Piloto
Abrí los ojos de golpe como si intentaba escapar de una pesadilla pero el frío me recibió como un bofetada; inesperado e brutal. No sentía algo así desde hace mucho tiempo pero el frío no fue lo único que yo obtuve. El silencio que lo acompañaba era aún más cruel. Tan espeso qué atormentaba. No se escuchaba nada.
Intenté incorporame pero mi cuerpo se sentía ponderoso y agotado, quise tomar un gran bocado de aire para recuperar mi fuerza.
Gran error.
Fue como tragar cuchillas. El frío me invadió por dentro, afilado, violento. Como si cada partícula de oxígeno llevara escarcha, sentí el ardor inmediato en mi garganta, un picor helado en el pecho. Tosí dos veces y el vapor que exhale se elevó como humo, disipandose en segundos.
Por un momento me quede quieta observando como las copas blancas descendían lentamente desde el cielo. No era una tormenta...era más paciente. Más cruel.
Vamos Nyxara, debes moverte.
Me doy palabras de alientos para volverme a la realidad e intento nuevamente incorporarme.
Lo logre.
El paisaje parecía sacado de una pintura antiguas: árboles altos, retorcidos, con ramas desnudas que se extendían al cielo como dedos huesudos; el suelo cubierto de nieve intacta y virgen, como si nadie hubiera caminando allí en siglos. No había luz artificiales, no habías estructuras visibles... solo era yo y este aterrador y hermoso paisaje.
Los copos se posaban sobre mi cabello, mi rostro, mis hombros, y se derretían al contacto con mi piel. Uno cayó en mi pestañas y parpadeé, trate de mover mis dedos, dolían. La nieve tenía una textura extraña. No era suave ni ligera como se veía en las películas. Era densa, compacta, quebradiza. Crujían bajo mis dedos como cristal fino, y al apretarla se deshacían en fragmentos húmedos y frío.
Miré hacia abajo.
Mi uniforme verde estaba rasgado por varios lados, parecía una tela vieja y manchada de nieve y tierra por todas partes.
No recordaba cómo había llegado a este lugar, todo era borroso. Recuerdo toda mi vida excepto como demonios llegue aquí.
Mi placa de identificación seguía ahí, colgando torpemente del cuello.
"Capitana Nyxara V. Drakonys"
La arranque y la guarde en mi bolsillo, no quiero que mi nombre completo este a simple vista incluyendo mi rango sin saber la localización y el porqué estoy aquí, todo esto puede ser una trampa.
Mi bolsillo
Desesperadamente busco en mis bolsillos algo en lo que pueda ayudarme. Pero no encuentro nada. Es como si alguien me hubiera lanzado desnuda a la boca del lobo.
Sin comunicación.
Sin conocimiento.
Sin armas.
Sin nada.
—Maldita sea—mascullé, como si eso me consolara de algún modo dado que estoy consciente de la soledad.
Me levanto con mucho esfuerzo. Barriendo la zona con mi mirada una vez más. Localicé una rama larga y seca, la parto por la mitad, compruebo su firmeza y comienzo a usarla como apoyo.
El blanco lo cubría todo, parecía inofensivo a la vista— blanco, pura, casi brillante— pero al tocarla, la ilusión se rompía. Mis botas se hundían con cada paso que daba.
Me sentía desorientada, no tenía idea a donde iba o como había llegado aquí. El dolor seguía presente...lo interpreté como una señal. Si sentía dolor, estaba viva. Y mientras yo estuviera aquí, no pensaba en rendirme.
Caminé por horas o tal vez minutos, el tiempo se sentía torcido como si el mundo respirara más lento. Mi condicion estaba empeorado cada paso se sentía latoso que el anterior, me estaba costado mover mis piernas, el frío se sentía como cadena a mis costados que me susurraban que me detuviera, que me recostará y me dejara dormir para siempre pero yo me negaba a morir de esta manera.
Levante el rostro y vi a lo lejos una línea de humo que se perdía en el cielo.
Fuego. Vida. Civilización.
Hice un esfuerzo en sonreír pero mi cara me dolía, todo mi cuerpo me dolía. Deje que los copos de nieves chocarán contra mi mejillas, helándome las lágrimas que no había permitido caer.
Ya casi esta ahí Nyxara. Un paso a la vez.
Apreté los dientes y avance. No tenía nada en mi, ni aliados a mi lados, ni armas en mis manos, ni mapas que pudiera guiarme pero no tenía nada que perder. Prefería arriesgarme e ir a ese lugar que morir congelada en este bosque sin nombre.
Me detuve a unos treinta metros, observando y analizando desde atrás de unos árboles. Una aldea.
Una aldea.
Pequeña, antigua, silenciosa.
Muy antigua.
Una torre mal construida e inclinada, un guardia que no parecía muy atento, casas bajas techos cubiertos de nieves, humo saliendo de al menos seis...no, más de seis chimenea, un molino de madera, niños jugando riéndose, mujeres lavando ropa, o simplemente charlado entre ellas, hombres cortando leñas o cargando pieles de animales.
Parecía una rutina, nadie parecía alerta.
Pensé en avanzar y presentarme, pero algo dentro de mi quería obsérvalos más primero, quería asegurarme de era seguro. No podía bajar mi guardia. Pero el viento volvió a soplar más fuerte, sentí los huesos duro por el frío, mis labios ya estaba partidos.
El fuego esta allí, el calor me estaba llamando.
"A la mierda"
Solo me queda rezar para que sea buenas personas. Me levanto nuevamente un poco más animada.
Me tranquiliza un poco ver que al menos al niños en la aldea. Avancé tambaleante. Un paso, otro y otro pero no sentía los pies. Mi equilibrio me estaba fallando justo en estos momentos.
No, no...aun no, ya casi llegó.
La sangre en mis venas se movía lento, como si se negara a seguir empujando.
El mundo giro.
"No ahora..."
Pero mis rodillas cedieron, caí sobre la nieve sin poder evitarlo. El impacto fue suave y helado... ni siquiera dolió. Fue un alivio momentáneo. La vista se me nubló, las luces de la aldea danzabas en mis ojos, distorsionada. Las voces se convirtieron en ecos. Solo escuchaba mi respiración entrecortada.
Me repetía una y otra vez que debía de moverme, pero mi cuerpo no obedecía. Todo se volvió confuso. Mis párpados se sentías pesados, solo quería dormí y descansar. No puede evitarlo. Me deje llevar y finalmente, oscuridad.
***
El calor fue lo primero que sentí, después de la incomodidad y la confusión. Abrí los ojos con esfuerzo, la garganta seca, y mi cabeza pesaba como plomo. El techo bajo y ennegrecido por el humo parecía inclinarse hacia mi.
Tarde unos segundos en darme cuenta de que no estaba al aire libre, sino en el interior de una choza rudimentaria. A mi nariz le llegó un olor humo rancio y madera húmeda.
La luz tenue de un fuego agonizante iluminaba débilmente el interior de una choza. El suelo era de tablones, oscuro y frío , con restos dispersos de paja y cenizas cerca del lugar. Las paredes formadas por troncos cubiertos con barro reseco, parecían palpitar con el frío que se colaba a través de cada rendija.
Sigo mirando a mi alrededor hasta que me doy cuenta que ya no llevo mi uniforme, ahora tenía un vestido áspero, de lino grueso, beige sucio, remendado en varios puntos. Era sencillo, sin costura moderna, sin cierres.
No pude evitar preguntarme dónde demonios había caído...porque todo se veía atrasado, como si yo hubiera viajado en el tiempo. Por un segundo pensé en los Amish, una comunidad de raíces alemanas que rechaza la tecnología moderna y sigue vistiendo como en el siglo XlX. Por un instante, traté de convencerme de que estaba en un lugar como ese, pero tenía un extraño sentimiento.
Un crujido leve en el suelo me sacó de mis pensamientos. Me gire despacio, el cuerpo aún débil, el pecho ardiendo por dentro. Me encuentro a un niño...
Un niño.
Pequeño, delgado, cabello oscuro alborotado y la cara sucia. Parecía de seis a siete años, sus grandes ojos me miraba con una mezcla de curiosidad y mezcla, estaba sosteniendo en sus mano un trozo de madera tallado, como un juguete torpe en forma de un animal...si no me equivocaba creo que es un caballo.
Nos observamos en silencio. Trato de decir algo...abro mi boca, pero la cierro al instante, torpemente. Yo realmente no sabía que decir, no quiera asustarlo; necesitaba información sobre este lugar y un niño parecía más útil de lo parecía.
El problema es que no me considero muy buena con niños. Nunca lo fui. No tengo hijos, ni hermanos, ni sobrinos...ni siquiera una familia de verdad.
Cuando tuve seis años, mis padres biológicos murieron, ahora solo me quedan algunos fragmentos de ellos: la voz de mi madre cantándome, el olor a café en las mañanas y las grandes manos de mi padre cuando me lanzaba a sus brazos.
En un parpadeo ya estaba en un orfanato, no perdieron tiempo con eso. Cumplí los diez años y esos supuestos padres me adoptaron, engañaron al sistema... y me engañaron a mi, con sonrisa falsas, si alguien me preguntara que es el infierno para mí, respondería sin duda: fue el momento en que me permitieron irme con ellos.
Y de alguna forma logré escapar de ese mundo ardiente, meterme al ejercito fue mi vía de escape para mí, al principio yo solo quería huir de ese tóxico ambiente..quería desaparecer. Pero terminé tomándolo enserio, y no me arrepiento.
De pronto, estoy consciente de dónde y con quién estoy como si un golpe invisible me trajera de nuevo a la realidad.
El niño seguía ahí, observándome. El silencio se volvió pesado, incómodo y ninguno de los dos había roto el hielo. Posiblemente es solo incómodo para mí, al final de cuenta el es un niño. Seguro no es consciente de la situación.
Me aclaré la garganta, sintiéndome inutil, consciente de que llevaba demasiado rato callada, que el esperaba algo. Pero lamentablemente socializar nunca fue lo mío, más bien yo soy la que ordena.
Intento suavizar mi expresión, sin mucho éxito.
"Muy bien...sobreviví allá afuera...bueno apenas sobreviví pero aquí estamos. Ahora solo tengo que improvisar habilidades sociales que no tengo, vamos por lo básico, presentarnos." Pienso.
Facil.
Antes de que pudiera decir algo, el niño habló primero, rompiendo el silencio denso que nos envolvía.
—¿Sois un espectro?—preguntó, ladeado la cabeza parecía que tenía un debate interno entre admirarme o tenerme miedo.
Admito que me tomo un momento asimilar las palabras que vinieron de su boca. Su acento, su forma de hablar...era mi idioma, tal vez sonare demente pero se escuchaba desgastado y arcaico. He viajado a muchos países, he estudiado diferentes lenguas, dialectos, variaciones y sin embargo esto era distinto.
—No—parpadeo, saliendo de mi confusión, forzándome a reaccionar—Soy humana, soy como tu.
El niño no se movió, solo se quedó...ahí estudiándome como si intentaran decidir entre creerme o no.
—Habláis raro—murmuró, sin aparta los ojos.
Casi suelto una risa amargada, definitivamente yo no encajo en este lugar. Si llegaran a conocerme de verdad, no dirían que solo hablo raro , dirían que soy rara en todo lo sentido.
—Yo soy Nyxara—me presenté, e ignoré el comentario anterior—¿Como te llamas?
Miró a la puerta, dudando. Como si alguien le hubiera dicho que tenía prohibido hablar conmigo.
—Jorah—respondió en voz baja.
—Bonito nombre—dije sinceramente—¿Sabes dónde estamos ahora mismo, Jorah?
Jorah me miró confundido, como si la pregunta fuera demasiada obvia.
—Estáis en Acheron—ladeó la cabeza otra vez como si no entendiera el por qué alguien no sabría eso.
Acheron. El nombre no me suena. Ninguna ciudad, ningún pueblo, nada de nada. Mi mente se encontraba vacía.
—¿Qué es Acheron?—insistí, forzado la garganta a funcionar, el frío afilándome las cuerdas vocales.
El niño abrió la boca para responder, pero el crujido de la puerta lo interrumpió y una figura de una mujer, aparece con los brazos cruzados y la mirada endurecida por el frío y los años.