RETTASU

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Summary

Para Nico, la vida no tiene un propósito divino. No hay destino, no hay justicia kármica, y definitivamente no hay un final de cuento de hadas esperándolo al salir de la periferia. Lo único real es el sonido de los zapatos contra la tierra, la arrogancia suicida de su mejor amigo, los huesos que su defensa central está dispuesto a romperse por él, y la sonrisa de la única chica capaz de apagar el ruido ensordecedor de su cabeza. Bendecido y maldecido con una visión táctica absoluta que amenaza con quemarle las neuronas, Nico lidera el ascenso de un equipo amateur hacia las fauces de la Primera División. En un deporte devorado por la corrupción de traje y corbata, el capitán del Rettasu FC está a punto de orquestar la rebelión más hermosa y destructiva que el sistema haya visto jamás.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

Tres que no saben quedarse quietos

hay amistades que nacen en la escuela, entre pupitres y exámenes compartidos. Otras surgen en el trabajo, forjadas en la monotonía de las horas de oficina.

Y algunas... algunas nacen en una cancha que nunca fue oficial.

La de ellos estaba detrás de un galpón viejo, un terreno olvidado por la municipalidad donde el pasto crecía en manchones desiguales y la tierra seca se levantaba como humo con cada corrida

. Los arcos eran dos esqueletos de metal oxidado que crujían con el viento y se movían si los mirabas demasiado fuerte. Ahí crecieron, despellejándose las rodillas. Ahí discutieron a grito pelado por un fuera de juego inexistente. Ahí se prometieron cosas que, con el paso de los años, habían olvidado que prometieron.

Y ahí estaban otra vez. El sol de la tarde caía pesado, pintando el polvo en suspensión de un tono naranja.

Nikinho siempre era el primero en tocar la pelota.

Era bajo, apenas un metro setenta, de piel clara y un pelo blanco natural, casi plateado, que siempre llevaba desordenado como si acabara de levantarse de una siesta. Llevaba unos pendientes dorados pequeños que brillaban como advertencias cada vez que giraba la cabeza para escanear el campo.

Jugaba de mediocentro, pero no porque un entrenador lo hubiera decidido en una pizarra táctica. Era porque el balón, simplemente, lo buscaba a él.

No corría rápido; de hecho, a veces parecía que trotaba con pereza. No gritaba para pedirla. Pero cuando la pelota le llegaba al pie, el caos del partido parecía ordenarse solo. El tiempo bajaba la velocidad a su alrededor.

Un control de seda con el exterior del pie. Un toque sutil.

Y entonces, un pase imposible. Un pase que nadie, absolutamente nadie en la cancha, había visto... salvo él. El balón pasó entre tres piernas rivales y aterrizó en el espacio vacío exacto.

—¡NICO! —gritó uno de los rivales del barrio, frenando en seco, frustrado—. ¡ESO NO EXISTÍA! ¡TE LO ACABAS DE INVENTAR!

Nikinho apenas se encogió de hombros, sin dejar de trotar.

—Existía —dijo con voz tranquila—. Solo que no lo viste venir Tenía ego, sí. Pero no era esa soberbia ruidosa y molesta. Era la confianza rara y silenciosa de quien sabe exactamente lo que puede hacer... y aun así, sigue prefiriendo jugar con sus amigos en el barro.

Alfonso era todo lo contrario. Era ruido y color.

Medía poco más de uno setenta, piel clara y el pelo teñido de un azul eléctrico, casi rapado a los costados. Sus ojos, curiosamente del mismo color intenso, parecían reírse constantemente, incluso cuando cometía un error garrafal. No llevaba pendientes, ni cadenas, ni nada que brillara... porque ya brillaba él con luz propia.

Jugaba de delantero. O mejor dicho: aparecía donde no debía, como un fantasma hiperactivo.

Cinco minutos antes, había fallado un gol imposible. Solo frente al arco, sin arquero, y la había mandado por encima del galpón.

—¡NOOOOO! —se agarró la cabeza con ambas manos, dramatizando la falla como si fuera una tragedia griega—. ¡MI ABUELA CON ARTRITIS HACÍA ESE!

Pero cinco segundos después, el fútbol, que es caprichoso, le dio revancha. Un centro llovido, malo y alto, venía hacia el área. Alfonso saltó donde nadie más saltó.

No era el más alto. No era el más fuerte. Pero su cuerpo respondió como si conociera un secreto sobre la gravedad. Se quedó suspendido en el aire un segundo más que los demás.

Cabeceó torcido, casi con la nuca.

Gol. La pelota entró pidiendo permiso junto al palo oxidado.

—¡VAMOOOOS! —gritó cayendo mal sobre el hombro, pero levantándose de un resorte—. ¡VISIÓN! ¡TODO ES VISIÓN!

Vicente, desde el fondo, negó con la cabeza.

—Eso no fue visión —le gritó, aunque sonreía por dentro—. Fue pura suerte, payaso.

—La suerte se entrena, mi querido amargado —respondió Alfonso, poniéndose serio de repente como un filósofo barato de vereda—. Es un estado mental.

Era el alma del equipo. El que ponía música en el parlante portátil antes de empezar. El que se reía primero cuando el cuerpo dolía después de una patada. Y, sin saberlo, era la chispa que hacía que todos los demás siguieran corriendo cuando ya no tenían aire.

Vicente cerraba la cancha. Era el ancla.

Alto, un metro ochenta y cuatro de pura presencia, moreno, con el pelo rojo ondulado y una barba marcada que le sumaba años. Tenía un físico grande, trabajado, no de gimnasio, sino de cargar cosas pesadas. No necesitaba correr mucho para imponer respeto; su sola sombra cubría media área.

Jugaba de defensor. Porque en este mundo de artistas y locos, alguien tenía que decir "hasta aquí".

No hacía entradas espectaculares de tijera. No necesitaba vender humo. Llegaba justo al lugar indicado. Ponía el cuerpo mejor que nadie. Era una pared de concreto en movimiento.

Un delantero rival intentó desbordarlo por la banda. Vicente ni siquiera parpadeó.

—ATRÁS —ordenó con una voz que no admitía réplica.

—MÍA.

Un choque de hombros seco. El rival rebotó y terminó sentado en la tierra. Vicente salió jugando con un despeje limpio y largo.

—Contigo no se puede jugar tranquilo, animal —le dijo el rival desde el suelo, sacudiéndose el polvo.

Vicente lo miró serio, sin rastro de burla.

—Ese es el objetivo.

Era prepotente, era enojón. Se tomaba la pichanga del barrio como la final del mundo. Pero cuando las cosas se complicaban, cuando iban perdiendo y los demás bajaban los brazos... él era el primero en quedarse a defender el fuerte.

El partido terminó como siempre terminaban ahí: cuando el sol ya no dejaba ver la pelota. Sin marcador oficial. Sin árbitro al que insultar. Con risas y pulmones ardiendo.

Se dejaron caer en el borde de la cancha, sobre la tierra fresca, transpirados y con las piernas temblando levemente. El cielo sobre el galpón se estaba poniendo de un violeta intenso, manchado de naranja. El aire olía a sudor y tierra removida.


Alfonso, que nunca podía estar en silencio mucho tiempo, rompió la paz.

—Oigan —dijo, mirando las primeras estrellas—. ¿Nunca pensaron que podríamos jugar en serio?

Nikinho se secó la frente con el antebrazo, dejando una mancha de barro.

—Jugamos en serio. Hoy casi te rompen el tobillo.

—No —respondió Alfonso, gesticulando con las manos—. Digo... en serio en serio. Liga, camisetas de verdad, árbitros que nos cobren las faltas. Un equipo.

Vicente resopló, una exhalación pesada y realista.

—Tengo trabajo mañana a las seis.

—Yo también —dijo Alfonso—. Y estoy cansado que no siento las piernas.

Nikinho sonrió, una media luna blanca en la penumbra.

—Y aun así, mañana volvemos. Siempre volvemos.

Se hizo un silencio cómodo. Era el silencio de tres personas que no necesitan hablar para entenderse.

Hasta que el silencio se rompió por una presencia.

Un viejo estaba ahí, parado junto al arco oxidado, como si siempre hubiera formado parte del paisaje y ellos recién lo notaran.

Eso fue lo primero que molestó a Vicente, que siempre controlaba su entorno. No había escuchado pasos. No había visto a nadie acercarse por el camino de tierra. Simplemente, cuando levantó la vista, el hombre estaba ahí. Tenía las manos en los bolsillos de una chaqueta de lana demasiado gruesa para la época y una gorra vieja, deformada por el uso, que parecía fusionada con su cabeza.

—¿Y este de dónde salió? —preguntó Alfonso en voz baja, todavía jadeando por el partido, codeando a Nikinho.

Nikinho no respondió de inmediato. Se había quedado helado. Sus ojos claros estaban fijos en la figura del anciano, tratando de enfocarlo en la luz moribunda de la tarde. Algo en su pecho se apretó, una sensación incómoda, como un recuerdo mal acomodado que de repente encaja en su lugar.

—Lo conozco —dijo al fin, en un susurro.

El viejo los observó unos segundos más, sin apuro. Sus ojos eran pozos oscuros bajo la visera de la gorra. Parecía estar contando algo que solo él veía, evaluándolos. Luego habló, con una voz rasposa como lija sobre madera, pero absolutamente firme.

—Siguen viniendo —dijo el viejo, más para sí mismo que para ellos—. Tal como dijo tu abuelo que harían.

Alfonso frunció el ceño, confundido.

—¿Mi abuelo? Mi abuelo vive en el sur y odia el fútbol.

—El suyo no —respondió el viejo secamente, sin mover la mirada—. El de él.

Y señaló a Nikinho con un leve movimiento de cabeza.

Nikinho tragó saliva. El aire de repente se sintió más frío.

—¿Mi abuelo? —preguntó, y su propia voz le sonó extraña.

El viejo no contestó de inmediato. Caminó lentamente hasta el banco de madera improvisado donde solían dejar las mochilas y se sentó. El banco crujió fuerte, un quejido agudo, como si protestara por cargar el peso de tantos años encima.

Vicente, siempre protector, se puso de pie y dio un paso adelante, interponiendo su cuerpo grande entre el desconocido y sus amigos.

—Escucha —dijo Vicente, con su tono de "hasta aquí"—. No sabemos quién eres ni por qué estás acá espiando. Si tienes algo que decir, dilo claro y rápido.

El viejo lo miró de arriba abajo, sin inmutarse por la amenaza física de Vicente.

—Eres igual de poco paciente que pareces —dijo el anciano con una mueca que podría haber sido una sonrisa—. Buen defensa. Mal negociador.

Alfonso levantó las manos al cielo, exasperado por el misterio.

—Perfecto. Genial. Tenemos un viejo raro que aparece de la nada y habla en acertijos. Gran final para un gran día.

Nikinho se levantó despacio, pasando una mano por su pelo blanco. La intuición le golpeaba fuerte.

—Habla del club —dijo Nikinho, mirando al viejo a los ojos—. ¿No?

El viejo asintió despacio, una sola vez.

—Rettasu —dijo el anciano. La palabra sonó antigua en su boca—. Así se llamaba.

El nombre quedó flotando en el aire polvoriento entre ellos. Rettasu.

Nikinho cerró los ojos un segundo, sintiendo el peso de esa palabra.

—Pensé que eso había muerto hace años —murmuró.

—Casi —respondió el viejo, sacando una mano del bolsillo para rascarse la barba gris—. Está en coma. Como muchas cosas que no se cuidan y se dejan oxidar.

El problema, dicho a medias

El viejo no sacó papeles. No mostró documentos legales ni credenciales. No parecía interesado en convencerlos de nada; solo estaba ahí para entregar un mensaje, como un cartero de malas noticias.

—La liga regional cierra inscripciones en dos días —soltó el viejo de repente.

Los tres jóvenes intercambiaron miradas confusas.

—Si el club Rettasu no presenta un equipo completo para entonces... —el viejo hizo una pausa dramática, mirando el arco oxidado— se acaba. Definitivamente. Desaparece del registro.

Alfonso soltó una risa incrédula, casi histérica.

—Espera, espera. ¿Eso es todo? ¿Vienes acá como un fantasma para decirnos esto?

El viejo lo miró impasible.

—¿Dos días? —siguió Alfonso—. ¿Once jugadores? ¿Un equipo de verdad, no esta pichanga que hacemos nosotros? ¿Así, casual?

—Sí —respondió el viejo con una calma irritante—. Así de simple. Y así de complicado.

Vicente negó con la cabeza, cruzándose de brazos. Su mente pragmática ya estaba cerrando la puerta a esa locura.

—No podemos —dijo tajante—. Trabajamos. Tenemos vidas. No somos jugadores de verdad, solo venimos a correr un rato. Esto es ridículo.

El viejo se puso de pie lentamente. El banco volvió a crujir, aliviado. Se ajustó la gorra y miró a los tres amigos, uno por uno, con una intensidad que los hizo sentir pequeños.

—Todos tienen cosas que hacer, muchacho —replicó el viejo con voz dura—. La pregunta es si tienen algo por lo que valga la pena dejar de hacerlas. Tu abuelo creía que sí, Nikinho. Veremos si tenía razón sobre la sangre que dejó.

Y sin decir más, el viejo dio media vuelta y empezó a caminar hacia la oscuridad que ya cubría el camino, dejando a los tres amigos solos, con el silencio de la noche y una bomba de tiempo entre las manos.