EL HEREDERO
El país tenía un presidente, pero tenía un solo dueño: V-Imperium. El conglomerado no era solo una empresa; era el esqueleto sobre el cual se sostenía la nación. Construido desde el suelo por la ambición implacable de Alexandro Valdemir, el imperio dominaba los cielos con sus rascacielos y el futuro con su tecnología automotriz. Alexandro no era un hombre de piedad, era un arquitecto de control, y su mayor monumento era Argosia, la universidad de élite donde los hijos de los poderosos aprendían a servir a su apellido.
En el corazón de la mansión Valdemir, el silencio era la norma, hasta que la voz del patriarca lo quebró.—¡Elías! —El tono de Alexandro no era un grito, era un trueno contenido que vibraba en las paredes de caoba de su oficina.—Aquí estoy, Patriarca —respondió Elías Cusco, apareciendo desde las sombras con una puntualidad quirúrgica—. ¿En qué puedo ayudarle?—Trae inmediatamente a Lysander. ¡Lo espero en mi oficina ahora mismo! —Alexandro no levantó la vista de los planos digitales que flotaban sobre su escritorio.—Como ordene, Patriarca. Con su permiso, me retiro.Elías hizo una reverencia impecable y salió de la estancia sin hacer ruido. Minutos después, el mayordomo se hallaba frente a las puertas dobles de la suite de Lysander. Desde el interior, el sonido de gemidos agudos y respiraciones agitadas rompía el silencio. Elías no se inmutó; su rostro permaneció como una máscara de mármol. Con un gesto rápido, convocó a la servidumbre que aguardaba en el pasillo.—Traigan ropa limpia y preparen su baño —ordenó con voz gélida—. El joven maestro verá al Patriarca; tiene que estar impecable.—¡Sí! —respondieron las sirvientas antes de dispersarse. Elías golpeó la puerta dos veces. Toc, toc. —Joven maestro, discúlpeme por la interrupción. El Patriarca ha ordenado que vaya a verlo rápidamente a su oficina.La enorme hoja de madera se abrió. Lysander Valdemir apareció en el umbral completamente desnudo, sin el más mínimo rastro de pudor. Su físico era una obra maestra de disciplina y genética: hombros anchos, una estructura ósea imponente y una musculatura definida que parecía esculpida en piedra. Se pasó una mano por su cabello plateado, echándolo hacia atrás con un gesto de fastidio mientras miraba a Elías fijamente con sus ojos cargados de una frialdad absoluta.Para Lysander, el mayordomo era solo un testigo silencioso de su magnificencia. Sin decir una palabra, le dio la espalda, mostrando la perfección de su cuerpo esculpido, y se dirigió al baño donde el vapor ya llenaba el ambiente. Elías entró tranquilamente, recogiendo la ropa de seda tirada en el suelo y, con un gesto seco, escoltó a la chica fuera de la habitación.Tras un baño rápido, Lysander comenzó su ritual. No usó toalla; dejó que el aire secara su piel caliente antes de armarse con su traje de V-Imperium. Se puso unos calzoncillos de seda negra y una camisa blanca tan fina que dejaba entrever la sombra de sus músculos, dejando los botones superiores abiertos. Se ajustó el pantalón a medida y su reloj de platino. Ya no era el animal desnudo; ahora era el heredero de un trono.—¡Elías! —exclamó el joven maestro heredero con aires de firmeza y arrogancia—. ¡Estoy listo, iré de una vez!—Su séquito de seguridad lo espera en la entrada principal, joven maestro —respondió Elías, entregándole las llaves de cristal del V-Monarch.Lysander bajó las escaleras y se subió al asiento del conductor de su deportivo negro mate, una pieza de última tecnología que cobró vida con un zumbido eléctrico de alta frecuencia. Rápidamente se puso en marcha, seguido por su séquito de seguridad en varios coches blindados detrás de él. Aún recorriendo el camino privado de la mansión, comenzó a revisar su celular.Apareció el mensaje de la chica de la mañana: “Lysander, no me gustó cómo me sacó tu mayordomo de la mansión... tienes que defenderme, amor”. Lysander soltó una risa seca y borró el chat. Luego, leyó las notificaciones de sus amistades: “¡Lysander! No te olvides de dar una buena impresión mañana... ¿te esperamos en Argosia?”.Bloqueó el teléfono mientras el V-Monarch rugía hacia la salida. Mañana, en el campus, todos recordarían quién era el verdadero dueño del lugar.Veinte minutos después, la flota de vehículos negros se detuvo frente a la imponente torre de cristal de V-Imperium. El despliegue fue coreográfico. Los guardias de seguridad del edificio cuadraron los hombros y formaron un pasillo humano al ver el V-Monarch detenerse en la entrada principal.Cuando Lysander bajó del auto, el aire pareció volverse más denso. No era solo respeto; era una mezcla de terror y fascinación. Las recepcionistas contuvieron el aliento ante la belleza fría del joven, y los ejecutivos de alto rango, hombres que le doblaban la edad, se detuvieron en seco para bajar la mirada en una sumisión absoluta. Lysander no devolvió ningún saludo. Caminó por el vestíbulo de mármol con una zancada poderosa, su cabello plateado brillando bajo las luces del techo como una corona natural. Cada paso suyo decía: “Este lugar me pertenece por derecho de sangre”.Subió por el ascensor privado directamente al piso 90. Al abrirse las puertas, entró de nuevo en la oficina principal de la empresa, donde su padre ya lo esperaba, observando la ciudad desde el ventanal.—Llegas tarde —dijo Alexandro sin girarse, su voz cargada de una decepción calculada que buscaba golpear el orgullo de su hijo.Lysander caminó hacia el minibar con una calma insultante, se sirvió un whisky puro y se acercó a su padre, quedando a pocos centímetros de él. La tensión en la habitación era casi física; dos hombres de la misma casta, enfrentados por el dominio absoluto.—Llego cuando considero que mi presencia es necesaria, Alexandro —respondió Lysander, su voz era un susurro fuerte, cargado de una arrogancia que desafiaba la jerarquía del hombre que lo creó—. El tiempo de los Valdemir se mide por mis acciones, no por tu reloj.Alexandro se giró lentamente, sosteniéndole la mirada con una frialdad que habría hecho temblar a cualquier ejecutivo de la torre, pero no a Lysander.—Tu arrogancia te hará caer si no aprendes a controlarla —sentenció el padre con dureza—. Mañana en Argosia comienza la fase crítica. No toleraré errores.Lysander esbozó una sonrisa ladeada y terminó su trago de un golpe, dejando el vaso de cristal sobre la mesa con un eco seco. Se disponía a dar media vuelta, convencido de que tenía la última palabra, cuando la voz de su padre lo detuvo, no como un mandato, sino como una sentencia gélida.