Capítulo 1
La facultad de artes de la universidad de Seúl siempre tenía un aroma particular, una combinación de café cargado, disolvente de pintura y el murmullo constante de estudiantes que creían que el mundo se acababa en la próxima entrega de portafolio. Para Kim Taehyung, la universidad no era solo un campo de batalla; era una galería de arte viviente, y él tenía su mirada fija en una sola obra maestra.
—¿Me estás escuchando, Tae? —Jimin golpeó suavemente la mesa con el borde de su vaso de plástico, sacando a su mejor amigo de su trance.
Taehyung parpadeó, ajustando la lente de su cámara Leica que colgaba de su cuello. Sus dedos largos acariciaron el metal antes de volver a señalar con la barbilla hacia la mesa que estaba cerca de la ventana.
—Es que, Jimin... míralo. Hay algo en la forma en que la luz del sol le da en el perfil derecho. Es casi injusto para el resto de la humanidad.
Park Jimin suspiró, recargando su peso en el respaldo de la silla. Sabía exactamente a quién miraba su amigo. Kim Seokjin, de último año de administración, era el sol alrededor del cual orbitaba la mitad de la facultad. Era el tipo de hombre que caminaba por el pasillo y hacía que el tiempo se detuviera, hombros anchos y una sonrisa que podía desarmar a un ejército.
—Sí, es guapísimo. Ya lo establecimos el lunes, el martes y también el miércoles —respondió Jimin con una sonrisa burlona—. Pero sigue siendo un hetero inalcanzable, brilla demasiado y, honestamente, no tienes ni idea de si debajo de esa cara bonita hay algo más.
—No seas cínico. —Taehyung hizo un puchero, aunque no apartó la vista—. Una belleza como la suya tiene que estar conectada a un alma igual de bella. Es una teoría básica de la estética.
La puerta de la cafetería se abrió y el grupo de Seokjin se acomodó en su lugar habitual. Como siempre, Jin era el centro de atención, contando una anécdota con gestos exagerados que hacían reír a todos a su alrededor. Y como un satélite silencioso, a su lado siempre estaba él. Min Yoongi.
Taehyung lo observó un segundo por curiosidad. Yoongi era lo opuesto a la vitalidad de Jin. Llevaba una sudadera negra desgastada, el cabello oscuro algo alborotado y unos lentes de pasta negra que parecían demasiado grandes para su rostro pálido. Mientras Jin irradiaba luz, Yoongi parecía absorberla. Se veía concentrado en un libro de partituras, garabateando notas rápidas con un lápiz que mordisqueaba de vez en cuando.
—Ese es su amigo, ¿no? El que siempre parece que no ha dormido en tres años —comentó Taehyung, arrugando la nariz.
—Min Yoongi —asintió Jimin—. Dicen que es un genio en el conservatorio, pero tiene el carácter de un gato callejero. Jin lo arrastra a todos lados porque son amigos de la infancia, pero Yoongi parece que preferiría estar en cualquier lugar menos aquí.
Taehyung observó cómo Yoongi se ajustaba los lentes por enésima vez con un gesto mecánico, sin levantar la vista de sus notas. Para Taehyung, Yoongi era simplemente el amigo nerd de Seokjin, una sombra necesaria para que el brillo de Jin resaltara aún más. No veía nada interesante en ese chico que se escondía tras cristales gruesos y capas de ropa holgada.
—En fin. —Jimin se estiró en su silla, dando por terminada la sesión de observación—. Olvida por un momento a los de administración y a SeokJin. Es viernes. Necesito salir de este campus antes de que me salgan manchas de pintura en la cara. Vamos a The Moon esta noche; dicen que habrá un DJ nuevo.
Taehyung suspiró, echando una última mirada a Seokjin, quien ahora reía a carcajadas por algo que le habían dicho.
—Está bien, vamos —aceptó, guardando su cámara—. Un par de tragos me vendrán bien para dejar de pensar en lo imposible que es que alguien como él se fije en alguien como yo.
Jimin le dio una palmada en la espalda mientras se levantaban.
El bar The Moon hacía honor a su nombre. Era un espacio bañado en penumbras azuladas y destellos plateados, donde el ritmo del house profundo se sentía más en el pecho que en los oídos. Taehyung cruzó la entrada sintiéndose en su elemento. Vestía una camisa verde olivo, ligeramente abierta, y un pantalón de pinzas que acentuaba su figura esbelta. Él sabía que era atractivo; el modo en que un par de cabezas se giraron al verlo entrar se lo confirmó, pero su mente estaba en otra parte.
—¿Ves? Esto es lo que necesitábamos —gritó Jimin sobre la música, guiándolo hacia la barra—. ¡Nada de óleos, nada de portafolios, solo alcohol y mala iluminación!
Taehyung rio, aceptando el trago que Jimin pidió para él. Se apoyó de espaldas a la barra, barriendo el lugar con la mirada, buscando ángulos, luces y rostros bellos. No esperaba encontrar nada familiar; para él, este era su refugio, un mundo aparte de la fachada pulcra de la universidad.
Y entonces, el corazón se le detuvo.
Al otro lado de la pista, en una zona de mesas altas bañada por una luz neón violeta, estaba él. Kim Seokjin. Pero no era el Seokjin de la facultad. No llevaba la chaqueta universitaria ni el aura de chico perfecto. Tenía un vaso de cristal en la mano, reía con la cabeza echada hacia atrás y, lo más impactante, tenía su brazo apoyado con total confianza sobre el hombro de un chico que claramente no era un amigo.
El vaso en su mano tembló ligeramente.
—Jimin... —Susurró, golpeando el brazo de su amigo sin apartar la vista— dime que no estoy alucinando.
Jimin siguió la dirección de su mirada y casi escupió su trago. —¿Ese es...? ¿Es Seokjin?
—Está aquí —dijo Taehyung, y una sonrisa lenta empezó a formarse en sus labios—. Está en The Moon.
De repente, el muro infranqueable que separaba a Taehyung de su obra maestra se había derrumbado. Si Jin estaba allí, significaba que el juego había cambiado. Ya no era un amor platónico e imposible; era un objetivo alcanzable. Su oportunidad estaba servida en bandeja de plata.
A medida que su vista se ajustaba a la iluminación del rincón donde estaba Jin, notó a la figura sentada justo a su lado. Min Yoongi estaba allí también.
Si en la universidad parecía fuera de lugar, aquí parecía casi una parte del mobiliario. Llevaba una gorra negra que le cubría parte del rostro y sus infaltables lentes de pasta. Parecía estar en su propio mundo, sosteniendo un vaso con calma, observando la pista con esa misma mirada apática que tenía en la cafetería. Yoongi seguía siendo el accesorio aburrido de la vida de Jin, una sombra que, curiosamente, también frecuentaba lugares de ambiente.
—Bueno, parece que el nerd también tiene sus secretos —comentó Jimin, recuperando la compostura—. Pero olvida a Yoongi. Mira a Jin. Si vas ahora, podrás hablar con él.
Taehyung enderezó la espalda y se pasó una mano por el cabello, asegurándose de que cada mechón estuviera en su sitio. El miedo había desaparecido, reemplazado por una determinación ardiente.
—Voy a acercarme —anunció, dejando el vaso vacío en la barra— ahora.
—¡Ese es mi chico! —le animó Jimin, dándole un empujón amistoso.
Taehyung caminó a través de la multitud con la confianza de quien sabe que está a punto de obtener lo que desea. Sus ojos estaban fijos en el brillo de Seokjin, ignorando por completo la mirada cansada de Yoongi que, por un breve segundo, se levantó de su vaso y se posó en él mientras se acercaba.
Llegó a la mesa, con su voz más profunda y una sonrisa que había practicado mil veces frente al espejo, habló.
—Es curioso encontrarte en un lugar como este, Seokjin-ssi. Supongo que los dos tenemos buen gusto para los bares.
Seokjin se giró, sorprendido, y sus ojos se abrieron con reconocimiento mientras una sonrisa radiante cruzaba su rostro. Taehyung sintió que había ganado la lotería. Estaba dentro.