El Club de los protagonistas

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Summary

Desperté siendo Lord Malakor, el Señor del Terror. Mi plan era simple: dejar que Finn, el chico más cobarde de mi club de lectura, me matara para que todos pudiéramos volver a casa.

Genre
Fantasy
Author
Sauded
Status
Complete
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
16+

PROLOGO.

El dolor de cuello fue lo primero. Un pinchazo agudo en la cervical, cortesía de estar durmiendo sobre... ¿huesos?

Abrí los ojos de golpe. No estaba en mi colchón de mi departamento. Estaba sentado en una silla monstruosamente incómoda hecha de huesos y cráneos, iluminada por antorchas que escupían un fuego verde enfermizo.

—¡Alabada sea la oscuridad! ¡Oh, Terrible y Despiadado Lord Malakor, habéis despertado de vuestro letargo milenario!

Di un respingo que me hizo crujir hasta el alma. Delante de mí había una mole de dos metros de músculos verdes, colmillos que desafiaban cualquier ortodoncia y una armadura llena de pinchos oxidados.

—¿Qué... qué le pusieron al café? —balbuceé, llevándome una mano a la frente. Chocó contra un casco de hierro que pesaba como un yunque—. Ay.

—¿Café, mi Amo? ¿Acaso es una nueva tortura para los prisioneros? —El monstruo se arrodilló, haciendo temblar el suelo de obsidiana.

—¿Tortura? ¿Qué? ¡No! —Nada tenía sentido—. ¿Quién eres tú?

—Soy Karg, vuestro humilde lugarteniente. ¿Os encontráis bien, Señor del Terror?

—¿Señor del qué? Oye, amigo, creo que te has equivocado. Yo soy Sean. Ayer era martes, estaba en mi club de lectura escuchando a Tom arruinar el final de un libro y... ¿por qué llevo guantes con garras?

Karg parpadeó. Sus diminutos ojos rojos reflejaron confusión.

—Oh, la letargia dimensional ha nublado vuestra infinita maldad. Permitidme refrescar vuestra oscura memoria, mi Lord. Sois Malakor, el Destructor de la Esperanza, el Auditor del Dolor...

—El Auditor del Dolor suena a un puesto medio en recursos humanos.

—¡Y el Soberano del Castillo de Sangre! —continuó Karg—. Habéis despertado justo a tiempo. ¡La Profecía se ha puesto en marcha!

—¿Qué profecía? —Me froté las sienes. El metal del guante rechinó contra mi casco, dándome acidez de estómago.

—¡La que dicta que bañaréis este mundo en fuego y desesperación hasta que el Héroe Elegido cruce el continente, invada vuestra fortaleza y os atraviese el corazón con la sagrada Espada del Alba!

Me quedé mirándolo. Paralizado, helado. Silencio absoluto en la inmensa y lúgubre sala del trono.

—Espera, espera, espera —dije, levantando una mano—. ¿Me estás diciendo que mi propósito en la vida, mi “destino”, es sentarme en esta silla atroz a esperar que un tipo venga a asesinarme?

—¡Es un honor oscuro, mi Lord! —Karg sonrió, henchido de orgullo—. De hecho, el Héroe y su patético grupo ya han comenzado su viaje. Traje el Orbe de Visión para que os deleitéis con la inminente miseria de esos gusanos.

El orco hizo un gesto y dos goblins encorvados arrastraron un pesado pedestal coronado por una inmensa bola de cristal brillante.

—A ver, quita eso, seguro me echaron burundanga en el café... —murmuré, inclinándome hacia la esfera.

La niebla dentro del cristal se disipó y mostró la terraza de una taberna medieval de mala muerte. Y entonces, mi corazón dejó de latir por un segundo.

Ahí estaban.

En el centro de la imagen, un chico rubio con una armadura que le quedaba tres tallas grande estaba subido a una mesa, chillando aterrado mientras intentaba espantar a una araña que colgaba con una espada que brillaba con luz.

—¿Ese es... Finn? —Murmuré, incrédulo.

La imagen se movió. Mostró a una chica con orejas puntiagudas robándole descaradamente las jarras de cerveza y las monedas a unos campesinos desmayados. Liv. Ni siquiera en una alucinación medieval dejaba de ser cleptómana.

Más allá, un tipo con una túnica le estaba explicando a la camarera a gritos por qué la física de la magia de fuego estaba mal planteada desde un punto de vista fisico. Tom.

Y finalmente, la cámara mágica enfocó a una chica apartada en una esquina. Llevaba el vestido de seda rosa más cursi, aparatoso y ridículo que había visto en mi vida. Tenía los brazos cruzados, una expresión de obstinación absoluta en el rostro y estaba destrozando un posavasos de corcho en pedacitos con una uña pintada de negro.

—Ruth... —El nombre se me escapó de los labios.

—¡Ah! ¡La Princesa Elara! —bramó Karg, golpeándose el pecho—. La damisela que debéis secuestrar para detonar la furia del Héroe, Oh Gran Malakor.

¿¡Yo la iba a detonar?!

Que bien.

Miré a mis amigos en la bola de cristal. Recordé el maldito y extraño libro antiguo que Tom había llevado al club de lectura, y el extraño humo verde que salió de sus páginas justo antes de que todos cayéramos al suelo.

El rompecabezas hizo “clic” en mi cerebro, y la conclusión me dio ganas de llorar.

Estábamos dentro del maldito libro. Ellos eran los protagonistas. Y yo era el jefe final que tenía que morir para que la historia terminara y pudiéramos volver a casa.

Suspiré.

—Karg.

—¿Sí, mi Amo?

—Búscame los planos de este castillo y un manual de cómo desactivar las trampas, por favor.

—¿Para que el Héroe se confíe y muera lentamente en una agonía lenta, mi Lord?

¿Pero qué le pasa por la cabeza a este enfermo mental?

Si esta es la historia, y tiene el mismo final, entonces fin me tiene que matar para darle fin y volver a casa.