Eliminar para mí

All Rights Reserved ©

Summary

Jimena está acostumbrada a apagar fuegos ajenos en el caótico mundo de las RRSS. Lo que no esperaba era convertirse ella en el incendio. Entre tensión, orgullo y una atracción imposible de ignorar, descubrirá que hay errores que no se pueden borrar

Genre
Romance
Author
Reder
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

#LACAGADA

Nuevo día en la offi, llevo seis meses trabajando con el representante de la gran “Valeria Ramos” y ya estoy hasta las narices. Cuando estás dentro del mundillo, te das cuenta que no es oro todo lo que reluce.

En pocas palabras: soy la chica para todo, mi jefe es un estirado que parece vivir en otra dimensión y Valeria… Valeria es un auténtico caos. A veces creo que mi trabajo es hacerle la vida tan fácil que solo me falta limpiarle el culo cuando va al baño.

Desde bien temprano empiezan los problemas. Aparece Valeria con cara de pánico.

— ¡¡¡Jimeeee!!! — me llama entre sollozos —¡Te necesito! me han invitado a una gala no tengo ni idea de que ponerme, porfi haz tu magia conmigo.

Le sostengo la mirada tres segundos. Exactamente tres. Suficientes para que entienda que estoy evaluando seriamente si fingir un infarto o seguir siendo su asistente, psicóloga y bombero emocional a tiempo completo. Sí, sí… la condenada tiene mi número personal.

—Claro, princesa, como si también fuera tu personal shopper —doy un largo suspiro y, como siempre, accedo—. Claro, nena… deja que termine de editar los videos que hiciste ayer y me pongo a ello.

Con una sonrisa de satisfacción, se va derecha al despacho de Leo que está a mi derecha. Es acristalado, así que se ve todo… ella siempre interactúa con él como si se lo estuviera tirando en secreto.

¿Será verdad?

De él no puedo leer nada. Siempre parece llevar una máscara, y cuando sale de su despacho solo es para soltarme un “Jimena, haz esto… Jimena, haz lo otro”, Siempre tan pretencioso y estirado.

Lo bueno es que pocas veces me manda repetir algo. Así que, a pesar de todo, entiendo que hago bien mi trabajo. Eso me da un pequeño respiro… y un poquito de orgullo secreto que nadie más verá.

Hablando del rey de Roma…

Asoma Leo por la puerta. —Jimena, ¿puedes hacernos el favor de traer un café a Valeria y a mí? —se dirige de nuevo al despacho, pero antes de cerrar la puerta, vuelve a asomar la cabeza—. Si quieres algo para ti, ya sabes… —y cierra sin dar más explicaciones.

¿Qué se supone que significa eso? ¿Un café? ¿Un ascenso?...

De espaldas al despacho, empiezo a recoger mis cosas con mi cara de… claro, como si me estuviera tocando el higo. Vamos a hacer algo más productivo: ir a por café para los señores.

Nada más salir al portal, saco el móvil y entro en el grupo de las chicas. Ya voy de camino a la cafetería mientras escribo, multitasking nivel asistente experta y empiezo a teclear:

–-“¿Mi jefe lo tendrá todo igual de tieso que su carácter? Porque si es así… la que lo pruebe repite fijo 🍆” – Y guardo el movil, esperando con paciencia las respuestas ácidas de mis friends.


De vuelta en el despacho, cargada con los cafés y haciendo malabarismos para no estropear la puñetera nata de latte de la iflu. Que si no, me toca oirla porque no ha podido hacer la foto de turno…

Dejo el bolso como puedo, tirado en el suelo. Total, lo mío no es valioso. Y me dirijo al despacho, toco a la puerta con mi sonrrisa de perfecta zorra… y paso cuando el jefe me hace un gesto con la cabeza.

¿ Que se piensa, que soy un puñetero perro ?

— Aquí tenéis chicos: latte para Mademoiselle y solo largo para el caballero — Los dejo con un cuidado milimétrico sobre la mesa — Si necesitáis algo más, ya sabéis donde estoy — les guiño un ojo y saco la lengua — Al otro lado del cristal

Con la puerta cerrada y de espaldas al despacho, pongo los ojos en blanco y regreso a mi mesa.

Ahora sí. Sin interrupciones. Sin caprichos. Todas mis neuronas, por fin, se ponen a trabajar.

Se me pasa el tiempo volando. Unos golpecitos en la mesa, de unas manos finas y llenas de anillos, me devuelven al planeta Tierra.

—Amore… no se te olvide lo de la gala. Es mañana por la noche —me guiña un ojo, intentando imitar mi magnetismo natural. Ja. Pobre aficionada.

—¿Y no se te ocurrió hacerme esa pequeña aclaración, nada, pequeñísima aclaración, está mañana cuando me lo dijiste? —miro el reloj del ordenador y se me ponen los ojos como platos—. ¡Tía, ya es mediodía! Te pasas tres pueblos.

—Jime, yo sé que tú puedes con eso y mucho más —dice, con esa sonrisa que siempre lo da todo por hecho.

A veces me planteo si, en verdad, lo que quieres es que renuncié.

—Esta noche te mando un WhatsApp con las citas, horarios y ubicaciones de donde vas a probarte. Te dejaré varios conjuntos para que puedas elegir… —con una sonrisa de satisfacción, se da la vuelta y se dirige a la puerta.

Antes de desaparecer, asoma la cabeza y me saca la lengua.

Con resignación, le hago un gesto con la mano para que se vaya ya de mi vista.

Puff… qué pesada llega a ser esta tía.

¡Jefe, un aumento!

De vuelta al lío, entro en otro brote creativo. Me quejo mucho, pero me gusta mi trabajo. Me encantan los problemas.

Esta vez me saca de mi trance un carraspeo grave.

Levanto la vista. Ahí está él. Siempre perfectamente trajeado. El pelo impecable. El tono de voz inalterable. ¿Cómo puede ser tan recto?

—Jimena, ¿has visto la hora? Creo que va siendo hora de que te vayas a casa.

Miro la pantalla del ordenador y, de nuevo… ojos como platos.

—¿¡Cómo no me avisas antes!? Había quedado…

Él no responde enseguida. Se queda ahí, con la mano apoyada en mi escritorio, mirándome más de la cuenta.

¿Qué le pasa a este tío? ¿Le habrá sentado mal el café?

No tengo tiempo de esperar a que responda. Empiezo a cerrarlo todo, a ordenar la mesa y a recoger mis cosas.

Voy corriendo hacia la puerta.

—¡Hasta mañana! —grito, cerrando tras de mí.

Ya en casa, por fin… Qué gusto da quitarse los zapatos e ir descalza por la casa.

Entro en la habitación y empiezo a quitarme el conjunto tan mono que planifiqué anoche. Si es que, cuando me pongo, tengo un gusto de diez.

Cambio a mi uniforme favorito: camiseta XXL, fuera sujetador, ¡qué gustazo! Unos shorts que ni se ven bajo el pedazo de camiseta que me pongo.

Entro en la cocina, caliento las sobras del chino de anoche y lo dejo todo listo para la cita que tenía hoy con mis chicas.

Preparo el móvil para la videollamada, enciendo la tele, busco el programa de moda… y en menos que canta un gallo el móvil empieza a vibrar.

Ya empiezo a ver en la pantalla del móvil a mis amigas. Cuando veo que están las cuatro,  pongo cara de cabreo:

—¡Sois unas zorras! —lo suelto así, sin anestesia. Las dejo con la boca torcida.

—. ¿Cómo no me contestáis al comentario de esta mañana?

Lidia, la más bruta de todas (sí, más bruta que yo), frunce el ceño y me lanza:

—Para empezar, zorra tú, pequeño saltamontes, y segundo… ¿de qué puñetero mensaje nos hablas?

Mi cara pasa a un terror absoluto. Joder, joder…¿ la he cagado?

Bero, la más zen de todas, se recuesta en su silla y mueve las manos como si estuviera meditando:

—Tía, tranqui, a lo mejor ni lo enviaste, tu inspira…

Miro el móvil y pienso: esta tía de verdad se cree que estoy para inspirar. Me cago en to’.

Tamara aparece de fondo, con cara de pánico:

—Tronca, ¿estás bien? Tu cara tiene un color horroroso.

—Gracias, Tamara, por tus aclaraciones maravillosas —resoplo mentalmente, rodando los ojos.

Hana, sentada con los brazos cruzados, me observa fijamente. Al unísono, todas preguntan:

—¡¡¡¿Qué?!!!

Yo, con las manos temblorosas, dejo la videollamada en una ventana emergente y busco la última conversación.

…Se lo he mandado a Leo… mi móvil vibra. Una notificación nueva.

Joder. Joder. Joder.