Dollhouse

Summary

Para el mundo exterior, la familia of Arendelle es la personificación de la perfección: fortuna, linaje y una belleza que parece esculpida para las portadas de revistas. Sin embargo, tras el destello de los flashes y las sonrisas ensayadas, se esconde una realidad asfixiante y perversa.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 01 – Dolls

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“Perfección”.

Estoy completamente segura de que, si buscaran sinónimos de esa palabra, encontrarían el apellido of Arendelle como uno de ellos. ¿Por qué? Bueno, simple: así nos define la sociedad… así es como está estipulado desde el momento en que naces “privilegiada” en la prestigiosa familia of Arendelle. Cualquiera quisiera estar en mi lugar, gozar del gran legado de mi familia, tener la absurda fortuna con la que contamos, todos los lujos y comodidades exuberantes que desees.

—Bien, solo unas cuantas fotos más y terminamos… —declara con una media sonrisa el galardonado fotógrafo. Revisa en su cámara algunas de las fotos que acaba de capturar, asiente con su cabeza, sonríe a la familia que está frente a él, les da unas indicaciones a su equipo de iluminación y estos acatan las instrucciones al instante, moviendo a otra posición el reflector, dándoles un ligero retoque de maquillaje a las mujeres y a los hombres les acomodan la corbata o les pasan el quita pelusa por los elegantes sacos.

El hombre rubio, alto, con un bigote y peinado impecables, demostraba una discreta sonrisa en su rostro. Firme en su pulcro traje de diseñador hecho exactamente a su medida, sujetaba firmemente de la cintura a su mujer; ambos llevan en sus dedos anulares sus ostentosos anillos de matrimonio a juego.

Ella, al igual que su marido, mostraba una pequeña curvatura en sus labios. Su cabello castaño se encontraba recogido en un laborioso peinado; una ligera capa de maquillaje, un elegante vestido y diversos accesorios complementaban su vestuario. Al lado de ella se encontraba una hermosa platinada de una glaciar mirada, su cabello largo y sedoso lo llevaba suelto, un poco de maquillaje en su níveo rostro y un hermoso vestido azul que se amoldaba perfectamente a su escultural cuerpo. En su dedo anular se podía ver un llamativo anillo de compromiso. Tras de ella, abrazándola por la cintura, se encontraba un joven hombre pelirrojo de largas patillas y mirada esmeralda bastante intimidante, mostraba una sutil sonrisa dejando ver su perfecta dentadura y un porte elegante que imponía autoridad.

Y por último, con una ligera separación del oji-verde, se encontraba una joven de mirada turquesa, su rostro bañado por unas adorables pequitas; su cobrizo y ondulado cabello lo llevaba sujeto una parte por una trenza. El maquillaje en su rostro era casi nulo; usaba unos sencillos aretes y un llamativo dije con un emblema familiar, blusa blanca, un saco con detalles bordados en dorado y un pantalón de vestir verde oscuro y zapatillas a juego.

—Excelente… —Levantó su pulgar al tener la luz adecuada para la foto, enfocó la cámara, torció la boca y frotó su barbilla. —Señorita Anna, por favor acérquese un poco más al joven Hans y señorita Elsa, coloque sus manos sobre las de su prometido, por favor. Joven Hans, recargue su mejilla a la de su prometida y ustedes... señores of Arendelle, están perfectos.

Miro a mi padre de reojo, veo cómo su ego se infla y su sonrisa se ensanchaba un poco más. Ruedo los ojos, me muevo apenas un centímetro evitando siquiera rozar mi ropa con la del prometido de mi hermana. Respiro profundo e intento seguir manteniendo mi falsa sonrisa. Hans besa a Elsa antes de restregar su mejilla con la de ella, veo cómo sus tersas y níveas manos tiemblan al colocarlas sobre las de él. Sonríe incómoda, me mira de reojo y le sonrío honestamente, ella igual se relaja un poco, y enseguida escucho varios “clics”.

—¡Woooo, perfectos!…

Ven… somos “perfectos”. La familia of Arendelle es la perfección encarnada. Sonrío maliciosa. Claro, hasta que cerramos las puertas.

Entramos uno a uno a esa enorme mansión en la que vivimos y esas falsas sonrisas de portada de revista desaparecen. Mi padre afloja su corbata. Mi madre, desesperada, se deshace de su laborioso peinado y se dirige directamente al bar de la mansión. Respiro profundo y me siento en mi cómodo sillón, en una posición “poco femenina”, mi padre siempre ha odiado eso de mí, bueno, eso y muchas cosas más. Recargo mi codo en el antebrazo, empuño mi mano y recargo mi mejilla, desde que soy pequeña siempre me he sentado a observar a mi “perfecta familia”.

Hans y Elsa son los últimos en entrar y, en cuanto se cierra la puerta, el encantador prometido de mi hermana desaparece. Se aparta de ella casi aventándola, como si su simple tacto le quemara. Imbécil.

Muerdo mi labio inferior y me concentro en mi hermana, la cual se ve ansiosa, frotando sus manos nerviosa. Hans se fue a un rincón de la casa, discretamente saca de su saco una pequeña bolsita con un polvo blanco, mira a su derecha, luego a su izquierda, coloca un poco de ese polvo en el puño de su mano, lo acerca a su nariz y lo aspira profundamente. Imbécil.

Por otro lado, mi padre está metiendo su mano bajo el uniforme de una de las nuevas chicas de la servidumbre. Me da lástima esa chica, es muy guapa pero tan ingenua como todas, creyéndole el cuento al cerdo de mi padre de que le dará el mundo entero si así lo desea. Solo la usará y pronto se cansará de ella, contratará nueva servidumbre y quién sabe qué pasará con esa chica. En el mejor de los casos se alejará silenciosa de esta mierda de familia, se guardará para ella misma lo que sea que haya hecho con mi padre, aceptará el poco o mucho provecho que mi padre le permitió sacarle y podrá seguir con su vida... o simplemente mi padre se encargará de mantenerla callada. Espero que, así como es de guapa, sea de inteligente.

—Créeme, no suele sucederme esto, pero tú realmente tienes una belleza sinigual… —decía dulcemente el hombre rubio a la joven pelirroja que fingía seguir sacudiendo algunas de las decoraciones de esa mansión.

—Señor, pero…

—Te puedo dar un bono extra por una actividad extracurricular o hasta ofrecerte un mejor puesto… —Muerde ligeramente su oreja y con gran maestría le desabrocha el brasier. Al instante que sintió liberarse sus grandes atributos, ella se cubrió y se sonrojó tal cual como un tomate.

—Sr. Agnarr… —mordió su labio inferior y con una dulce mirada vio al rubio.— Estoy terminando mi carrera en…

Sonrió victorioso el hombre, pasó su mano por el cuello de la chica e inició a caminar a su despacho.

—Sí, sí… después hablaremos de qué otro puesto se adapta a tus capacidades —dijo ya con menos cortesía e interés.

Antes de siquiera poder tocar la manija de la puerta de su despacho, sonó su celular. Chasqueó la lengua molesto, ya que era el móvil dedicado a su trabajo, en el cual, jamás rechazaba las llamadas, sea lo que sea que estuviese haciendo o a punto de hacer.

—Mierda… —maldijo por lo bajo. Sacó su móvil y de un empujón hizo entrar a la joven a su despacho, le hizo una señal de que guardara silencio y, con una molestia visible, respondió lo más cortés posible que podía —Hola, querido padre…

El rubio pone en blanco los ojos, masajea el puente de su nariz y con una fulminante mirada ve en dirección de la cobriza, que con una burlona sonrisa lo saluda.

—Adefesio bastardo, deja de molestar… —declaró con absoluto desprecio.

—Padre, cuida ese vocabulario —dice con una fingida sorpresa. —Pero antes de que me mandes al demonio y te vayas a coger a esa caliente chica que bien podría ser tu hija o hasta tu nieta tal vez… —guarda silencio por un breve momento y aclara su garganta —como sea, si tienes asuntos pendientes respecto a la empresa, te recuerdo que hoy esta agendada la junta con los nuevos inversionistas de Alemania y…

Hans, con una media sonrisa, se acerca a Agnarr y extiende su mano.

—Sr. Agnarr, si me lo permite, yo me puedo hacer cargo de los pendientes del día y usted puede tomarse el día libre, si así lo desea —sonrió cómplice y le guiñó el ojo. El rubio miró con superioridad a su hija y sin mayor duda le entregó el móvil al pelirrojo.

—Menos mal que tú sí estás mejor capacitado que las inútiles de mis hijas… —declara casi gritando. Miró de reojo a su hija y sonrió divertido al ver el gesto de desagrado que hizo.

—Señor, usted es mi ejemplo a seguir y…

—Chico —lo sujetó de los hombros y lo miró directo a los ojos—, tal vez algún día, no puedo decir que serás un digno sucesor, pero eres lo menos peor de mis opciones, así que más te vale no me decepciones… —le dio unos ligeros golpecitos en la mejilla —De recompensa, hijo, puedes cogerte a alguna de las secretarias o contratar una nueva becaria, como quieras.

Miró a su hija, que sabía que había escuchado toda la conversación. Sonrió victorioso e hizo un gesto obsceno. Se dio la vuelta e inició a desabrochar su pantalón, ni siquiera se molestó en cerrar bien la puerta.

Hans solo rodó los ojos fastidiado y llevó el móvil a su oído al tiempo que arreglaba su corbata y se dirigía a la puerta principal de la mansión.

—¿Cuáles son los pendien…? —se escuchó un constante, “bip, bip” y miró a la cobriza, que lo observaba con cara de pocos amigos. Sabía que si las miradas mataran, él ya estaría más que muerto. Nuevamente rodó los ojos al ver cómo Anna le levantaba el dedo medio. —Wooo, qué madura…

—Jódete. —sonrió maliciosa—, o que te jodan, lo que más te guste.

El oji-verde abrió grande los ojos, frunció su entrecejo y salió casi azotando la puerta.

La cobriza rió interiormente, se puso de pie y se dirigió a la ventana. Vio cómo el pelirrojo iba haciendo una rabieta tal cual niño pequeño, pataleando y posiblemente murmurando maldiciones para ella, lo cual solo la hizo sonreír más.

Idiota. Al inicio no comprendía por qué, teniendo a semejante diosa como mi hermana, apenas le prestabas atención, o por qué no se esforzaba por realmente enamorarla para que su falsa relación fuera más llevadera, o por qué, a diferencia de mi padre, nunca lo había descubierto dándose un revolcón con alguna chica del personal. Hace poco descubrí que simplemente el idiota jamás le pondría atención a mi adorada hermana o a cualquier mujer, porque simplemente prefiere otro tipo de “princesas”.

Mira en todas las direcciones asegurándose de que nadie esté cerca o de que no lo estén observando. Claro que no notó a la cobriza que lo observa escondida desde una de las ventanas de la mansión. Sigue murmurando maldiciones por lo bajo, buscando en el móvil el itinerario que tiene que cumplir el adúltero de su suegro.

—Ash, estúpida Anna, estúpidos of Arendelle.

Se dirige al enorme garaje y chasqueó los dedos.

—Kristoff, tengo que salir, así que muévete.

Un rubio fornido de mirada ambarina se encontraba puliendo uno de los muchos autos que se encontraban en el garaje. Escuchar la orden poco cortés que le dio el pelirrojo, provocando que su ceño se frunciera y se cruzara de brazos.

—Niño bonito, más te vale que modules tu tono de voz conmigo.

Hans levantó la vista del móvil y vio directamente a los ojos al rubio.

—¿Y si no quiero? —Se cruzó de brazos y lo miró con arrogancia.

Firmemente, el rubio caminó hacia él. Sin apartar la mirada de sus verdosos ojos, quedó a unos escasos centímetros de distancia, sintiendo su respiración chocar. Era algunos centímetros más alto que el pelirrojo y notoriamente más musculoso. Sonrió divertido y, de un rápido movimiento, lo sujetó de los brazos, importándole muy poco que el móvil salió volando. Lo inclinó contra el cofre de uno de los autos. Restregó su abultado miembro contra el trasero del ojiverde.

—Pues tendré que enseñarte modales.

Sujetó sus dos manos sobre su cabeza, se inclinó juntando su pecho a la espalda del pelirrojo, acarició su firme trasero y siguió golpeando su virilidad contra la retaguardia de Hans, que se encontraba completamente rojo y con la respiración agitada, sintiendo cómo su entrepierna comenzaba a doler por la gratificante estimulación.

—A... aquí no... Krisss... —dijo con dificultad por la estimulación.

—Auuu, pero si ya lo hemos hecho aquí y hasta en el auto de Agnarr y en el de Anna, el cual me irritó el trasero —dijo con un puchero—, así que no lo volveremos a hacer en ese auto —decía tranquilamente, sin dejar de estar embistiendo al pelirrojo, que se mordía el labio para no gemir; estaba completamente rojo y había un hilo de saliva escurriendo de su boca.

—Kriss, por favor... mmm... deja de moverte —rogó al tiempo que ahogaba un gemido.

—¿Seguro? —advirtió el rubio, alejándose y acomodando su pantalón, ya que su erección le lastimaba.

—Al demonio… —Se desabrochó los pantalones y nuevamente se recargó en el cofre, levantó en alto su trasero esperando a que el rubio lo penetrara, pero este solo se dirigió al auto que estaba estacionado fuera del garaje.

—Pues yo ya no quiero. Primero me hablas muy feo y luego solo quieres a mi amigo y a mí no —con falsa indignación se subió al auto y, tras de él, iba Hans apresurado acomodándose el pantalón.

—¿Qué? Kriss, ¿desde cuándo eres el dramático?

—Hansi, ¿qué me crees? ¿Chico fácil? Pues no, mi ciela —hizo un movimiento con su cabeza y le abrió la puerta del auto. —Así que vamos a cumplir las obligaciones de tu suegrito —declaro con desprecio y se subió al auto.

El pelirrojo sonrió de medio lado. El rubio se colocó el cinturón y encendió el auto. Sonrojado miró sorprendido a Hans al sentir sus manos en su entrepierna.

—Hans…

Le dio un fugaz beso para que guardara silencio y con gran maestría le desabrochó el pantalón, sacando con satisfacción su gran virilidad.

—Me encargo ahora de ti y, al terminar sea lo que sea que tengo que hacer en las oficinas por el imbécil de mi “suegrito” —rodó los ojos y presionó sus manos, provocando que el rubio gimiera—, el resto de la tarde y la noche seré todo tuyo.

Ambos sonrieron y el pelirrojo se inclinó. El rubio se ruborizó aún más y, como pudo, arrancó el auto.

Idiota. Por tu bien, que mi padre no descubra ese secreto tuyo. Acepta casi cualquier cosa: tus drogas, el hecho de que te casaras con Elsa solo por conveniencia... pero lo que jamás aceptará será que seas homosexual, porque no solo te castrará a ti, sino también al chofer. Y me cae muy bien ese rubio, es del poco personal que no se renueva y es agradable, realmente es una buena persona. No sé si Hans lo tenga al tanto de los fraudes que hace en la compañía o, aún mejor, no sé cómo un buen sujeto como él está con Hans, que es una mierda. Avaro, prepotente, drogadicto y mentiroso. Pero bueno, eso es asunto de esos dos.

Dirijo mi vista a mi madre, ya se ha terminado toda una botella de whisky y ahora está destapando una de vodka. Supongo que ya vio el espectáculo que está montando mi padre en su despacho y lo único que puede hacer es intentar olvidar e ignorar cada una de las infidelidades de él. Me duele, y le pido a Kai, (uno de esos pocos empleados que ha estado trabajando para mi familia desde que tengo memoria) que la vigile y la cuide. Ya sabe el proceso, dejarla beber hasta que caiga inconsciente, llevarla a su habitación, pedirle a Gerda que le dé un baño, algo de medicamento para la resaca y le prepare la cena. Y seguirla vigilando hasta que se encuentre mejor.

Sé que tiene problemas con el alcohol y debería hacer algo aparte de solo mirar, pero todos en esta familia tenemos problemas y secretos que ocultamos ante la sociedad, así que no soy nadie para juzgar a mi madre o exigirle que deje de beber, sin contar que es su única forma de escapar de esta mierda de realidad en la que vivimos, las exigencias de mi padre por ser la “perfecta familia of Arendelle”. Así que lo único que puedo hacer por ella es vigilarla y “cuidarla” a la distancia.

Miro al pie de la escalera y veo a mi adorada hermana mayor, Elsa. Su rostro está rojo y su cuerpo tiembla ligeramente. Sonrío y me siento nuevamente en mi lugar. La miro divertida, abro mis piernas, levanto mis dedos en una “V” y jugueteo con mi lengua. Mi hermosa platinada se sonroja aún más y con dificultad se da la vuelta, estoy segura de que está dispuesta a subir a su habitación. Sonrío y saco un pequeño control de mi pantalón, aumento el nivel de vibraciones y veo cómo Elsa se estremece, deteniéndose en su lugar sin poder dar un paso más, se retuerce en su lugar. Como dije, todos en esta familia tenemos secretos y fingimos ser la familia perfecta ante la sociedad, y así ha sido de generación en generación.

Mi abuelo Runeard fue aún peor que mi padre. Me sentí tan aliviada cuando mi abuela Rita falleció, porque ya no tenía que seguir lidiando con toda esta hipocresía asfixiante.

Bajo la intensidad del vibrador y miro a Elsa. Se ve tan lasciva y a la vez tan elegante. El tirante de su vestido cayó agraciadamente por su níveo hombro, su peculiar y sedoso cabello está algo revuelto, su rostro sonrojado, y veo algunos hilos de saliva en su boca cuando la abre, hay un líquido que escurre de su entrepierna. Estiro mi pantalón, ya que siento incomodidad en mi entrepierna.

Para contarles los secretos de mi adorada hermana tengo que contarles primero el mío, el cual es muy simple. Tengo un pene entre mis piernas en lugar de una vagina. Obvio, esto para mi padre fue lo peor que le pudo haber pasado, ya que no encajaba en su “perfección”, quería un varón que heredara todo el imperio of Arendelle y solo nos pudo concebir a Elsa y a mí. Siempre culpó a mi madre, renegó de mí, de mi hermana y de mi madre, pero el único culpable era él y sus defectuosos genes, después de mí, mi padre desistió en concebir más hijos, no podría lidiar con otro “defectos” como yo o peor.

Froto mi miembro sobre mi ropa, mierda, el ver a Elsa así me prende de sobremanera, pero ¿a quién no? Solo mírenla, esa tersa piel, ese sedoso cabello, sus grandes y suaves pechos, esos rosados y provocativos labios carnosos, esa glaciar mirada, su firme y redondo trasero... Tks, siento cada vez más ajustado el pantalón. Realmente necesito atender este, “pequeño”, gran problema.

Me levanto de mi sillón y en ese preciso instante me llega una notificación a mi móvil. Reviso quién es y río divertida.

Es del departamento de publicidad. Me mandaron las fotos que nos tomaron hace apenas un par de horas, quieren que elija la que irá de portada. Paso mi mano por mi cabello. Sí, nos vemos perfectos, una ejemplar familia. Elijo una al azar, respondo rápidamente, pongo en silencio mi móvil y lo guardo.

Levanto la vista, mi madre está dormida en el bar aún con una botella entre sus manos. Kai junto a Gerda se acercan a ella e intentan llevársela a su cuarto. La puerta del despacho de mi padre aún está entrecerrada. Hans, lo más seguro, es que no regrese hasta la noche o tal vez hasta mañana. Camino en la dirección de mi amada platinada. Su respiración es entrecortada, así que la abrazo. A la hora de levantarla, su vestido se retrae y veo varias marcas de cortaduras en sus piernas, algunas cicatrices de cigarrillos; la mayoría ya han sanado, pero hay unas que se ven muy recientes. La miro con molestia, ella se esfuerza por cubrir sus piernas y agacha la mirada avergonzada.

Comienzo a subir las escaleras en silencio. Siento cómo la ira me comienza a invadir. No culpo a Elsa por autolesionarse o a mi madre por su alcoholismo, cada una está sobrellevando el daño psicológico y físico que nos ha hecho atravesar mi padre.

Desde que nací y supo de mi “condición”, mi padre dijo que lo mejor que podían hacer por mí era dejarme morir. Claro está que mi madre no permitió eso, así que se le adelantó a mi padre y me presentó a la sociedad antes de que él ideara su plan para deshacerse de mí. Fue la primera y única vez que le llevo la contraria. No le quedó de otra al imbécil más que fingir ser la familia perfecta que se esperaba que fuéramos y aceptarme públicamente. Pero, ya que yo era un “adefesio”, no le serviría ni para darle nietos que siguieran con el legado familiar y ningún hombre iba a querer casarse conmigo y bla, bla, bla. Así que, en cierta medida, le daba igual lo que hiciera de mi vida, siempre y cuando no hiciera ningún escándalo o pusiera en mal el apellido of Arendelle. Lo único que esperaba de mí era que académicamente fuera la mejor.

En cambio, a Elsa le sobreexigió en todos los aspectos posibles de su vida, desde cómo se tenía que vestir, cómo tenía que hablar, hasta la carrera que tenía que elegir. Mi padre fue el que eligió a Hans como su futuro marido y, pese a su esfuerzo por complacerlo, jamás ha recibido un halago o reconocimiento de su parte. Solo regaños de que lo pudo hacer mejor o, “No te esforzaste lo suficiente, Elsa”, “No sirves para nada”, “Para lo único que sigues aquí es para darme un nieto y más te vale que sea varón, el cual llevará mi nombre”, y muchas más estupideces de ese estilo.

Tks, imbécil. Elsa era más que perfecta, lo sigue siendo, pero tú arruinaste su autoestima, sus ganas de vivir y provocaste su adicción al sexo. Sí, el secreto de mi hermana, aparte de autolesionarse, es que es ninfómana.

—¿Por qué lo sigues haciendo? —Le pregunto con un toque de molestia, señalándole con la mirada su pierna.

—Lo... lo siento… —dices e inicias a temblar. Frotas tus manos y algunas lágrimas se acumulan en tus ojos. Presiono mi mandíbula furiosa y te sujeto con mayor fuerza, acercando lo más posible tu cuerpo al mío. Beso dulcemente tu frente. —Realmente lo sien…

—¡No estoy molesta!, ¿de acuerdo? —te miro y asientes nerviosa —Elsa, por favor, cada que tengas esos ataques y/o crisis, ven a mí y no recurras a… —muerdo mi labio y con mis ojos señalo tus piernas —eso… —Veo cómo las lágrimas acumuladas están a punto de derramarse de tus ojos y mi corazón se quiebra un poco más. —No llores, no llores por favor… —muerdo mi labio —bueno, si quieres hacerlo, hazlo, pero… —Ahogo un grito y digo un sinfín de maldiciones en mi mente, pero me esfuerzo a mantener la calma y mi sonrisa para que no notes mi conflicto mental.

Te ha quebrado, nos ha quebrado tanto el imbécil de nuestro padre que, instintivamente, por todo te disculpas aun cuando no tienes que hacerlo o haces lo que te piden u ordenan. Te ha hecho tan sumisa, y yo soy tan opuesta a ti, que en momentos pierdo la paciencia con tu actitud, pero te amo y lo menos que quiero es lastimarte más de lo que ya ha hecho el maldito de nuestro progenitor. Respiro profundo y beso tus labios, sintiendo cómo todos esos malos pensamientos se esfuman. —Supongo que hoy tendremos un reforzamiento de lo que tienes que hacer en lugar de lesionarte…

Sonreímos cómplices. Te aferras a mi cuello y me besas intensamente. Introduces tu lengua en mi boca y la recibo inmediatamente. Con torpeza te bajo y caminamos a ciegas hasta tu habitación, que es la última del pasillo. Muerdes mi labio entre el desesperado beso y yo, ansiosa, desabrocho tu sujetador. Hundo mi mano en tu sedoso cabello y te sujeto de la cintura pegándote aún más a mí, rozando ocasionalmente nuestras intimidades. Con desesperación y sin separar nuestros labios, buscas el picaporte de la puerta cuando te estrello con ligera fuerza contra ella.

Tu respiración es agitada, te separas de mí escasos milímetros, muerdes tu labio y das un paso hacia atrás al abrir la puerta. Me quedo idiotizada ante semejante belleza, sujetas mi mano y la acaricias conforme te alejas de mí. Sonrío bobamente y me quedo estática en el marco de la puerta. Tú das unos cuantos pasos más sin dejar de verme a los ojos, sonríes y sensualmente te quitas el vestido. Lo dejas caer al suelo al igual que tu sujetador. Paso saliva amargamente, mi miembro, estoy segura, creció aún más, porque duele como un demonio mi entrepierna. Dejo de pensar y solo me dejo guiar por mis instintos y tu silenciosa invitación. Entro a la habitación, te miro y me miras, lamo mis labios e inicio a quitarme la ropa.

Lentamente cierro la puerta tras de nosotras, asegurándome de cerrarla con seguro.

“Muñecos perfectos, familia perfecta ante la sociedad... claro, hasta que se cierran las puertas”.

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¿Fin?