Capítulo 1, Nuevas brisas.
El despertar no fue violento, y eso fue lo más aterrador. Tras el estallido de luz y el caos de Shara Tempest, Zack esperaba el frío de la muerte o el calor del infierno, pero solo encontró el murmullo de agua cristalina y un aire tan puro que dolía al respirar.
Abrió los ojos. Sobre él, una cúpula de hojas plateadas filtraba la luz del sol, creando patrones de diamantes en el suelo. Intentó incorporarse, pero un gemido a su lado lo detuvo.
—Vaya… parece que el cielo es más verde de lo que imaginaba —dijo una voz débil, forzadamente alegre.
Era Teko. Estaba tumbado sobre un lecho de musgo, pálido y sudoroso. Su costado era una herida abierta de vendajes improvisados y sangre seca; su brazo izquierdo terminaba en un muñón vendado con torpeza y su ojo perdido estaba cubierto por un mechón de pelo sucio. A pesar de verse como un cadáver, le dedicó a Zack una sonrisa temblorosa.
—¿Estás bien, compañero? Te ves… un poco menos muerto que yo —bromeó Teko, aunque el esfuerzo por reír le provocó una tos violenta que le hizo retorcerse de dolor.
—Teko, no te muevas —ordenó Zack, acercándose a él con desesperación.
Zack lo ayudó a levantarse. El paisaje que los rodeaba era irreal. Estaban en un valle inmenso, rodeado por una muralla vegetal que desafiaba la lógica: el Árbol del Mundo. Sus raíces eran cordilleras enteras de madera blanca que se elevaban miles de metros hacia el cielo, aislando este lugar del resto del apocalipsis exterior.
—Era la obra del primer Gran Rey Elfo, un monumento al aislamiento y la protección — Explico Teko — El viejo al final lo hizo, akhiir no es simplemente una explosión que daña, daña a enemigos quemando tu propia vida, además uso el extra de poder, para teletransportar a los suyos a lugares dispersos, pero a salvo, viejo decrepito, no tuviste que hacerlo.
Con un silencio incomodo, avanzaron con una lentitud agónica, Zack cargaba con casi todo el peso de Teko, cada paso del antiguo Pilar era un triunfo de la voluntad sobre la agonía.
Llegaron a un río cuyas piedras parecían gemas pulidas, Zack sumergió a Teko en la orilla, limpiando con cuidado la suciedad y la sangre de sus heridas, el agua del río, imbuida en un Rho natural y suave, pareció calmar el fuego de la infección, pero no pudo hacer nada contra la ausencia de los miembros perdidos.
—Esto está genial, Zack. Mira el lado positivo —dijo Teko, mientras Zack le lavaba el rostro—, ahora solo tengo que cortarme las uñas de una mano. Ahorro tiempo, ¿no?
Zack no respondió, le dolía el alma, al escuchar a su amigo intentar aligerar el peso de su propia tragedia.
De pronto, un crujido entre los arbustos de bayas azules los puso en alerta, una niña pequeña, de orejas puntiagudas y ojos como esmeraldas, los observaba con curiosidad y terror, Zack levantó las manos en señal de paz, pero la niña huyó como una ráfaga de viento entre los árboles.
—Creo que hemos arruinado el picnic de alguien —murmuró Teko, antes de que el sonido de cuerdas de arco tensándose los rodeara por completo.
Diez guardias elfos, vestidos con armaduras que parecían pétalos de metal, emergieron de las sombras, sus rostros eran hermosos pero fríos como el mármol, sus arcos apuntaban directamente a los ojos de los intrusos.
—¡Quietos! —ordenó el capitán de la guardia—. Habéis cruzado el límite, identificaos antes de que vuestra sangre manche el musgo sagrado.
Zack dio un paso al frente, manteniendo a Teko apoyado en su hombro. —Por favor… necesitamos ayuda, mi amigo se está muriendo, venimos de la ciudadela de Shara Tempest, fue atacada por los Reyes Demonios.
Los guardias se miraron con escepticismo. Uno de ellos escupió al suelo.
—Humanos. Siempre trayendo la guerra y el caos a donde no les corresponde, sed más cordiales y arrodillaos ante la presencia de la naturaleza — Exclamo un guardia.
—No puede arrodillarse —rugió Zack con una chispa de su antiguo fuego—. ¡Miradlo! No es una amenaza para nadie.
Antes de que la tensión estallara, una voz profunda y melódica resonó en el claro
— Basta — Exclamo una poderosa voz.
Los guardias se apartaron de inmediato, hincando una rodilla en el suelo, de entre los árboles apareció el Rey Caelum, no llevaba una armadura pesada, solo una túnica de seda blanca y la corona, una corona que resaltaba por algo muy significativo, en el medio albergaba la Valkyria 5, aun así, pese el aura de poder que emanaba, su sola presencia hacía que el aire vibrara con una frecuencia de paz absoluta.
— Perdonen a mis subordinados, están un poco mal acostumbrados a ser así por la edad, mi nombre es Caelum soy el rey de estas tierras, y por tanto el rey élfico de sexta generación — Explico el rey mientras se acercaba a los dos jóvenes.
Sus ojos recorrieron el estado lamentable de Teko y el núcleo inestable que latía en Zack. Su rostro era un enigma de sabiduría y cautela.
—Habláis de Reyes Demonios —dijo Caelum, su voz era como el murmullo de un bosque antiguo, Mientras miraba a Zack—. Habláis de un mundo que ya no reconocemos. Pero tú, joven… llevas una sombra dentro que podría devorar todo este reino si se lo permito.
—Majestad —Zack suplicó, con la voz quebrada—, solo queremos refugio, estamos heridos, y solo buscamos poder volver para vencer a esos monstruos y ayudar al mundo, ayúdenos a detenerlos.
El Rey Elfo guardó silencio durante un largo minuto, observó a Teko, quien, en un último esfuerzo de orgullo, trató de ponerse derecho y saludar, antes de que sus piernas fallaran y cayera en brazos de Zack.
—Tu amigo tiene el corazón de un guerrero, pero el cuerpo de un cristal roto —sentenció el Rey—. Os daré asilo, pero por ahora… el mundo necesita que descanséis, vuestras verdades son demasiado pesadas para vuestras heridas.
Caelum se acercó a ellos con una gracia sobrenatural, antes de que Zack pudiera añadir algo más, el Rey extendió ambos dedos índices y tocó suavemente la frente de cada uno.
—Dormid bajo el susurro del Árbol —susurró.
Al instante, una calidez indescriptible invadió la mente de Zack, el dolor, el miedo a los Reyes y la rabia de Flame se desvanecieron en una neblina de sueño profundo, mientras sus ojos se cerraban, lo último que vio fue la mirada triste del Rey Elfo, quien ya sabía que la paz de su pueblo acababa de terminar para siempre.