Eón Hadeico Vol.1

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Summary

Después de un apocalipsis causado por bestias sobrenaturales, la humanidad se vio obligada a refugiarse bajo tierra. Allí, los supervivientes desarrollaron habilidades extraordinarias para sobrevivir. Zack, un joven decidido y valiente, se une al ejército no solo para proteger a su gente, sino también para explorar el mundo exterior y desvelar sus secretos. Sin embargo, pronto descubrirá que la verdad es más compleja de lo que imaginaba, que los enemigos no siempre son lo que parecen y que la libertad puede tener un precio inimaginable. Entre monstruos, reyes demonios y alianzas peligrosas, Zack tendrá que enfrentarse a su destino... y al oscuro poder que amenaza con devorar todo lo que ama.

Genre
Adventure
Author
Zokiiv
Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1. La revelación

El silencio en aquel lugar no era una ausencia de ruido; era algo físico. Intenté abrir los ojos, pero la oscuridad era tan densa que no había diferencia entre tener los párpados abiertos o cerrados. No sentía mis manos, ni el suelo, ni el peso de mi propio cuerpo. Era como si el vacío me estuviera devorando, borrando quién era yo segundo a segundo.

—¿Don... dónde estoy? ¿Por qué está todo oscuro? —pensé en ese momento.

De pronto, una chispa roja, del color de las brasas agonizantes, rasgó la negrura a lo lejos. No se acercó caminando; se expandió como una grieta en la realidad. El aire, antes gélido, comenzó a vibrar con un calor sofocante que traía consigo un olor metálico, a sangre vieja y ozono.

Mis dedos hormiguearon. Por puro instinto, extendí la mano hacia el resplandor. El calor se volvió un rugido en mis oídos, una voz sin palabras que exigía ser escuchada.

—La luz será tu camino, y la oscuridad tu verdadero poder. Juntos nacerá la verdadera oscuridad —dijo la luz.

Mis dedos se cerraron sobre algo sólido: una empuñadura fría como el hielo que contrastaba con el fuego que emanaba de su hoja. En el momento en que mi piel tocó el metal de la katana negra, la oscuridad dejó de ser un vacío para convertirse en un nombre que retumbó en mi alma: At…

—¡Zack, despierta! ¡Vas a llegar tarde! —dijo una voz femenina.

De pronto sentí una brisa en mi cara... y me desperté de un cabezazo contra el suelo, a pesar de eso, el sudor me empapaba la espalda y el corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado. Me miré la palma de la mano; todavía juraría que sentía el frío del metal negro quemándome la piel.

Miré a mi alrededor, para al final dejar mi vista fijada en un reloj.

—¡Qué tarde es, voy a llegar tarde! —exclamé - ¡La ceremonia de ingreso en la milicia de Archemic empezaba en diez minutos!

Salté de la cama, me calcé las botas desgastadas y salí disparado por la puerta.

—Come algo al menos, no es bueno ir a la presentación con el estómago vacío, Zack —dijo la monja Lana.

—No me da tiempo —dije corriendo mientras me terminaba de vestir.

Si el mundo de arriba era un mito, Archemic era nuestra ruidosa y asfixiante realidad. Corrí por las pasarelas de rejilla metálica que conectaban los sectores del orfanato con el distrito militar. Bajo mis pies, a cientos de metros de profundidad, se extendía el Abismo de los Engranajes, miles de luces amarillentas de hogares excavados en la roca que parecían estrellas confinadas en una tumba. El aire sabía a hierro, aceite quemado y al moho húmedo de las filtraciones, pero hoy, a mis 15 lograré conocer que sígnica el basto cielo de las leyendas, pues seré alistado en las fuerzas de Archemic; Al llegar a la plaza central de la milicia, el vapor de las tuberías de presión nublaba la vista. Allí, junto a la estatua del Fundador, divisé dos figuras familiares.

—¡Zack! ¡Por todos los demonios, creía que te habían comido los Crunchs mientras dormías! —la voz de Melanie resonó con su habitual energía. Estaba ajustándose su uniforme, que siempre le quedaba un poco grande, con una sonrisa que lograba disipar parte de mi nerviosismo.

—Si… Me dormí ¿Habéis logrado dormir? —pregunté.

—La verdad, de los nervios apenas eché cabezada —dijo Cris.

—Eres un exagerado, llevamos años preparándonos, no hay de qué preocuparnos — respondió Melanie.

—Tienes razón, no hay nada que temer —contesté—. Hoy lograremos nuestro sueño: ver qué hay más allá del techo de la ciudad.

Llegamos al edificio junto al resto de reclutas y nos preparamos para recibir al general que nos guiaría, las puertas de bronce se cerraron tras nosotros con un estruendo que hizo vibrar el suelo. El aire dentro del cuartel era distinto; olía a incienso barato y a metal frío. Cientos de jóvenes estábamos en formación perfecta, pero el silencio era tan absoluto que podía oír el sudor resbalando por la nuca de Cris a mi lado.

En el estrado, una figura emergió de entre las sombras de las tuberías de vapor. No era un hombre alto, pero su presencia llenaba la sala. El General Kaelen caminaba con una cojera rítmica, el sonido de su bota metálica golpeando el suelo: clac, clac, clac. Tenía una cicatriz que le cruzaba el rostro desde la frente hasta la mandíbula, un recordatorio de que los demonios no solo matan, sino que desfiguran.

Se detuvo y nos barrió con una mirada de acero.

—Miren sus manos —dijo. Su voz no era un grito, era un susurro ronco que cortaba como un cuchillo—. Mírenlas bien. Esas manos son lo único que separa a Archemic de convertirse en una fosa común.

Caminó por la primera fila, deteniéndose a centímetros de un recluta que temblaba.

—Hace quinientos años, el cielo no era una roca negra. Había algo llamado “sol”. Pero el Ragnarok no vino a darnos una lección, vino a borrarnos. La Lluvia Negra no fue agua, fue el fin. Y mientras ustedes dormían en sus cómodas literas del orfanato, en los túneles del Sector 7, mis hombres morían gritando mientras los Crunchs les arrancaban la carne de los huesos.

Kaelen se giró hacia nosotros, su ojo sano brillando con una intensidad febril.

—No están aquí para ser héroes. Los héroes están muertos y sus nombres olvidados bajo toneladas de escombros. Están aquí para ser herramientas. Para dominar el Rho, para convertir su fuerza vital en la única arma capaz de perforar la piel de un demonio. El que crea que esto es un juego, que se marche ahora. El que se quede... —hizo una pausa dramática, y por un momento sus ojos se clavaron en los míos, como si pudiera ver el rastro del sueño de la katana—... el que se quede, entregará su alma para que la humanidad viva un día más en esta tumba de piedra ¡Un paso al frente!

Una masa de cientos de jóvenes avanzamos al unísono hacia los altares. Frente a mí, las Heliolitas descansaban como carbones encendidos: piedras de un negro absoluto surcadas por vetas de un rojo carmesí que palpitaban como arterias.

Di una ojeada a la sala entera y, de pronto, mis ojos se clavaron en una en específico. No era la más grande, pero sentí que me llamaba, que mi sangre vibraba al mismo ritmo que su brillo rojo.

Me acerqué y, en cuanto mis dedos rozaron la superficie fría y rugosa, el mundo de la milicia se desvaneció.

Aparecí en un vacío infinito, un lugar donde la luz no existía y el suelo parecía estar hecho de cristal negro. Frente a mí, una entidad humanoide de un color rojo intenso me observaba. No tenía rostro, pero su presencia me hacía querer arrodillarme.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre un león y un humano, Zack? —su voz retumbó en mis huesos.

—No —contesté, tratando de mantener la guardia, aunque mis piernas temblaban.

—Pues que el león nació destinado a ser el rey que doblegue a todas las bestias. En cambio, el humano solo es un esclavo de su vida, que sirve sin pensarlo a un rey. No tiene ni voz ni voto. ¡Ahora, simple humano, demuéstrame que eres merecedor de ser mi rey!

De la nada, miles de espadas oxidadas brotaron del suelo. La entidad rugió y su cuerpo comenzó a deformarse, creciendo y encorvándose hasta convertirse en una bestia cuadrúpeda monstruosa que exhalaba odio. Se lanzó hacia mí con una velocidad cegadora.

Desesperado, empuñé la espada más cercana y golpeé con todas mis fuerzas. ¡Clang! El metal se partió como si fuera cristal. Cogí otra, pero pasó lo mismo una y otra vez. La bestia me lanzaba golpes que me desgarraban la piel, mientras yo solo podía correr. Era un juguete en sus garras, viendo mi fin de cerca.

«Necesito esa fuerza...», pensé al borde del desmayo. De pronto, recordé la visión de mi sueño: la katana negra con destellos carmesí que irradiaba un poder capaz de aplastar el mundo.

La bestia saltó para devorarme. En ese instante de vida o muerte, la vi: clavada en el vacío, gritando por ser empuñada. Me deslicé bajo el monstruo, esquivando sus fauces por milímetros, y mis dedos envolvieron la empuñadura. Una voz en mi cabeza me dictó el comando.

¡MIL! —grité con el alma.

El golpe fue tan pesado que el espacio pareció contraerse. La katana no solo partió a la bestia en dos, sino que quedó encallada en el suelo, abriendo grietas de energía roja por todo el vacío negro.

Desperté de golpe, jadeando, con la mano derecha ardiendo y sujetando la katana negra de mi sueño. Pero el silencio del ritual había desaparecido.

—¿Gravedad...? —pensé, mirando la katana—. ¿Este es el poder que he ganado?

El silencio de la sala fue cortado por los rugidos y gritos de una esquina, la sala de la milicia era un escenario de pesadilla. Los militares que antes nos custodiaban ahora yacían en el suelo, sus uniformes desgarrados y el suelo encharcado en sangre. Miré a mi derecha. Melanie estaba de rodillas, sujetando una espada de luz que vibraba débilmente; estaba pálida, con la mirada perdida en un rincón de la sala, temblando violentamente.

—¿Melanie? —susurré, pero mi voz se ahogó cuando vi lo que ella estaba mirando.

En el centro de la carnicería, una criatura que no parecía de este mundo terminaba de despedazar a un sargento. Tenía escamas oscuras y una fuerza sobrenatural. Tardé unos segundos en reconocer los restos del uniforme que colgaban de su lomo.

—¿...Cris? —el nombre salió de mi boca como una herida.

Mi mejor amigo no había superado el ritual. Su Heliolita lo había mutado en una de esas bestias que nos habían enseñado a odiar. Había matado a todos, y Melanie, atrapada por el trauma, no podía reaccionar, me arrodillé al lado del cadáver de Cris y deseé que ojalá nos pudiéramos volver a ver en otra vida, mientras tanto yo cumpliría nuestro deseo de ver más allá del techo de nuestro orfanato.

Melanie, por otra parte, sí logró derrotar a su demonio, obteniendo su espada, pero en su mirada se veía un terror nauseabundo. Ese día entendimos la realidad de un combate a muerte.

Tras la masacre en la sala, el ambiente se volvió gélido. Los que sobrevivimos fuimos escoltados a una sala de conferencias donde el General Kaelen—el símbolo de su rango— brillando bajo las luces de neón, nos dio las coordenadas de nuestra nueva vida.

—Han pasado la prueba de fuego. Ahora son soldados de Archemic —dijo, señalando un mapa de la ciudad—. Hay dos caminos: los Soldados Locales, que mantienen el orden en estas calles de piedra; y los Soldados Exploradores, los encargados de subir a la superficie a por recursos y, lo más importante: el Mirio, este es el corazón de nuestra ciudad; un mineral eléctrico que mantenía las luces encendidas y el aire filtrado.

Kaelen nos explicó la jerarquía: Pin de una raya para soldados, pin de dos rayas para Generales, pin en cruz para Capitanes, y por encima de todos, los Siete Pilares, los guerreros más letales de la humanidad, con un uniforme blanco.

Al salir de la sala, encontré a Melanie apoyada contra una pared fría. Sus ojos, antes llenos de vida, estaban hundidos.

—¿Melanie? ¿Estás bien? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.

—Me quedaré aquí, Zack —susurró sin mirarme—. Me inscribiré como soldado local. No puedo volver a ver algo así... no puedo volver a pelear.

Su voz se quebró. Quise decirle que Cris no querría eso, pero me callé. Cada uno elige su destino. Yo también tenía miedo, pero el deseo de ver lo que había sobre nuestras cabezas, de encontrar una razón para tanto sacrificio, era más fuerte que mi terror.

A la mañana siguiente, me asignaron a un escuadrón de reconocimiento. El objetivo: buscar vetas de Mirio más allá de las zonas explotadas. El tiempo era nuestro enemigo; debíamos volver antes de que el sol cayera.

Llegamos a la Puerta Munch, una estructura colosal de acero y runas diseñada por los primeros Pilares. Cuando los engranajes giraron y las hojas de metal se abrieron, el mundo me golpeó.

No había prados verdes. No había ríos. El horizonte era un desierto absoluto, un océano de arena y huesos bajo un sol que no calentaba, sino que hería. Caminamos durante horas hasta encontrar una zona rica en Mirio. El trabajo era extenuante, picando la roca bajo el calor sofocante, hasta que el suelo decidió traicionarnos.

Un crujido profundo precedió al desastre. La tierra se tragó a la mitad del escuadrón.

—¡Puedo volar! —gritó un soldado con poder de viento—. ¡Lancen algo!

Improvisamos una soga con nuestras chaquetas de uniforme. Logramos subir a todos, pero el reloj no se detuvo. Cuando el último hombre estuvo a salvo, el sol ya besaba el horizonte con un tono naranja sangriento.

—Es demasiado peligroso seguir —ordenó el General del escuadrón—. Nos refugiaremos en esa cueva.

Montamos un campamento improvisado. El silencio del desierto era peor que el ruido de la ciudad; era un silencio que te observaba. Me tocó la segunda ronda de vigilancia. Mis manos no dejaban de sudar sobre la empuñadura de mi nueva katana.

—Relájate, novato. Pareces un pollo empalado —dijo un compañero a mi lado, tratando de romper el hielo.

—No ayuda que me digas eso —respondí con una sonrisa nerviosa.

—Me llamo Wild. Al menos la conversación evita que nos volvamos locos aquí fuera.

Me estrechó la mano con fuerza. Le sonreí, agradecido por su humanidad, pero de repente, su apretón se volvió sobrenaturalmente fuerte. Wild no me soltó. Miré su rostro y el grito se me quedó atrapado en la garganta: una mandíbula desencajada, llena de colmillos negros, estaba devorando su cabeza.

—¡CRUNCHS! —el grito del General fue seguido por el sonido de mil patas raspando la piedra.

Estábamos rodeados. Desenvainé mi katana negra y, concentrando todo mi miedo, activé el poder de la gravedad. La hoja descendió con el peso de una montaña, partiendo al primer monstruo en dos. Pero entonces ocurrió lo peor, la espada se hundió tanto en el suelo por su propio peso que quedó encallada.

Estaba indefenso. Un Crunch se lanzó hacia mi cuello, pero mis compañeros me cubrieron, salvándome en el último segundo. La pelea fue un caos de sangre y sombras. Entonces, vi lo imposible, el General, nuestro líder, fue atravesado por un aguijón negro.

El pánico nos rompió. Corrimos. Cada uno por su cuenta hacia la profundidad de la cueva. En mi huida ciega, mi pie tropezó y caí por un precipicio interno. El dolor me nubló la vista; me había lastimado el tobillo.

Escuché los gruñidos acercándose. Decenas de ojos rojos brillaban en la oscuridad, rodeándome.

—Ya está... este es mi fin —pensé, cerrando los ojos mientras las bestias saltaban.

Pero el impacto nunca llegó.

Un estruendo sordo sacudió la cueva. Los Crunchs lejanos estallaron en pedazos y los que estaban sobre mí fueron aplastados contra el suelo por una presión brutal, como si una mano invisible los hubiera estampado. Una sombra robusta y poderosa se alzaba frente a mí, mientras otra más esbelta se acercaba con elegancia.

—¿Te encuentras bien? —preguntó la sombra esbelta, extendiendo una mano hacia mí.

Me quedé estupefacto. No eran soldados comunes. Irradiaban una fuerza que hacía que mi poder de gravedad pareciera un juego de niños.