Cicatrices

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Summary

Jane vive bajo una identidad construida con precisión. Su vida es una coreografía de control diseñada para ocultar las cicatrices que nadie debe ver. Todo funciona a la perfección hasta que aparece Liam Davis: un enigma andante que empieza a observarla más de lo que debería. Ambos se verán envueltos en un juego donde la verdad es el arma más letal. ¿Será este el único peligro que deberá enfrentar? ¿O será que sus propios secretos son el verdadero peligro?

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 Silencios compartidos


El bar no estaba lleno, pero tampoco vacío. Estaba en ese punto intermedio donde nadie te observa lo suficiente como para juzgarte, ni tan poco como para sentirte sola de verdad.

El estar sentada en el extremo del bar, con mi codo apoyado en la cantina y un vaso de whisky en mi mano, me da suficiente visión para observar a todos a mi alrededor. No sé cuánto tiempo llevo tratando de discernir qué los hace vivir con tanta normalidad.

Antes de darme cuenta, encuentro mi vaso vacío y un blues lento, que parece arrastrarse igual que mi ánimo, suena en el fondo. No estoy triste, tampoco eufórica. Solo… cansada. De pensar, de controlar, de sostener.

Salí sin avisarles a mis amigas; a veces lo hago. A veces simplemente necesito silencio humano: gente alrededor que no pide nada de mí.

—¿Siempre bebes eso sola o hoy es una excepción?

La voz gruesa que me saca de mis pensamientos logra sonar menos invasiva de lo que podría esperar en mi situación. Giro ligeramente la cabeza para observar el origen y lo encuentro sentado a mi lado, a una distancia correcta. Ni demasiado cerca, ni lejos. Camisa oscura, mangas arremangadas; una presencia que no reclamaba atención, pero la sostiene.

—Siempre —respondo, girando mi cuerpo en dirección a la barra—. Lo de sola es lo negociable.

Él sonrió apenas, mas no fue una sonrisa coqueta; pareció más una de reconocimiento.

—Entonces hoy no estás negociando.

—Hoy no tengo energía para fingir que sí.

Pido otro whisky con un gesto breve hacia el bartender, mientras el silencio se presenta momentáneamente entre ambos, cuando él pide exactamente lo mismo que yo.

—Pareces alguien que corre mucho —dijo él al fin.

Sin pensarlo, solté una risa corta, incrédula.

—¿Así, sin más?

—Sé reconocer a los corredores, ¿sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque siempre buscan avanzar, incluso cuando creen estar quietos —dijo, su voz tranquila contrastando con el bullicio del bar—. Corren de algo, hacia algo, o simplemente por costumbre. Puedo apostar que tú… corres por las tres.

Un escalofrío me recorrió. No era solo un comentario casual; había algo en la manera en que me observaba, en cómo elegía sus palabras, que me hacía sentir desnuda frente a él sin siquiera conocerlo.

—Bueno —respondí, bajando la mirada al vaso ahora lleno—, tal vez corro demasiado, pero es la única forma que conozco de no quedarme atrás.

Él asintió, casi como aprobando la confesión, y por un instante, el ruido del bar desapareció entre nosotros. Esta vez sí lo miré. Sus ojos eran claros, atentos, pero no escarbaban. Observaban como quien sabe cuándo detenerse.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿También eres corredor o solo reclutador?

—Ambas —admitió—. Pero hoy decidí dejar de correr y no tengo intención de reclutar a nadie esta noche.

Le di un sorbo a mi vaso y el alcohol calentó mi pecho, haciéndome cosquillear la lengua.

—No pareces del tipo que deja de correr sin motivo.

—No lo soy. Pero tampoco soy del tipo que explica sus motivos a la primera.

—Bien —asentí con extraña comodidad—. Me aburren las confesiones rápidas.

Sentía su mirada sobre mí, pero no era incómoda; tampoco sentí que fuera lujuriosa, realmente era una mirada que no había sentido jamás. Pero… ¿qué era?

—...Jane —dije antes de poder detenerme.

—Adrian —dijo él—. Sin apellidos, esta noche.

Silencios que no son incómodos suelen ser difíciles de encontrar. Estaba a punto de dar por concluida la conversación y salir del bar, cuando la televisión colgada en la esquina del local captó mi atención. Un noticiero con imágenes borrosas mostraba una escena de un crimen: luces de patrullas, cintas amarillas, un cuerpo cubierto por una sábana.

—Homicidio en el centro —dijo el locutor—. Se investiga un posible crimen pasional, pero las autoridades aún no descartan otras hipótesis.

Mi mirada se pegó a la pantalla. No pude evitar un pequeño comentario, casi automático:

—Siempre me sorprende lo rápido que alguien puede pasar de la vida a la muerte… y lo que deja atrás.

Él giró levemente la cabeza hacia mí. Su expresión era curiosa, sin ser intrusiva.

—¿Crimen pasional? —repitió con calma—. Me pregunto si realmente es tan simple como lo pintan. La pasión es un detonante, sí, pero casi nunca explica todo.

Sin pensarlo, asentí. Algo en su tono y en la manera en que miraba la pantalla me hizo sentir que podía compartir un pensamiento más profundo.

—Exacto. La pasión solo hace evidente lo que ya estaba ahí: rencor, miedo, desesperación… y a veces ni siquiera eso, solo oportunidad y suerte.

Él sonrió con ligereza.

—Entonces tú no comprarías la versión oficial —comentó, encogiéndose de hombros—. Yo tampoco. Siempre busco la historia detrás de la historia.

—Yo también —dije, sintiendo cómo mis dedos jugaban con el borde del vaso—. Lo que ves, lo que reportan… raramente es lo que pasó realmente. Siempre hay detalles que faltan, motivos que se ocultan, personas que mienten sin que nadie las descubra.

El noticiero continuaba de fondo, pero era solo un murmullo. Lo miré de reojo y él me devolvió la mirada; y por primera vez desde que llegué, sentí que había encontrado a alguien que veía el mundo de la misma forma que yo.

—Te ves… analítica —dijo finalmente, sin dejar de mirarme.

—Y tú… observador —le respondí, un pequeño desafío en mi tono.

No era coqueteo; a pesar de lo íntimo que se sentía, había una chispa de entendimiento mutuo, un reconocimiento silencioso de que los dos pensábamos más allá de lo evidente.

El bartender dejó un nuevo vaso frente a mí, derramando una gota de la bebida en mi mano. A lo cual Adrian empujó una servilleta hacia mi vaso, sin tocarme.

—Bebe agua entre uno y otro —dijo—. No porque estés mal, sino porque aún existe un mañana.

Arqueé una ceja, sorprendida.

—¿Siempre cuidas así de gente que no conoces?

—Solo de las que parecen no querer ser cuidadas.

—¿Sean buenas o malas? —pregunté de pronto.

Adrian no se sorprendió.

—No existe algo como bueno y malo —respondió mirándome a los ojos con firmeza—. Solo existen escalas de grises. Diría que depende de cuántas tonalidades tienes para saber si quiero cuidarte o no.

—¿Y si te dijera que no soy una buena persona, y que mis escalas de grises cada vez van más hacia el negro?

—Las buenas personas no suelen decir que lo son. Así que tendría que analizar la escala a detalle.

Sonreí apenas. Por primera vez en la noche. Mi curiosidad hacia él crecía, y al mismo tiempo implicaba peligro para mí.

—¿Y tú qué eres?, ¿bueno, malo o un arcoíris desabrido?

Él tardó en responder; sin embargo, sostenía una leve sonrisa.

—Alguien que ya vio cómo el sistema falla… y aun así sigue mirándolo de frente.

Algo en mi estómago se retorció. Pudieron ser nervios o quizá mucho alcohol.

—Eso suena a alguien que se va a decepcionar —dije.

—O a alguien que ya lo hizo.

Nuestras miradas se sostuvieron más de lo necesario. No había prisa. Tampoco promesa.

—No suelo hablar así con desconocidos —dije finalmente.

—Yo tampoco —respondió él—. Por eso… no creo que debamos hacerlo costumbre.

Asentí con lentitud.

—No.

Levanté la mano para pedir mi cuenta, y sin perder el tiempo, pagué. Me levanté con cuidado de la silla y miré al apuesto desconocido que había logrado que mi soledad fuera más amena. Su mirada fue intensa, y se la devolví sin arrepentimientos.

Si yo fuera una persona normal, como todas en este bar, si tuviese esa chispa, quizá esto hubiese terminado en risas, besos y una noche alocada. Pero la normalidad para mí es un lujo que implica control. Y ahorita no lo tengo del todo.

Así que le dedico una última sonrisa al caballero frente a mí antes de dar media vuelta.

—Buenas noches, Adrian —es lo último que sale de mi boca esa larga noche.

—Buenas noches, Jane.

Salgo y siento el aire frío y el corazón extraño. No pasó nada, y aun así siento que pasó todo.