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🏆°•Para todos, Max Verstappen era el campeón invencible. Capitán del equipo de fútbol americano de la universidad, el chico dorado que todos querían en su cama o en su vida. Una bestia en el campo, una belleza de mandíbula marcada, cejas gruesas y una espalda que parecía esculpida con odio por Dios. Nadie, ni siquiera sus compañeros más cercanos, sospechaban lo que escondía bajo el pantalón de entrenamiento ajustado y el protector de pecho.
Porque sí. Max tenía coño.
No uno cualquiera. Uno carnoso, caliente, húmedo y rosa. Un coño que latía cada vez que ese nerd con lentes, Checo Pérez, le sostenía la mirada desde la primera fila de su clase de biomecánica.
Checo... ese hijo de puta sabía demasiado.
—¿No hablaste con nadie? —preguntó sin mirarlo, mientras se arrodillaba sobre la colchoneta mugrosa del aula de educación física en desuso. El lugar apestaba a madera vieja, sudor seco y polvo. Pero Max no se quejaba. Nunca se quejaba.
—No. Solo me duché y vine directo. Lo juro, Checo —respondió el rubio con voz rasposa, cerrando la puerta detrás de sí y echándole el pestillo. Su sudadera gris empapada se pegaba a su abdomen marcado. Ni siquiera había tenido tiempo de secarse bien el cabello. Aún chorreaba.
Checo no respondió. Solo se puso de pie, caminando hacia él con esos pasos lentos, casi depredadores. Sus gafas estaban empañadas por el calor del ambiente, pero detrás de ellas brillaban unos ojos que no se correspondían con su imagen de ratón de biblioteca. Había hambre en esa mirada. Hambre, deseo y poder.
Max tragó saliva. Ya no era el alfa. No aquí.
—Quítate eso —ordenó Checo, señalando la sudadera con un leve movimiento de su dedo índice.
El campeón obedeció sin pensarlo. La tela cayó al suelo, revelando el pecho plano y marcado, el sujetador deportivo empapado pegado a su piel. Los pezones oscuros y duros se notaban por debajo, hinchados, sensibles. Checo se acercó y le agarró la mandíbula con una mano firme.
—Te ves más linda así, toda calladita, ¿eh?
Max asintió. Tenía la boca entreabierta. Ya estaba caliente. Siempre lo estaba para él.
—¿Sabes qué pasa cuando hablas con esos idiotas del equipo después del entrenamiento?
—Pierdo tu atención…
—Exacto. Y eso te duele más que una tacleada, ¿verdad, puta?
Max asintió otra vez, esta vez más fuerte. Una de sus piernas tembló.
Checo sonrió. Esa sonrisa torcida no la conocía nadie más. Ni sus profes, ni sus compañeros, ni su familia. Solo Max. Solo su niña secreta.
—Dame la espalda y bájate los shorts.
La voz gruesa del mexicano lo hizo gemir de forma apenas audible. Max giró, los pantalones deportivos cayeron por sus muslos firmes, y el boxer especial que ocultaba su verdad quedó empapado entre sus piernas.
Checo se arrodilló de nuevo. Empujó con dos dedos el elástico y quedó al descubierto lo que muchos jamás imaginarían.
—Mierda… mírate. Toda mojada por mí y apenas te he tocado —susurró, bajando el rostro y empujando su nariz entre los pliegues. Inhaló como si se tratara de la droga más potente.
Max gimió bajito. Le costaba mantenerse en pie.
—Checo… por favor…
El chico le dio una nalgada seca.
—Shhh. No me interrumpas. Estoy concentrado.
Y sin decir más, le abrió el coño con dos dedos, observando el interior palpitante que lo llamaba como un animal. La lengua le recorrió la raja entera, lenta, humedecida, maldita y perfecta. Max se llevó una mano a la boca para no gritar.
—Estás tan abierta —murmuró Checo, jadeando entre lamidas—. ¿Quién te dejó así, campeona?
—Tú… solo tú…
Checo escupió sobre su entrada y volvió a lamerla con fuerza, con rabia contenida, como si lo odiara. Se lo comía sin pudor, sin miedo, como si hubiera estado esperando todo el día por ese sabor.
El cuerpo de Max temblaba. Apoyado contra el pupitre de madera, el sudor le bajaba por la espalda. Las rodillas se le doblaban.
—Me vuelves loco, cabron. Tan puta y tan mío. —Checo se incorporó solo para morderle la espalda baja. Marcó con los dientes. Sin compasión.
Max se giró un poco, buscando con desesperación su rostro. Su coño estaba abierto, babeando, deseando más.
—Checo, por favor… necesito…
Pero Checo le tomó el cuello con una mano y lo empujó contra el escritorio.
—Vas a decirme qué necesitas bien. Dímelo como la perra que eres. O me voy.
Max rompió. Ya no tenía dignidad, ni control, ni coraje. Era solo una muñeca rota entre los dedos de ese nerd maldito que se sabía su dueño.
—¡Necesito que me metas la lengua más! ¡Que me llenes el coño, que me hagas tuya otra vez! ¡Por favor, papi, por favor!
Checo le metió tres dedos de golpe y Max soltó un grito que se perdió en las paredes vacías del aula.
—Eso. Así sí.
Y volvió a chupar. Con fuerza. Con pasión. Con ese amor sucio y violento que lo caracterizaba.
Max ya no veía nada. Solo sentía. Solo escuchaba su propia respiración quebrada, el sonido obsceno de su coño siendo devorado, el calor de Checo y esa amenaza constante de correrse sin permiso.
—No te atrevas a venírt—
Pero no terminó la frase. Porque Max se sacudió de golpe, jadeando, con el cuerpo entero a punto de estallar.
Checo se detuvo.
Se levantó.
Le lamió los dedos frente al rostro.
—Vamos a ver si aguantas lo que sigue.
Lo empujó sobre el escritorio. Max se quedó de espaldas, con las piernas abiertas, la entrada palpitando, roja, lista. Esperando.
Ahí.
Así.
Con el campeón desnudo, derrotado, empapado y hambriento…
🏆°•
El cuerpo de Max se arqueaba sobre el escritorio con las mejillas calientes, las piernas abiertas y el coño completamente expuesto, hinchado, chorreando. Estaba empapado en sudor, con la espalda brillante bajo la tenue luz de la lámpara del rincón, como una obra de arte a medio destruir.
Checo se acomodó detrás, lo observó en silencio por unos segundos. Respiraba por la nariz, con los ojos afilados detrás de las gafas. Y sonrió. Esa sonrisa ladina, torcida, sucia. De esas que dolían en el pecho y entre las piernas.
—Te ves preciosa así… —susurró, pasándose la lengua por los labios—. ¿Qué pensarían tus amiguitos del equipo si te vieran como estás ahora? ¿Ah? Si entraran por esa puerta y encontraran a su campeón con el coño abierto, babeando, rogando que lo sigan lamiendo…
Max cerró los ojos con fuerza. El placer se mezclaba con la humillación y algo en su pecho explotaba cada vez que Checo hablaba así. Su coño latía. Literalmente latía.
—Si supieran que después de cada práctica vienes corriendo a que te coman la coño como una desesperada —continuó Checo, inclinándose sobre él para lamerle la nuca con lentitud y luego escupirle ahí mismo—. ¿Qué dirían, Max? ¿Seguirían adorándote? ¿O te señalarían como la puta que realmente eres?
Max gemía ahogado, apretando los puños sobre el escritorio. Las piernas le temblaban violentamente. Se estaba derritiendo.
—Tú... tú me haces así —jadeó con la voz quebrada.
Checo soltó una risita baja, cruel. Le empujó dos dedos otra vez. Sin avisar. Sin piedad.
—¿Yo? Yo solo te muestro lo que ya eras. Yo te saco la verdad. Esa que escondes con ese uniforme apretado y esa actitud de macho alfa. No eres más que una putita con suerte.
Max se mordía los labios, pero los gemidos escapaban igual. No podía detenerlos. Checo le metía y sacaba los dedos con fuerza, sin ritmo, sin dulzura. El sonido del coño mojado rebotaba en las paredes del salón como música maldita.
Checo se detuvo.
Max se quedó temblando, gimiendo bajo él, sin entender por qué. Hasta que escuchó el sonido inconfundible de un teléfono desbloqueándose.
—No… no, no, por favor… —dijo débil, apenas logrando voltear el rostro sobre el pupitre.
Checo sacó el celular de su sudadera, se colocó de lado para que Max viera bien. En la pantalla, una imagen.
Una selfie. No muy reciente.
Ahí estaba Max. Con una sonrisa estúpida y nerviosa, mejillas rojitas, el cuello lleno de chupetones. Detrás de él, Daniel Ricciardo le sujetaba la cara con ambas manos, aplastándole los cachetes, riéndose. Un gesto tan íntimo que dolía. Demasiado.
—¿Qué es esto, Max? —preguntó Checo en voz baja, tan suave que asustaba—. ¿Por qué carajos Ricciardo tiene las manos en tu cara como si fueras suyo?
Max sintió que el mundo se le caía encima.
—No… no fue nada. No… no pasó nada. Te lo juro, Checo. No sabes... yo ni siquiera quería. Él se acercó y solo…
Pero Checo ya había dejado el teléfono a un lado.
—Shhh. No mientas. No ahora.
Y sin darle más tiempo, se agachó de nuevo, enterrando la cara entre sus piernas. Esta vez fue con rabia. Con rencor. Con esa violencia delicada que dolía y curaba a la vez. Le mordió los labios del coño. Le lamió con odio.
Max gritó. Literalmente gritó.
—¡Checo… por favor…!
Checo levantó la cabeza con la boca mojada, los ojos brillantes.
—Vas a explicarme esto bien cuando termine de comerte, ¿entendiste? Vas a decirme con detalle si te dejó así de mojada como estás ahora. Porque si me entero que lo tocaste…
Max negó rápido, llorando. Llorando de placer, de culpa, de miedo.
—¡No! ¡Te lo juro! ¡Yo solo… yo te quiero a ti! ¡Solo tú me haces esto, por favor no te enojes…!
Checo se incorporó, lo agarró del cabello y lo obligó a alzar la cabeza. Lo miró fijamente.
—Entonces dímelo.
—¿Qué?
—Dímelo con esa boca sucia. Dímelo bien o me voy.
Max tragó saliva, con la cara manchada de lágrimas, labios hinchados, cuello marcado.
—¡Tú eres el único que puede tocarme el coño así! ¡Tú eres el único que me rompe, Checo! ¡Eres mío, papi… solo mío!
Checo lo soltó.
—Eso quería oír.
Y volvió a devorarlo.
Lengua. Dedos. Mordidas.
Max ya no sabía en qué plano existía. Solo sabía que estaba abierto. Que el placer lo rompía. Que el calor subía.
Y que cuando sintió que su cuerpo se sacudía al borde de un orgasmo violento, Checo se apartó otra vez.
—No te corres todavía.
Max lloró.
Literalmente sollozó.
—¡Papi… por favor!
Pero Checo ya estaba bajando el cierre de su pantalón.
—No, muñeca. Aún no terminamos. Todavía tienes mucho que explicarme.
🏆°•
Max seguía sobre el escritorio, temblando. Las piernas le colgaban como trapos, el coño palpitante abierto, rojo, brillante, como si suplicara atención. Tenía las mejillas húmedas por las lágrimas, la boca entreabierta, el cuello lleno de marcas frescas.
Checo se subió la sudadera por encima de la cabeza, dejando ver ese torso que parecía tallado a mano. Tenía músculos delgados pero definidos, la piel morena, caliente, viva. Se quitó los pantalones sin dejar de mirar a Max. Sin prisa. Sin ternura. Lo miraba como quien mira a su propiedad. Como un animal al que está por domar de nuevo.
Y ahí estaba. Dura. Gorda. Pesada.
La verga de Checo saltó libre, brillosa ya de las ganas. No necesitaba mucho. La tenía llena por el sabor de ese coño y la necesidad brutal de marcar territorio.
Max lo miró desde el pupitre, jadeando. Los ojos le brillaban como si supiera lo que venía. Y lo quería.
—¿Sabes lo que va a pasar ahora? —preguntó Checo, acercándose con pasos firmes.
Max asintió. Su voz no salía. Solo tragó saliva. Tenía la boca seca, pero el coño chorreaba como si supiera que lo estaban por castigar.
Checo lo tomó de la muñeca y lo hizo bajar del escritorio.
—De rodillas.
Max obedeció, temblando, el cuerpo ya rendido. Las rodillas tocaron el suelo frío. Desde ahí, le miraba la verga como una maldita bendición.
Checo le sostuvo el rostro con una mano firme. Esa que no temblaba. Esa que sabía dominar.
—Quiero que me mires a los ojos y me digas que nadie más va a tocarte. Que ese Ricciardo de mierda no va a volver a poner un dedo en ti. Que este coño es mío. Solo mío.
Max abrió los labios, con voz cortada, dolida, pero honesta.
—Te lo juro, papi… Nadie más… nadie puede tocarme… este coño solo es tuyo… por favor, no me dejes…
Checo le apretó la mandíbula.
—No es solo decirlo, Max. Vas a tener que demostrarlo.
Y sin más, lo levantó de un tirón. Como si fuera peso muerto. Como si nada. Caminó hacia el fondo del salón, donde había una silla de respaldo bajo, abandonada, casi oculta tras unos escritorios rotos. La arrastró al centro con ruido. La hizo girar. Y se sentó.
Abrió las piernas, con la verga parada como un maldito tótem, pulsando, goteando.
—Sube.
Max lo entendió todo sin preguntar. Subió con las piernas temblando. Le temblaban los muslos, las manos, el alma entera. El ano y el coño completamente expuestos sobre esa verga monstruosa.
Checo escupió sobre su propia mano, luego sobre el coño de Max.
—Vas a recordar esto cada vez que te mires al espejo, Max. Cada vez que camines raro mañana. Vas a saber que yo te abrí así.
Max dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándose en su pecho.
—Hazlo, papi… hazme tuya.
Checo alzó la cadera de Max y le hizo bajar lentamente. La verga empujó la entrada, gordísima. El coño estaba tan húmedo, tan tragón, que el glande entró sin esfuerzo… pero el resto…
—Ah… ¡Ah!
Max gritó.
Era demasiado. Demasiado gruesa.
Sentía cómo lo abría, cómo le dolía, pero lo quería. El dolor lo hacía sentir vivo, sucio, amado.
—Eso es… —murmuró Checo contra su cuello—. Acomodate, putita. Déjate caer. Déjame enterrarme hasta el fondo.
Max obedeció, bajando despacio.
Cada centímetro era como una estocada directa al centro de su alma.
El coño se lo tragaba, lo succionaba, lo amaba.
Cuando por fin Checo estuvo completamente dentro, lo rodeó con ambos brazos y le mordió el hombro.
—Dime ahora. ¿Quién te llena así?
—¡Tú! ¡Solo tú! Nadie me rompe como tú, papi, nadie…
Checo empezó a mover las caderas. Lento al principio. Profundo. Como si quisiera marcarlo desde dentro. Las manos de Max se agarraban al respaldo de la silla, los muslos abiertos temblaban, el coño hacía sonidos obscenos cada vez que bajaba y subía sobre esa verga maldita.
—¿Y Ricciardo? ¿También lo dejás que te abrace así? ¿Le das esos gemidos también a él?
—¡No! ¡Lo odio! ¡Solo tú! ¡Tú me haces esto, tú me haces pedazos!
Checo lo embistió más fuerte. Con rabia. Con hambre. El escritorio crujía a unos metros. La silla chirriaba.
—Entonces vas a hacer algo por mí —jadeó Checo al oído—.Vas a dejarme llenarte con mi leche y no vas a limpiarte hasta llegar a casa. Quiero que se te escurra por los muslos cuando camines por el campus. Quiero que huela a mí ese coño tuyo, princesa.
Max soltó un gemido ronco, ronco de placer, de rendición. Estaba a punto de correrse. Lo sabía.
—Sí… sí, papi… llename, por favor…
Checo lo sujetó más fuerte, lo embistió con el doble de fuerza, de profundidad.
—¡Dilo! ¡Dime que eres mía! ¡Gritalo!
—¡Soy tuya! ¡Tuya, Checo, solo tuya!
Y justo ahí… justo cuando Max se sacudía sobre él, cuando el orgasmo le arrancaba un grito.
Checo se quedó adentro, latiendo, a punto de correrse también.
—Todavía no acabamos, muñeca. Ahora vas a arrodillarte otra vez… y vas a pedirme perdón como debe ser.
🏆°•
Max no sabía si el calor que sentía le venía de adentro o si estaba empapado del sudor de ambos. Tenía la piel hecha fuego, la garganta seca, el coño completamente lleno, y a Checo respirándole en el cuello, aún metido hasta el fondo dentro de él, latiendo, duro, marcado.
El cuerpo entero le temblaba. No podía moverse. No quería.
La leche espesa de Checo burbujeaba en su interior. Se sentía caliente, como si le hubiesen vertido plomo líquido adentro. El coño palpitaba alrededor de la verga enterrada, aferrado, hinchado, goteando. El aire olía a sexo, a sumisión, a ese deseo sucio que solo ellos entendían.
Checo se quedó unos segundos quieto. Solo se escuchaban sus respiraciones, pesadas. Hasta que rompió el silencio con la voz grave, baja, posesiva:
—Bajate. Ahora.
Max gimió con un quejido agudo al levantarse, sintiendo cómo la verga salía lentamente de su interior, dejando tras de sí una mezcla caliente que empezó a gotear por sus muslos.
—No quiero que la pierdas toda, ¿entendido?
Max asintió. Se puso de pie, temblando como un animal recién parido. Checo se levantó también, erguido, con esa actitud dominante que lo hacía ver diez años mayor. Lo tomó del mentón con dos dedos.
—Ahora vas a usar esa boquita .
—Papi… —gimió Max, con voz rota.
—Callate. De rodillas.
Max cayó, obediente, entre sus piernas. Checo se alzó la remera aún más y se dejó ver por completo. Tenía la verga empapada, brillante de su propio semen y del coño de Max. Todavía palpitaba.
—¿La ves, princesa? —le dijo mientras se la acercaba al rostro—. ¿Ves lo que te llenó? ¿Ves todo lo que pudiste perder por jugar con Ricciardo?
Max abrió la boca como un reflejo. La lengua temblaba entre sus labios.
—Pideme perdón. Pero hazlo con la boca llena. — se la metió sin aviso.
Max se atragantó. La verga aún tibia le llenó la boca hasta la garganta. Tenía el sabor mezclado de ambos, la punta hinchada. Max comenzó a succionar sin pensar. Sin medir. Con desesperación.
Checo lo sostuvo del cabello, enredando los dedos hasta el cuero cabelludo.
—Eso. Así. Así se pide perdón.
—Mmh… mmnh…
El sonido era asqueroso, perfecto. La baba se deslizaba por el mentón de Max, goteando en el suelo del aula. Los ojos se le nublaban, llenos de lágrimas por lo profundo. Cada vez que Checo se empujaba un poco más, el gemido ahogado de Max le vibraba alrededor.
—¿Sabés lo que haría si alguien más viera esto, Max? —le dijo Checo, con la voz grave, apretando más su garganta—. Si alguien más supiera lo bien que comés verga… cómo usás la lengua, cómo te tragás hasta el último centímetro…
Max gimió con fuerza. Le ardían las mejillas. Le temblaban los muslos, aún chorreando semen.
Checo lo sostuvo ahí, enterrado en su garganta, bajó la vista con una sonrisa torcida.
—Si Daniel Ricciardo viera esto… si viera lo obediente que eres cuando sabés que hiciste algo mal… le daría tanta lástima… porque tu, Max, tu eres mío.
Retiró la verga lentamente, dejando un hilo espeso de saliva y semen entre su glande y los labios rojos de Max. Le acarició la mejilla.
—¿Quieres más?
—Sí, papi… —susurró Max, jadeando, con los ojos nublados de sumisión—. Por favor…
—Entonces lamé. Limpiame todo. No quiero ni una gota de ti ni de mí fuera de esa boca.
Max se inclinó, con la lengua afuera, y comenzó a lamer desde la base, como si fuera un animal. Se tragó todo. Cada gota. Cada resto. El sabor ya no le importaba. Era Checo. Y Checo era todo lo que necesitaba.
Cuando terminó, levantó la vista con los labios brillantes y el pecho agitado.
Checo lo observó un largo rato. Le acarició la cabeza.
—Te ves tan linda así abajo, tan hecha mierda, tan calladita.
—Lo soy, papi… soy tuya… siempre tuya…
—Vamos a hacer esto, Max —le dijo mientras lo levantaba de nuevo con una sola mano en el brazo—: mañana te quiero aquí con esa braga que tú lindo culo se come solo así te daré más mañana
Max sonrió con la boca rota.
—Sí, papi… quiero más… mañana… o cuando digas…
Checo lo besó. No fue dulce. Fue brutal. Fue de pertenencia.
—Mañana. Mis reglas.
—salieron del aula. Uno caminando recto. El otro con las piernas abiertas, la boca hinchada, y el corazón latiendo como si estuviera vivo por primera vez.
🏆°•
Max llegó a su departamento tambaleando. La entrepierna aún palpitaba, caliente, húmeda, goteando con cada paso. No usaba ropa interior. Solo el pantalón del uniforme del equipo, flojo, sin apretar, para que el semen no se derramara por completo antes de que pudiera meterse en la cama y... tocarse. Sentía la verga de Checo todavía dentro, fantasma, latiendo, como si su cuerpo no supiera que ya no lo estaba llenando.
Dejó su bolso en la entrada, se tiró sobre el colchón y suspiró fuerte, con los ojos cerrados, las piernas abiertas, y el alma flotando.
El teléfono vibró.
Era él.
Checo:
“Mandame una foto. Quiero ver cómo te dejé el coño, campeona.”
Max soltó un gemido apenas leyó el mensaje. La garganta se le cerró de puro pudor, pero el cuerpo reaccionó más rápido que el pensamiento. Se bajó los pantalones lentamente, temblando de placer, y al abrirse de piernas frente al espejo de cuerpo completo, lo vio.
Su coño, hinchado. Avergonzado. Inundado.
Se veía tan jodidamente sucio. Chorreaba, la mezcla aún bajaba por sus muslos. Los labios estaban enrojecidos, la entrada temblorosa. Como si supiera que su dueño estaba mirándolo, incluso desde lejos.
Tomó una foto. Luego otra. Una con flash, otra de más cerca, con los dedos separando los labios hinchados. Le gustó una donde su carita se reflejaba en el espejo de fondo, con la lengua afuera, jadeando.
Y la envió.
Checo no tardó.
Checo:
“Eso es mío. Solo mío. Qué bien te dejé, mi putita linda…”
El corazón de Max latió más fuerte.
Checo:
“Mañana tengo un regalito para ti, si te portás bien.”
Max se mordió los labios. Abrió la cámara. No le bastaba una foto. No cuando el calor lo tenía empapado. Quería darle algo más.
Encendió el video. Se tumbó en la cama, separó bien las piernas, dejó el coño totalmente expuesto y empezó a tocarse con dos dedos, lentamente, empujando la leche de Checo hacia afuera. Goteaba. Las yemas se deslizaban sobre la entrada abierta, sensible, embarrada. No tuvo que decir mucho. Solo gemir bajito, entrecortado:
—Mirá cómo me dejaste, papi… como dejaste a tu campeona.
Se grabó metiéndose los dedos lentamente, sacándolos chorreando. Se grabó lamiéndolos después, mirándolo a la cámara como si Checo estuviera ahí.
El video duró poco más de un minuto.
Lo envió.
Pasaron dos segundos. Tres.
Checo:
“Si mañana no estás con ese coño igual de abierto cuando llegues, no te lo voy a dar, Max.”
—¿Y qué es, papi? —le respondió con un audio, con la voz cargada de saliva, de deseo.
Checo:
“Una sorpresa. Algo que vas a usar cuando no esté. Pero primero quiero que me mandes otro, pero ahora montando une un cojín. Quiero ver esa carita arrastrada, ese gemido que hacés cuando te llenan…”
Max lo hizo. Tiró el celular al piso con la cámara frontal grabando. Se abrazó al cojín más grande del sillón, uno con olor a Checo, se lo metió entre las piernas como si lo montara, y empezó a frotarse. Movía la cadera como una perra en celo, como si estuviera sobre él. Los gemidos salían solos. El cuerpo no le pedía permiso a la dignidad.
Gritó el nombre de Checo cuando vino. Temblando. Empapado el cojín.
Y envió todo.
No hubo respuesta inmediata.
Solo un visto.
Y eso lo hizo correrse otra vez, mordiéndose la lengua, con los ojos cerrados, en completo silencio.
🏆°•
Max llegó temprano. El aula abandonada olía a madera vieja, humedad y secretos. Pero esta vez no lo esperaban con palabras dulces. Esta vez Checo tenía algo entre manos. Algo que ya lo había prometido la noche anterior con ese mensaje sucio y misterioso.
Max entró con el corazón palpitando. No necesitó buscarlo: Checo ya lo estaba esperando, recostado sobre el pupitre al fondo, las piernas cruzadas, el teléfono en la mano y una sonrisa oscura en los labios.
—Cierra la puerta —ordenó sin mirarlo.
Max obedeció. Sintió que volvía a entrar a su propio infierno bendito.
—¿Lo trajiste? —preguntó casi sin voz, los ojos clavados en el suelo.
—Claro que lo traje. —Checo levantó una pequeña caja negra, discreta, elegante. Dentro, un vibrador color rosa pálido, apenas más largo que dos dedos juntos. Silencioso. Discreto. Pero Max ya estaba temblando.
—Quiero que te lo pongas.
—Aquí… ¿aquí?
Checo se rio bajo.
—¿Pensaste que te lo voy a dejar poner solo? No seas estúpido, Max.
Checo se puso de pie. Caminó hacia él con la caja en la mano. No se detuvo hasta acorralarlo contra la pared junto al lavamanos del pequeño baño sucio que tenían al fondo del salón.
—Bajate el pantalón. Muestrame el coño.
Max obedeció con manos temblorosas. Se lo bajó hasta los muslos, dejando expuesto su coño húmedo, todavía sensible. Tenía el aroma de lo que había sido el dia anterior. De él. Checo se agachó, lo miró de cerca. Le escupió directo en la entrada.
—Tan obediente. Tan sucio. Me encanta.
Max apretó los dientes. El cuerpo vibraba antes que el juguete.
Checo sacó el vibrador de la caja y lo frotó contra la entrada caliente, jugando, apenas metiéndolo un poco y sacándolo. Max se quejó. Pero no dijo nada. Solo se quedó de pie, con las piernas separadas, temblando, mordiéndose el puño.
—Vas a caminar con esto todo el día, ¿entendiste? Y cada vez que te mande un mensaje, vas a abrir las piernas como la buena puta que eres porque no sabés cuándo voy a activarlo. Puede ser en la fila del café, puede ser en el pasillo, en clase. Yo decido, Max. Tu obedeces.
—Sí, papi…
—¿Cómo?
—Sí, papi, yo obedezco…
—Buena perra —murmuró.
Y con cuidado, lo hundió. El vibrador desapareció dentro del coño mojado con un pequeño "plop", tragado por la carne caliente como si lo reconociera. Max apretó las piernas en automático, pero Checo se las abrió con fuerza, poniéndole una mano firme en la parte interior de los muslos.
—No lo escondas, muéstrame, enseñame cómo lo llevás. Quiero que te acostumbres a caminar sabiendo que tienes eso adentro.
El vibrador quedó perfectamente puesto. No se notaba desde fuera. Pero Max ya se sentía lleno. Presionado. El solo hecho de saber que Checo tenía el control lo hacía sudar.
Checo se agachó de nuevo. Dio un beso sobre la tela mojada que Max aún tenía enrollada en los muslos, luego le lamió la cara interna del muslo.
—Si llegás a correrte sin mi permiso, no te lo vuelvo a poner jamás. Me vas a rogar de rodillas para que te lo devuelva. ¿Entendiste?
—Sí, papi…
—Muestrame la cara. Quiero ver tus ojos cuando lo encienda.
Checo sacó su celular. Tocó un botón.
Zzzzz
El pequeño juguete comenzó a vibrar dentro del coño hinchado y receptivo. Max arqueó la espalda, los ojos bien abiertos, las piernas temblando. Se agarró de la pared, ahogando un gemido sucio con la palma de la mano.
—Así me gusta —dijo Checo, sin dejar de mirar cómo se retorcía—. Ahora vas a vestirte, vas a ir a clase, y si te hacés la linda con alguien más como hiciste con Ricciardo, te lo voy a subir al máximo hasta que te chorrees en medio del salón. ¿Querés eso?
—No… no, papi, perdón…
—Entonces portate como lo que eres. Mi putita.
Max se vistió como pudo, con los pantalones temblando en las piernas. Checo volvió a su silla, mirándolo desde el rincón, el celular en la mano, ya conectado a la aplicación.
Y mientras Max abría la puerta para salir al pasillo, creyendo que le daría un descanso, Checo tocó de nuevo la pantalla.
Zzzzz… ZZZZZZZZZ
Max tropezó contra el marco de la puerta, gimiendo sin querer, con las piernas flojas y el coño desbordando por dentro.
Checo solo rió, bajito.
🏆°•
Max se había prometido mantenerse al margen. Ser discreto. No mirar a nadie, no hablar demasiado, no provocar celos estúpidos en el único que lo hacía estremecerse con un solo botón. Pero Ricciardo era simpático. Siempre lo había sido. Lo saludó con una sonrisa, lo tocó de broma en el brazo y lo invitó a sentarse a su lado en clase. Max lo hizo. Solo unos minutos. Solo por cordialidad…
Zzzzz…
El vibrador interno se activó sin previo aviso. Primero en la intensidad baja. Un zumbido sutil, apenas una caricia. Pero bastó para que Max se tensara en el asiento. Bajó la mirada. Tragó saliva. Se mordió el labio.
El celular vibró segundos después. Un mensaje. Checo.
“¿Te parece lindo sentarte con ese imbécil? ¿No entiendes que no te quiero cerca de nadie?”
Max no respondió.
“Bueno, aprendé entonces. Disfrutá, putita.”
ZZZZZZZZZZZZZZZZZ
El cuerpo de Max se arqueó por completo. La vibración intensa lo hizo encorvarse hacia adelante, como si el estómago le doliera, pero lo que dolía era el coño saturado de placer y la humillación de estar chorreando frente a todos. Nadie notó nada al principio. Pero Ricciardo giró.
—¿Estás bien?
Max no podía hablar. No podía moverse. Solo asintió, sudando, jadeando como si tuviera fiebre. Una gota descendió entre sus piernas. El pantalón ya empezaba a mostrar una sombra clara.
Apareció él. Checo. Camisa desabotonada, rostro sereno, pero con los ojos oscuros como el puto infierno.
—Max, ven. —Su tono fue dulce, firme—. Está mal. Voy a llevarlo a la enfermería.
—Yo puedo…
—¡He dicho que yo lo llevo!
Checo lo cargó por la cintura, casi a la fuerza. Max no podía caminar bien. Cada paso lo hacía jadear. No por dolor. Por vibración. Por el maldito juguete que seguía retumbando dentro de su coño como una burla viva.
Pero Checo no lo llevó a la enfermería.
Cruzaron el pasillo, bajaron por la escalera trasera y entraron al baño viejo del tercer piso. El que nadie usaba. El que tenía puertas rotas, espejos manchados y azulejos agrietados.
Lo metió al fondo. Cerró. Puso seguro.
—Sácate los pantalones. Ahora.
Max obedeció, ya llorando del placer contenido. La tela estaba húmeda. Lo había empapado todo. No había forma de disimular.
Checo lo hizo girar. Lo sentó sobre el lavabo. Lo abrió de piernas. Sacó su celular. Grabó. Grabó cada maldita cosa.
—Mirá cómo vibrás por dentro —dijo con voz ronca, mientras apuntaba la cámara al coño—. Mirá cómo te abres sola. Ya ni necesitás mi dedo. Solo necesitás esto.
El vibrador seguía brillando ligeramente con cada vibración. Dentro, se agitaba como una bestia viva. Max temblaba, con los muslos llenos de brillo húmedo.
—Mirá la cara que pones… ¿Sabes lo lindo que te ves? —Checo le agarró la cara y giró su rostro a la cámara—. Una estrellita porno
Max jadeó. Gimió. Checo no aguantó más.
Sacó su verga. Dura. Enrojecida. Palpitante.
—Te vas a tocar. Pero solo cuando yo lo diga.
Checo apuntó el celular a ambos. Max ya estaba temblando, extendiendo una mano a su coño.
—Ahora. Hazlo. Y abre la boca también, quiero ver todo.
El vídeo grababa los gemidos, las palabras sucias, el sudor. Max lo miraba como un perro hambriento.
Checo comenzó a tocarse también, de pie frente a él, con la cámara grabándolo todo. El sonido del vibrador, el gemido ahogado de Max, el golpe del puño húmedo de Checo sobre su propia verga.
—Te ves tan rico, Max. Tan jodidamente sucia. —Le tiró el cabello hacia atrás—.
Max gimió más fuerte. El cuerpo colapsó contra el espejo. El vibrador vibraba tan profundo que parecía parte de él. Checo grababa, gimiendo bajo mientras se tocaba con la misma desesperación que lo dominaba desde que lo había visto con Ricciardo.
—Te vas a correr cuando yo lo diga. ¿Estás lista, mi campeona?
—Sí, papi… sí…
—Tres…
—Papi…
—Dos…
—¡Ah! ¡Ah, ya no puedo!
—Uno.
Max se vino. Con un grito mudo. Un espasmo fuerte que sacudió sus caderas. El coño se contrajo alrededor del juguete que ya estaba bañado. Checo gimió al mismo tiempo, eyaculando directo al muslo interno de Max, sin dejar de grabar ni un segundo.
Ambos temblando. Ambos mojados. Ambos registrados en el video más sucio y privado de su vida.
Checo bajó el celular, respirando fuerte.
—Mirá qué hermoso —dijo mientras se lo mostraba en pantalla—. Lo vamos a ver juntos. Esta noche. Y si te portas bien… tal vez lo repitamos.🏆°•
¡Gracias por leer!
S.k.☆