Prefacio
Verano 2021.
Londres – Reino Unido
Hijos de puta.
Christopher Greenwood se sacó el Benson & Hedges[1] de los labios, aunque no deseaba hacerlo, pero tenía que hablar o su cabeza explotaría en más de mil pedazos. Mónica estaba enzarzada en una discusión de negocios con un súper productor de fenómenos pop en la industria musical.
—Es obvio que Chris calza perfecto —afirmó ella hecha un mar de sonrisas. Él no era un jodido zapato para calzar perfecto.
El productor alzó el vaso de café que emanaba un olor a licor fuerte que hacía picar la nariz a Chris, quien, de hecho, se preguntaba si el desgraciado bastardo tenía conjuntivitis porque las gafas bajo techo no tenían otra explicación lógica.
—Lo queremos –replicó.
¡Claro que lo querían!, todos lo querían, todos querían a la máquina de hacer dinero en cantidades astronómicas, lo querían en las pasarelas, en las vallas publicitarias (mientras menos cantidad de ropa, mejor, le habían dicho en una ocasión), en los comerciales para productos inútiles, en los programas de entrevistas y farándula o de invitado especial en cuanta serie de moda hubiese, pero sobre todo lo querían en sus películas, y eso, siendo un actor debería hacerlo feliz, era lo que correspondía, sólo que, por Dios, estaba hastiado de leer guiones de comedias/musicales románticas para adolescentes, carentes de mensaje, por mínimo que fuese, con protagonistas huecos y sin argumentos que le movieran la fibra y lo hicieran anhelar ganarse el personaje, tenía siglos que no hacía una audición, porque simplemente los personajes que le ofrecían habían sido hechos para él, en cuanto a las producciones más serias, lo descartaban sin darle oportunidad porque sabían lo que implicaba tener a Christopher Greenwood en un set: Paparazis, fans, acosadores… Y prensa amarillista que no escribía artículos sobre la película, si no artículos especulando con quien se acostaba o dejaba de acostar Chris. Estaba tan harto de todo eso, que llevaba casi un año sin firmar un estúpido contrato, ahora Mónica, su manager + asistente = Némesis, estaba empeñada en hacerlo incursionar en el mundo de la música, él sabía que el don de una voz melodiosa y afinada no se le había otorgado, pero se sentía orgulloso de un par de letras que había escrito en los últimos meses de ocio.
La razón para que su cabeza estuviese a punto de explotar era que, para su total consternación y desagradable sorpresa, la reunión que él creyó, era para la negociación de sus letras, realmente era para su inclusión en una banda de chicos, de esos que bailaban sincronizados y meneaban las caderas como gorilas fornicando —Las chicas se volverán locas—, había dicho el productor, y ahí, Christopher había estallado.
—¡Mierda, no! —exclamó aplastando el cigarro sobre la pulida superficie de la mesa de negociación. Gritó tan alto que se lastimó la garganta, él nunca hablaba cuando Mónica negociaba, se limitaba a firmar lo que tuviese que firmar y listo, pero esta vez estaba seguro, hasta el punto de apostar sus huevos, que no iba a hacerlo—. Por el amor a Dios, ¿cómo quieren que esté en una banda de chicos? ¡Tengo casi 30 años! —farfulló frustrado. Incluso cuando, estaba más cerca de los veinte que de los treinta todavía. Para su angustia y consternación, el productor y Mónica, tuvieron el descaro de sonreír.
—Eres Christopher Greenwood, puedes hacer lo que quieras. Con el vacío en mercado de las boy band, esto sale. Todas las mujeres del universo te aman, desde las niñas de tres años hasta las abuelas que quieren que te cases con sus nietas.
Era demasiado, tenía poco más de diez años siendo un sex-symbol para niñas que no sabían qué era un sex-symbol, y eso era suficiente para alejarlo de papeles serios, complejos y anhelados para él. Ni hablar de las tablas, a no ser que personificara a todos los príncipes de Disney, dudaba que una compañía de teatro de West End lo contratara. El teatro era para apreciarlo y no para chicas que sólo gritaban o lloraban cuando él estaba… respirando. No, si no era de príncipe, las ofertas teatrales eran inexistentes.
–No voy a hacer esto —soltó apenas respirando—. ¡No voy a hacer esto! —Golpeando la mesa se puso de pie, agarró su chaqueta del respaldo de la silla, y caminó directo a la puerta, antes de salir, se giró hacia Mónica y, le dijo: —. Estás jodidamente despedida —Cerró la puerta tan fuerte que los vidrios de las paredes temblaron, pero, por primera vez en diez años, Christopher se sintió libre.
Tras cuatro películas independientes, destrozadas injustamente por las críticas, sin importar la impresionante taquilla recaudada, Christopher Greenwood dejó el viejo continente y cruzó el Océano Atlántico para someterse a la ardua e incierta labor de encontrarse a sí mismo.
[1]Benson & Hedges: Una marca británica con una larga historia, muy popular en el país. Se fundó en Londres en 1873.