Celdas de la mente
Encerrada y abandonada por el mundo, Dayana trataba de mantener la cordura. Era muy difícil mantenerse centrada cuando tu vida está patas pa` arriba. Pero no solo eso, sino sabiendo que tu familia está totalmente perdida, que la vida te dio un giro de ciento ochenta grados. Sin embargo, entendía que tenía que intentar estar lúcida porque sus hijas, dos niñas pequeñas en edad escolar, necesitaban a su madre y ella las necesitaba también
Dayana recordó cuando su propia madre luchaba contra una insuficiencia renal. Varias veces ella le comunicó a la familia que ya se sentía sin fuerzas, no creía resistir. Todos pensaban que ella misma se estaba entregando a la muerte, porque no tenía esperanzas de salir de esa situación, de encontrar un donante que la salvara. Estando hospitalizada, su madre escribió una pequeña carta para cada hijo, a modo de despedida. A cada uno de los tres niños y a su esposo, el padre de Dayana, les dio un presente para que siempre la recordaran. Ante las lágrimas de todos, les prometió cuidarlos donde Dios la destinara a morar por el resto de la eternidad.
Sin embargo, cuando ya parecía que el destino se llevaba a la mamá. En el momento en que sus fuerzas parecían ceder. Al instante en que parecía desfallecer, a la vista de sus seres queridos, el doctor que la atendía le comunicó que habían conseguido un donante y que en pocos días podrían tener todo listo para realizar la operación.
Con solo esas palabras la mejoría de la madre fue notable. El impulso vital que le dio la certeza de que sería operada, que pronto podría seguir con su vida, le dio una vitalidad y una alegría tan enormes que ya todos sabían, antes de entrar al quirófano, que el cuerpo de la madre aceptaría el riñón. Había mucha confianza en que la operación sería todo un éxito y que la vida de la familia volvería a ser feliz porque tendrían a su madre y esposa, con buena salud y, lo más importante, con vida. En ese momento, Dayana comprendió el poder que da la esperanza al ser humano. Ella ahora, estando presa, necesitaba ese flujo vital para continuar con su vida
Dayana ni siquiera pensaba en por qué estaba presa. Eso pasó a un segundo plano apenas la encerraron en la celda. Al contrario, el primer pensamiento de ella estuvo dirigido a sus hijas. Cuando la capturaron, ellas estaban en la escuela, esperando la salida de clases para que su mamá las pasara buscando. Por eso, lo primero que pasó por su mente fue: “¿Quién buscará a mis hijas? Mientras la interrogaban, su cabeza estaba dando vueltas sobre qué había pasado con ellas: ¿Quién les está dando comida? ¿Dónde están durmiendo? ¿Quién las ayuda en las tareas? ¿Quién las estará atendiendo?
Esas preguntas la estaban martirizando. Esa fue la peor de las torturas desde su detención. Este martirio duró semanas en las que no sabía qué les había ocurrido. Mientras la interrogaban, ella no contestaba ninguna pregunta, no se encontraba en capacidad de ello. Lo único que quería era que le dijeran qué había pasado con sus niñas, quién se las cuidaba. Lo que sí sabía era que no estaban con su esposo, él también estaba detenido. Sabía esto, aunque tampoco lo había podido ver.
Dayana no comía bien, no dormía bien, estaba demacrada, flaca y envejecida, siempre se quedaba en su celda acostada con la sábana tapándole la cara. Así pasaba el día, pensando en su familia, dándole vueltas a la cabeza para hallar respuestas, no de su situación, sino de la situación que estaban viviendo las niñas. Ella podía sentir la angustia de sus hijas al tener a sus dos padres lejos y sin saber cuándo los volverían a ver. Era una situación desesperante.
Las otras presas la vieron tan mal, tan deprimida, que hicieron a un lado sus propios problemas y trataron de animarla, de hablar con ella, de darle esperanza. No escuchaba, su mente estaba únicamente fija en sus pequeñas, no en su defensa o en la defensa de su esposo, solo en sus hijas. El estrés causado por este desconocimiento de su situación, la presión que estaba viviendo por estar sin respuesta, la falta de información y la desesperanza que ya se había apoderado de su ser la llevaron a desvariar un poco. Es por esto que sus carceleros se vieron obligados a llevarle ayuda psiquiátrica.
Ella, ante este profesional de la salud solo respondió lo que les pedía a todos: quería saber de sus hijas, si es posible quería verlas, necesitaba imperiosamente tener algún acercamiento para asegurarse de que estaban bien.
Finalmente, después de noventa días angustiantes, le anunciaron que, con seguridad, sí recibiría visitas. Esos días previos a la visita fueron de ansiedad. Pudo comer y dormir un poco. El anuncio se lo hicieron cinco días antes; sin embargo, al comienzo ella guardó un poco de recelo sobre si fuese verdad, ya que anteriormente le decían lo mismo, pero el día previsto, no la dejaban salir al patio para recibir a sus visitantes. Tres veces le pasó esto y, en esas ocasiones, sintió que moría en vida.
La primera vez que se lo hicieron fue cuando cumplía 30 días detenida y esa fue las más traumática. Las custodios, durante esos días, le decían que al llegar al mes podría recibir a sus familiares y tendría dos horas para compartir con ellos. Ella estaba exaltada, desesperada por la llegada de ese día, esa posible visita la tenía feliz. Preguntó si sus padres sabían que ella estaba detenida en ese sitio, ya que ella no había podido hablar con nadie, porque ni siquiera un abogado público tenía. Todas las respuestas de los guardias fueron positivas: “tus padres saben que estás aquí”, “tus hijas pueden venir a visitarte”, “tendrás tiempo suficiente para hablar con ellos”.
Sin embargo, nada fue como le dijeron. Ese día las custodios sacaron a las presas que tendrían visita y a ella la dejaron sola en su celda. Lloró a más no poder, se golpeó la cabeza con la pared, destrozó la almohada y la sábana, entre cuatro de las guardias lograron agarrarla y la pusieron en confinamiento por tres días. Tres días encerrada en un cuartucho, tres días de oscuridad, tres días sola con sus pensamientos, tres días pensando en que habrá pasado con sus hijas. De ahí salió una mujer desesperanzada, una mujer que no tenía por qué luchar ni vivir.
Pese a que dos veces más le hicieron eso, sentía en su interior que en esta ocasión sí podría salir a recibir visita y eso le dio esperanzas y le dio vida. Sería el primer paso para recobrar la cordura y la esperanza de salir de ese infierno. Para recobrar la alegría de vivir y, lo más importante, su libertad. Dayana volvió a sentir, como cuando su madre estaba enferma, que la esperanza era el motor vital que necesitaba para salir de ese hoyo en el que se encontraba