Soledad. La Maestra

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Summary

Amistad le prometió eternidad. Familia le ofreció refugio. Amor le juró completarlo. Todos fallaron. Cuando Soledad apareció por tercera vez, ya no venía a romperlo… sino a revelarle la verdad que nadie le había contado: aquello que buscaba fuera siempre estuvo esperándolo frente al espejo. Un relato corto íntimo y demoledor sobre las promesas que creemos eternas y la única relación que jamás puede abandonarnos.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Soledad. La Maestra (Relato corto)

1. La promesa

A la primera que conocí en mi vida fue a Amistad. Todo comenzó poco a poco: en el colegio, en el barrio, en el fútbol… Crecí creyendo que ella siempre estaría ahí, que pasara lo que pasara no se iría, porque así me lo había hecho sentir desde niño.

Con Amistad aprendí a confiar, a compartir risas, secretos y silencios. Creí que aquello bastaba para que fuese eterna.

Pero un día Soledad vino a visitarme por primera vez. Aquella primera toma de contacto fue terrible y traumática. No entendí por qué Amistad me había fallado, por qué ya no estaba cuando más la necesitaba.

Ella me había prometido una relación para toda la vida, basada en la comprensión, el apoyo y la lealtad… y yo le creí.


2. El refugio

Más adelante traté, con más razonamiento y conocimiento, con Familia. Con ella aprendí que el amor no siempre es perfecto, pero suele ser constante. Había días buenos y días difíciles, discusiones y silencios incómodos, pero casi siempre terminábamos encontrando la forma de volver a entendernos.

Familia era ese lugar al que regresar cuando todo fuera de casa fallaba, el sitio donde uno puede bajar la guardia, romperse un poco y ser recogido.

Pero entonces, una vez más, Soledad volvió a hacerme su segunda visita. Esta vez dolió distinto. Ya no era solo incomprensión, era desencanto.

Familia me falló en algo que yo creía inquebrantable: la protección. No porque no hubiera amor, sino porque entendí que incluso los refugios tienen grietas, y que a veces quienes más queremos no saben —o no pueden— cuidarnos como esperamos.

En ese momento no lo comprendí, pero aquella herida fue la primera que empezó a enseñarme que ningún vínculo externo es absoluto.


3. El deslumbramiento

El tiempo pasó y un día me crucé con Amor. No sabría explicar cómo ocurrió, solo sé que fue inmediato, como si todo cobrara sentido de golpe. Amor llegó con una intensidad que nunca había conocido, con la promesa de llenar todos los vacíos que Amistad y Familia habían dejado.

Nada ni nadie a mi alrededor existía; yo solo tenía ojos para Amor. El mundo se redujo a dos, y por primera vez sentí que no necesitaba nada más.

Durante un tiempo creí que aquello sí era distinto, que esta vez no podía romperse. Amor me hizo sentir elegido, imprescindible, completo. Me entregué sin reservas, convencido de que había encontrado algo que no podía fallar.

Pero el tiempo pasó y Soledad volvió a mí. Cuando la vi aparecer, no quise entender lo que significaba. Me resistí, luché, lloré. Sin embargo, incluso en medio del dolor, empecé a comprender que cada encuentro con Soledad, por duro que fuera, me obligaba a mirarme de frente.

Toqué fondo. Porque por tercera vez sufrí por algo que creía indestructible. Amor me prometió más que Amistad y Familia… y no fue así.

Y esta vez, la caída no solo dolió: me vació por dentro.


4. Etapas rotas

Con Amistad y Amor siempre tuve idas y venidas. Era como mantener dos relaciones tóxicas, llenas de encuentros y desencuentros constantes. Nunca se daba aquello que ambas prometían: eso de que iba a ser para siempre, para toda la vida.

Pasado el tiempo fui entendiendo que Amistad y Amor solo cumplían etapas de mi vida; sobre todo Amistad, siempre tan sobrevalorada y, a la vez, tan frágil.

Al igual que Amor, era difícil encontrar ese punto justo en el que una relación con cualquiera de ellas dejara de ser tan inestable y vulnerable.


5. La compañía

Meses después, Soledad volvió a visitarme. Ese día no la esperaba y no entendí por qué venía. Me dijo que era su momento y que quería que tuviéramos un tiempo para los dos.

En el transcurrir de los días, Soleada me acompañaba y, sinceramente, de una manera extraña, cada vez me sentía menos solo. Su presencia ya no dolía como antes.

Un día no pude callarme más y le pregunté:

—Oye, Soledad, ¿por qué viniste? ¿Por qué me acompañas ahora en cada momento y cada día?

Y ella me contestó:

—No estoy aquí para quedarme siempre contigo. Solo he estado preparándote para presentarte a alguien, y creo que ha llegado el momento.

Me quedé totalmente estupefacto. Soledad quería presentarme a alguien que me acompañara y la sustituyera. Era totalmente surrealista.


6. El espejo

Estando en mi habitación y frente al espejo, me dijo:

—Aquí estamos. Quiero que mires al espejo y conozcas a la persona que llevo tiempo deseando presentarte.

Yo no entendía nada. En el espejo solo estaba yo. Entonces le pregunté:

—Pero, Soledad, solo estoy yo reflejado en ese espejo.

Ella, tan clara como siempre, me dijo:

—Exacto. Es a ti mismo a quien llevo tiempo esperando presentarte. Ahora que ya me conoces a mí, es momento de que vayas de la mano contigo mismo. Ya te conoces; ya has vivido la alegría y la decepción.

—Yo siempre estaré, pero nuestra relación ya no volverá a ser traumática ni triste, porque ahora tú siempre estarás fuerte, apoyado y amado por ti mismo. Ya nada podrá destruirte.


7. La revelación

Lo de ese día fue como una revelación. Nunca se me habían abierto tanto los ojos, nunca había tenido tan claro lo que quería. Sentí una seguridad en mí mismo como jamás había sentido.

Y lo más importante: supe que Soledad no era la mala de la historia, sino la que forjaba mi autoestima, la que sanaba mis heridas y la que me acompañaba en mis lágrimas.

Desde ese día, ya nada ni nadie puede quebrantarme. Llorar se puede llorar, como también se puede reír, pero todo es un momento; luego la vida sigue.

Conócete a ti mismo/a, abraza a Soledad y comprende, que es parte del proceso hasta llegar a ti.