Capítulo 1: El Eco del Vacío
Todos hemos sentido el vacío de la soledad; esa fuerza que devora nuestro ser aunque intentemos ignorarla. Siempre está ahí, esperando a que todo lo que nos rodea desaparezca para transformarse en un depredador al acecho de nuestra ilusoria felicidad. Y quién diría que ese monstruo puede ser despertado por algo tan banal como la basura.
-Bitácora del capitán Joseph King (ID 11022026). Encargado de la limpieza del sector Vulpecula a bordo del Hades A1804 Ω. Mi único tripulante es la IA Vulpecula 2.0. Reporto la llegada al sector para iniciar la misión. Fin de la transmisión.
El frío se sentía en cada rincón de la inmensa nave. Cada minúsculo movimiento generaba un eco que resonaba contra las innumerables paredes metálicas. Era un día cualquiera para el demacrado capitán; tras quince años en el puesto, nada le parecía nuevo. Su vida se había convertido en una rutina de la que pocos logran escapar, una espiral más tormentosa que cualquier agujero negro en el espacio.
Cuando el reloj laboral marcó el inicio, Joseph, con su capacidad de asombro ya desgastada, comenzó a mover grandes cantidades de desechos hacia la bodega. Era deprimente: un hombre roto frente a una pantalla azul que mostraba miles de restos de publicidad y trozos de satélites que alguna vez sirvieron para comunicar a la humanidad. Irónico, considerando que habían pasado años desde que Joseph habló con otro ser humano. Su única compañía eran los circuitos de la IA Vulpecula y del Hades; sistemas que, por diseño, carecían de empatía.
Es una sensación amarga sentir cómo tu cuerpo se acostumbra a repetir movimientos mecánicos de los que ya ni siquiera eres consciente. Joseph era un proceso más, imitando a los fieles y fríos compañeros robóticos de su nave.
Hubiera sido un día como cualquier otro, pero al destino -al que poco le importan los hombres- tenía algo preparado para nuestro famélico capitán. Su cuerpo automatizado revisaba los restos, buscando algo útil para separar del combustible. No esperaba nada, como muchos de nosotros al iniciar el día; solo anhelaba que terminara la jornada para volver a ese pequeño momento de soledad que, aunque nos hace daño, es lo único que sentimos como propio.
Joseph movía el gran brazo metálico del Hades sin sospechar que un simple trozo de chatarra estaba a punto de cambiar el curso de su triste rutina.