Academia Darkwood

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Summary

La Academia Darkwood acaba de empezar su cicloescolar, todos, seres, mountros y freaks son admitidos. Ser la primera academia que acepta a todos no sera facil, en especial cuando entre los estudiantes hay preguicios muy arraigados.

Genre
Fantasy
Author
Kira-
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El sonido grave de una campana retumbó en el aire, no venía de ningún punto en específico, sino de todas partes a la vez. El edificio apareció como si siempre hubiera estado ahí: torres de piedra oscura, ventanales altos y un portón de hierro vivo que respiraba lentamente. La Academia Darkwood había llegado.

—Bienvenidos, estudiantes —dijo finalmente, forzando una sonrisa nerviosa —. Soy Elvira Stein, y seré su guía durante el recorrido por la academia.

Trago saliva antes de continuar apoyándose de las notas que había preparado.

—Sé que puede parecer extraño que una alumna de primero dé estos recorridos —continuó—, pero yo soy un monstruo tipo Simulacrums. Solo tengo un par de años de vida… los cuales he pasado estudiando en casa. Eso no significa que no puedan preguntarme cosas. Quiero decir, yo también soy nueva, pero…

Su voz se apagó. Exhaló con fuerza y dejó las notas a un lado, como si ya no pudieran salvarla.

En ese momento, una figura alta y robusta dio un paso al frente. Su cuerpo estaba compuesto por distintas piezas unidas con costuras visibles, surcos de energía recorriendo su piel como cicatrices antiguas. Víctor Stein colocó una mano firme sobre el hombro de su hija.

—Tranquila —dijo con voz grave—. El primer día de clases es emocionante… pero también puede ser aterrador. Especialmente cuando empiezas en una nueva escuela.

Elvira giró el rostro hacia él.

—Lo sé, papá —respondió en voz baja—. Pero aunque solo les dé el tour, quiero hacerlo bien. Es la primera vez que convivo con otros monstruos… me gustaría caerles bien.

—Si realmente te aprecian, te querrán por lo que eres.

El silencio volvió a envolver el vestíbulo.

Más allá de esas paredes, el mundo de los monstruos seguía dividido: clanes superiores, castas por poder, jerarquías antiguas. Y, muy por debajo de todos ellos, los humanos. Inferiores. Frágiles. Detestados. El odio era mutuo, aunque ninguno estaba listo aún para admitir cuánto daño causaría.

Pero allí dentro, por primera vez, no importaba el origen, la fuerza ni la forma en que alguien había sido creado.

Elvira dio un paso al frente. El metal de su pierna brilló tenuemente.

—Esta escuela —dijo, con la voz un poco más firme— Sera la base para que nadie sea juzgado por quienes son.

Antes de que pudiera añadir algo más, una campana resonó con fuerza. No provenía de ningún objeto visible; el sonido vibró directamente en los huesos de los presentes. El espacio se distorsionó brevemente y, en un parpadeo, todos los estudiantes se encontraron sentados en un enorme auditorio.

El recinto tenía gradas circulares, símbolos arcanos grabados en las paredes y un escenario elevado al frente. Sobre él, una figura oscura caminaba lentamente de un lado a otro.

—¿Por qué se ve así? —susurró uno de los nuevos alumnos, inclinándose hacia su compañero.

—Dicen que era un brujo que fue sentenciado a vivir como gato por milenios —respondió otro en voz baja.

—Parece que después de tanto tiempo logró una “reducción” de su sentencia —añadió un tercero.

—Así que este es su servicio social —se burló alguien desde atrás.

De pronto, dos ojos amarillos brillaron con intensidad.

—Hiss...

El sonido fue bajo, pero cortante. El murmullo murió al instante.

La figura se detuvo. Era un brujo… o lo había sido. Su cuerpo conservaba rasgos humanoides, pero su forma era claramente la de un gato negro de porte elegante (como un werebeast, con una cola que se movía lentamente y uñas que dejaban marcas en la madera del escenario).

—Soy el director Salem para ustedes —bufó—. Y aunque no lo crean, tengo permitido disciplinarlos como mejor me parezca.

El auditorio quedó en completo silencio.

—Así está mejor —dijo, aclarándose la garganta—. La Academia Darkwood está destinada a ser el inicio de muchas más escuelas donde todos los monstruos y freaks puedan convivir en armonía.

Salem caminó lentamente mientras hablaba, observando a los estudiantes con ojos atentos.

—Algunos de ustedes están aquí porque realmente desean convivir y aprender unos de otros. Otros… —hizo una pausa— fueron enviados porque causaron problemas en sus respectivos territorios, y los altos mandos de cada uno consideraron que esto sería un castigo apropiado.

Un par de estudiantes se removieron incómodos en sus asientos.

—Sea cual sea la razón, pasarán todo el ciclo escolar aquí —continuó—. Así que más les vale seguir las normas y, por una vez en sus vidas, intentar integrarse con los demás.

Salem se detuvo en el centro del escenario.

—Ahora tendrán tres guías. Cada uno pertenece a un grado diferente. Las pulseras que se les entregaron brillarán con el color de la guía que les corresponde.

Como si respondieran a sus palabras, varias pulseras comenzaron a emitir destellos de distintas tonalidades por todo el auditorio.

El ciclo había comenzado.

Los tres guías avanzaron al frente del auditorio cuando las pulseras terminaron de brillar.

—Hola —dijo el primero, levantando la mano con tranquilidad—. Mi nombre es Yoalli, pero pueden decirme Yo. Soy de tercer grado y seré uno de sus guías. ¿Alguna duda antes de empezar?

Era un muchacho joven, de piel morena y cabello negro, vestido con el uniforme de la escuela: tonos negros y grises. Al cuello llevaba colgado un espejo de obsidiana, pulido y oscuro como una noche sin luna.

—Pareces un norme —se burló un estudiante desde las gradas.

Yoalli no se inmutó.

—No —respondió con calma—. Aunque puedo parecer un macehual. En realidad soy un nahual.

Por un breve instante, su figura se distorsionó y tomó la forma de un águila mexicana, imponente y silenciosa. Luego volvió a la normalidad.

—¿Alguna otra pregunta?

Un murmullo incómodo recorrió el auditorio.

—¿Tenemos que usar ese uniforme? —preguntó otro alumno, con fastidio evidente.

—Sí —respondió una voz distinta.

Un joven de piel azul oscura avanzó un paso. Su cuerpo era similar al de un tritón, cubierto de escamas en tonos azules profundos, dorados y cafés. Tenía branquias visibles en el cuello, aletas en las manos y ojos grandes y atentos.

—Es parte del código de vestimenta —dijo mientras realizaba señas con las manos, acompañando cada palabra—. Soy Hurley, de segundo grado.

Continuó señalando con fluidez.

—Hay tolerancia para que usen la ropa que deseen los fines de semana y después del horario de clases. Pero si forman parte de un club, deberán usar el atuendo correspondiente a cada uno.

Elvira dio un pequeño paso al frente.

—Yo soy Elvira, de primer grado —añadió—. Y seré su tercera guía.

Antes de que pudiera decir algo más, una risa cargada de desprecio se escuchó entre los estudiantes.

—¿Por qué a nosotros nos toca un sirviente en lugar de un guía de verdad? —dijo una chica con vestimenta ritualista asiática, collares de hueso y telas poco discretas—. No es diferente de los zombis sirvientes.

El aire se tensó.

—Hable con más respeto de su jefa de grado, señorita Mako —ordenó el director—. Elvira tiene la misma autoridad que Yoalli y Hurley. Así que respétela.

Mako chasqueó la lengua, pero no insistió.

—¿Nos darán nuestros propios amuletos como esos? —preguntó, señalando el espejo de obsidiana—. ¿O tendremos que ganarlos?

—Este espejo es mío —sentenció Yoalli, sin elevar la voz.

El director dio un paso al frente.

—Tendrán clases de amuletos místicos, entre muchas otras materias —explicó—. Sin embargo, los amuletos deberán permanecer en clase o usarse únicamente bajo la supervisión de los docentes.

Salem entrecerró los ojos.

—La única excepción serán los jefes de grupo o situaciones especiales con reglas claramente establecidas.

—¿Y por qué solo ellos? —cuestionó Mako—. Vine aquí para mejorar mis habilidades psíquicas y rituales.

Los ojos del director brillaron de un rojo intenso.

—Precisamente por esa actitud —respondió—. Es la razón por la que solo los jefes de grupo pueden portarlos libremente.

El silencio cayó una vez más sobre el auditorio.

Las reglas estaban claras.

La convivencia no sería sencilla.

Y la armonía… Por desgracia no seria del todo lograda.

Después de ese silencio incómodo, los alumnos pasaron al tour por la escuela. Muy pronto descubrieron que no era una escuela común, sino más bien un castillo.

Sus pasillos de piedra se extendían en distintas direcciones, algunos iluminados por antorchas mágicas, otros por luces que flotaban sin una fuente visible. Recorrieron los salones de pociones, hechizos, historia universal, lenguas antiguas, una enorme biblioteca y el patio de juegos, rodeado por torres altas.

—Aquí serán las clases de educación física —comentó Yoalli—. También hay un lago, así que espero que sepan nadar —bromeó.

—No se preocupen —añadió Hurley mientras hacía señas con las manos—. Como parte del equipo de natación, mi deber es ayudar a todos aquellos que tengan problemas en el agua.

—¿Qué clase de deportes haremos? —cuestionó uno de los estudiantes.

Elvira sonrió, animada.

—Debido a que cada estudiante posee habilidades y poderes diferentes, las actividades estarán orientadas a desarrollar el máximo potencial de los alumnos, el compañerismo y la diversión —expresó con entusiasmo.

—Espero que los que no poseen habilidades mágicas no retrasen a los que de verdad tenemos potencial —intervino Mako con desprecio.

Varios alumnos werebeast —hombres lobo, gatos, una selkie— además de homínidos, artrópodos, cambiaformas y seres elementales, la miraron con molestia. Algunos bufaron; otros se apartaron de ella.

—¿Y qué hay de las clases útiles? —añadió Mako—. No has dicho nada sobre ellas, zombie.

Elvira respiró hondo antes de responder.

—Los maestros están trabajando en el mejor plan de estudios para que los alumnos conozcan mejor cada una de las culturas freak y monster.

Continuaron caminando y regresaron al interior del castillo por la misma puerta por la que habían salido. Sin embargo, al cruzarla, llegaron directamente a un comedor enorme, con largas mesas de madera y aromas que parecían provenir de distintos mundos.

—¿No es esta la misma puerta por la que entramos? —preguntó un alumno, confundido.

—Sí —respondió Yoalli—. La escuela está viva, por decirlo de alguna manera. La única manera de no perderse es usar esos mismos brazaletes que tienen.

—De lo contrario, podrían acabar en áreas prohibidas o peligrosas. Y se los advierto desde ahora —añadió con seriedad—: los de tercer grado podemos encontrarlos donde sea, cuando sea. Pero si me meten en problemas… lo pagarán caro.

—¿Y cuál es la política sobre aparatos electrónicos? —preguntó otro estudiante—. No sé los demás, pero yo estoy acostumbrado a las redes sociales.

Hurley negó suavemente.

—Debido a que la escuela se encuentra en una dimensión intermedia entre la Tierra y el mundo espiritual, no hay señal —explicó por señas—. Sin embargo, contamos con nuestros propios dispositivos.

Algunos estudiantes se miraron entre sí, intrigados.

—En la clase de espectro visual aprenderán a usar la tecnología de este lugar.

—Comeremos antes de ir a los dormitorios —anunció Yoalli.

Las mesas del comedor comenzaron a moverse solas, acomodándose según los grupos que marcaban los brazaletes. Platos, cubiertos y vasos aparecieron con suaves destellos de energía. Algunos alimentos parecían normales; otros se movían, humeaban o emitían un leve brillo espectral.

—La comida se adapta a la fisiología de cada estudiante —explicó—. No importa si necesitan carne cruda, minerales, energía espiritual o algo que aún no tiene nombre.

Un murmullo de sorpresa recorrió el lugar.

Algunos estudiantes se sentaron con cautela; otros lo hicieron con entusiasmo. Un cambiaformas probó un platillo que aún latía suavemente. Un elemental de fuego observó cómo su bandeja ardía sin quemar la madera.

Mako tomó asiento con gesto altivo.

—Supongo que esto también es parte de su idea de convivencia —murmuró, mirando alrededor con desdén.

Elvira fingió no oírla y se sentó al final de una de las mesas. Ajustó la articulación de su pierna mecánica con un leve clic metálico. A su alrededor, conversaciones tensas comenzaban a formarse entre especies que jamás habían compartido un espacio así.

El comedor estaba lleno de voces distintas, acentos antiguos y miradas cargadas de prejuicios.