Tinta Prohibida [+18]

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Summary

Leticia lleva dos años siendo la novia perfecta de Leo, puntual en la misa, paciente con sus tiempos y discreta con sus propias ambiciones. Para su cumpleaños, él le regala lo único que ella siempre quiso, una cita con el mejor tatuador de la ciudad. Lo que Leticia no calcula es que el mejor tatuador de la ciudad es el hermano mayor de Leo. Bastián no es el tipo de hombre que pide permiso. Tiene los brazos llenos de tinta, una máquina que zumba como una sentencia y la molesta costumbre de ver exactamente lo que la gente intenta esconder. Desde el primer momento en que Leticia entra a su estudio, sabe que debajo de la chica buena que Leo venera hay algo que lleva demasiado tiempo sin ser reclamado. Lo que empieza como una sesión de tatuaje se convierte en el juego más peligroso que ninguno de los dos debería estar jugando. Porque la tinta es permanente. Y lo que Bastián está marcando en ella va mucho más profundo que la piel.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+
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Prólogo


Hay cosas que sabes mucho antes de estar lista para admitirlas.

Lo supe la primera vez que lo vi. Fue en una cena en casa de los padres de Leo, tres semanas después de que empezáramos a salir. Yo llevaba un vestido verde que Leo me había dicho que le encantaba, y estaba intentando causar buena impresión en su familia cuando la puerta se abrió y entró él. Tarde, sin disculparse, con una chaqueta de cuero y la piel llena de tinta, con una forma de ocupar el espacio que hizo que todo lo demás en la habitación pareciera un falso decorado.

Leo me lo presentó con una sonrisa orgullosa.

—Este es Bastián, mi hermano mayor.

Bastián me miró durante exactamente dos segundos. No sonrió. Solo me evaluó con esos ojos verde esmeralda que parecían catalogar información de vida o muerte, y luego apartó la vista como si hubiera decidido algo. No supe qué.

—Leticia —dije, extendiendo la mano.

—Ya sé cómo te llamas —respondió, con esa voz ronca que me erizó la piel.

Tomó mi mano, y en el segundo exacto en que su piel rozó la mía, algo recorrió mi brazo, algo que no supe identificar. El contacto duró menos de lo que dura un parpadeo, pero fue suficiente para que yo notara que esos ojos que me miraban no eran iguales a los de Leo. Tenían el mismo color, sí, el mismo verde de la madre, pero la forma en que miraban era completamente distinta. Leo miraba con claridad. Bastián miraba como si supiera algo que yo todavía no había entendido de mí misma.

Soltó mi mano y se sirvió agua del centro de la mesa sin decir nada más.

Así empezó todo.

Leo me buscó con la mano por debajo de la mesa durante el postre. Lo hizo sin mirarme, hablando con su padre sobre no sé qué de la parroquia, con esa costumbre suya de incorporarme a su mundo sin interrumpir. Su piel suave cubrió la mía con una calidez que era genuina, que siempre lo era, y yo la dejé estar. Debería haberme bastado. La de veces que me había dicho eso a mí misma en dos años.

Bastián no volvió a mirarme en toda la noche.

Durante los dos años siguientes, Bastián y yo construimos una relación basada en la indiferencia estratégica y las pullas envenenadas en las cenas familiares. Él llegaba tarde o se iba pronto. Y yo intentaba no mirarlo demasiado. Leo, ajeno a cualquier tensión que no fuera la del sermón del domingo, estaba convencido de que simplemente éramos personas muy diferentes que necesitaban tiempo para conocerse.

No era eso.

Era que cada vez que Bastián entraba en una habitación, algo en mi interior reconocía su presencia antes de que mis ojos lo encontraran. Era que sus comentarios, aunque iban dirigidos a herirme, eran los únicos que me hacían sentir que alguien me estaba mirando de verdad. Era que una noche, conduciendo a casa, me sorprendí pensando en cómo me había mirado y tuve que subir el volumen de la radio antes de que ese pensamiento terminara de formarse.

Leo era mi novio. Leo era bueno y me quería con una devoción tranquila que debería haberme bastado. Y me bastaba. O eso me decía a mí misma.

Pero luego llegó mi cumpleaños y hay cosas que puedes ignorar durante mucho tiempo, pero que no desaparecen solo porque finjas no verlas. Solo esperan. Y cuando encuentran la grieta correcta, entran.

Y yo todavía no sabía que mi cumpleaños iba a ser esa grieta.


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NB✨

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