El aroma a café y a comienzo
La taza humeaba frente a mí como si intentara hipnotizarme. Café negro, sin azúcar, sin leche. La única forma en que podía funcionar a las seis de la mañana un lunes que prometía cambiar mi vida.
Llevaba una semana preparándome para este momento: organizando carpetas, leyendo y releyendo el reglamento escolar, memorizando nombres de colegas que aún no conocía en persona. Todo mientras respondía los mensajes desesperados de mi hermana mayor desde las afueras de la ciudad, donde ahora vivía con su bebé de tres meses y un marido que trabajaba demasiadas horas.
"¿Segura que quieres ser maestra?" me había preguntado la última vez que la visité, con Zoe dormida en sus brazos y ojeras que le llegaban hasta el alma. "Los niños son adorables, pero también son demonios con cara de ángel."
Sonreí ante el recuerdo. Siempre quise ser maestra. Desde niña, cuando organizaba a mis muñecas en filas perfectas y les enseñaba el abecedario con una seriedad ridícula para una niña de cinco años. Los niños me parecían lo más honesto del mundo: decían lo que pensaban, sentían sin filtros y te miraban como si realmente importaras en el universo.
El Colegio San Martín era exactamente el tipo de institución donde quería trabajar. Mixto, inclusivo, con alumnos de diferentes estratos sociales. Nada de esnobismo ni de uniformes carísimos. Solo niños siendo niños, aprendiendo a ser personas.
Dejé la taza en el fregadero del departamento que compartía con Sofía Rivas, mi compañera de piso desde hacía casi dos años. El lugar era pequeño pero acogedor: dos habitaciones, un baño compartido, una sala-comedor que hacía las veces de todo, y una cocina donde apenas cabían dos personas sin chocarse.
Vivíamos en el centro de Rosario, en un edificio antiguo con ascensor que funcionaba cuando quería y vecinos que gritaban a todas horas. Pero era nuestro. Y lo amaba.
Justo cuando me dirigía a mi habitación para terminar de arreglarme, la puerta de Sofía se abrió. Una morena despampanante salió envuelta en una toalla diminuta que dejaba muy poco a la imaginación. Piel bronceada, cabello negro y rizado, labios carnosos pintados de rojo a pesar de ser tan temprano.
—Buen día —saludé, desviando la mirada por cortesía.
Ella me guiñó un ojo con descaro.
—Buenos días, bombón. ¿Tú eres la compañera?
—La misma.
—Sofía tiene buen gusto —ronroneó antes de meterse al baño.
Segundos después, Sofía apareció en el marco de su puerta. Rubia, con un corte asimétrico que le quedaba perfecto, ojos verdes brillantes y una sonrisa que podría vender cualquier cosa. Vestía una camiseta oversized y shorts cortísimos.
—La escuchaste anoche, ¿verdad? —preguntó sin el menor rastro de vergüenza—. "Ay sí, justo ahí, más fuerte, no pares…"
Puse los ojos en blanco.
—No me dejaste repasar la lista de alumnos, Sofi. Eres oficialmente la peor compañera del universo.
—¿La peor? —Se llevó una mano al pecho con dramatismo digno de telenovela—. Yo te proveo de entretenimiento nocturno gratuito. Hombres, mujeres, tríos ocasionales… Considéralo educación sexual en vivo.
Negué con la cabeza mientras entraba a mi cuarto.
—¿Nunca vas a sentar cabeza?
—Quizá cuando esté muerta y la cabeza se asiente sola en el ataúd —respondió sacándome la lengua—. Mientras tanto, voy a seguir disfrutando de la vida como se debe.
Era imposible no adorarla. Sofía Rivas, hija de un empresario importante de la ciudad, podría vivir en una mansión con sirvientes y auto del año. Pero había elegido compartir un departamento pequeño con una maestra recién graduada porque, según sus palabras, "la alta sociedad me da alergia y prefiero ser feliz a ser rica".
Odiaba los tacos altos, amaba las zapatillas rotas y tenía una agenda social más llena que la de cualquier celebrity. Su colección de amantes rotaba con la regularidad de las estaciones, y jamás la había visto sufrir por amor. Decía que el amor romántico era una construcción social diseñada para vender flores y chocolates.
Nunca la juzgaba. Cada quien armaba su felicidad como podía.
Me miré al espejo por última vez. Pantalón de vestir negro, blusa blanca sencilla pero elegante, blazer gris claro. Zapatos bajos y cómodos porque sabía que pasaría horas de pie. Cabello castaño recogido en una cola alta, flequillo recto enmarcando mi rostro. Maquillaje natural: un poco de rímel, labial nude, un maquillaje rápido.
Veinticuatro años, metro sesenta y cinco, constitución delgada pero no frágil. Rostro ovalado, ojos color miel, nariz pequeña. Nada extraordinario, pero me veía increíble.
Agarré mi bolso, la carpeta con los materiales del primer día y salí de la habitación.
En la sala, Sofía y su conquista ya estaban enredadas en el sofá, ajenas al mundo.
—Me voy —anuncié.
La morena levantó el pulgar sin despegarse de Sofía.
—¡Suerte, profe! Y si algún mocoso te saca de quicio, un coscorrón educativo nunca mató a nadie.
—No voy a golpear a ningún niño.
—Pues deberías. Te hará falta autoridad.
Las ignoré con cariño y cerré la puerta antes de que me convencieran de quedarme.
No tenía auto. Había aprendido a conducir, por supuesto, pero el dinero que había ahorrado se había esfumado el año anterior en una emergencia familiar. Me movía en taxi, colectivo o caminando. El colegio no quedaba demasiado lejos, apenas veinte minutos en transporte público.
Paré un taxi, le di la dirección y aproveché el trayecto para revisar mi celular. Un mensaje de mi hermana me recibió:
"Zoe y yo te deseamos mucha suerte en tu primer día. Sos la mejor tía y vas a ser la mejor maestra. Te amamos."
Abajo, una foto de ella con la bebé dormida contra su pecho. Respondí con corazones y guardé el teléfono justo cuando llegábamos.
El Colegio San Martín del Tucumán era más grande de lo que recordaba de mi entrevista. Un edificio de dos plantas pintado de blanco, con grandes ventanales y un patio amplio donde ya se veían algunos niños jugando antes del timbre. La entrada principal tenía un drop-off para padres que llegaban en auto, y una entrada peatonal lateral.
El guardia de seguridad revisó mi identificación.
—Bienvenida, señorita Parson. Primera puerta a la derecha, segundo piso. Su aula es la 2B.
—Gracias.
Subí las escaleras con el corazón acelerado. Emoción, nervios, expectativa, cansancio al estar en mala forma. Todo mezclado en un cóctel que me hacía sentir viva.
El pasillo del segundo piso olía a pintura fresca y aromatizante de vainilla. Encontré mi aula sin problema. La puerta tenía un letrero hecho a mano: "2do Grado - Sección B - Miss Parson".
Entré. El salón era luminoso, con ventanas que daban al patio, paredes decoradas con pósters educativos de colores y veintitrés pupitres ordenados en filas perfectas. Cada uno tenía una etiqueta con el nombre del alumno asignado.
Dejé mis cosas en el escritorio de madera clara y respiré hondo. Esto era real. Esto estaba pasando.
—¿Señorita Parson?
Me giré. Un hombre joven asomaba la cabeza por la puerta. Cabello castaño desordenado, camisa a cuadros azul y blanca, jeans oscuros. Sonrisa amable.
—Soy Lucas Fernández, maestro de cuarto grado, aula 4A. Bienvenida al equipo.
—Gracias —respondí estrechando su mano—. Un placer conocerte.
—Igual. La directora me pidió que pasara a saludarte. ¿Nerviosa?
—Un poco. Pero también emocionada.
—Todos pasamos por eso. No te preocupes, los chicos de segundo son adorables. Bueno, casi todos. —Sonrió con complicidad—. Te dejo, que mis demonios están por llegar. Cualquier cosa, estoy al final del pasillo.
Salió justo cuando sonó el timbre. El estruendo de voces infantiles invadió los pasillos. Respiré hondo una vez más y me coloqué junto a la puerta.
Los niños comenzaron a entrar en fila, guiados por una asistente. Veintitrés pequeños humanos de seis y siete años, con mochilas casi tan grandes como ellos, uniformes impecables y rostros llenos de curiosidad.
Algunos me sonrieron. Otros me miraron con desconfianza. Varios se sentaron sin siquiera voltear a verme.
Cerré la puerta cuando el último entró.
—Buenos días, chicos. Bienvenidos al nuevo año escolar.
—Buenos días, maestra —respondieron en coro. Algunas vocecitas más fuertes que otras.
Caminé hacia el pizarrón y escribí mi nombre con tiza de colores: Natanael PARSON. Dibujé una carita sonriente al lado.
—Soy la señorita Natanael, y voy a ser su maestra durante todo este año. Vamos a aprender muchas cosas juntos, a divertirnos y a respetarnos siempre. ¿Listos para conocernos?
Un coro de "síes" entusiastas llenó el aula.
Empecé por la primera fila. Nombres, edades, comidas favoritas, mascotas. Cada niño respondía con timidez pero dulzura. Algunos eran más extrovertidos, otros apenas murmuraban.
Llegué a la tercera fila. Una niña de cabello rizado me dijo que tenía dos hámsters llamados Choclo y Manteca. Un niño pecoso confesó que le tenía miedo a los payasos. Todos rieron.
Y entonces llegué al último pupitre de la fila del fondo.
Un niño de cabello negro azabache, liso y un poco largo, que le caía sobre las orejas. Piel pálida, casi translúcida. Ojos grises intensos que contrastaban brutalmente con el resto de su rostro. Vestía el uniforme del colegio de forma impecable: pantalón gris, camisa blanca, suéter azul marino.
Tenía un cuaderno abierto frente a él y escribía con una concentración que no era normal en un niño de su edad. La letra era clara, casi adulta. Perfectamente alineada.
Me agaché a su altura.
—Hola, campeón. ¿Cómo te llamas?
No levantó la vista de inmediato. Terminó de escribir la línea que tenía entre manos, pasó la página con cuidado casi reverencial y escribió algo nuevo.
Giró el cuaderno hacia mí.
Luka Voss. 7 años. Y un dibujo de Messi levantando la copa a su lado.
Mi primera reacción fue sorpresa. Escribía su nombre y edad en lugar de decirlos.
—¿Siete años? ¿Y escribe en una escuela con educación pública?—pregunté con una sonrisa—. ¿Y eres de pocas palabras?
Finalmente me miró. Sus ojos grises se clavaron en los míos con una intensidad perturbadora para alguien tan joven. Cuando habló, su voz salió tranquila, pausada. Madura.
—Prefiero escribirlas. Las palabras habladas a veces se desperdician.
Me quedé congelada un segundo. No solo por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Como si fuera un adulto atrapado en el cuerpo de un niño.
—Entendido, eres muy maduro para tu edad—respondí, recuperando la compostura—. Está bien, Luka. Cada quien se expresa como prefiere. Bienvenido.
Asintió una vez. Seco. Formal.
Volví al frente del aula tratando de procesar lo que acababa de pasar. Seguí con la rutina: reglas básicas, canciones de bienvenida, actividades para romper el hielo. Los niños participaron con entusiasmo.
Luka Voss no.
Se quedó en su pupitre, escribiendo en su cuaderno con esa concentración inquebrantable. No molestaba. No interrumpía. Simplemente existía en su propio mundo.
Cuando sonó el timbre de salida, todos comenzaron a guardar sus cosas con el caos típico de niños pequeños. Algunos gritaban, otros corrían hacia la puerta. Yo los organicé en fila para acompañarlos hasta la salida.
Luka fue el último en levantarse. Se colgó su mochila negra al hombro, con un estampado de Sasuke, un personaje de Naruto. Con movimientos precisos, caminó hacia mi escritorio y dejó un papel doblado con cuidado.
No dijo nada. Solo me miró un segundo antes de salir.
Esperé a que todos se fueran. Cerré la puerta. Volví a mi escritorio.
Abrí el papel.
Puto el que lee Latín.
Un niño de siete años acababa de agradecerme en latín clásico.
Me quedé mirando la hoja, el corazón latiendo más rápido de lo normal. No era solo el idioma. Era la caligrafía perfecta. La formalidad. El detalle.
¿Quién era Luka?
Guardé el papel en mi bolso, cerré el aula con llave y caminé por el pasillo vacío.
Pensé en la pizza que Sofía me había prometido como celebración. En mi hermana y su bebé. En mi primer día como maestra oficial.
Y en ese par de ojos grises que parecían guardar secretos demasiado pesados para un niño.
Sacudí la cabeza. Mañana todo tendría más sentido. O quizás no.
Pero de algo estaba segura: Luka Voss no era un alumno común.
Y algo me decía que mi vida estaba a punto de complicarse de formas que aún no podía imaginar.
Ya qué tenía que laburar 😨.








