Capítulo 1
El silencio en el departamento de Yoongi nunca era realmente silencioso. Siempre estaba habitado por el eco de los suspiros de Jimin, por el golpeteo rítmico de sus dedos sobre la mesa cuando estaba ansioso, o por el sonido de su voz quejumbrosa relatando, por milésima vez, por qué su relación más reciente se había ido al traste.
Yoongi estaba sentado en el sofá, con un vaso de whisky barato que ya no estaba frío, escuchando. Esa era su función. Se había convertido en el puerto seguro, en la base de operaciones donde Park Jimin aterrizaba cada vez que sus alas se quemaban con el sol de una nueva chica que, según él, era la definitiva.
—Es que no lo entiendo, Hyung —decía Jimin, tirado en el otro extremo del sofá, con el cabello alborotado y esa mirada de cachorro apaleado que solía doblar la voluntad de Yoongi—. Ella decía que le gustaba mi intensidad, pero luego dice que la asfixio. ¿Soy demasiado? ¿Crees que soy difícil de querer?
Yoongi cerró los ojos un segundo. Dime que no, Yoongi. Dime que soy perfecto. Dime que ella se lo pierde. Conocía el guion de memoria.
—No eres difícil de querer, Jimin. Solo eres... agotador para quien no sabe lo que quiere —respondió Yoongi con la voz ronca.
Lo que no decía, lo que se quedaba atascado en la garganta como un hueso de fruta, era que él sí sabía lo que quería. Lo sabía desde hacía tres años. Quería ser el motivo de la intensidad de Jimin, no el que limpiara los escombros que dejaban otras. Pero Jimin era heterosexual. O eso decía cada vez que el ambiente se volvía demasiado íntimo, cada vez que Yoongi se quedaba un segundo de más mirándole los labios. Jimin se aprovechaba de la devoción de Yoongi, se alimentaba de ella para inflar su ego y luego, en cuanto se sentía recuperado, salía a buscar una nueva chica a la que aferrarse.
—Eres el mejor, Hyung. No sé qué haría sin ti —Jimin se inclinó y apretó el muslo de Yoongi—. Por eso te quiero tanto. Eres mi mejor amigo.
Claro, mejor amigo. ¿Qué esperabas, Min Yoongi?, pensó, sintiendo una punzada de amargura.
La fiesta del sábado por la noche en el departamento de Namjoon era el escenario perfecto para el desastre. El aire estaba lleno de vapor de alcohol, música electrónica a un volumen innecesariamente alto y demasiada gente sudorosa. Yoongi estaba en un rincón, con una cerveza en la mano, vigilando inconscientemente la puerta. Había llegado con Jimin.
Jimin le había prometido que ”esta noche solo seremos nosotros, Hyung, para celebrar que estoy soltero”. Habían reído en el taxi, e incluso Jimin se había acercado tanto para susurrarle algo al oído, había sentido el calor de su aliento. Le había dado esperanzas. Otra vez.
Pero las promesas de Jimin tenían la vida útil de una burbuja de jabón.
Apenas veinte minutos después de entrar, una chica de vestido rojo y risa estridente cruzó el campo de visión de Jimin. Yoongi vio el cambio en tiempo real, el cómo las pupilas de Jimin se dilataban, cómo su postura se enderezaba y cómo, de repente, la conversación que mantenía con él se volvía un ruido de fondo molesto.
—¿Jimin? —llamó Yoongi, cuando vio que el menor daba un paso hacia la chica sin siquiera despedirse.
—¡Ah, Hyung! —Jimin se giró un segundo, con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Dame cinco minutos, ¿sí? Creo que la conozco de la oficina. ¿Podrías quedarte por aquí? No te vayas.
Esos cinco minutos se convirtieron en una hora. Luego, en dos.
Yoongi observó desde la distancia. Vio a Jimin inclinarse sobre la chica, vio cómo le tocaba el brazo, cómo le susurraba cosas que la hacían reír. Más tarde, Jimin pasó caminando cerca para ir hacia la barra. Sus ojos se cruzaron. Yoongi levantó su cerveza, esperando una señal, algún gesto de complicidad.
Jimin simplemente apartó la mirada. Ni siquiera asintió. Como si Yoongi fuera un mueble más de la decoración, alguien que estaría allí pase lo que pase, un objeto inanimado que no necesitaba ser notado.
Fue un momento de claridad. El estallido de ira no llegó, solo un frío que se instaló en su pecho. Yoongi no lo culpaba; simplemente entendió que Jimin no tenía la capacidad de verlo de la misma forma. Era un paso natural, un final que había estado postergando por miedo a la soledad.
Vio a Jimin salir de la fiesta de la mano de la chica, sin mirar atrás, sin mandarle un mensaje, sin recordar que habían llegado juntos y que Yoongi tenía las llaves del lugar donde Jimin planeaba dormir esa noche.
—Es un imbécil —dijo una voz a su lado.
Yoongi parpadeó y vio a Jung Hoseok, que lo observaba.
—No sé de qué hablas, Hobi —mintió aunque su voz temblaba.
—Hablo de que llevas tres años siendo el perro guardián de alguien que solo te llama cuando quiere atención. A mí no me vengas con que es despistado, Yoongi. Es un egoísta y lo odio por la forma en que te hace sentir. —Hoseok le arrebató la cerveza tibia y la dejó sobre una mesa—. Vámonos de aquí. Me duele la cara de verte poner esa expresión.
El camino a casa fue silencioso. Cuando Yoongi entró en su departamento, el silencio ya no se sentía habitado. Se sentía vacío, pero de una forma extrañamente nueva.
Se sentó en su mesa de trabajo y miró su teléfono. Había un mensaje de hacía diez minutos.
Jimin: Hyung, me voy con ella. No me esperes despierto, quédate con las llaves, luego te busco. ¡Eres el mejor!
Eres el mejor. El premio de consolación para el amigo fiel. El pago por horas de terapia gratuita y amor no correspondido.
Sintió algo romperse dentro de él. Esa cuerda elástica que Jimin estiraba y estiraba, confiando en que nunca se cortaría. Pero se cortó. El elástico lo golpeó de vuelta y, por primera vez, Yoongi no sintió ganas de llorar. No había rencor, solo la realización de que ya no quedaba nada por lo que pelear.
Bloqueó el número de Jimin. No quería explicaciones, no quería disculpas que durarían hasta la próxima crisis.
—¿Sigues despierto? —La voz de Hoseok sonó desde el altavoz del teléfono un momento después.
—Sí —respondió Yoongi, mirando la pantalla en blanco—. Está hecho. Lo bloqueé.
—¡Gracias a Dios! Ya era hora de que despertaras —Hoseok suspiró con alivio—. Mañana voy a tu casa. Vamos a hacer limpieza general, Yoongi. Te voy a instalar algo que debiste usar hace mucho tiempo.
—¿Una app de citas? No bromees, Hobi. Sabes que soy un desastre. No sé vender piezas de mi personalidad como si fueran ofertas del supermercado.
—Si, Yoongi un app de citas. Y no tienes que vender nada. Solo tienes que dejar de ser el refugio de un tipo que no sabe lo que tiene delante. Hay gente ahí fuera que busca exactamente lo que tú eres.
Yoongi miró hacia el sofá, donde las almohadas aún conservaban la forma del cuerpo de Jimin. Se levantó, las sacudió con fuerza y las acomodó de nuevo.
—Mañana entonces —dijo con firmeza—. Trae cerveza, creo que voy a necesitarla.
Al colgar, Yoongi se quedó mirando su reflejo en la ventana. Se veía cansado, con ojeras y la piel pálida, pero sus ojos tenían un brillo diferente.