Capítulo 1
El estudio de Agust D, conocido en la industria como Genius Lab, era un búnker de hormigón y tecnología de punta, dominado por un silencio que solo rompía el zumbido de los ventiladores de las computadoras. Yoongi estaba sentado en su silla ergonómica, con la capucha de su sudadera negra echada sobre la frente y sus lentes de pasta negra bien ajustados sobre el puente de la nariz.
Para cualquiera que lo viera sobre un escenario, Yoongi era la definición de un rapero implacable. Agust D era conocido por una estética que parecía la de una estrella de rock. Pantalones de cuero, cadenas de plata, el cabello despeinado y una mirada desafiante que intimidaba a estadios enteros. Era el rapero que no sonreía en las alfombras rojas y el productor que rechazaba colaboraciones millonarias si no sentía la vibra correcta.
Y en ese preciso momento, el temible Agust D estaba a punto de sufrir una combustión espontánea.
—Dime que es una broma —susurró Yoongi—. Park Jimin, si esto es una de tus bromas tontas, juro que voy a borrar todas las pistas de voz que grabaste para tu demo.
Jimin, quien no solo era su representante, sino el único ser humano que conocía el código de seguridad de su departamento y el desorden de su vida privada, se recargó contra la puerta con una sonrisa que ni siquiera intentó disimular. En sus manos sostenía una tableta con el contrato digital recién enviado por HYBE.
—No es una broma, hyung. Namjoon acaba de confirmarlo. El grupo necesita un productor para su próximo álbum y una colaboración para el single. Y te eligieron a ti. Específicamente, Taehyung dio tu nombre en la reunión de planificación.
Yoongi giró la silla tan rápido que se mareó. Sus mejillas, usualmente pálidas, habían adquirido un tono rosáceo.
—¿Taehyung? ¿Kim Taehyung dijo mi nombre? —Yoongi tragó saliva, sintiendo que el aire le faltaba de repente—. ¿El mismo Kim Taehyung que el mes pasado salió en la portada de Céline? ¿El chico que tiene la voz de un ángel que ha fumado tres cajetillas de cigarros y el rostro de una escultura renacentista? ¿Ese Taehyung?
Jimin suspiró y se dejó caer en el sofá de cuero.
—Ese mismo. El que tienes de fondo de pantalla en tu computadora personal, la que no dejas que nadie toque. El mismo del que tienes una photocard edición Lucky Draw guardada en la funda de tu teléfono. Sí, ese Taehyung.
Yoongi se cubrió la cara con las manos y dejó escapar un gemido.
—No puedo hacerlo, Jimin. Es imposible. Una cosa es ser el administrador de V-Visuals... y otra muy distinta es tenerlo a un metro de distancia mientras me mira. ¡Me voy a desmayar! ¡Agust D no puede desmayarse frente a su bias!
—Cálmate, drama queen —dijo Jimin, rodando los ojos—. Llevas años preparándote para esto. Eres el mejor productor del país. Solo tienes que actuar como el tipo rudo y antipático que todos creen que eres. Él no sabe que pasas tus noches pujando en internet por sus muñecos de colección. Si mantienes la boca cerrada, sobrevivirás.
Yoongi se enderezó, tratando de recuperar la compostura. Se ajustó los lentes y respiró hondo. Tenía que entrar en personaje.
—Tienes razón —dijo, endureciendo su expresión—. Soy un profesional. El arte está por encima de los sentimientos mundanos. Aunque no esperes que sea amable con ellos. Los trataré como a cualquier otro idol que busca un hit.
—Exacto —dijo Jimin, ocultando una risita—. Le confirmaré a Namjoon que aceptas. Por cierto, ¿ya viste que Jungkook también participará en la guía de voces?
—Ah, no me vengas con eso. Estás tan emocionado como yo porque vas a ver a tu preciado Golden Maknae.
—Yo soy un profesional, hyung —replicó Jimin—. Pero si por accidente termino con su número de teléfono, no será mi culpa. Es por el bien de la comunicación laboral.
Más tarde, al otro lado de Seúl, la música se detuvo en la sala de ensayos. Kim Taehyung quedó tendido sobre el suelo de madera, con el cabello castaño revuelto y la respiración agitada tras horas de practicar la coreografía.
—¿De verdad aceptó? —preguntó, mirando a Namjoon, su representante. Él revisaba unos correos en su teléfono mientras Jin, Hobi y Jungkook se hidrataban a su lado.
—Aceptó —confirmó Namjoon con una sonrisa—. Agust D nos espera en su estudio mañana para la primera reunión. Chicos, se los advierto, tiene fama de ser difícil. No es el tipo de productor que regala cumplidos. Es seco, directo y muy protector con su espacio.
Taehyung se sentó abrazando sus rodillas.
—Eso es lo que me gusta —admitió, con una chispa de curiosidad—. He escuchado todo su trabajo. Hay algo en sus letras que me dice que debajo de toda esa rabia hay alguien que siente las cosas con mucha intensidad.
Jin, que se estaba aplicando un poco de spray facial para refrescarse, se echó a reír.
—O tal vez solo es un amargado que necesita dormir diez horas seguidas, Tae. No romanticemos a la gente antes de conocerla. Yo solo espero que no me haga repetir mis notas altas cincuenta veces.
—Yo he escuchado que nunca deja que nadie entre a su casa —añadió Hobi, estirando las piernas—. Dicen que es como un ermitaño.
Jungkook, que estaba haciendo flexiones en un rincón, se detuvo para opinar.
—Dicen que es muy intimidante. Jimin-ssi, su representante, es el único que parece aguantarlo.
Taehyung se quedó pensativo, jugueteando con el anillo que llevaba puesto.
—Mañana lo sabremos —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Mañana veré qué tan rudo es realmente Min Yoongi.
Esa noche, Yoongi no pudo dormir. Su departamento, una propiedad de lujo en Hannam-dong, era un lugar impecable... excepto por la habitación que estaba al final del pasillo. Permanecía cerrada con llave y su entrada estaba prohibida incluso para la señora de la limpieza.
Yoongi entró, cerró la puerta a su espalda y encendió la luz.
Las paredes estaban ocupadas por estanterías enormes. En ellas, cada álbum que el grupo había lanzado estaba expuesto como si fuera una reliquia. Había vitrinas con photocards organizadas por era, color y rareza. En una esquina, un proyector estaba listo para reproducir los conciertos en 4K sobre una pared blanca.
Lo más importante estaba en la pared detrás de la puerta: un póster de tamaño real de Taehyung, de su última sesión de fotos en París, en el que miraba a la cámara con una expresión que mezclaba la inocencia y el desafío.
Yoongi se paró frente al póster y suspiró.
—Mañana voy a conocerte oficialmente —le dijo al papel—. Y voy a tener que actuar como si no supiera que tu comida favorita es el japchae de tu abuela. Por favor, no seas demasiado guapo. No creo que mi corazón pueda soportarlo.
Apagó la luz, salió y cerró la puerta con doble cerrojo.
Al día siguiente, el Genius Lab se sentía más frío de lo habitual. Yoongi se había vestido con una sudadera oscura, sus infaltables lentes negros y una expresión de aburrimiento que había perfeccionado durante años para ocultar su timidez.
Jimin estaba a su lado cuando recibió un mensaje de Namjoon.
—Están aquí —anunció.
Yoongi sintió que el estómago se le cerraba. Se sentó frente a la consola de mezclas, abrió una sesión de Pro Tools llena de ondas de sonido complejas para parecer ocupado y se colocó sus audífonos de diadema.
—Déjalos entrar —ordenó con la voz más monótona que pudo fingir.
La puerta del estudio se abrió y el espacio se llenó de voces. Primero apareció Namjoon, saludándolos. Luego Jin y Hobi, que miraban el equipo con curiosidad. Jungkook saludó tímidamente a Jimin, quien le devolvió una sonrisa.
Y finalmente, entró él. Taehyung llevaba un abrigo largo color café, una boina negra y esos lentes de marco delgado que Yoongi sabía que se habían agotado en las tiendas apenas él los usó por primera vez. Su perfume invadió el estudio, imponiéndose al olor a café.
Yoongi no se levantó. Solo se quitó los audífonos y los dejó sobre la mesa.
—Llegan diez minutos tarde —dijo, mirando su reloj—. El tiempo en este estudio cuesta más de lo que sus álbumes recaudan en una semana. Siéntense.
Mierda. Supo que se había pasado incluso antes de que el grupo guardara silencio.
Jimin giró la cabeza hacia él. El grupo guardó silencio. Yoongi mantuvo la vista en el reloj. Jin arqueó una ceja. Hobi soltó una risita nerviosa. Taehyung se limitó a observarlo con una sonrisa curiosa, sin sentirse intimidado.
—Es un placer conocerte al fin, Agust D-ssi —dijo Taehyung. Su voz profunda rebotó en las paredes del estudio—. Perdona la tardanza. Había algo de tráfico; además, nos detuvimos a comprar café. Namjoon-hyung dijo que podrías necesitar uno.
Taehyung dio un paso adelante y dejó un vaso de Starbucks sobre la mesa, justo al lado de la mano de Yoongi. El hielo chocó contra el plástico. Yoongi leyó la etiqueta. Un iced americano con un toque de avellana. Alzó la vista para preguntarle cómo lo sabía y se encontró con sus ojos.
Maldita sea, pensó. Es más guapo en persona.
—No bebo café de extraños —mintió, empujando el vaso unos centímetros—. Jimin, dales los borradores de las letras. No tenemos todo el día.
Jimin obedeció, repartiendo las carpetas. Taehyung no se movió de su sitio. Se inclinó un poco hacia adelante y apoyó las manos en la mesa, invadiendo el espacio personal del productor.
—No somos extraños, Agust D-ssi. Vamos a crear música juntos. Eso nos convierte en algo mucho más íntimo que simples conocidos, ¿no crees? —Taehyung le guiñó un ojo.
—Es solo trabajo —respondió Yoongi—. Tú pones la voz, yo pongo la música. Nada más. Ahora, abran la página tres. Vamos a discutir el puente de la canción.
Taehyung se sentó en la silla de al lado. En lugar de mirar la letra, se quedó mirando el perfil de Yoongi. El rapero podía sentir la mirada del idol quemándole la mejilla. Bajo la mesa, las manos de Yoongi temblaban tanto que tuvo que esconderlas en los bolsillos de su sudadera.






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