Donde la lluvia no duerme

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Summary

Dónde la lluvia no duerme es una novela oscura y atmosférica que nos arrastra a una ciudad infinita, siempre bajo la lluvia, donde las calles parecen cambiar de lugar y los recuerdos pesan más que el concreto. En este mundo, la realidad no es un refugio, sino una grieta: los murmullos en la oscuridad, las miradas que evitan decir demasiado y los silencios cargados de significado construyen una experiencia inquietante y profundamente humana. La historia explora la culpa, la memoria y la identidad, siguiendo a personajes marcados por decisiones pasadas que no pueden enterrar, incluso cuando intentan seguir adelante. Nada es completamente seguro en esta ciudad: ni los vínculos, ni el tiempo, ni la propia percepción de lo que es real. Cada encuentro deja una huella, y cada paso parece acercar tanto a la redención como a la caída. Con una narrativa cruda, seca y evocadora, Dónde la lluvia no duerme no busca respuestas fáciles. Es un viaje introspectivo, melancólico y perturbador, donde la lluvia no limpia… solo revela. Un libro para quienes disfrutan las historias que se sienten más que se explican. Para quienes saben que algunas ciudades no existen en los mapas, pero sí en la mente.

Status
Complete
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 El murmullo

Un trueno sacudió la casa y despertó a Lian de golpe.

El estruendo retumbó en sus oídos mientras abría los ojos, con el corazón latiéndole con violencia. Durante unos segundos no supo dónde estaba. La habitación permanecía sumida en una oscuridad espesa y húmeda, y el golpeteo constante de la lluvia contra el techo parecía amplificado, como si la tormenta no estuviera afuera, sino envolviendo la casa por completo.

Al incorporarse, una sensación extraña lo recorrió. No era solo el sobresalto del trueno ni el frío que se filtraba por las paredes: era el silencio. Un silencio demasiado limpio, demasiado absoluto.

Recorrió la habitación con la mirada. Todo estaba en su lugar, pero algo faltaba. Su hermano y su cuñada no estaban. Desde la ruptura con su ex, había vivido con ellos, y ahora no había rastro de ninguno: ni voces, ni pasos, ni señales de presencia reciente. La ausencia lo atravesó de inmediato, profunda y helada, apretándole el pecho.

La casa, de pronto, se sintió demasiado grande.

Avanzó por el pasillo con pasos lentos, casi temiendo hacer ruido, como si el sonido pudiera despertar algo que prefería mantener dormido. Abrió la puerta de la habitación de su hermano. La cama estaba intacta, las cobijas estiradas con un orden que no correspondía a una salida apresurada. En el buró, un vaso vacío y un libro cerrado marcaban un punto final extraño, como si alguien hubiera decidido detener el día a la mitad.

Entró a la habitación contigua. El armario seguía lleno, la ropa colgada con cuidado, los zapatos alineados junto a la pared. Todo indicaba permanencia, no huida. Y, sin embargo, no había nadie.

El silencio se espesó.

No era la ausencia normal de una casa vacía por la noche; era algo más profundo, más deliberado. Incluso el eco de sus propios pasos parecía apagarse antes de llegar a las paredes, como si la casa misma se negara a devolverle cualquier compañía. Lian sintió un nudo formarse en la garganta. Respiró hondo, pero el aire parecía insuficiente.

Se asomó a la sala. El sofá conservaba la forma de cuerpos que ya no estaban. Sobre la mesa, una taza con una mancha seca de café y un control remoto colocado con descuido reforzaban la sensación de una interrupción abrupta. Todo había sido dejado atrás, no abandonado… como si el tiempo hubiera decidido continuar sin las personas.

La cocina tampoco ofrecía consuelo. Ningún sonido provenía del refrigerador. Ningún zumbido eléctrico, ningún reloj digital parpadeando. Solo el goteo lejano de la lluvia filtrándose por algún rincón invisible de la casa. Cada segundo se alargaba, pesado, incómodo.

La soledad comenzó a presionarle el pecho.

No era solo estar solo; era la certeza de ser el único ser consciente en un espacio que había perdido su razón de existir. La casa ya no cumplía su función de refugio. Era un cascarón, un eco de algo que había sido hogar. Lian se sintió pequeño dentro de ella, como si pudiera desaparecer sin que nada, ni nadie, lo notara.

Fue entonces cuando buscó algo que lo anclara. Algo que le recordara que el mundo seguía avanzando.

Rebuscó entre los muebles hasta que encontró un pequeño reloj de cuerda antiguo, perteneciente a su hermano. Siempre había estado ahí, como una obsesión silenciosa: lo mantenía con cuerda, siempre exacto, un recuerdo persistente de su padre.

Lo tomó entre sus manos.

El reloj funcionaba.

El tic-tac era suave, constante, obstinado. Las manecillas avanzaban con normalidad, marcando una hora que no parecía corresponder con nada. Aquel sonido, en medio del silencio absoluto de la casa, resultaba inquietante. El tiempo seguía avanzando, aunque todo lo demás pareciera detenido.

Decidió salir.

Al abrir la puerta, la humedad lo golpeó de inmediato. El aire estaba denso, cargado del olor a tierra mojada y asfalto. La lluvia caía ligera pero constante, como un hilo interminable deslizándose sobre techos y aceras. Aun así, la sensación de abandono era abrumadora.

Las calles estaban desiertas. Ninguna ventana dejaba escapar luz alguna. Los autos permanecían inmóviles y mudos, y los objetos eléctricos parecían haber olvidado su propósito. Cada paso sobre el pavimento mojado resonaba con un eco extraño, como si la ciudad estuviera vacía y, al mismo tiempo, atenta a su presencia.

Los edificios, altos y grises, se erguían como testigos mudos de un mundo suspendido. Las hojas de los árboles goteaban sin descanso, formando charcos que reflejaban una noche que parecía no tener fin. No había sonidos, salvo la lluvia cayendo y su respiración acelerada.

La soledad se volvió casi física, palpable, cerrándose alrededor de su pecho. La ciudad no estaba muerta, pero tampoco viva; existía en un estado intermedio, atrapada entre la realidad y algo que se sentía peligrosamente cercano a una pesadilla.

Entonces lo escuchó.

Un murmullo lejano.

No distinguía palabras, pero había un ritmo en aquel sonido, algo repetitivo y cadencioso, como un rezo antiguo. Un escalofrío le recorrió la espalda. Movido por la curiosidad y un miedo difícil de nombrar, decidió seguirlo.

La lluvia empapaba su rostro. Sus manos temblaban, pero el sonido lo mantenía en movimiento, como si tirara de él.

Subió al puente peatonal más cercano y entonces los vio por primera vez.

Desde lo alto, Lian sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor. La baranda fría se clavó en sus manos cuando se inclinó apenas hacia adelante. El murmullo se volvió más claro, más cercano, y con él llegó una presión extraña en el aire, como si la lluvia cayera con más peso justo en ese punto. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, tan fuerte que temió que aquel sonido lo delatara.

Al principio pensó que su mente le estaba jugando una mala pasada. Las figuras avanzaban despacio, demasiado sincronizadas para ser casuales, demasiado silenciosas para ser reales. No caminaban: se deslizaban, arrastrando los pies con una cadencia casi ritual. Cada paso parecía calculado, repetido cientos de veces antes.

La luz de las velas temblaba, revelando fragmentos incompletos de sus cuerpos. No había rostros. Las máscaras de corteza absorbían la luz, devolviendo solo sombras irregulares. Los orificios de los ojos eran pozos oscuros que no reflejaban nada, y aun así Lian tuvo la certeza inquietante de que, de algún modo, podían verlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda. El miedo le gritaba que se apartara, que bajara la vista, que huyera. Su cuerpo estaba rígido, preparado para retroceder, pero algo más lo mantenía inmóvil. Una curiosidad profunda, casi vergonzosa, lo obligaba a observarlos con atención. Necesitaba entender. Necesitaba comprobar que aquello era real.

Las líneas pintadas sobre las máscaras —una roja, una azul— capturaron su atención. Eran torpes, irregulares, como hechas por manos temblorosas o cansadas. No parecían símbolos al azar. Había intención en ellas, una lógica que se le escapaba pero que intuía importante. Sintió una punzada de inquietud al preguntarse qué representaban… o a quién.

Los rezos se elevaron un poco más. No eran súplicas ni cantos comunes. El tono era monótono, casi hipnótico, como si repitieran palabras cuyo significado se había perdido, pero cuya función seguía intacta. El sonido se filtró bajo su piel, provocándole una incomodidad difícil de explicar, una vibración interna que lo hizo apretar los dientes.

Notó detalles que lo perturbaron aún más: los hombros tensos, las espaldas encorvadas, la manera en que algunos parecían dudar antes de avanzar, solo para retomar el paso cuando el murmullo se intensificaba. No eran simples seguidores. Eran piezas de algo más grande. Algo que los guiaba.

Por un instante, una idea absurda cruzó su mente: ¿Y si siempre habían estado ahí?

La lluvia golpeaba su rostro, mezclándose con el sudor frío que comenzaba a brotarle en la frente. Cada parte de su cuerpo le pedía que se alejara, que regresara a la seguridad precaria de la casa. Pero la curiosidad se aferró a él con la misma fuerza que el miedo. Si aquellos seres existían en una ciudad detenida, en una noche que no terminaba, entonces quizá eran la única prueba de que no estaba completamente solo.

Cuando uno de ellos alzó la vela y la luz iluminó la máscara por un segundo más de lo normal, Lian sintió que el aire se le atascaba en la garganta. No vio ojos, pero sintió una atención dirigida hacia él, como si algo, detrás de la madera, hubiera notado su presencia.

Retrocedió apenas, conteniendo la respiración. El grupo siguió avanzando, internándose entre las casas y desapareciendo bajo la lluvia, como si nunca hubiera estado ahí. Solo entonces Lian se permitió moverse, con las piernas temblorosas y el corazón desbocado.

Incluso mientras caminaba por la casa, la imagen de la secta no lo abandonaba. Cada vela, cada máscara de corteza, cada línea roja y azul se repetía en su mente como un mantra imposible de ignorar. No podía dejar de pensar en la cadencia de sus rezos, en el ritmo casi mecánico de sus pasos, en cómo el grupo parecía moverse como una sola entidad, organizada por una lógica que él aún no comprendía.

Sentía un impulso incontrolable de volver a verlos, de observarlos de cerca, de entender quiénes eran y qué buscaban. La ciudad vacía y silenciosa parecía conspirar para que lo hiciera: cada calle desierta, cada ventana cerrada le recordaba que él era el único testigo, el único capaz de presenciar aquello. Esa certeza lo agitaba por dentro y lo aterrorizaba al mismo tiempo.

Finalmente, Lian tomó una decisión. Sin pensarlo más, sin buscar excusas ni esperar seguridad, se levantó. Cada paso que lo acercaba a la puerta lo llenaba de tensión y expectación. Lo desconocido lo llamaba con voz insistente, y él sabía que esa obsesión, silenciosa y persistente, no lo dejaría tranquilo hasta que siguiera el rumbo que la secta había marcado.

De vuelta en su refugio, apoyó la espalda contra la puerta y respiró hondo. El temblor de sus manos no cedía, y el cansancio comenzaba a calar en sus piernas. La casa estaba más silenciosa que antes, más fría, y cada rincón parecía cargado de años de abandono que no recordaba haber visto minutos atrás.

Con movimientos lentos, se quitó la ropa empapada. La camiseta y los pantalones que había usado durante la noche anterior estaban húmedos, fríos, pegados a su piel. Encontró una camiseta seca y un pantalón cómodo en el armario, pero hasta elegirlos le llevó un esfuerzo: cada movimiento le recordaba lo débil y pequeño que se sentía frente a la ciudad y frente a lo que acababa de presenciar.

Se puso una chamarra gruesa que, milagrosamente, parecía intocable por la humedad, como un escudo contra el frío que había penetrado hasta sus huesos. Mientras se vestía, notó que la casa estaba extrañamente inmóvil, con muebles y objetos que permanecían intactos, pero cargados de una quietud que hacía dudar si aún pertenecían a su mundo.

Lian respiró hondo, dejando atrás el refugio que ya no le ofrecía seguridad ni consuelo. La puerta se cerró tras de sí con un golpe seco que pareció resonar en toda la casa vacía. La lluvia lo envolvió de inmediato, fría y persistente, empapando su ropa y su piel, recordándole que el mundo seguía ahí afuera, implacable. Con cada paso que lo alejaba, el miedo se mezclaba con una curiosidad imposible de ignorar; sabía que lo desconocido lo esperaba más allá de la ciudad silenciosa, y sin dudarlo un instante, se adentró bajo la lluvia, decidido a seguir el rastro de la secta hasta donde él mismo no podía imaginar.