Una Melodía Roja y Azul

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Summary

Giovanna, guitarrista de MalaVentura, ha renunciado al amor tras una serie de relaciones que la dejaron marcada. Su nueva vida en la capital es simple: sus perros, su música y su independencia. Un comentario mordaz en una librería la enfrenta a Lev Durov, un enigmático escritor ruso con una visión cínica del amor. El choque entre ellos es inmediato, afilado, imposible de ignorar. Mientras el pasado de Giovanna la acecha y los demonios de Lev resurgen, ambos se ven atrapados en un juego de atracción y resistencia donde el fuego podría acabar incendiándolo todo.

Status
Ongoing
Chapters
68
Rating
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18+
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Capítulo 1 - Gigi

Cinco ladridos emocionados anuncian mi llegada.

Ni siquiera he terminado de abrir el enorme portón de hierro cuando mis perros ya están saltando para saludarme, sus patas arañan la grava con impaciencia.

—¡Chispita! ¡No brinques así! —exclamo mientras atrapo en brazos a la pequeña chihuahua canela que ha sido mi compañera por años. Su diminuto cuerpo tiembla de emoción, sus orejitas puntiagudas se mueven como antenas parabólicas—. ¡Lastimarás tus patitas, cariño!

La perrita me lame la barbilla con devoción antes de soltar un agudo ladrido. La abrazo un poco más fuerte.

El siguiente en reclamar su dosis de atención es un enorme pitbull negro. Sus poderosas patas se apoyan en mi cadera mientras su hocico húmedo se frota contra mi. Sus ojos, de un azul helado, me observan con una mezcla de ternura y urgencia.

—Kaos, sólo he salido quince minutos, no exageres —le reprocho con suavidad, deslizando los dedos entre su pelaje corto y brillante.

Pero Kaos es así. Un peluche musculoso con cara de pocos amigos, aunque lleno de amor y mimos. Su pasado no es bonito: lo usaban para peleas. No tiene demasiadas cicatrices, lo que me hace pensar que sus contrincantes no pueden decir lo mismo.

A su lado, Rufus —un mestizo marrón de pelaje espeso— salta de un lado a otro como si su vida dependiera de ello. Es mi fiel escolta en el camino hacia la puerta principal, y tras él vienen sus pequeñas sombras, Frida y Muffin, un par de mestizas blancas que parecen copias en miniatura, imitando cada uno de sus movimientos.

Cuando finalmente abro la puerta y dejo a Chispita en el suelo, la manada entra corriendo como si fueran caballos desbocados. Su alegría resuena en cada rincón de la casa, la llenan de vida.

Y entonces me detengo a mirar mi nuevo hogar.

Se siente bien.

Las gruesas paredes de cantera gris y el portón de hierro imponente le dan una esencia rústica, firme, casi como una fortaleza. Esta casa es un reflejo de lo que soy: fuerte, nostálgica y acogedora… pero con una ligera melancolía que se filtra hasta la fachada, por mucho que intente esconderla.

Lo mejor de todo es que yo la compré.

No se la debo a nadie más que a mi esfuerzo, a mis admiradores y a mi trabajo duro. Es una victoria pequeña, pero mía.

Y, sin embargo… no puedo evitar ese pinchazo de envidia cuando pienso en mis amigas. En cómo han encontrado a alguien que —sin que lo necesiten— las apoya y las consiente.

Mi realidad es otra. Aquí estamos mis perros y yo, contra el mundo. Y lo estamos haciendo bien.

Cierro la puerta tras de mí y me giro para observar el interior. La decoración mantiene ese mismo aire rústico: sofás de piel oscura, vinilos cuidadosamente acomodados en un estante de madera y fotografías en blanco y negro adornando las paredes. La chimenea en la esquina de la sala añade un toque de calidez, como si intentara convencerme de que realmente este es mi refugio.

Quizás sí lo sea.

—Hogar, dulce hogar —murmuro en voz baja, exhalando un suspiro pesado.

Sé que no he sido completamente sincera con los chicos de MalaVentura ni con Gray. Les dije que mi mudanza a la Ciudad de México era temporal, que solo necesitaba un respiro… pero la verdad es que quiero establecerme aquí.

No es que no los ame. Es que los amo demasiado. Y no quiero que mi tristeza opaque su felicidad. Porque mientras ellos están consiguiendo todo lo que soñaron, yo solo puedo observarlos desde lejos y preguntarme qué hice mal.

Y, bueno, la verdad es que hice muchas cosas mal.

La envidia es un sentimiento horrible, lo sé. Y precisamente por eso prefiero alejarme, mantener la distancia antes de que se me escape algún comentario amargo o antes de que mi propio reflejo en el espejo termine por asquearme.

Porque yo sé que no soy el «material perfecto» para novia.

Los hombres no buscan a una mujer de treinta y ocho años, divorciada, y con un historial amoroso más largo que el de la mayoría de ellos.

Me resigné.

Y cuando lo hice, todo fue más fácil. Dejé de preguntarme «¿qué hubiera pasado si…?» y simplemente seguí adelante.

La vibración en el bolsillo trasero de mi pantalón me saca de mis pensamientos. Mi celular.

Al desbloquearlo, veo que el grupo de chicas está activo. Reviso algunos mensajes y, por primera vez en todo el día, sonrío por algo que no sean mis perros.

Hoy es el lanzamiento del último libro de Aura Reyes, la esposa de nada más y nada menos que Eric Dogre, el vocalista de MalaVentura, mi banda y quien fue mi amor platónico por más tiempo del que me gustaría admitir.

En esta ocasión, él tiene un cuento en la antología que ha publicado su esposa, y los libros ya se están agotando en todas las librerías.

Claro que podría conseguir un ejemplar autografiado por ambos sin esfuerzo, pero el objetivo es aumentar las ventas y, además, darme la pequeña satisfacción de comprarlo yo misma en una librería.

En cuanto reviso el chat grupal, confirmo que no soy la única emocionada.

Gigi: Ahora mismo iré por mi copia, no me importa que tenga que recorrer toda la ciudad para conseguirla.

Aura: Gracias, Gigi, en serio. Si se te complica, puedo enviarte uno.

Gigi: No, de eso nada. Yo iré a comprar el mío y presumiré a todos que conozco a la autora… y al colado del libro.

Bere: Jajajajaja, Eric es un colado.

Suelto una risita mientras guardo el celular en el bolsillo trasero de mi pantalón. Luego me apresuro a la cocina para servir la comida de mis chiquillos antes de salir.

La cocina es otra obra de arte rústica, con alacenas de madera caoba y una imponente barra de mármol negro al centro, que refleja la luz de los ventanales como un espejo de piedra. En el otro extremo, el enorme refrigerador de acero resuena con un leve zumbido, un recordatorio de la paz que, por primera vez en mucho tiempo, me permito disfrutar.

Calma y tranquilidad. También mucha soledad.

Abro los contenedores de alimento y sirvo con precisión a cada uno de mis perros en su correspondiente plato. Ellos esperan obedientes, con las colas meneándose en un vaivén ansioso.

Los amo con todo mi corazón.

Son nobles, leales… y mi familia. Pero también sé que son animales, y que en cualquier momento el instinto puede ganar. Así que me mantengo atenta mientras devoran su comida. Cuando finalmente dejan los platos limpios, me agacho y acaricio a cada uno como despedida.

—Pórtense bien, chiquillos. No hagan desastres, ¿eh?

Chispita parpadea con inocencia, Kaos ladea la cabeza con fingida confusión y Rufus, Frida y Muffin simplemente me observan con esa expresión que me hace sospechar que planean algo.

Con una última sonrisa, salgo a toda prisa, pero esta vez tomo mi bicicleta para dirigirme a la librería más cercana.

Si no encuentro el libro ahí, tendré que alejarme mucho más y la ciudad es enorme; las posibilidades son infinitas.

El viento fresco me golpea el rostro mientras pedaleo y una sensación de libertad recorre mi cuerpo como un escalofrío. No hay una audiencia esperando que actúe. No hay un hombre a mi lado prometiendo lo que nunca querrá cumplir.

Solo estoy yo. Mis perros esperándome en casa y esta ciudad que aún estoy aprendiendo a hacer mía.

Las calles empedradas vibran con historia bajo mis ruedas. Las casas, con sus paredes gruesas y balcones cubiertos de bugambilias, parecen testigos silenciosos de todas las vidas que han pasado por aquí, tantas como las mías.

Respiro hondo, dejando que el aroma del pan recién horneado y el café de alguna terraza cercana me llene el pecho.

Cruzo un parque donde los artistas han montado sus caballetes. Siempre he creído que la vida es como una de sus pinturas: trazos desordenados que solo tienen sentido cuando tomas distancia. Tal vez eso es lo que estoy haciendo ahora: alejándome lo suficiente para entender en qué punto de mi vida estoy.

Sólo debo avanzar unas calles más para encontrar la librería.

Cuando llego, me detengo frente a la fachada, respiro hondo y aseguro la bicicleta con su respectiva cadena y candado. Luego subo los escalones que conducen a la entrada principal, lista para cumplir mi misión.

Ya había visto la librería por fuera, pero al entrar, enmudezco.

Es enorme, de dos niveles, con paredes completamente tapizadas de libros, como si el conocimiento y la fantasía estuvieran a punto de desbordarse. El olor a papel, tinta y madera barnizada se mezcla con el aroma del café que proviene de un pequeño rincón en la planta baja.

Aura sería feliz aquí.

Yo igual, la verdad.

No soy escritora, pero me encanta leer novelas de romance donde el poder del amor logra lo imposible: cambia al cabrón más hijo de la chingada y mujeriego, y lo hace arrodillarse ante la protagonista que, dicho sea de paso, hace todo mal, pero por algún motivo todo le sale bien. Ese es mi tipo de lectura y me enorgullezco.

No sé por qué me tomó un mes venir aquí. Quizá porque adaptarme a esta ciudad ha sido difícil, porque al desempacar me sorprendí llorando todos los días…

Porque Henrik no me respondía los mensajes.

Al principio, la indiferencia dolió como un golpe en el estómago. Ahora, solo queda un ardor sordo en algún rincón de mi pecho, como una herida que no termina de cerrar.

Henrik, el otro guitarrista de MalaVentura. Fundador, líder, mi amigo. Está furioso conmigo por marcharme a medio país de distancia, pero no lo entendería. Él tiene a Milo. Son felices. Superaron todo para defender su amor, derribaron obstáculos que parecían imposibles.

Henrik no puede comprender lo que se siente creer, una y otra vez, que esta vez sí… que por fin será diferente… solo para descubrir que no, que todo era una mentira.

Mi ex esposo me engañó.

Mi prometido me golpeó.

Mis amores significativos… uno está muerto, el otro encontró a la mujer de su vida.

Mi antiguo amor platónico, Eric Dogre, está felizmente casado. Apenas asistí a la renovación de sus votos y fue la ceremonia más hermosa que he visto en mi vida.

«Resignación, Gigi», me repito en silencio mientras mis dedos se deslizan sobre los lomos de los libros, recorriendo títulos al azar.

Cuando encuentro algunos de Aura, sonrío. Ya tiene nuevas ediciones. Las portadas son preciosas, mucho más elaboradas que las primeras. Me enorgullece verla crecer.

Estoy a punto de preguntar a la vendedora dónde se encuentra su último libro cuando lo veo.

Está en el centro de la librería, sobre una mesa exclusiva.

Han armado una pirámide con los ejemplares, aunque ya está medio destruida porque se están agotando a toda velocidad.

En los cuatro pasos que me toma llegar hasta la mesa, dos chicas toman sus copias y se alejan rápidamente. Agarro el mío con cuidado, casi con recelo y contemplo la portada; mi sonrisa se ensancha.

Me pregunto si Aura alguna vez creyó que llegaría tan lejos. Creo que no, pero lo merece. Cada éxito, cada logro.

Su serie de televisión se estrenará en unos meses y, cuando eso suceda, sabemos que el éxito de Aura será arrollador.

Eric la apoya incondicionalmente. Es, sin duda, su más grande admirador. Atesora el suelo por donde ella camina y verla a través de sus ojos es un recordatorio de que el amor existe, pero no es para todos y está bien. También se puede andar sola por la vida y ser feliz.

Unos aplausos en la segunda planta capturan mi atención. El sonido retumba como una ola repentina. Es como si una puerta se hubiera abierto y los vítores se hubieran derramado a través de ella. Probablemente acaba de terminar la presentación de un libro.

Aura vendrá en unas semanas a una firma de libros. Espero poder verla, abrazarla y pedirle su autógrafo.

Camino entre los pasillos, hojeando libros y eligiendo más de esa literatura que, aunque irreal, al menos me hace sonreír más que cualquier jodido hombre mentiroso.

Cuando tengo suficiente material para entretenerme durante un mes, me encamino hacia la caja registradora y me formo al final de la fila, esperando mi turno.

Mi celular no para de vibrar con los cientos de mensajes que deben estar compartiendo las chicas.

Antes, cuando vivíamos en la misma ciudad, casi ni ponía atención al teléfono. No lo necesitaba. Ellas siempre estaban cerca, a solo una llamada de distancia. Ahora, sin embargo, no puedo dejar de revisarlo, como si esos mensajes fueran un hilo invisible que todavía me mantiene conectada a ellas.

Las extraño.

Extraño salir a tomarme un cóctel, bailar, cenar, reírnos hasta que nos duela el estómago. Pensé que sería fácil hacerlo sola, que simplemente bastaba con decidirlo y ya… pero resulta que no soy tan buena en eso.

Tendré que aprender.

Además, pronto volveré a verlas. Cuando regrese a grabar el álbum con los chicos, todo será como antes… al menos en parte. He trabajado en algunas letras. Eric «dijo» que esta vez nos dejaría tener más participación en las composiciones. Lo dudo un poco.

No me quejo. Nunca se ha adueñado de las regalías. Siempre hemos dividido todo a partes iguales, pero la idea de ser parte real del proceso creativo me gusta.

Pensar en Eric hace que mi mirada vuelva a la portada del libro, donde su nombre brilla al lado del de Aura. Algo me dice que ella insistió en que ambos tuvieran el mismo tamaño y posición como autores. Aura es así, generosa, siempre compartiendo el crédito. O quizás fue cosa de la editorial, intentando aprovechar el peso del nombre de Eric.

Él es todo un personaje.

Miro la portada con más atención. Una calavera en un fondo negro. Oscura, elegante y muy al estilo de la pareja.

Levanto la tapa y en la primera solapa encuentro la foto de Aura. Luce preciosa, como siempre, con una breve biografía literaria al lado.

Paso las páginas hasta el final y ahí está Eric. Su imagen en la última solapa me hace resoplar. Verse bien es poco. El hombre es perfecto en demasiados sentidos y me ha arruinado la vida sin saberlo. Ha subido mis estándares a un nivel que creo que nadie jamás alcanzará.

Aura atrapó al único en su especie, a las demás nos queda soñar.

Y suspirar. Mucho.

Yo, por ejemplo, suspiro un montón mientras cierro el libro y lo coloco en la mesa cuando finalmente llego con la vendedora.

—Buenas tardes —saludo, pero no obtengo respuesta.

La vendedora no me ve. Se ha quedado estupefacta, mirando algo por encima de mi hombro.

Estoy por girarme cuando una voz masculina, profundamente ronca y con un acento peculiar, suelta con desdén:

—Siempre es buen marketing poner una cara bonita en la solapa.

¿Perdón? ¿Me lo imaginé?

Sorprenderme es poco.

¿Se refiere al libro de Aura? ¿Lo ha dicho por Eric?

Me giro lentamente, pero sujeto de nuevo el libro. Podría necesitarlo para decapitar a alguien de un «librazo».

Entonces lo veo y lo primero que pienso es que no es guapo en el sentido clásico. No tiene la belleza pulida de los hombres que saben que son atractivos y juegan con ello.

No. Hay algo más crudo en él. Algo que no intenta agradar y que, quizá por eso mismo, resulta imposible ignorarlo.

El traje sastre que lleva es impecable. Hecho a la medida. Ajustado en los hombros y el torso con una precisión quirúrgica, de esa que solo alguien con dinero y buen gusto puede permitirse.

Pero no es el traje lo que me hace detenerme.

Es el tatuaje en su cuello. Un trazo oscuro que asoma bajo el borde de su camisa. Apenas un fragmento de algo más grande, algo escondido.

Y de inmediato lo sé. No es el único tatuaje que debe decorar su piel.

Y luego, sus ojos fríos y afilados de un azul tan profundo que parecen capaces de diseccionar a cualquiera con una sola mirada.

Ese hielo en su mirada contrasta con la sombra oscura que enmarca su mandíbula. La barba bien recortada, lo suficiente para darle un aire más áspero, más peligroso, pero sin caer en el descuido. No es un hombre que se deja llevar por el caos, sino uno que lo controla a su manera.

Su cabello castaño está apenas despeinado, lo justo para parecer que no le importa demasiado su apariencia y, al mismo tiempo, lo suficiente para que le quede condenadamente bien.

Es el tipo de hombre que altera el aire de una habitación con solo estar ahí. Refinado, pero con un filo peligroso en los bordes.

Como un cuchillo envuelto en terciopelo.

Y, sin embargo, ahí estoy yo, mirándolo como una idiota porque me encantan las «red flags» con patas.

¿Bordes afilados? Me apunto, ¡no!

«¡Reacciona, Giovanna del sagrado corazón de Jesús!», me grito mentalmente.

—¿Disculpa? ¿Lo dices por este libro? —consigo articular, aunque tarde.

Me avergüenza un poco haber caído en la trampa de su físico. Y él lo nota.

Lo sabe.

Y lo confirma con esa sonrisa confiada, la clase de sonrisa que solo tienen los hombres que han visto a demasiadas personas perder la compostura frente a ellos.

—Apuesta segura cuando la prosa no es suficiente —continúa, con la calma de quien disfruta provocando.

Para enfatizar su punto, toma el libro de mis manos sin permiso. Lo abre al azar, sin mirarlo demasiado, como si cualquier página sirviera para probar su argumento.

»Aunque, claro, no es como si los lectores de este tipo de libros vinieran buscando literatura —prosigue, con su tono de absoluta superioridad—. Solo necesitan algo que combine con su café para la foto…

Y sencillamente me hace explotar de ira.

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