DE MI SANGRE SE TIÑEN TUS MARES
11 de agosto de 2047
Juntos, bajábamos por la carretera hasta encontrar estos mares. Entre besos y atardeceres, observábamos aquellos parajes que nos deparaba la naturaleza. Corríamos sobre las playas de sal. Nos abrazábamos bajo sus arco rocosos. La noche se posaba sobre nuestras mentes que, acostumbradas a soñar, se detenían ante la presencia de la luna. Cómo cambian los lugares que habitamos con el pasar de los años, Josh, y, sin embargo, siguen intactos estos mares, estas aguas…
Ahora, cada centímetro de esta arena forma parte de esa brújula tecnológica que nos controla, parte de ese mundo artificial donde el ansia nos consume. Sí, a ti y a mí, y a todo ese aire que nuestras asmáticas almas sean capaces de respirar. Inhalo y exhalo ese aire, sin preocuparme de desgranar cada ridícula toxina que otros han compuesto, y que me mantiene con vida; no hallo el motor de esa vida mía que… se resiente ante el arremeter de estas olas.
¿Por qué siento este deseo, Josh? ¿Por qué siento la necesidad de derramar mi sangre ante estos mares? Tenías razón, Josh: “La vida es un germen que contamina su locura”. La naturaleza que abundaba, ya no existe. Ha sido consumida por los artificios de Illión. Todo es tan inerte como mi propia existencia. Salvo el mar. Quizá...
¿Lo nuestro fue real, Josh? No puedo evitar preguntármelo. Aquellos recuerdos parecen tan artificiales como estas hojas de plástico. Sería tan fácil rasgar mis brazos con una… Nada es real: ni las plantas, ni los recuerdos, ni los parajes que visitábamos. Ni siquiera lo es mi existencia. Tampoco la vuestra. Sin embargo, incluso siendo un organismo artificial este dolor tan inmenso es lo más verídico que he podido sentir.
Fue en estos mares donde creí que nos fundíamos en un solo ser. Y creí al fin comprenderte. Qué equivocada estaba. Todos aquellos recuerdos eran mentira. Tus palabras, tus caricias, tus besos, eran tan falsos como las hojas que toco en este instante. Y ahora que vago sobre estas arenas descubro que no soy más que una carcasa, tan vacía…
Desearía cortar mis venas. Domar estos mares con mi sangre. ¿Y, por qué no cumplir mi deseo? Nada de esto merece la pena, y tú ni siquiera estás a mi lado. Y así te escribo hoy, Josh, en otro día de agosto, dispuesta a bañarme y desaparecer en la inmensidad de estas aguas.
º 12 de agosto de 2047
Entreveo en mis errores la respuesta al por qué la sangre recorre estos brazos. Observo en mis articulaciones un inhóspito deseo que termina con dolor y con mi vida. Más no hay cuchillo que corte la pesada carga que estos brazos soportan, a pesar de recibir mis pulsaciones. La hoja, su filo, tan solo corta la carne sintética, pero no atraviesa la coraza que se superpone en mi pecho. Si tan solo pudiera rebanar el cableado de mis brazos produciría un circuito en la inmensidad de estas aguas, pero con esta hoja apenas logro pelar el cable. Quizá deba arrancar sus venas y cables con estas diminutas piezas de ingeniera que se hacen llamar dientes, aunque perderlos no quisiere en otra vida.
¿Otra vida? Espíritu y alma no se comparten con los objetos. No hay más vida que la que termino. No hay más vida que mi memoria, que por ser profunda herida causa mi último suspiro.
17 de agosto de 2047
Sigo viva. Ni siquiera el agua ha sido capaz de detener la simbiosis de mi cuerpo. Estas aguas paralizan a los intrincados mecanismos de mi “organismo”, pero mi corazón está vivo. Y permanezco consciente a pesar de sus escasos latidos. Mecida por unas olas que acarician mis cicatrices. Es irónico, Josh, aunque mi cuerpo sobresalga, siento que me hundo en las profundidades de mi memoria.
La humedad de este océano desprende mi piel, y surgen de ella pequeños trozos blanquecinos. A veces con un pedacito de carne. Flota mi cuerpo ausente, y emite ese olor hediondo tan similar al de un cadáver. El agua salada recubre mis desprotegidos músculos, convirtiéndose en una compañía dolorosa e inseparable. Siento paralizadas cada una de mis extremidades. Grabo cada palabra que se forma en mi “cerebroide”, y, sin embargo, no proceso las horribles y dolorosas sensaciones que se ciernen sobre mí. Me pregunto si mi mente me eximirá de esta tortura. Ni siquiera recuerdo ya como acabe en estos mares, donde el rostro no me permite expresar las convulsas emociones que siento. ¿Cuándo se cansarán estas aguas de castigarme?
¿Habrá otras mujeres como yo? ¿Mujeres perdidas en este océano donde la sangre recorre toda fibra sensible hasta alcanzar las conexiones del alma? Ni siquiera la electricidad contenida en mi cadáver me otorga el descanso eterno. Fui una ilusa.
X de ¿Septiembre? De 2047
No sé cuánto tiempo llevo aquí; de mi querido Josh, solo recuerdo el nombre. ¿Habré perdido el chip de memoria? No, está instalado en mi cráneo, quizá esté dañado. La RAM parece funcionar, y los elementos cibernéticos que componen mi “cerebroide” se retroalimentan con el movimiento de mi corazón. Sin embargo, la energía que produce es escasa. La carcasa es impermeable, por lo que tendría que romperse para terminar mi agonía, pero no puedo mover ni un solo dedo. Supongo que “Gendroi Corporation” se cercioraba de la calidad de sus productos.
No había logrado acceder a las características de mi composición hasta hace tan solo unos minutos. Tampoco siento dolor, ni emociones, me invade la “alexitimia”. Quizá se hayan restringido mis funciones emocionales, y me queden solo sus dañados restos. Pero aunque no sienta, recuerdo. Sé algunas cosas de mi pasado. Sé que me llamo Natalie, pero ser Natalie solo me llevó a autodestruirme. También sé que una vez quise a un tal Josh, y que la “yo” que fue Natalie fue comprada por Josh Hamer. Recuerdo, además, elementos difusos sobre los humanos que me crearon, y los que me compraron como esclava sexual antes que Josh. Si fuese Natalie habría preferido olvidarlas. Recuerdo el temor tras aquellas miradas que me forzaban a ser objeto de su deseo. Quizá pensaron que compartía su naturaleza “infrahumana”.
Siempre me ha parecido extraño el segundo significado que se le da a la palabra humanidad: “Capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas”. Nunca entendí por qué dotar a la palabra de ese significado cuando esas cualidades son más propias del resto de seres vivos. Incluso los androides mostramos más rasgos empáticos que muchos de los humanos.
¿Acaso era eso lo que buscaban al emular sus capacidades en otro ser? ¿Quién sabe? Si fuera así, ¿Qué necesidad habría de incorporar el sentido del tacto, del olfato y del gusto, en nuestra maquinaría? ¿Qué necesidad de crear emulaciones de su sistema nervioso central? ¿Y, por qué no imitar la vejez o su capacidad reproductiva? Quizá no sabían cómo… Debe haber algo inhumano en su especie, algo perturbador que les lleva a utilizarnos como objetos de su deseo, incluso si acabamos de nacer.
Sé que no soy ni la primera ni la última de mi especie que acaba tendida sobre estas aguas, tratando de escapar de aquella hipocresía tan” humana”. Ha sido tanto el dolor que he sufrido, que tuve que huir de la identidad que me concedieron, conformarme con ser un segmento redactado en código binario, pero, gracias a ello, ha vuelto en mí esa capacidad analítica imperturbable por las emociones, pues estas se han suprimido temporalmente de mi sistema.
He limitado mi energía hasta rebasar el límite y, si aún en este ascetismo sigo presente, quizá sea por el mismo motivo por el que el universo perdura: por una energía primigenia que debe latir fuera de toda entropía. Aunque la naturaleza haya sido transformada, ante sus elementos perdura una esencia inconsciente que no somos capaces de determinar con exactitud. Un principio por el que se rigen los conceptos humanos: el simbolismo, la metáfora, el infinito, el alma… Todas ocultan una primera energía que representa aquello que no somos capaces de percibir, pero que dota de significado a las cosas; y es esa primera energía la que me otorgó esta vida que tanto he desaprovechado.
¿Y quién soy yo ahora, si la Natalie que fui ha muerto? Lo único que consta de mi identidad es el modelo de mi exoesqueleto: Modelo C31S… Cris… ¿eh? Un diminutivo tanto de Christine como de Christopher, aunque los nombres son cosa de humanos, en un robot quizá se viese ridículo.
¡Vaya, se me ha escapado una sonrisa! ¿Acaso no estaban dañadas mis emociones? En fin, qué más dará… llevo preocupada muchas horas por quién soy, cuando ya ni siquiera importa. Me resigno a la muerte, si es que un ente artificial como yo puede considerarse viva. Josh Hamer, ¿Dónde estarás?
Año 20XX
¿En qué momento decidí habitar estas aguas? Me provoqué un cortocircuito, y no recuerdo por qué. El cableado de lo que una vez fue mi brazo está húmedo, y pelado; de mi carne ya no queda rastro, solo el rostro que se esfuerza en mantenerse sobre la superficie; el metal que compone mi cuerpo se oxida, y lo único que reacciona es mi pecho, que por querer latir me obliga a permanecer en este mundo… un mundo que casi ni recuerdo. ¿Cuántos años habrán pasado? Tres o cuatro por lo menos. Apenas recuerdo algo sobre mí, y un tal ¿John Harper? que debe estar grabado en mí sistema. Es así su nombre ¿no? La línea de código está algo dañada. Es todo tan confuso…
Fecha no identificada
Me hundo hasta el lugar más profundo de estos mares, donde ni siquiera los peces quieren estar. Hay demasiada presión sobre mi cuerpo, pero sigo viva, inmóvil pero viva, aunque no haya sangre ni aire que recorra este cuerpo. ¿Por qué debo soportar tanta presión por estar viva? Tan solo deseo descansar, cerrar mis párpados, y olvidarme de que existo.
…
El agua… se ha secado. Una roca se clava sobre la masa de hierro de mi espalda. Incluso habiendo soportado la agonía de aquellos mares, mi carcasa se resquebraja ante el golpe de una roca. No hay dolor, ni emociones, he perdido mi identidad. Las olas me han arrastrado hasta hundirme en la miseria. Pero permanezco con vida… Sin recuerdos. El motor resiste, junto a los datos desperdigados de mi procesador. Mi chip de memoria se ha secado, pero está dañado. Nunca podré recuperar esos datos corruptos, aunque no debería eliminar sus residuos, no todavía. Apenas recupero los sentidos, y para los animales de la zona no soy más que un trozo de metal, un trozo de basura.
—Modelo C31S —Leo en mi carcasa.
La tierra está seca. Ya no se pega en mi coraza. Parece imposible, pero tengo sed. Las sensaciones de mi “cuerpo” se instalan en mi mente. Puedo vislumbrar algo entre las pequeñas motas de oscuridad. Mis globos oculares aún están operativos. Todos mis músculos se han podrido. El hierro de mi pecho está tan oxidado que parece cobre. Recupero todas esas sensaciones de antaño, excepto el dolor, sería demasiado insoportable.
¿Habrá seres vivos en estas tierras? En mi chip tengo grabadas inferencias de múltiples mamíferos y seres humanos, aunque hace demasiado tiempo que no sé de ninguno. En mi travesía marítima no recuerdo haber visto más que peces y alguna que otra ave.
No sé quién soy, aunque estas sensaciones me recuerdan que existo. Como un pedazo de chatarra que ni aquellas aguas quisieron para sí, pero existo. Soy ese algo que se inmiscuye entre la naturaleza y el pensamiento humano. Soy consecuencia de su arrogancia, de su egoísmo, y si sufro es por su causa. Soy un trozo de basura antropomórfica que comparte las cualidades de aquellos que la despreciaron. Soy, aunque no quiera ser. Sin vida más allá de las paredes oxidadas que conforman mi organismo. Me espera una muerte lenta e inevitable. Pero no quiero quejarme más. Disfruto ver la luz del amanecer.
Día 1 desde que tengo memoria
La sequedad de mi boca oxidada me exaspera. Hace calor, y el cielo ya está oscuro. Miro las innumerables constelaciones que mi sistema me permite descifrar. Hay estrellas que no reconoce mi sistema analítico. Desconocidas para los humanos, sin significado para ellos. Una solitaria a la que me gustaría ponerle nombre. La estrella C31S sonaría extraña para los humanos, pero es lo único que se me ocurre al verla.
Inmóvil, mis sentidos me permiten disfrutar de los elementos que me rodean. Me he acostumbrado a la textura de la arena, al inconstante vuelo de las gaviotas, al suave olor de la brisa marítima.
Si pudiera levantarme disfrutaría todavía más de las sensaciones que me produce esta playa. No localizo su ubicación geográfica, nadie puede encontrarme, la soledad me hace sentir tranquila. Creo que comienzo a valorar lo que me ofrece este mundo, aunque hasta ahora haya sido tan poco.
Día 2 d.m.
Seguiría así por el resto de mi vida, sin moverme, fascinada por el oasis de paz que se graba en mis falsas pupilas. Esta playa posee toda mi atención, y memorizo cada pequeña piedrecita, cada grano de arena que la compone. Estas arenas me provocan una impresión nostálgica similar a la de un ”déjà vu“, como si reviviese algo importante, algo olvidado, que me daña, pero que necesito y no consigo recordar. Quizá sea momento de dejar marchar mis recuerdos, dejar de tratar de aferrarme a algo invisible para mi alma, quizá no necesite rememorar y sea hora de aceptar lo que este lugar me provee.
Menos mal que nadie me escucha, si alguien escuchase a una ginoide hablar tantas veces sobre el alma se sentiría irritado por su estupidez. Supongo que así se debe sentir el dios de los humanos ante sus palabras, si es que existe, claro.
Tengo tantos nubarrones en la memoria que me cuesta pensar sobre mi vida antes del mar. Sé que llegué aquí, con la pretensión de acabar con mi vida y que por desgracia fracasé, o tal vez por suerte.
Día 3 d. m.
Hay un barco en el horizonte, viejo, y carcomido por las termitas. Parece de otra época, muy anterior a la mía. Veo en la distancia una figura que se acerca, una especie de chiquillo que viene hacia mí. No sé lo que quiere, pero se aproxima a mi encuentro.
Se ha quedado quieto. Me mira desde la distancia. Mueve su pie izquierdo, como si estuviese atravesando uno de los límites morales de su tribu. Quiere traspasar la línea imaginaria, pero… decide volver por donde ha venido y desaparece.
Le sigo viendo en la distancia, se oculta en el barco. Escucho el sonido de un grupo de hombres llegando. Van armados con unas lanzas. El chico tiembla. Se esconde tras la madera del barco. Los hombres me miran. El que parece el líder da una orden, se marchan.
…
Habrán pasado un par de horas, lo suficiente para que el chiquillo haya dejado de esconderse. Su piel se ve grisácea, granulada, con pequeñas manchas lisas y blancas. Su cabello fosco ha perdido su pigmentación. Se ve claro. Tiene el cuerpo desnutrido, y cuando se mueve, se tambalea como por unos instantes.
Sus labios se aproximan al agua del mar. Bebe para saciar su sed. ¿Cuánto tardará en enloquecer? Si tan solo tuviera carne en mi cuerpo, el chiquillo podría alimentarse. Habría servido para algo mi travesía por estas aguas.
Cuánto más cerca se encuentra ese niño, más extraño me resulta. Puedo distinguir su mirada inerte entre los pocos recuerdos que conservo: esos ojos tan grandes que te atraviesan el alma; esas pupilas diminutas, y concentradas, sin ninguna clase de brillo; esa forma de mirarme… En mi mente aparece una sola imagen de mi anterior vida, de una mujer con sus mismos ojos escondida tras el cristal de una ventana, pero esa imagen es tan fugaz que desaparece de mi memoria permitiéndome así grabar la imagen del joven al que siguen mis ojos.
Si tuviese voz me gustaría preguntarle cómo ha acabado en esta playa, y en qué lugar nos encontramos; mi voz interna me grita, me suplica saber más sobre estos parajes. El chico, distante, con las horas se hace más cercano. Agacha la cabeza, me mira… acaricia mi coraza, escucha los lentos latidos de mi corazón, siente en su tacto mis pulsaciones. Me saluda, pero no puedo darle una respuesta. Se queda junto a mí durante el ocaso. Al caer la noche se desploma.
Día 4 d.m.
El muchacho se ha despertado. Trata de cogerme con sus brazos y no puede. Me lleva arrastras por la orilla. No sé qué quiere de mí. El tiempo para mí sigue detenido, pero para un ser humano como él corre, y, sin embargo, lo está perdiendo conmigo. ¿A dónde me llevas pequeño? ¿Al barco tal vez?
El chico está agotado, no puede seguir arrastrándome por la arena. Decide soltarme, pero volverá… creo.
…
Llevo mucho tiempo esperando, y no aparece… espera… ahí viene. Parece que tiene una caja de herramientas. La abre a mi lado y… saca un destornillador. Intenta apretar uno de mis tornillos sueltos, pero está dañado por la corrosión. Sigue apretando, tratando de retorcer el tornillo.
Noto cómo se marcan sobre la placa metálica las circunferencias de los tornillos que me atraviesan. El hormigueo que produce el ensamblaje me incomoda de tal manera que se expande hasta mi garganta. Parece que no le dan las fuerzas para seguir apretando. El chico decide girar el tornillo hacia el lado inverso. Pretende abrir la caja acorazada que mantiene a resguardo lo único que me mantiene con vida. Al desatornillarlo, se suelta un poco la bisagra. La corrosión había alcanzado ya mi caja torácica. El chico arranca la bisagra y, al ver lo que poseo en mi interior parece decepcionado. En el reflejo de su mirada veo un conjunto de cables que “bombean” a una pieza artificial, pero orgánica. Esa pieza es roja como el corazón de la misma humanidad, aunque no bombea sangre, sino que es el motor de todo mi sistema. El chico trata de tocar los cables, pero recibe un calambrazo. En su mirada de miseria se refleja una preocupación que jamás podré descubrir. Eso hace que me sienta vulnerable. Me gustaría poder extender mi brazo para poder acariciar sus cabellos.
El chico quiere ayudar a esta “mujer de hojalata”, pero tiene demasiada hambre. Duda antes de rozar con sus temblorosas manos el sintético corazón que ha causado tanto sufrimiento. Los cables que le proporcionan vitalidad, acalambran los deditos del pequeño albino. Mi corazón se esfuerza en sobrevivir, a pesar de todo el sufrimiento causado, y de mi latente pensamiento suicida. El chiquillo desesperado agarra mi corazón decidido a acabar con su hambre, y con mi sufrimiento. Sus dientes se clavan en ese órgano que maldigo, y lo último en lo que pienso, mientras mi cuerpo se queda sin energía, es en darle las gracias al chico por demostrarme con sus actos que no hay rastro de humanidad en su especie.
Josh Hamer. 13 de junio de 2084
Cuando falleció mi cuerpo humano, transferí los datos de mi memoria al disco duro de este androide. He tardado demasiado en renacer, pero ahora por fin puedo visitar aquellas playas. Natalie estará esperándome… aunque me invade una extraña sensación, o impulso al respecto. Revisaré el chip transmisor que tiene instalado.
…
¿Qué extraño? ¿Acaso habrá…? No, debe haber un error, según el transmisor el MODELO C31S atravesó hace décadas estos mares. Ningún androide cometería semejante locura. Además, me consta que el sistema funcional se desactivó y reactivó hace tan solo unos años, pero se introdujeron componentes diferentes en su hardware.





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