Capítulo 1
El aire en la planta de la agencia siempre se sentía como si el oxígeno fuera más pesado cerca de la oficina de dirección. Min Yoongi no caminaba; se desplazaba con una precisión que hacía que los internos bajaran la vista a sus teclados apenas escuchaban el eco de sus zapatos de cuero sobre el mármol. Su traje negro, impecable y sin una sola arruga, era el uniforme de un hombre que había desterrado el desorden de su vida profesional.
Se detuvo frente al escritorio de Kim Taehyung. Era, sin duda, el espacio más caótico de toda la agencia, bocetos de papel arrugados, una colección de figuras de acción que encontraba infantiles y, lo peor de todo, una planta suculenta que parecía estar pidiendo auxilio.
—Taehyung-ssi.— La voz de Yoongi era un hilo de seda fría.
Taehyung, que estaba concentrado ajustando los niveles de saturación de su monitor, dio un salto tan violento que casi tira su tableta gráfica al suelo. Al levantar la vista, sus ojos cafés y brillantes se toparon con la expresión imperturbable de su jefe.
—Director Min... —Tragó saliva, tratando de recomponer su postura—. Buenos días. ¿Ocurre algo con la propuesta de la campaña?
Yoongi no respondió de inmediato. Se inclinó ligeramente, invadiendo el espacio personal de su empleado lo suficiente como para que el diseñador pudiera oler el aroma a que siempre desprendía el mayor. Los ojos de Yoongi escanearon la pantalla con rapidez.
—El concepto es... aceptable —concedió Yoongi, aunque su tono decía lo contrario—. Pero tu ejecución sigue siendo descuidada. Hay una falta de coherencia en los márgenes. Quiero ver una versión pulida antes de que termine el día. Y Taehyung... —Yoongi señaló con un dedo pálido y largo una mancha de café en el escritorio—. Si no mantienes limpio tu espacio, dudo que ordenes tus ideas. Limpia este desastre.
Se dio la vuelta sin esperar una réplica. Taehyung apretó los puños bajo la mesa, sintiendo el calor de la humillación subiendo por su cuello. Observó la espalda recta de su jefe alejándose hacia su oficina.
—Robot sin sentimientos... —murmuró Taehyung para sí mismo, soltando un suspiro—. Un día de estos se le va a congelar el corazón y ni siquiera se va a dar cuenta.
Para Taehyung, Min Yoongi era el epítome de todo lo que odiaba de la vida corporativa; un hombre que priorizaba los ángulos rectos sobre la pasión y que parecía disfrutar robándole la energía a cualquiera que tuviera un poco de brillo.
El apartamento de Yoongi estaba envuelto en al penumbra, apenas iluminado por el resplandor azulado de sus monitores. Se había despojado de la armadura que era su traje negro, reemplazándola por una sudadera gris varias tallas más grandes. Con los auriculares puestos, el director Min dejaba de existir. En su lugar estaba Suga93, un asesino de nivel máximo cuya reputación en el servidor era la de alguien letal y silencioso.
Suga93 estaba apoyado contra una columna de piedra en una ciudad virtual suspendida sobre las nubes. A los pocos segundos, un destello de luz dorada anunció la llegada de su compañero de misiones: Vante, un bardo vestido con túnicas con plumas y llevando un laúd que brillaba.
[Chat de Voz - Activado]
—¡Hyung! ¡Por fin! —La voz de Taehyung, distorsionada apenas por el software de voz pero manteniendo ese tono profundo y aterciopelado, llenó los oídos de Yoongi—. Pensé que hoy me dejarías plantado en la mazmorra.
Yoongi cerró los ojos, permitiéndose una sonrisa tenue que jamás mostraría en la oficina. La energía de Vante era el único bálsamo que lograba calmar su migraña después de horas de reuniones mediocres.
—He tenido mucho trabajo, V —respondió Yoongi, su propia voz bajando a un registro ronco y relajado—. El mundo real no es tan sencillo como apretar un botón para que las cosas salgan bien.
—Dímelo a mí —suspiró Vante, haciendo que su avatar se sentara en el suelo digital junto al de Suga—. Hoy mi jefe estuvo especialmente insoportable. Es un hombre que no sabe lo que es la diversión. Se pasó el día criticando cosas insignificantes solo porque puede. A veces creo que su único placer en la vida es ver a la gente sufrir. Me agota, Hyung. Si no fuera por estas horas contigo, ya habría renunciado hace mucho.
Yoongi soltó una risa seca y corta. En su mente, visualizaba al jefe de Vante como un hombre mayor, calvo y amargado, el típico burócrata sin talento que envidiaba la chispa de los jóvenes.
—No dejes que ese tipo te robe la energía, Vante —dijo Yoongi con una suavidad inusual—. Él solo tiene poder sobre ti en esa oficina. Aquí, tú eres el bardo más talentoso del reino. Y mientras estés conmigo, nadie va a decirte que algo de lo que haces es malo.
—Mmm, qué protector suena mi esposo virtual hoy —coqueteó Vante, acercando su avatar al de Suga hasta que sus hombros se tocaron en la pantalla—. Me gusta cuando sacas ese lado dominante, Hyung. Me hace preguntar si en persona eres igual de firme... o si eres de los que se derriten cuando les dan un poco de cariño.
Yoongi sintió un cosquilleo en la nuca. Llevaban casi dos años con ese juego de identidades, compartiendo secretos, miedos y un coqueteo que a veces se volvía demasiado real para ser solo virtual. Sabían que ambos eran gays, habían confesado sus preferencias en madrugadas de insomnio, pero siempre manteniendo la distancia de seguridad del anonimato.
—Eso es algo que solo sabrás si alguna vez dejas de ser un bardo ruidoso y te conviertes en un hombre real frente a mí —respondió Yoongi, su tono volviéndose más provocador—. Pero por ahora, ¿podrías concentrarte? Tenemos una misión que terminar y no quiero que te maten por estar distraído pensando en mí.
—¡Ja! Qué presumido —rio Vante—. Está bien, vamos. Pero después de la misión, quiero que nos quedemos aquí un rato más. Necesito olvidar el mundo real por unas horas... y tu voz es lo único que me ayuda a hacerlo.
Yoongi asintió para sí mismo, aunque Vante no pudiera verlo.