Prólogo
No recuerdo cuándo empezó exactamente.
Quizá esa sea la verdadera trampa de esta historia: que no existió un instante preciso que pudiera señalar y decir, con la certeza de un rayo, ahí fue.
No hubo una mirada capaz de cambiarlo todo. No hubo una decisión consciente de cruzar una línea que, hasta entonces, parecía imposible de atravesar.
Solo hubo una cercanía que, sin darnos cuenta, comenzó a volverse peligrosa. Adictiva.
El deseo creció en silencio, escondido detrás de conversaciones inocentes sobre el clima, el trabajo o cualquier cosa que nos permitiera fingir que nada estaba ocurriendo.
Detrás de gestos pequeños que duraban un segundo más de lo necesario.
De momentos que ambos elegíamos ignorar, aunque en el fondo sabíamos exactamente lo que significaban.
Cada paso nos acercaba un poco más a un límite que ninguno de los dos parecía dispuesto a detener.
¿Acaso no guardamos todas una historia así en el rincón más secreto del corazón?
Una de esas que nunca contamos, pero que seguimos recordando incluso cuando creemos haberlas dejado atrás.
Con Martín, el aire parecía distinto.
Bastaba un roce accidental de nuestras manos o una cercanía mínima en un pasillo para que mi piel reaccionara antes que mi razón.
Él me miraba con esa sonrisa descarada, plenamente consciente del efecto que tenía sobre mí.
Perder el control frente a él no se sentía como un error. Era una caída libre que me aterraba y me excitaba al mismo tiempo.
Martín atravesaba mis defensas con una facilidad inquietante, como si fueran más frágiles de lo que yo había querido creer. Despertaba partes de mí que había mantenido enterradas bajo años de orden, responsabilidades y rutina.
Hasta que llegó un momento en el que mi cordura dejó de luchar.
Se rindió.
No quedó nada más que ese instante.
Su cercanía. Su forma de mirarme. La manera en la que parecía comprender cada pensamiento que intentaba ocultar, cada deseo que me esforzaba por callar.
Él no necesitaba preguntarme qué sentía.
Lo sabía.
Le bastaba una mirada para descubrir aquello que yo llevaba demasiado tiempo intentando esconder.
Y esa desnudez, la de sentirme vista de verdad, era lo que más me asustaba.
Pero también era lo que más me atraía.
Porque, ¿quién no ha deseado alguna vez ser vista así?
Sin filtros.
Sin máscaras.
Sin tener que interpretar el papel que los demás esperan de nosotros.
Con él no podía esconderme detrás de la mujer que había construido durante años: la mujer correcta, responsable, controlada.
Cuando dejamos de fingir que nada ocurría, las palabras perdieron importancia.
Ya no había explicaciones que dar ni promesas que sostener.
Solo estábamos nosotros.
Y una necesidad demasiado intensa para seguir negándola.
Nuestra resistencia se deshizo en la entrega más embriagadora y peligrosa que jamás había conocido.
Cada parte de mí gritaba su nombre.
Y sé que muchas de ustedes entenderán esa sensación: ese instante en el que el deseo deja de ser una elección y se convierte en una fuerza imposible de ignorar.
No sentía culpa.
No en ese momento.
La edad, que antes había parecido una barrera imposible de cruzar, se volvió insignificante.
Las consecuencias, que en otro tiempo habrían sido un muro imposible de derribar, dejaron de existir.
Solo éramos él y yo.
Atrapados en un presente tan intenso que todo lo que quedaba fuera de aquella puerta perdió su peso.
Nuestra burbuja parecía eterna.
Como si el tiempo hubiera decidido detenerse únicamente para nosotros.
Era peligroso.
Los dos lo sabíamos.
Pero aun así no pudimos detenernos.
Sin embargo, ninguna habitación cerrada puede mantener la luz afuera para siempre.
La vida, con su rutina implacable, sus responsabilidades y sus juicios silenciosos, comenzó a filtrarse poco a poco por las grietas.
Y aquello que parecía indestructible empezó a mostrar sus primeras fisuras.
Con el tiempo comprendimos que había batallas que el deseo, por sí solo, no podía ganar.
El abismo que al principio desafiábamos con sonrisas, con la euforia de dos personas que creían haber encontrado algo único, terminó cobrándonos el precio más alto.
Cada intento por permanecer juntos dejaba una herida nueva.
Cada encuentro exigía sacrificar una parte de nosotros para mantener viva la ilusión de que aquello podía durar.
Seguimos buscándonos.
Con la mirada.
Con los pensamientos.
Con esa necesidad silenciosa que permanece incluso cuando la razón nos recuerda que algunas historias no tienen un final feliz.
Porque amar a alguien no siempre significa poder quedarse.
Los besos comenzaron a cambiar.
Seguían teniendo deseo, pero ya no llevaban únicamente esa urgencia que antes nos arrastraba sin pensar.
También tenían tristeza.
La tristeza de una despedida que ninguno de los dos estaba preparado para aceptar.
No hubo una gran pelea.
No hubo un último momento dramático que nos permitiera señalar a un culpable.
Solo dejamos que la distancia ganara terreno.
Un mensaje menos.
Una llamada que ya no llegaba.
Un “después” que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en un “nunca”.
Hasta que un día la realidad se impuso.
Y tuve que aceptar que Martín ya no formaba parte de mi vida.
Ya no era un nombre iluminando la pantalla de mi teléfono.
Ya no era una caricia perdida en mi piel.
Era un recuerdo.
Una presencia silenciosa que seguía habitando, de manera inevitable, el lugar más íntimo de mi memoria.
Pero hay amores que nunca desaparecen por completo.
Solo aprenden a esconderse bajo la rutina.
Duermen en algún rincón del cuerpo.
Esperan, pacientes, el momento exacto para despertar.
Lo más difícil de sobrevivir a una historia así no es el vacío que deja.
No es la ausencia.
Es aceptar que fue real.
Que cada instante a su lado, su risa, su voz, sus manos y la forma en la que me hacía sentir viva dejaron en mí una marca que el tiempo, por más que avance, no consigue borrar.
Creí estar a salvo.
Creí que aquello era solo un recuerdo dormido.
Una brasa apagada en el rincón más profundo de mi alma.
Hasta hace diez segundos.
La pantalla de mi teléfono se iluminó en la oscuridad de la noche con una nueva notificación.
Su nombre.
Robándome el aliento.
Deteniendo mi corazón.
Y el pasado, ese que estaba convencida de haber dejado atrás, acaba de abrir los ojos.
¿Están listas para acompañarme en este viaje?









Me ha conmovido mucho y hasta ahora empecé a leer le doy infinitas gracias a la persona que escribió estas lineas