Prólogo
Zephyrion
El sabor metálico de la sangre en mi boca era lo único que me mantenía despierto. El garaje de Bastian apestaba a aceite quemado y a ese tipo de lealtad barata que se compra con silencio.
—Aléjate de ella, Zeph. No te lo voy a repetir —Bastian me empujó contra la pared de concreto, sus dedos apretando el cuello de mi sudadera.
Solté una carcajada seca, que terminó en una tos violenta. Mis ojos ardían. Hacía tres días que no dormía, mantenido en pie por las pastillas que el mismo tipo que me amenazaba me había dado el viernes pasado.
—Es mi hermana, maldito drogadicto —escupió él, su rostro a centímetros del mío—. Ella tiene un futuro. Tú solo eres un desperdicio de talento que corre en un Ford Mustang robado para olvidar que tu vida es una basura.
—Yo no la busco, Bastian —logré decir con la voz rota, sintiendo ese vacío en el pecho que solo se llenaba cuando veía un destello azul en su cabello—. Ella es la que viene a arreglar mis desastres.
—Porque es una ingenua. Pero si le tocas un solo pelo, si permites que tu mierda la salpique, te juro por Dios que yo mismo te sacaré de la pista... y no será un accidente.
Él me soltó y salí a la noche de Connecticut. El frío me golpeó la cara. Subí a mi Chevrolet Camaro ZL1 y apreté el volante hasta que mis nudillos blancos gritaron. No quería corromperla. Pero Phoebe era el único semáforo en verde en mi maldita vida llena de rojas, y yo nunca supe cómo frenar a tiempo.