Fuera de juego

All Rights Reserved ©

Summary

Su vida es un desastre: sus padres se divorciaron hace nueve meses, su padres los abandonó, su madre buscó en los hombres y la bebida un refugio y su hermano, su otra mitad, se esfuerza para conseguir una beca que le permita ir a la universidad. Sin embargo, todo cambia cuando se mudan.

Genre
Romance
Author
Juls_20
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

KIRA

El zumbido de los neumáticos sobre el asfalto de la Interestatal 95 era el único sonido que rellenaba el silencio.

Si estos nueve últimos meses me definieran, yo sería un mosaico de mudanzas apresuradas, cajas de cartón mal precintadas y el olor agrio del vino barato que siempre parecía perseguir a mi madre.

Miré por la ventana mientras el paisaje de Rhode Island empezaba a dibujarse con su humedad costera y su cielo despejado. Hace apenas tres años, mi vida tenía el sol de España y la seguridad de una familia que, aunque imperfecta, no estaba rota.

Por suerte, tengo un hermano mellizo al que amo con lucura. Siempre somos y seremos Leo y yo contra el mundo.

¿Y qué nos pasó hace nueve meses? la traición. Mi padre decidió que su secretaria era una novedad más interesante que veinte años de matrimonio, y el mundo, tal como lo conocíamos, estalló en mil pedazos de cristal que aún seguíamos barriendo.

El divorcio no solo nos quitó un padre; nos quitó a nuestra madre. La mujer que solía despertarnos con el olor a tostadas se convirtió en una sombra que se escondía tras botellas de Chardonnay y novios de dudosa reputación. Su separación nos pilló en mitad del curso. Fue horrible. Yo me refugié en los libros y mi hermano siendo quaterback, en el fútbol.

Yo siempre había sido la “hermana de”. En España, en nuestra breve estancia en Florida y ahora seguramente aquí también. Leo era el sol: brillante, atlético, el quaterback que toda universidad querría fichar. Yo era la luna, o quizás simplemente el espacio oscuro entre las estrellas. Una chica estándar, con buenas notas y unas habilidades sociales que me permitían tener mi grupito de amigas pero sin llamar demasiado la atención. Tampoco la quería. La gente solo se acercaba a mí para saber si mi hermano estaba soltero o qué cosas le gustaban para acercarse a él.

Sentí una presión cálida en mi mano derecha sacándome de mis pensamientos. No necesité mirar para saber que era él.

Leo y yo teníamos ese radar, esa conexión de mellizos que a veces me asustaba. Como si mi angustia tuviera una frecuencia de radio que solo él sintonizaba. Apretó mi mano con firmeza, sacándome de la espiral de pensamientos.

—Todo irá bien, hermanita —susurró. Su voz era profunda, segura—. Este es el último año. El definitivo. Saldremos de esta, te lo prometo.

Suspiré, apoyando mi cabeza sobre su hombro. Los dos deseábamos irnos lejos y empezar de cero.

Seguí mirando por la ventana mientras nos adentrábamos en un barrio que nada tenía que ver con las lujosas casa de los barrios donde habíamos vivido. Mi padre decidió que darle dinero a mi madre para nosotros cuando se lo gastaba en vino no tenía sentido. Así que nuestra vida acomodada también se fue con él.

Cuando el coche se detuvo frente a la nueva casa, se me cayó el alma a los pies. Era una construcción de madera descolorida, con el césped descuidado y una valla que pedía a gritos una capa de pintura.

Mi madre se había mudado aquí porque el último “amor de su vida”, un tipo llamado Gary que ni siquiera había venido a ayudarnos con las maletas, vivía a tres calles. Está casa donde nos quedábamos también era suya.

—Es... acogedora —mintió Leo, mientras sus ojos buscaban consolar los míos.

—Es un desastre, Leo. No intentes adornarlo —respondí bajando del coche mientras emitía un gran suspiro.

Pasamos las siguientes tres horas arrastrando cajas. Mi madre apenas se detuvo a dejarnos las llaves antes de retocarse el maquillaje frente al espejo retrovisor y salir disparada en busca de Gary. Ni siquiera se despidió. Así era ella. Aunque no siempre fue así.

Me encerré en mi habitación, un espacio pequeño con paredes de un color amarillo enfermizo. Mientras sacaba mis camisetas y las apilaba en el armario, escuché la puerta abrirse. Leo entró sin llamar, como siempre, y se dejó caer en mi cama, ocupando casi todo el colchón con su físico de atleta.

Era muy alto, un metro ochenta y cinco, moreno con melena, ojos azules y un cuerpo que parecía un dios griego. A pesar de ser mi hermano entendía porque tantas chicas le iban detrás. Yo en cambio, media un metro sesenta. Era morena aunque me había hecho mechas rubias pensando que iba a favorecerme con mis ojos color ámbar. Me veía guapa.

Se quedó mirando el techo un momento antes de girarse para verme. Su mirada era distinta, más pensativa.

—Has cambiado mucho estos meses, enana —dijo de repente. Siempre utilizaba algún mote para referirse a mí y dejar claro que él nació antes que yo y se consideraba por tanto mi hermano mayor.

Me detuve con una sudadera en las manos. —Es lo que pasa cuando cumples años, Leo.

—No hablo de eso. Bueno, también. Estás más... —hizo un gesto vago con las manos—. Has pegado un estirón, tu cara es distinta. Pero hablo de tu forma de ser. Estás más cerrada. Te pasas el día cuidando de mamá, limpiando sus desastres, asegurándote de que yo no me convierto en un fracaso escolar, me ayudas a entrenar... pero te estás olvidando de ti. No quiero que termines como ella, Kira. Ni quiero que sacrifiques tu último año de instituto siendo una niñera.

Me senté en el suelo, rodeada de ropa. —Alguien tiene que mantener el barco a flote, ¿no? Si yo no lo hago, nos hundimos.

Le devuelvo una sonrisa cálida pero triste.

—Pues este año el barco va a tener dos capitanes —sentenció él, incorporándose con una gran sonrisa—. Tengo algo en mente.

Me sonríe de manera pícara. ¿Qué está tramando?

—¿Qué? No hagas nada. Solo quiero que este año pase rápido.

No me dijo nada, simplemente se levantó, me revolvió el pelo y bajó a pedir pizza. Siempre pedíamos pizza cuando estábamos solos en casa. Esa noche, nos instalamos en el salón vacío de la nueva casa. Cenamos en el suelo, con las cajas de pizza sirviendo de mesa improvisada, mientras me explicaba las nuevas jugadas de fútbol americano se extendían ante nosotros.

Leo era muy buen jugador pero aún así siempre me pedía opinión.

Pasamos horas debatiendo, pases de pantalla y cómo leer las defensas de otros equipos. Su nuevo entrenador le había pasado todo para preparar la pretemporada que justo empezaba mañana.

Éramos uña y carne. Él era mi mejor amigo, mi escudo contra el mundo exterior, el único que sabía como era realmente.

Al día siguiente ni siquiera lo escuché irse.

Otra vez sola…

Me levanté con calma, desayuné un té y un yogurt. Tampoco había mucho más. Y me dispuse a cambiar mi habitación. Odiaba ese color amarillo y los muebles en tonos de madera diferente. Por suerte, trabajé un poco durante el curso como camarera y tenía algo ahorrado. Miré en internet tiendas cercanas de pintura y una vez localizada una, me vestí. Me puse unos leggins negros, una camiseta vieja gris antracita y unas vans negras destrozadas. Conforme iba paseando camino a la ferretería tenía que reconocer que el barrio tampoco estaba tan mal.

Llegué a mi destino y al entrar sonó una campanita avisando al dueño de que un potencial comprador acababa de entrar.

Mirando las pinturas escucho que alguien se acerca. Me giro y de repente veo a un chico que podía ser de mi edad. Tan alto o más que mi hermano. Moreno de ojos verdes. Era objetivamente guapísimo, de esos que te dejan embelesada un par de segundos más de lo socialmente aceptable. Creo que se dió cuenta de que estaba admirando su belleza pues su sonrisa se hizo más grande. Yo sentí como mis mejillas se enrojecían.

—¿En qué puedo ayudarte, princesa?- dijo de manera casi sensual, apoyándose en la estantería con una confianza que rozaba lo insolente. Sus ojos parecían analizarme de manera bastante exhaustiva. En otro momento me hubiera incomodado pero era tan guapo…

— Estoy buscando pintura para pintar las paredes y los muebles de mi habitación —le dije intentando que mi voz no delatara lo nerviosa que me ponía.

Él arqueó una ceja, recorriendo con la mirada los botes de muestra.

— Vaya, una renovación completa. Me gustan las chicas que no tiene miedo a mancharse las manos —comentó, bajando un poco más el tono de voz mientras se acercaba a mi lado. ¿Está ligando conmigo? Creo que este pueblo me va a gustar más que Florida—. Aunque para un trabajo así de... profundo, vas a necesitar alguien que sepa dar las capas adecuadas.

Me dedicó una amplia sonrisa. Indudablemente estaba ligando conmigo y un dulce nunca viene mal ¿no?

— Soy bastante buena manejando la brocha —respondí, sosteniéndole la mirada con una sonrisa de suficiencia—. Y me gusta que el acabado sea perfecto. No me sirve cualquier chapuza.

Él me respondió con una sonrisa contagiosa. Me di cuenta que se le marcaban unos pequeños hoyuelos cuando lo hacía. Sin embargo no dijo nada más y me ayudó a seleccionar unas molduras para hacer una separación horizontal en la pared por recomendación suya y dos colores: piedra y azul oscuro. También compré pintura blanca para mis muebles.

Cuando fui a pagar se me quedó mirando fijamente.

— Estos botes son muy pesados —dijo, lanzándome una mirada que sentí como penetraba en mi—. Vivo a diez minutos de aquí y tengo un descanso en media hora. Podría acercarte todo en mi coche.

Me reí, negando con la cabeza mientras sacaba la tarjeta de crédito.

— Gracias por la oferta, pero mi hermano tiene un detector de desconocidos y no creo que quieras que te someta a un interrogatorio antes de que bajes el primer bote. Es un poco... territorial.

— Un desafío. Me gustan los desafíos —replicó él mientras termina de imprimir el ticket.

Arrancó el papel con un gesto seco y profesional, pero antes de dármelo, cogió un bolígrafo y escribió algo rápidamente en el reverso. Me lo tendió, rozando mis dedos más de lo necesario al entregármelo.

— Por si te quedas a medias y necesitas una segunda mano —me guiñó un ojo, apoyando los codos en el mostrador—. O por si te das cuenta de que algunas cosas se disfrutan más cuando no las haces sola.

No sabía que responder así que opté simplemente por devolverle una sonrisa y me fui.

Bajé la vista al ticket y con una caligrafía firme, estaba su nombre y un número de teléfono.

Mason

+1 (401) 555-0182

Terminé la misión en una tienda de decoración barata, visualizando ya el resultado final: las paredes irían mitad color piedra arriba y un intenso azul grisáceo petróleo abajo, el fondo perfecto para unas sábanas y cortinas blancas impolutas que contrastarían con cojines del mismo azul oscuro y mostaza, junto con una manta color mostaza también para darle un golpe de energía; hasta los muebles viejos iban a recibir una capa de blanco nuclear, porque si no podía arreglar a mi familia, al menos iba a controlar mis cuatro paredes. Ese sería mi hogar.

Al llegar a casa había un silencio sepurcral.

No está mamá ni Leo, ¿dónde estará Leo?

Decidí que no era momento de conectar con lo sola que me sentía así que me puse manos a la obra sin perder un segundo. Encendí la radio y empecé por los muebles. Después vinieron las paredes. Al terminar ya no era un cuarto de una casa alquilada; era mi refugio. El número de Mason seguía en el bolsillo de mis leggins, quemándome un poco, recordándome que, tal vez, en este nuevo comienzo no iba a ser tan invisible como en los anteriores.

Eran las diez de la noche. Mi madre seguía sin aparecer; seguramente Gary era más interesante que ayudar a sus hijos a instalarse.

Escuché la puerta principal abrirse y unos pasos pesados subiendo las escaleras. Leo apareció en el umbral, con la bolsa de deporte colgada al hombro. Se quedó petrificado al ver la habitación. Sus ojos azules recorrieron los colores, los muebles blancos y la cama impecable.

—Joder, hermanita... —soltó, entrando y dejándose caer con cuidado sobre la cama. Refunfuñe porque había puesto las sábanas limpias—. Esto parece el cuarto de una revista. No sé de dónde sacas el tiempo y las ganas.

Me miró con una mezcla de orgullo y esa ternura que solo reservaba para mí. Se le veía agotado tras su primer día de toma de contacto con el equipo, pero había una chispa de ¿alcohol? ¿Había ido a beber después de entrenar? Lo miré mejor y vi lo que podría ser potencialmente un chupetón.

— ¿Tienes un chupetón en el cuello?

—Puede ser… pero no viene a contarte mis aventuras de hoy. - Hizo una pequeña pausa.- Te dije que el barco iba a tener dos capitanes, ¿te acuerdas? —me dijo, mirándome fijamente—. Mi plan para que este sea tu mejor año ya está en marcha. He hablado con el entrenador Miller hoy. Le he contado de tus marcas en atletismo, de cómo me ayudas a leer las jugadas... Le he dicho que necesito a alguien de confianza en la banda y en los entrenos para cronometrar y pulir mis rutas. Le he pedido que vengas. De esa manera conocerás a mucha gente hermanita. Irás a las barbacoas, fiestas del equipo…

Me quedé mirándolo abriendo y cerrando la boca como un pez, pero antes de que pudiera protestar, él me interrumpió con un gesto de la mano.

—Mañana te despierto a las seis, hermanita. Vas a venir a entrenar con el equipo. Es hora de que dejes de estar en las sombras. No te preocupes por los tíos, hablé con ellos, nadie te va a tocar un pelo.

Cerró los ojos, ignorando mis quejas silenciosas.

Antes de que pudiera decirle que estaba loco, su respiración se volvió pesada y rítmica. Se había quedado dormido.

Suspiré, le tapé y me metí en la cama junto a él. Este año iba a ser muy diferente.