CAPITULO 1
La metamorfosis del alma lleva su tiempo, a veces es instantánea, otras tardan más de lo que crees necesitar. Solo respira y recuerda que es un fin para un comienzo.
Estoy agotado.
Mi pecho parece estar presionado por algo que no puedo ver; me cuesta respirar con normalidad. Mis ojos están hinchados, como si hubieran sido golpeados, aunque nadie los haya tocado.
No lloro. El nudo en la garganta me dice que estoy a punto de hacerlo, pero no sale nada.
La oscuridad de la habitación parece haberse comido mi cuerpo. Solo me acompañan pensamientos desgastantes y masoquistas.
Así paso las noches. Y a los días los agoto durmiendo.
Humillado. Traicionado.
Otra vez vuelve a mi cabeza esa escena que me hubiera gustado no presenciar jamás. Ver a Carla sobre Francisco, en mi propio sillón. Algo que nunca hubiera imaginado de mi prometida y de quien fue mi mejor amigo.
Las vibraciones del teléfono me sacan de ese recuerdo que se parece demasiado a una pesadilla.
No puedo hablar con nadie. No puedo soltar palabra sin sentir ahogo. No quiero que me vean así. Por eso prefiero contestar por aquí, para evitar más contacto y visitas indeseadas.
-Mamá... -suelto con cansancio, y me arrepiento al instante por sonar así con ella.
-Alan... -corresponde con el mismo tono-. Alanís llega mañana... -avisa llevando rápido la conversación al grano.
Por un momento siento el pecho inflarse con una pequeña mezcla de alegría y confusión.
-Su semestre aún no termina -aseguro, mirando la fecha-. Faltan dos meses -agrego, esta vez más serio.
-Quiso venir. Necesitaba hacerlo -su voz suena calculadora, exageradamente paciente.
-¿Le contaste? -pregunto mientras me levanto de la cama para buscar otra cerveza.
La luz del refrigerador me obliga a entrecerrar los ojos. Se han desacostumbrado a la claridad.
-Sabes cómo es Alanís. Seguro en unas horas está en mi puerta -me quejo, y le doy un gran sorbo a la lata. Luego otro. Y otro más.
-Hijo, sé lo que estás pasando, pero esto no está bien. No puedes aislarte así.
Río con molestia. No porque no tenga razón, sino por lo que eso significa.
Volver a la editorial... no puedo. No puedo fingir que nada pasó. El imbécil es el editor.
Nota mental: no mezclar negocios con placer.
¿Placer? Era mi novia desde hacía cinco años. Y él, mi amigo desde que tengo noción. Para peor, Francisco y yo trabajábamos juntos.
-Mamá, ya no sé qué quiero -me sincero, resignado. Me siento como cuando era pequeño y esperaba que sacara una solución de su galera, como si fuera un mago.
-Alan... -dice, con un tono un poco rasposo.
-Lo siento, mamá. No quería sonar tan trágico. Solo estoy exagerando -aseguro, intentando dejarla tranquila-. ¿Te parece que pase por Alanís? -pregunto fingiendo sentirme más enérgico, para cambiar el eje.
-¡Me encantaría que lo hicieras! -puedo imaginar su sonrisa, como si mi cambio de actitud fuera un logro-. Después de pasar por ella, quiero que cenen aquí. No sé si recuerdas la fecha de hoy...
Me odio por no haberlo hecho.
-El cumpleaños de papá -digo, tomando un sorbo, esta vez más corto-. Perdón. Tengo tantas cosas en la cabeza que lo olvidé por completo.
-Lo sé, lo sé... No te sientas mal por eso. Mañana lo haremos -confirma.
-Está bien -contesto-. Debo colgar. Intentaré trabajar desde aquí -aviso, aunque no tengo idea de por dónde empezar.
-Adiós, amor de mamá -dice, con el mismo tono de cuando era niño.
Sin esperarlo, suelto una carcajada corta, que se le contagia.
-Adiós... -respondo, negando con gracia.
Al encender la luz de la cocina veo el desastre que es mi hogar y aunque ya no lo siento como tal, debo ocuparme.
Me replanteo sentarme otra vez frente al portátil, pero, siendo honesto conmigo mismo, no sale nada. Hasta hace unas semanas todo iba perfecto: mi jefe estaba complacido con mis escritos semanales en el diario nacional. Ahora no tengo nada.
Ahora también soy un escritor fracasado.
Mi padre se revolcaría en su tumba de tanto orgullo.
Dejo el trabajo a un lado y me dispongo a limpiar. Si mi hermana viera esto, entraría en histeria.
El departamento es pequeño, pero tardo lo suficiente como para ver amanecer. Hacía años que no lo hacía. En medio de tanta penumbra abstracta, es bueno ver algo así.
Abro la ventana para respirar profundo el aire del exterior, pero me llevo una decepción: el olor a basura de los contenedores en la vereda me golpea de lleno. El ruido de la ciudad agobia. Para rematar, los edificios tapan lo mejor.
Cierro la ventana al instante.
Voy por una ducha. Necesito relajarme. Pronto tendré que pasar por Alanís y no quiero que me vea así, ni que respire cerca de mí. No recuerdo cuándo fue la última vez que me bañé.
¿Qué mierda me sucede?
Jamás fui así. Sé que me están pasando cosas que me hicieron sentir patético, pero... ¿llegar a esto?
Esto pasará.
Debo seguir existiendo.
El espejo refleja el desgano: la barba crecida y desprolija, las ojeras profundas, grisáceas delatando mi insomnio.
Decido dejarla estar. Me da pereza arreglarlo
Una vez ya listo, el teléfono suena. Al ver quién es, me descoloco, Carla.
Corto.
Al abrir la puerta, me sorprendo al encontrarla justo frente a mí, con el teléfono pegado a su mejilla.
Su cara está inflamada y roja. La conozco lo suficiente para saber que estuvo llorando.
-Alan... -su voz suena lastimosa. Finge por supuesto.
-Carla... -respondo con sorna. No voy a demostrarle lo que provocó en mí, aunque sé que lo sabe-. Lo que te hayas olvidado ya no está aquí. Hice limpieza -agrego, y me dispongo a salir.
-¡Por favor, espera! Necesitamos hablar.
Su impaciencia es la de siempre. No me sorprende.
-No, Carla. No necesito hablar contigo. Debo irme. Tengo que pasar por Alanís -digo, mordiéndome la lengua por la explicación innecesaria.
-Es solo un momento -dice, más tranquila-. Por favor.
Susurra, mientras se seca las lágrimas.
Miro la hora y aun sabiendo que no tengo mucho tiempo la dejo pasar.
Ella sin decir nada, entra y se sienta en ese maldito sillón sin darse cuenta lo que me causa.
Su mirada está perdida en la pequeña mesa donde antes estaban nuestras fotografías, hace una mueca de tristeza, pero se mantiene callada.
No puedo negar que me duele verla así. Pero, por su expresión, parece que a ella le duele aún más.
-Carla -la nombro con calma, pero apresurándola.
-No te mereces esto -dice por fin-. Te hice daño. Nos íbamos a casar y yo...
Se cubre el rostro con ambas manos y empieza a llorar.
-Basta. No quiero esto -digo-. Quiero olvidarme de lo sucedido. No puedo con esto.
Me encuentro de rodillas frente a ella sin haberlo decidido.
Estoy tan enojado por mi reacción de estar intentando consolarla.
Acomodo su cabello corto y rubio el cual me llama la atención lo descuidado que hoy está. Ella nunca luce así.
-Necesito que te calmes. No es necesario seguir hablando. -digo, sintiéndome físicamente mal otra vez.
-Quiero decirte la verdad, Alan.
Esta vez me mira a los ojos. Respira profundo intentando averiguar si yo estoy dispuesto a escucharla y solo asiento.
-¿Recuerdas cómo nos conocimos?
Recuerdo que fue el propio Francisco quien nos presentó.
-Estaba enamorada de él. Siempre lo estuve -confiesa.
Me alejo al instante.
-Él siempre me utilizó, igual que a muchas chicas. Tú sabes cómo era Francisco. Es tu amigo.
-¿Es? -río con desgano y niego.
Camino de un lado a otro, procesando lo que acaba de decirme. Es peor de lo que imaginaba y se siente como si algo estuviera comiéndome por dentro.
-¿Qué mierda fui yo para ti, Carla? -pregunto, reaccionando justo como había intentado evitar todo este tiempo.
-Alan... -se queja, como si temiera decepcionarme aún más.-. Quería darle celos. Quería que le doliera como a mí me dolía verlo con alguien más.
Me asquea lo que escucho.
Permanezco inmóvil. Casi deshecho.
Al principio creí que fue solo un desliz. Pero resulta fue durante años.
-Entonces me usaste -digo, desplomándome en una silla, lejos de ella. No puedo mirarla.
-Jamás quise hacerte daño, pensé que tú eras igual a él. Una cosa llevó a la otra. Pero eso no significa que no haya sentido nada por ti.
-Nos íbamos a casar. ¿Entiendes eso? -siento la sangre golpearme con fuerza.
-Jamás pude quitármelo de la cabeza, Alan -su tono es más seco-. Con el tiempo empecé a quererte y dejé de verlo.
Carraspeo. Quiero decir algo, pero mi garganta no responde.
-Pero cuando supo lo de nuestro compromiso, volvió a buscarme... y no pude evitarlo.
-Cinco años, Carla. Fueron cinco malditos años en los que tú y ese imbécil me vieron la cara -río, fuera de mí-. Todo esto que haces ahora es inútil. No voy a volver contigo.
-No pretendo que lo hagas. Vine a decirte que eres un buen hombre. Y que jamás te merecí.
Su voz apenas se sostiene.
-Viniste a decirme lo estúpido que fui -corrijo.
Mi madre, como todos los años, traía consigo uno de los libros escritos por mi padre. Leía algún párrafo a modo de cita; era su manera de recordarlo y hacerlo presente entre nosotros.
-La metamorfosis del alma lleva su tiempo -lee en voz baja-. A veces es instantánea, otras tardan más de lo que crees necesitar. Solo respira...
Una lágrima recorre su rostro y atino a tocarle el hombro, a modo de apoyo.
-Y recuerda que solo es un fin para un comienzo -continúa Alanís, ayudándola a terminar la cita, mientras deja una pequeña flor sobre la tumba.
Sé que la eligió por mí. Está preocupada.
Luego de la confesión de Carla, mi cuerpo solo reacciona en automático. Arde.
Alanís toma mi mano, como siempre lo hace, y no puedo evitar sonreírle.
Mi padre murió cuando yo apenas tenía cuatro años. A mi madre le quedó un vacío insuperable. Con el tiempo, cuando yo tenía once, decidió tener más hijos, y fue entonces cuando llegó Alanís: una pequeña de dos años que apenas caminaba, con torpeza y rulos imposibles.
En ese entonces, su primera reacción al conocerme fue tomar mi mano. La conexión de hermandad no necesita sangre ni parecido. Recuerdo tocar sus esponjosos rizos afro y verla sonreír, divertida. Ella fue la metamorfosis de nuestro hogar.
-Alan, necesito ir a comprar un par de cosas -anuncia, casi como una orden y también la que va a dejar en la quiebra a mí madre.
-¿Un par de cosas? -repito con sarcasmo.
-Porfi, porfi... -ruega, clavando sus uñas artificiales y coloridas en mis costillas.
-¡Estoy conduciendo! -me quejo entre risas.
-Acompáñala, Alan. Yo debo ir a casa de Rebecca -dice mi madre, riendo también en los asientos traseros.
-No, no, no. Ella solo quiere que sea su chofer particular y el cargador de "un par de cosas". Te conozco bien -protesto, mirándola de reojo mientras el semáforo está en rojo.
Alanís cambia la mueca burlona por una más seria. Abre la guantera y saca mis lentes de sol. Me los extiende sin decir nada.
Frunzo el ceño, pero los recibo. En el espejo retrovisor veo mis ojos enrojecidos, el cansancio marcado. Exhalo con pesadez y me los coloco sin pensar demasiado.
Como siempre, Alanís hace y deshace conmigo como quiere.
Recorrimos tantas tiendas como fue posible. Todo estaba colapsado de gente. La cabeza me latía como si fuera a estallar.
-¡Mira lo que te compré! -dice, lanzándome una bolsa.
Me había refugiado en una de las bancas del local: el sector destinado a padres resignados, parejas agotadas y víctimas de compradores compulsivos.
-A ver... ¿qué me trajiste? -pregunto, riendo.
Sus regalos siempre son pésimos. Regala según su gusto y edad, no según la realidad.
-Una bufanda... -digo con sorna-. Gracias, justo lo que necesitaba hoy, con treinta grados.
La despliego por completo para verla mejor.
-Qué detalle de tu parte -agrego-, aunque soy más de colores neutros.
El amarillo chillón del tejido y los ositos multicolor colgando de los flecos dicen lo contrario.
-Combina con tus ojos -responde, quitándomela de las manos para colgármela al cuello.
-Sí, eso estaba a punto de decir -contesto con sarcasmo.
Me pongo de pie, busco un espejo cercano y poso para ella, con brazos en jarra, desfilando como modelo improvisado.
Alanís estalla en carcajadas.
-Me alegra que estés acá -digo de pronto.
Ella no responde, solo me mira y sonríe.
Había logrado cambiar mi día.