23:59

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Summary

23:59 Julieta tiene diecisiete años y un reloj que no para de correr. Después de todo lo que pasó el año anterior -el dolor, el rechazo, el silencio de quienes decían ser sus amigas-, solo quiere una cosa: volver a sentirse viva. Pero reconstruir una vida no es tan fácil cuando tus errores te persiguen. Cuando el chico que te mira como nadie lo hizo antes resulta ser el novio de la persona que más te lastimó. Cuando cada beso sabe a traición... y a adicción. Un año. Un último año de escuela. Un último año para equivocarse, para amar, para romperse y para intentar volver a armarse. Porque cuando el reloj marque las 23:59, ya no habrá más tiempo. Una historia cruda, honesta y devastadoramente hermosa sobre el amor, la identidad y los segundos que nunca recuperamos.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1


Narra Julieta

A veces, cuando cierro los ojos, todavía puedo sentir el olor de ese pasillo: desinfectante barato mezclado con zapatillas viejas y miedo.

Si hubiera sabido que ese 28 de marzo era el primero de los últimos 243 días de mi vida, tal vez habría caminado más lento. O tal vez no. Porque la verdad es que ese día solo quería una cosa: que nadie me mirara demasiado.

Llegué veinte minutos tarde a propósito. El uniforme me quedaba raro todavía —la falda un poco más corta, la camisa más ajustada—, y el pelo ya me llegaba a los hombros, pero seguía sintiéndome como si estuviera usando la ropa de otra persona. De alguien que no era yo... o que todavía no era del todo.

Me senté en el último banco, pegada a la pared, encorvada. Invisible. Esa era la única meta que tenía para ese año.

El profesor Marshall pasó lista con su voz ronca de siempre.

—Daniel Muñoz.

El silencio que cayó después fue tan pesado que casi se podía tocar.

Sentí las miradas. Algunas curiosas. Otras crueles. Una o dos, compasivas.

Levanté la mano despacio.

—Presente —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Marshall levantó la vista, parpadeó, se puso rojo.

—Ah... perdón, Julieta. De verdad. No sé dónde tenía la cabeza.

—Está bien —mentí con una sonrisa tranquila—. Ya me estoy acostumbrando.

Pero no era verdad. Cada vez que alguien me llamaba por el nombre viejo sentía como si me arrancaran una costra que apenas estaba cicatrizando.

Rin-rin.

La campana sonó como una liberación.

Subí las escaleras corriendo hasta el tercer piso y me metí en el salón abandonado del fondo. Siempre estaba vacío a esa hora. Olía a tiza, a polvo y a olvido. Me tiré al piso frío, me hice bolita y cerré los ojos. Quince minutos para fingir que el mundo afuera no existía.

—Julieta...

Abrí los ojos. Miranda estaba en la puerta, con los brazos cruzados y esa cara de culpa que ya le conocía demasiado bien.

—Hola —dije sin levantarme.

—¿Puedo pasar?

—Pasa.

Se sentó a mi lado, pero dejó distancia. Como si tocarme le quemara.

—Me siento como la mierda —empezó—. Por haberme puesto del lado de ellas. Por no haberte defendido. Por haberte tratado tan mal cuando más me necesitabas.

—Miranda...

—Quiero que sepas que me arrepiento. Mucho.

—Miranda, ¿dónde carajo estás? —el grito de Sofía cortó el aire como un vidrio roto—. ¡Te estamos esperando!

Miranda se levantó de un salto, como si la hubieran llamado con un látigo.

—Tengo que irme.

—Claro —respondí, y esta vez no sonreí—. Ve.

Se fue sin mirar atrás.

Me quedé ahí tirada, mirando las manchas del techo. El frío del piso ya no se sentía reconfortante. Se sentía como el final de algo.

Cuando volví al salón, las miradas del grupito de siempre fueron peores que nunca. Sofía, Camila, Martina. Mis ex-mejores amigas. Ahora me miraban como si yo fuera la que las había traicionado a ellas.

Me senté, apoyé la cabeza en los brazos y me desconecté.

— ¡Buenos días, mis amores! —la profesora Estela entró como siempre, llena de luz—. ¡No saben cuánto los extrañé!

Fue saludando uno por uno. Cuando llegó a mí, se detuvo. Me tomó la cara con las dos manos en el pasillo y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Julieta... estoy tan orgullosa de ti —susurró—. Te queda precioso. Te queda real.

Me acarició la mejilla. Yo sentí que algo se me rompía y se arreglaba al mismo tiempo. La abracé fuerte, muy fuerte, y por un segundo me permití llorar sin que nadie más lo viera.

—Gracias —murmuré contra su hombro—. Gracias por todo.

Volví al salón con el pecho un poco más liviano, pero el sueño me ganó igual. Me dormí pensando en un campo infinito de flores amarillas bajo un cielo que se estaba poniendo rosa y naranja. Como si el sol estuviera despidiéndose.

—Oye... oye... —una mano suave me sacudió el hombro—. Tengo que cerrar el salón. ¿Estás bien?

Me desperté de golpe. Era don Roberto, el conserje, mirándome con preocupación.

—S-sí... perdón.

—Tranquila, hija. Pero ya son casi las cinco.

Salí muerta de vergüenza.

—Qué vergüenza de mierda —susurré.

—Tranquila, a cualquiera le puede pasar —dijo una voz conocida.

Me giré. Damián estaba apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa torcida que siempre me había desarmado.

—Gracias por no dejarme encerrada.

—No lo haría... otra vez —se rió bajito—. ¿Quieres que te acompañe a casa?

—Sí. Por favor.

Caminamos juntos. Hablamos de tonterías. Del profe de mates, del uniforme nuevo, de lo raro que se sentía todo. Pero debajo de las palabras había algo más. Algo que los dos sentíamos y ninguno nombraba.

Llegamos a casa. Mi abuela llegaba tarde, como siempre. Hicimos tallarines. Comimos sentados en el piso. Pusimos una película mala de terror. Fumamos por la ventana. Y a las siete y media ya estábamos tirados en mi cama, muy cerca.

Su mano me acariciaba el pelo. Nuestras caras se acercaron. Nuestros cuerpos también.

Lo besé.

No sé si fue por rencor hacia Sofía. O porque todavía me gustaba. O porque necesitaba sentir que alguien me deseaba como Julieta y no como Daniel.

Nos besamos profundo. Él metió la mano debajo de mi camiseta. Yo le bajé los pantalones. Me puse encima. Sus dedos se clavaron en mis caderas. Mi pelo largo caía sobre su cara. Él susurraba mi nombre como si lo estuviera descubriendo por primera vez.

—Julieta... Julieta...

Me moví más rápido. Él gemía bajito, casi con vergüenza. Yo cerré los ojos y me dejé llevar. Por un rato no existió nada más. Ni Sofía, ni Miranda, ni el colegio, ni el año que recién empezaba.

Cuando terminó, se quedó quieto debajo de mí, respirando agitado. Me abrazó fuerte por la cintura y escondió la cara en mi cuello.

—Qué linda estás —murmuró contra mi piel.

Yo no dije nada. Solo me quedé ahí, sintiendo cómo su corazón latía contra el mío.

Después de un rato se levantó, se vistió en silencio. Yo me quedé en la cama, envuelta en la sábana, mirándolo.

—Tengo que irme —dijo, mirando el celular—. Mi vieja me está llamando.

—Andá —respondí, forzando una sonrisa.

Me dio un beso rápido en la frente y se fue.

La puerta de calle se cerró. El silencio de la casa cayó sobre mí como una manta pesada.

Me quedé mirando el techo. El cuarto estaba casi a oscuras. Solo entraba un poco de luz naranja de la calle.

Pensé en el campo de flores amarillas otra vez. En cómo el cielo se teñía despacio de rosa, de violeta, de naranja. Como si el día estuviera diciendo adiós.

El día se está terminando, me dije.

Y esa frase se me quedó dando vueltas en la cabeza, aunque todavía eran apenas las ocho y media de la noche.

Me toqué los labios, todavía hinchados de sus besos. Me toqué el pecho, donde todavía sentía el peso de su cuerpo.

Todo había sido tan fácil. Tan rápido. Tan... vacío.

Me di vuelta en la cama y me abracé a la almohada.

En mi cabeza, el cielo seguía poniéndose más y más oscuro.