubieran dicho algo tan normal como “la cena está servida”.
—Ok. Pero no interrumpas mi película.
—Jamás.
Max quedó arrodillado sobre él, las piernas abiertas a los lados de su cabeza, el culo y el coño justo encima de su boca.
Max acomodó los brazos otra vez frente a la almohada, manteniéndose enfocado en la película, aunque ya sabía lo que venía.
Checo subió un poco la camiseta.
Silencio. Costumbre. Rutina.
Y entonces empezó.
Una lamida profunda.
Después otra.
Después muchas más.
Se lo comía lento, con lengua larga, con hambre, con devoción profunda. Pasaba de un orificio al otro con facilidad, como si ya los conociera por nombre.
Escupía, besaba, lamía, volvía a subir.
Se concentraba en el clítoris, lo atrapaba con la lengua, lo chupaba con fuerza, con ritmo, con ganas.
Y Max… solo suspiraba.
No decía nada.
Solo jadeaba bajito, con los ojos aún pegados a la pantalla.
Como si la película y el placer pudieran coexistir.
Como si fuera normal.
Hasta que la vista le enfocó otra cosa.
La verga de Checo.
Ahí.
Justo frente a su cara.
Gorda.
Vestida.
Palpitando bajo la tela del bóxer.
Max parpadeó, y sin decir nada, se inclinó hacia adelante, estirando la lengua primero, y luego bajando la boca sobre ella.
Empezó a mamársela despacio.
Como quien toma agua.
Como quien está en casa.
Como quien ya lo ha hecho mil veces.
Las caderas de Checo se movieron apenas.
Gemía contra su coño.
Jadeaba entre nalgas.
Se lo comía sin descanso mientras Max le mamaba la verga con naturalidad, sin despegar los ojos de la pantalla.
Un 69.
Casero.
Íntimo.
De los de costumbre.
Checo le lamía el clítoris como si fuera una boca.
Max gemía alrededor de la verga mientras se reía con alguna escena.
Se balanceaban sin apuro, sincronizados como si el mundo no existiera más allá de esa cama.
—Mmm… así, mi amor —susurró Checo, bajando los labios al ano otra vez.
Max no respondió. Solo se acomodó mejor… y siguió mamando.
Los gemiditos suaves de Max empezaron a mezclarse con las risas de la película.
Tenía la boca llena, pero Checo sabía perfectamente leer los ruidos que soltaba cuando ya estaba cerca. Esa mezcla de jadeo nasal y quejido bajo, ese movimiento sutil de caderas contra su cara, ese apretón involuntario que le hacía al clítoris con cada succión de lengua.
Checo se apartó un segundo, con los labios hinchados y la cara brillante de saliva y amor.
—¿Te vas a venir, mi amor?
Max asintió apenas, con la verga de Checo todavía en la boca, sin despegar la vista de la pantalla.
Movió las caderas hacia atrás con un suspiro largo.
—¿Quieres más?
Max soltó la verga, jadeando.
—Sí.
Esa fue toda la instrucción.
Y Checo entendió todo.
Con calma, lo tomó por las caderas y lo deslizó más abajo, hasta alinearlo con su pelvis. Max se dejó mover como un muñequito de trapo, con la confianza de quien ya ha hecho esto demasiadas veces.
Quedó sentado de espaldas sobre su novio, en vaquerita invertida, con las piernitas abiertas a los costados y el culito justo encima de la verga húmeda, que ya pedía a gritos entrar.
Checo le separó un poco las nalgas y se acomodó.
Y lo metió.
Primero lento. Después un poco más profundo.
Max soltó un gemido agudo, bajito, sin despegar la vista de la pantalla.
Se quedó sentado un segundo, respirando con fuerza. Luego empezó a moverse despacito. Arriba y abajo. Haciendo ese ruidito pegajoso que llenaba toda la habitación.
La tele seguía corriendo, y las risas de la comedia se mezclaban con los jadeos intermitentes de los dos.
Checo le acariciaba los muslos, le besaba la espalda baja.
Tenía la vista fija en el movimiento de su culito, que subía y bajaba con calma, como si estuviera montando por rutina.
El coño mojado chorreaba entre ambos, y Max seguía mordiéndose el labio, con la vista en la tele y la cabeza un poco ladeada.
—Así… eso—susurró Checo, aunque Max no respondía—. Qué rico te mueves…
Y como si fuera poco, Max llevó una de sus manos hacia atrás y se separó más las nalgas. El movimiento dejó ver el brillo entre ambos orificios, el hueco que se abría con cada embestida, y el escurrimiento espeso que ya bajaba por sus muslos.
Un desastre hermoso.
Casero. Íntimo.
Max se quejaba en voz baja, ya apretando más, temblando. Se inclinó un poco hacia adelante, buscando ese ángulo perfecto que le diera más.
Y Checo lo entendió otra vez.
Volvió a mover las caderas, ahora más firme, con la pelvis empujando hacia arriba, hasta que el cuerpo de Max empezó a convulsionar encima de él. Gemía apretado, con las piernas temblorosas, sin dejar de moverse ni de ver la película.
—Me voy a venir… —jadeó, por fin.
—Hazlo. Gózatelo. Lo mereces.
Y Max se vino así, en silencio, sin dramatismo, sin gritos… como parte de la noche.
Checo lo sintió apretarse fuerte, y entonces se dejó ir también, llenándolo por dentro con una descarga caliente, profunda, honda. Max gimió otra vez, bajito, y se quedó quieto sobre él, con la espalda sudada y la cara contra la almohada.
La película seguía.
Todo era perfecto.
Algo rescatable de ese domingo.