Sona silencio

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Summary

QUIET ZONE: El eco del silencio El ruido es una sentencia de muerte. El silencio es tu única defensa. En un mundo devastado por un hongo que brota de los oídos y devora la vista, la humanidad ha dejado de gritar. Los Eco-Huesos lo escuchan todo, y no descansarán hasta que el mundo vuelva a estar en calma. Maty carga un hacha, un inhalador y un pasado que lo asfixia. Eddi es un niño que ha visto demasiado. Juntos, deberán atravesar el infierno para encontrar a Bill, el hermano de Maty, siguiendo un mapa manchado de sangre que apunta hacia Texas. No hables. No corras. No respires fuerte. Porque en la Zona de Silencio, el más mínimo susurro puede ser el último.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Silencio de Maty

Pasos secos y casi inaudibles se escuchaban por las calles de una ciudad muerta de México. La ciudad estaba destruida: autos abandonados y la naturaleza tomando terreno. La maleza se expandía por la carretera agrietada y por los vehículos. Entre esa ciudad —o bueno, lo que quedaba de ella—, Maty, un chico de 17 años, caminaba en silencio con pasos largos y detallados, tratando de no llamar la atención de "esas cosas".

MATY: "Mi inhalador está a punto de acabarse, tengo que conseguir otro", decía mientras tocaba su pecho empezando a sentir como el aire empezaba acabarse poco a poco, saco un inhalador de su bolsillo derecho, lo miro por unos segundos y después lo guardo.

Maty siguió caminando por unos 15 minutos; cada minuto lo sentía eterno, ya que en el mundo en el que ahora vivía, cada segundo era importante si querías sobrevivir.

Maty (con voz silenciosa): "Al fin la encontré".

Frente a él, las desgastadas y agrietadas paredes de un supermercado, que poco a poco eran cubiertas por la maleza, se alzaban imponentes. Entonces, Maty dio unos pasos al frente de la puerta y, con una audacia que más bien era precaución, volteó a ver sus alrededores. Al no ver nada, tomó la perilla con cuidado y sin hacer ruido. Con delicadeza, cual doncella con su amado, giró la perilla. Crack. El sonido metálico provino de la puerta que ya había abierto. Sus pies, envueltos en trapos para no hacer ruido, dieron unos pasos lentos entrando al lugar.

Con una fuerza rara en un chico de su edad, tomó el hacha de incendio que tenía en su mochila, dispuesto a acabar con todo lo que se moviera. Sus párpados cansados dieron una vista rápida a los pasillos; lo único que vio fueron estantes vacíos y tirados por el saqueo que, imaginaba, ocurrió cuando inició el brote. Con pasos lentos y silenciosos, avanzó hacia un pasillo en específico: la enfermería.

En los estantes leía rápidamente hasta que lo encontró: una caja de inhalador. En realidad, eran tres. La euforia que sentía Maty era explosiva, pero sabiendo que si gritaba o hacía ruidos bruscos moriría, se contuvo.

Maty: "Qué bien, esto me durará medio año". Tomó las cajas y las metió en su mochila.

Dispuesto a salir, sabiendo que cada segundo contaba, caminaba hacia la salida cuando un sonido brusco y seco rompió el silencio espeluznante del supermercado. Maty lentamente giró la cabeza, rogando que no fuera una de esas cosas; entonces, todas sus esperanzas se rompieron al escuchar el sonido seco de un Eco Hueso.

Parado frente a él, a unos 15 metros, estaba un infectado: un hombre con la piel gris y agrietada, los ojos tapados como si estuvieran quemados y raíces saliendo de sus orejas. Su ropa desgastada y con sangre se agitaba por los movimientos bruscos que hacía mientras giraba su cabeza en busca de alguien... o mejor dicho, en busca de algo.

Maty, sabiendo qué hacer, empezó a retroceder lenta y cuidadosamente mientras sudaba. Entonces, crack, el sonido de la madera rompiéndose invadió el lugar. El grito desgarrador del infectado no se hizo esperar. Sin dudarlo un segundo, Maty empezó a correr hacia la salida. Atrás de él, las pisadas pesadas del Eco Hueso le seguían el rastro. Maty, corriendo por los pasillos, iba tirando estantes pequeños para retrasar a la criatura. Al ver que el letrero de salida estaba cerca, aceleró y salió, cerrando la puerta de cristal frente al infectado.

Maty: "Púdrete, hijo de perra", dijo mientras le mostraba el dedo medio. Luego se fue de allí, viendo cómo el ruido llamaba la atención de más Eco Huesos.

En un callejón oscuro y húmedo, la respiración acelerada de Maty retumbaba como un eco; sin embargo, gracias al ruido de los eco-huesos al correr, no lo notaron. Con manos rápidas y temblorosas por la adrenalina, sacó el inhalador de su mochila, lo destapó y, con desesperación, lo colocó en su boca e inhaló.

Su pecho se infló de aire; ese mismo aire que deseaba hacía unos minutos, por fin llegó a sus pulmones. Un suspiro de alivio salió de sus labios, un poco resecos debido al frío de la ciudad muerta. Maty descansó por unos minutos, momentos de calma que anhelaba antes de volver a emprender la marcha. Sus pies, cubiertos con unos trapos mugrosos, hacían que sus pasos fueran inaudibles. Maty asomó la cabeza fuera del callejón y, al no ver nada, salió lentamente. Caminó por unos minutos y entonces lo vio.

El sollozo de un niño entró por los oídos de Maty, quien al verlo se escondió tras unos tambos oxidados y deformes. Mirando bien la escena, pudo ver cómo el niño sostenía algo en sus brazos, o mejor dicho, a alguien. Las gárgaras que la mujer hacía mientras se ahogaba con su propia sangre le pusieron los pelos de punta a Maty. El niño, con voz quebrada y dolorosa, mientras sostenía con dedos temblorosos un cuchillo largo, dijo:

—Perdón, madre. Perdón.

Sin remordimiento y con una crueldad que Maty no imaginaba, el niño acabó con el sufrimiento de su madre de una sola estocada, seca y profunda, hacia la yugular, la cual empezó a sangrar empapando al pequeño.Maty, sabiendo que no debía meterse en problemas y que tenía algo más importante que hacer, pasó al lado del niño fingiendo que no había nada allí.

El niño se le quedó viendo con una mirada de súplica y desesperación que Maty no pudo pasar por alto. Con una calma apresurada, se hincó hacia él y le preguntó:

—¿Estás bien, pequeño? —Fue lo único que se le ocurrió.

—Mamá... —respondió el niño con pesadez mientras la señalaba—. Mamá murió. Yo la maté.

El pequeño empezó a entrar en desesperación y a soltar llantos ruidosos. Maty, con el terror visible en los ojos, tapó la boca del infante con sus manos sucias y callosas.

—Guarda silencio, nos van a escuchar y vamos a morir —susurró Maty.

El niño, calmándose un poco, dijo:

—Ella estaba sufriendo y no me gustaba verla así, así que acabé con ella. Moría poco a poco y yo la maté.

Maty, viendo cómo algunas cosas se movían a lo lejos, le ordenó:

—Vamos, tenemos que irnos. Los infectados vendrán.

Maty se levantó del frío suelo. El niño, dejando atrás el cuerpo de su madre con lágrimas en los ojos, dijo:

—Lo siento, ma. Lo siento mucho.