Capítulo 1
Ahora ya no temía a las batas blancas. Después de tantos informes y mediciones, entendí lo que había ocurrido en el Meilodón. Todo empezó cuando escuché aquel sonido entre las dunas que me erizó la piel. Era el eco de un módulo perdido hacía años, repetido por una avecilla de plumaje color ámbar que me observaba sin moverse. La llamé “Terca”; nunca llegó a obedecer nada que yo dijera. Con el tiempo descubrí que no imitaba por simple curiosidad: estaba respondiendo a algo oculto bajo el cristal del valle. Dralen, con su obsesión por controlarla, decidió capturar a varias de ellas. Las obligó a repetir tonos que no comprendíamos; las dunas cambiaron de color como si hubieran despertado sobresaltadas. Grietas luminosas se abrieron y sentí que respiraba con dificultad. Liberé a las aves antes de que todo se quebrara. Terca emitió un canto nuevo, más suave que cualquiera de sus imitaciones. El temblor del suelo cedió y las demás siguieron su ritmo. Por un instante, el valle entero pareció escuchar.
Desde entonces, cuando Terca me visita e intenta imitar mi risa, sé que algo en este planeta decidió confiar en nosotros.