CAPÍTULO 05
El siguiente capítulo contiene descripciones detalladas de violencia física y sexual. Estos elementos se presentan en un contexto narrativo y no deben interpretarse como una representación de la realidad cotidiana. Los temas tratados buscan profundizar en la complejidad emocional y psicológica de los personajos, sin intención de promover ni glorificar el daño. Se recomienda a los lectores considerar su bienestar emocional antes de continuar. La lectura se realiza bajo su propia responsabilidad.
Cómo rozaba el glande provocó un espasmo debido al dolor. Quizás parecía exagerado, pero dolía. Dolía más que si simplemente entrara de golpe. Pero no…tenía que entrar lentamente, demasiado lento. Era insoportable sentir cómo lo abría de a poco; de esa manera, cada centímetro, cada pliegue de piel y hasta las venas palpitar fueron memorizadas por su orificio. Lo envolvía tan…jodidamente bien. Y eso era justo lo que más odiaba.
Elevó su cabeza junto a su cadera al ser penetrado en un vaivén constante, sus piernas temblaron por la intensidad. Cuando una de sus manos fue tomada por el alfa. La guió hacia su musculoso pecho, acorralándola entre esa gran mano. Sus dedos rozaron los músculos rígidos, perfectamente definidos al descender hasta esos firmes abdominales.
Esa piel tersa y pálida, cubierta de sudor, irradiaba un calor intenso, abrasador. El contacto contra la palma resultaba embriagador; lo increíble era su cuerpo bien definido. Además de ser fuerte y varonil, era sorprendentemente suave.
Sin poder enfocar bien su visión, desorientado. Miró su propia mano, guiada sobre ese cuerpo, la diferencia entre ambas era muy notoria. El intenso brillo de esos ojos azules, fijos en él, lo devoraban con lujuria. Sentirse así de observado lo puso tan nervioso, provocando un estremecimiento ¿Por esa mirada o ese pene que lo embestía?
Su jodida expresión, cuando el pene se profundizaba, parecía excitarlo aún más. Sin dejar de embestir, aumentó la intensidad con la que lo embestía, sacudiendo su frágil cuerpo con brutalidad.
Los suaves gemidos atrapados en su garganta, ahogados en parte por las costuras, tuvieron un sonido inesperadamente hermoso, algo que jamás pensó disfrutar.
—Podría acostumbrarme a escucharte de esta manera todo el tiempo —comentó, alzando una ceja, mostró una expresión de duda al bajar la mirada—. A diferencia de antes, ahora entra sin esfuerzo; ya no es necesario forzarlo.
Bajó la mano, acariciando el orificio hinchado del omega.
—Tu morboso agujero ya me traga tan bien; es como si fuera parte de ti ahora. ¿Es porque te gusta estar pegado a mí, no? —dejó escapar una carcajada—. Dicho así suena estúpido, pero no lo es... porque aquí —rozó su dedo con descaro—. Ya se acostumbró a ser abierto. Si tan solo hubieras podido sentir cómo apretabas mis dedos cuando los mantenía, lo entenderías... y dejarías de negarlo.
Se inclinó, posando ambas manos a los lados de la cabeza contraria, acercándose hasta quedar peligrosamente casi rozando sus labios a los contrarios.
—No mentía esa noche. Aún me pregunto cuántos más entraron antes que yo, cuántos fueron los que escucharon tus gemidos y... —se deleitaba viendo esos gestos perdidos en su irreal belleza, al embestir— ...cuántos fueron los afortunados de ver esas hermosas expresiones.
«P-para mi mala suerte…¡solo hay un idiota!». Sollozo tras lo dicho, la impotencia presionó su pecho de solo pensarlo. Un pujido adolorido tras la bofetada en su mejilla, seguida rápidamente de otra. Sin razón aparente, los golpes continuaron deteniéndose hasta ser sujetado firmemente de las caderas, dándole vuelta hasta dejar su mejilla contra el colchón.
Se aferraba a las sábanas, apretando en puños sus lastimadas manitas. Las penetraciones sacudían su cuerpo al ritmo del intenso sonido de pieles al chocar, siendo una intensidad tan brutal que la cama se movió, acompañando los gemidos ahogados. Las feromonas del alfa lo estaban enloqueciendo; sus ojos se volvieron hacia atrás, y un estremecimiento le recorrió al sentirlo tan profundo, tocando esa maldita zona sensible que lo consumía por completo.
Al intentar hablar, las costuras en sus labios se lo impedían, a veces incluso las olvidaba y ardía al lastimarse. En medio de su desespero un gruñido de su estómago pasó desapercibido entre el constante choque de pieles; empezando a sentir mucha hambre. Estaba casi seguro de que no le darían comida hasta que le quitaran las costuras, pero ¿por cuántos malditos días tendría que soportarlas?
—¿Estás seguro de que este omega es fértil? —el doctor miró el computador, asintiendo muy convencido de los resultados, no fallaban.
—Sí, los resultados son concluyentes.
—Pero, a este paso ya tendría síntomas. Lo he anudado... —hizo una pausa de solo recordar cuantas veces. Frustrado suspiró apretando el puño con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos—. He anudado a ese omega más veces de las que he anudado a cualquiera en toda mi vida.
—¿No ha considerado que tal vez esté rechazando sus nudos?
—Lo he hecho y de solo pensarlo me molesta—gruñó molesto, golpeando el escritorio frente a él.
Se cruzó de brazos dejando su espalda descansar contra la silla. Su mirada se fijó en un punto mientras trataba de calmar la creciente tensión en su pecho. Suspiró, expulsando lento el aire, un intento fallido de liberar algo del enojo contenido. El doctor, observó la reacción antes de volver a bajar la vista a los resultados.
—¿Y si le explica sus intenciones, señor? —habló mostrando una media sonrisa—. Podría decirle cuál fue la razón de traerlo aquí y prometerle algo que desee a cambio de lo que usted busca. Tal vez así deje de resistirse a sus nudos, no serían rechazados. Si siente que tiene algo que ganar.
De solo recordar la conversación, las embestidas se hicieron intensas más de lo que podrían serlo ya, arrancándole lloriqueos ahogados al menor quien se removió desesperado en la cama tratando de apartarlo torpemente con las manitas empujándolo hacia atrás de los muslos mientras el nudo intentaba abrirse paso. Taeyoung se arrastró al ver que empujarlo fue inútil, aferrándose al cubrecamas con la esperanza de poder apartarse del alfa.
Antes del nudo llegar a atravesar por completo, las firmes manos en sus caderas le impidieron cualquier movimiento. Por más que intentara liberarse, los esfuerzos resultaron inútiles, dejándolo atrapado en el mismo lugar. Una mezcla de dolor, enojo y tristeza lo impulsó a golpear el colchón, expresando todo lo que sentía en dichos golpes.
Los malditos nudos de ese imbécil lo desgarraban por dentro; el dolor era muy intenso, verdaderamente insoportable, mientras el otro solo se reía, divertido de su sufrimiento. Solo podía apretar las sábanas en una mezcla de rabia contenida esperando lo inevitable. Finalmente, cuando el nudo redujo su tamaño, una oleada de placer le recorrió. Lo primero en hacer fue negar con la cabeza, negándose a sentir placer. No sentiría placer, no lo haría.
Se negaba a sentir una pizca de placer.
Las horas pasaron, el alfa, como de costumbre después de terminar, se fue. Dejándolo desplomado en medio de la cama. Miraba hacia la ventana; ya era de noche, la luz de la luna iluminaba tenuemente la oscura habitación. Y la señorita Tozaki como de costumbre se encontraba sentada en el sofá, en la misma esquina de siempre, apenas visible.
Sus pequeñas manos intentaron limpiar las lágrimas cayendo sin control, mientras su cuerpo temblaba en espasmos. Sentía que, a este paso, no podría soportarlo un día más sin perder la cordura.
—Señor —el doctor se acercó al líder. Quién disfrutaba una taza de té mientras apreciaba el jardín—. Está empezando a hacer frío, podría resfriarse —sin esperar respuesta, se quitó el suéter que llevaba puesto y lo colocó sobre los hombros del alfa.
—No tienes porqué preocuparte por mí —respondió, bajando la taza, colocándola en su plato a juego—. ¿Has ido a la fortaleza?
—No, Josh dijo que me llamaría si alguno de los líderes llega a necesitar de mí —contestó quedándose a su lado.
El alfa sintió la mirada fija del doctor encima suyo. Giró su rostro para verlo por un instante antes que él doctor rápidamente desviara la mirada, nervioso.
—El chico no parece ser un ser mágico —comentó como si nada. Tomando otro sorbo del té—. Cuando lo vi esa noche, por un instante creí que mis instintos se habían equivocado, pero no fue así. A este paso, sus piernas ya deberían haber sanado.
—¿Piensa dejarlo ir? —preguntó el doctor con cautela, antes de añadir—. Señor, perdón por involucrarme. ¿Está usted seguro de que ese omega es el indicado?
—No lo sé —dio un último sorbo al té antes de dejar la taza sobre la mesa—. Eso dependerá de él. Por ahora es útil. Pero si pierde su valor, o sigue así… ya no lo será —se quitó el suéter, devolviéndoselo.
Pasando al lado suyo, el líder se dirigió hacia su habitación sin mirar atrás, mientras sostenía el suéter en mano, lo observaba alejarse y perderse entre el pasillo. Después de unos segundos, dio media vuelta continuando por el pasillo en la dirección contraria.
La luz del amanecer apenas rozaba las ventanas, tenue, casi alcanzando el borde de la cama donde el pequeño omega yacía inmóvil, tratando de descansar. Su cuerpo seguía tenso tras los eventos previos. Frunció el ceño; los temblores en sus entrañas no lo dejaban en paz. Esos malditos temblores parecían no querer dejarlo en paz. Ni siquiera la respiración profunda lograba apaciguarlos, doliendo al suspirar.
Los labios, aún cerrados por las costuras, dolían con cada respiración, hinchados y sensibles. Era imposible calmar a su cuerpo si en cada mínimo intento solo traía consigo más dolor. Manteniendo la mirada fija en el techo, su piel se erizo temeroso al escuchar unos pasos asomarse a la puerta. Cualquier movimiento incluso el más leve sonido podía alertarlo, provocando que su pecho subiera y bajara agitado, sin poder respirar.
Todo a su alrededor se tornó oscuro. Los pasos resonaron como golpes sordos, pesados, similares a los de un gigante aproximándose. Mantuvo la mirada fija en la puerta, sin poder moverse, esperando que la silueta cruzara el umbral. Pero con cada paso, el sonido se volvió más fuerte, y un estruendo grotesco sacudió el suelo hasta la cama. La estructura vibró bajo su débil cuerpo que no dejaba de estremecerse.
La habitación de un momento a otro se encogió. Las paredes cerrándose sobre él, lo atraparon en un espacio más angosto.
Esa sensación de ahogo lo desesperó; su pecho se agitó sin poder tomar aire sintiendo una opresión carcomiéndole por dentro. Las lágrimas nublaron su visión, volviendo todo borroso, distorsionado en la oscuridad. No supo cuánto tiempo pasó, pero los pasos seguían sin llegar. Se alargaban, como un eco interminable que rebotaba en su mente, jugando con su percepción. Cuando sentía que la presencia estaba a punto de alcanzarlo, el sonido se alejaba… pero, al mismo tiempo, se sentía más cerca.
«No, por favor, no… no quiero, no».
Con ambas manos presionadas contra sus oídos, intentaba ahogar el ruido. Pero los pasos retumbaban desde adentro de su cabeza, muchos a la vez, tantos que el cerebro le explotaría sin poder soportarlo. La presión en su pecho lo abrumaba y el esfuerzo por respirar se volvió imposible sin lograr calmarlo, no podía controlarlo.
Un escalofrío le heló la piel al ser sujetado de su antebrazo por una mano. Esa misma que es. Inconfundible. Su cuerpo tembló descontrolado por el fuerte agarre y negó repentinamente moviendo la cabeza sin parar, jadeó entrecortado. No quería. No. No otra vez.
«N-NO… BASTA… DÉTENTE… ¡SUÉLTAME!». Sus labios cocidos solo dejaron escapar un grito quebrado.
—Pequeño, mírame, hey no, tranquilo—giró la cabeza hacia la voz. Solo para ver esa sonrisa, brillando en la oscuridad—. ¿Me extrañaste?—los músculos rígidos se mantuvieron, por el temor.
Se removió angustiado al ser jalado hacia él. Lloriqueó, luchó, forcejeó, para no ser tomado otra vez. Los intentos eran inútiles, pero debía alejarlo. Con toda la fuerza que su debilidad tenía por dar, se sacudió como un loco desesperado, intentando tal vez así zafarse del agarre. Su cuerpo entero temblaba, agitado al hacerlo. Incluso sus piernas se removieron por reflejo; el dolor lo atravesó en cuanto lo hizo, arrancándole un jadeo ahogado.
—Pequeño, mírame, hey no, tranquilo—esas manos rodearon el cuerpecito del menor, atrapándolo contra su pecho. El sonido del latido firme, constante, comenzaba a calmar su respiración entrecortada—. Tranquilo, no te haré daño—los músculos rígidos se suavizaron al sentir las caricias deliberadas dejadas en su cabello.
Las suaves caricias junto al latido contra su oído lograron calmar eso en su interior… algo…no sabría cómo nombrar. Aunque fuera difícil calmarlo por completo. Los estremecimientos no cesaban, su respiración seguía errática, con esos espasmos involuntarios que tensaban su pecho al intentar contener el llanto.
Parpadeó varias veces, al intentar despejar su visión nublada por las lágrimas. Cuando al fin se enfocó, se apartó de esos brazos, recorriendo la habitación, aún agitado. Movió la cabeza en todas direcciones, buscándolo. Esperando encontrarlo.
Pero…él no estaba ahí.
—¿Te sientes mejor?—asintió débil—. ¿Quieres que te prepare un baño?—no espero respuesta—. Lo haré, preparé la ducha. Tal vez eso te haga sentir mejor—supo en ese momento que no diría nada al verlo dudoso. Camino al baño y al girarse pudo notar como se acomoda en la cama, ignorándola.
No podía dejar de mirarlo, sentía algo como…Trató de no mostrar, algún tipo de sentimiento en su mirada, o siquiera verlo con lástima pero era imposible no hacerlo cuando lo estaba sintiendo. Sacudiendo la cabeza, negando ese sentimiento creciendo dentro de ella algo llamado “debilidad” o como los humanos diría. ¿Compasión? ¿Lastima? ¿Empatía? ¿Había alguna palabra para nombrar?…Esa mezcla de muchas cosas a la vez.
El sonido del agua, hizo que apartara la vista del pequeño omega, el cual se encontraba acurrucado en la cama abrazando una almohada como de costumbre. Buscó algunas prendas y las puso sobre la cama, sin decir nada lo cargó hasta el baño.
Un chillido apenas audible interrumpió el silencio en el baño al sumergirlo en la bañera. Su pequeño cuerpo se sacudió en espasmos; incluso el tacto del agua había notado que lo alteraba. Cuando debía bañarlo, todo se volvía difícil, comenzando porque él se negaba a ser tocado, ya fuera para pasarle la esponja y limpiarlo, o para lavarle el cabello. Esta vez no era la exención.
—Pequeño, tranquilo, no voy a lastimarte lo juro—el omega miró a la beta con el ojo rojo por tanto haber llorado—. Mira es solo una esponja, no hace daño—la pasó en su propio brazo, mostrando que es algo inofensivo, no lo lastimaría—. ¿Quieres tocarlo?
Taeyoung desvió la mirada desinteresado, sabía lo que era. Solo que por alguna razón odiaba sentir la piel de otra persona tocar la suya. Suspiró profundamente liberando el mismo aire por sus fosas nasales. Relajando los músculos al ser sujetado, la esponja lo enjabono “limpiando” su cuerpo.
La espuma caía al agua acompañado por las burbujas producidas por las bombas de jabón antes puestas por la beta. Bajo la cabeza a la espuma sobre su pecho ignorando los dedos revolviendo sus cabellos, lavando de este. Sus brazos dentro del agua una vez la beta terminó de limpiarlos los dejó caer a su costado sin ánimos.
Surgiendo con lentitud, junto ambas manos en forma de cuenco para atrapar un poco de espuma. Las vendas cubriendo sus palmas estaban empapadas, pesadas, pero aun así sopló suavemente. La espuma se elevó en el aire, flotando a cada soplo, una leve sonrisa se formó en sus labios.
Atrapó más espuma para seguir jugando —si es que podía llamarse así—. Tal vez solo intentaba distraerse un poco, encontrar algo de alivio en pequeñas cosas. Cuando la beta imitó el mismo gesto desde arriba, elevó el rostro para ver caer la espuma y cerró el ojo no herido antes de que le cayera adentro. Sonriendo con dulzura suavizó la mirada.
De ver como ella intentaba hacerlo sentir menos miserable, aunque fuera solo por unos segundos.
Desde la puerta, el alfa observó la escena de brazos cruzados. Su figura bañada por la luz que entraba desde el pasillo dejó al descubierto manchas rojas por la sangre que le decoraban el rostro y se deslizaban hasta el cuello, algunas secas, otras aún frescas, marcando un contraste inquietante con su piel pálida. Esa mirada transmitía una intensidad oscura, como un depredador viendo a su presa, teniendo clavado los ojos en el menor.
Taeyoung apenas se atrevió a respirar, no se atrevió a levantar la vista. El peso de su presencia lo envolvía, haciéndolo encogerse. No hizo falta ver o verificar si estaba o no ahí porque su cuerpo ya lo sabía. No tardó mucho cuando las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
Solo se escuchó las gotas caer al agua para ser consciente de que ya se encontraba llorando. La figura del alfa proyectó una sombra imponente alargándose hasta él, atrapándolo en una prisión invisible. Que lo asfixiaba sin tener salida.
Una ligera sonrisa curveó los labios del alfa sin querer apartar la mirada. Los azules ojos descendieron lentamente por el cuerpo del menor, analizando cada herida, cada marca, todas esas creadas por él y las que aún faltaban por venir.
El vapor del baño empañaba la habitación, pero no lo suficiente para ocultar la vulnerabilidad del omega, quien temblaba dentro de la bañera. Desnudo, apenas cubierto por las burbujas flotantes en el agua, parecía más pequeño, más frágil que antes.
Taeyoung apretó fuerte los ojos, al sentir como el alfa se enderezó moviéndose un poco de lugar. Las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo, esta vez su llanto más desesperado lo sacudió. Manteniéndose todo el tiempo con la cabeza baja, encogido; su llanto no hacía más que sacudirlo en espasmos cargado de temor, angustia y miedo. Una mezcla de muchos sentimientos a la vez.
El agua salpicaba suavemente mientras la beta terminaba de limpiarlo. Una vez terminó, lo seco con toallas gruesas, evitando cualquier contacto visual con el alfa, antes de colocarlo sobre la cama.
Se sentó en el borde de la cama, inclinándose hacia el omega sumamente calmado. Su mano, todavía ligeramente manchada de sangre, acarició una de las mejillas contarías, dejando un rastro mientras trazaba una línea desde la mandíbula hasta el cuello cerca de la clavícula, sin dejar de admirarlo.
En la mirada tenía una devoción para nada enfermiza. Taeyoung no supo cómo debía reaccionar, podía esperar cualquier cosa de él pero lo más tedioso era ese incómodo silencio, no saber lo que haría sin antes avisarle ¿por qué demonios no es normal? Algunas veces pudo leer historias donde el “villano” le explicaba todo a su víctima desde que le haría hasta como la podría matar, pero este idiota…
Además esa sangre ¿de quién demonios es? La saliva bajó por su garganta al tragar fuerte, su mandíbula se tensó, sintiéndose incómodo pero a la vez temeroso, en verdad estaba odiando este jueguito de silencio. Justamente cuando intentó removerse en la cama, instintivamente saltó alterado al escuchar su voz.
—Estas costuras te quedan bien —murmuró suave, mientras se apartaba apenas lo suficiente para tomar la toalla que lo cubría, sin cuidado. Comenzando a limpiarse las manos manchadas—. Es un alivio no poder escuchar tus patéticos lamentos—hubo una breve pausa al sonreír—. Debo admitir cuánto amo esto. Así puedo disfrutar mejor de ti.
Limpió la sangre de su piel sin apuros, deshaciéndose de las manchas oscuras extendidas desde el rostro hasta el cuello. Antes de desechar la toalla, se inclinó hacia el menor y pasó el paño por la mejilla que había ensuciado previamente, asegurándose de borrar todo rastro del toque anterior. Una vez limpio, dejó caer la toalla al suelo.
Subió a la cama, acortando la distancia entre ellos. Sus manos apoyadas a ambos lados del omega, lo acorraló por completo contra el colchón, inclinándose lo suficiente para que no quedara espacio.
Su presencia era muy sofocante, las feromonas del alfa dominaban el aire, algo tan asfixiante. Los pequeños temblores en su cuerpo lo hacían sonreír, esa sonrisa torcida siempre aparecía en momentos así y le irritaba verla en ese horrible rostro. Bueno…no importa. Si es horrible, más cuando sonríe.
Esos ojos azules recorrieron los detalles del rostro pálido del omega, bajando a los labios los cuales se mantenían hinchados apresados por esos hilos, si no era cuidadoso podrían cortar la piel de las perforaciones.
Movió la cabeza de un lado a otro desesperado al escuchar el sonido del cierre del pantalón bajar. Sacudido de temor, lo empujó con fuerza, estaba cansado de usarla toda y que eso no fuera suficiente. Los intentos de retroceder siempre eran inútiles bajo el agarre firme del alfa. Cuya respiración se hacía más pesada, impregnando el aire con un aroma intenso de feromonas.
Cerró los ojos lo más fuerte. Es obvio que su ojo lastimado también se cerraría y hacerlo le provocaría dolor, pero es tan idiota que no lo controlaba. Mientras sus lágrimas fluían en un intento desesperado por resistir, su cuerpo reaccionaba de una manera…no podía comprenderlo. Aflojándose bajo el agarre «No, no puedes ceder. Por favor no lo hagas» se dijo asimismo al sentir como iba perdiendo el control.
El calor que envolvía el cuerpo contrario parecía apoderarse de él, haciendo que cada aliento se sintiera como un martirio. Con las fosas nasales impregnadas del fuerte aroma del alfa.
Al respirar, las feromonas lo impregnaban por dentro, su cuerpo se dejaba llevar por ese aroma, entrando en una necesidad que se negaba a aceptar. «Debes resistir, resiste, no te dejes vencer. ¡¡No lo hagas!!» aún manteniendo presionado sus ojos movía la cabeza de un lado a otro «No, puedo caer…no puedo…n-no d-debo…c-ca-er» el tacto del aliento rozar en el cuello.
El fuerte aroma dominante del alfa impregnando aún más sus sentidos provocaron un calor abrasador en su interior. «¡¡Por favor no!!»
Las pupilas se dilataron gradualmente, intentando ceder ante el dominio. Entre el silencio, un gemido ahogado, llamó de inmediato la atención del alfa «¡¡Taeyoung no lo permitas!! No cedas ¡¡NO CEDAS!!». De un movimiento brusco, sostuvo una de las piernas, elevándola hasta el hombro. Esa mano, grande y firme, abarcó toda la pantorrilla, apretándole fuerte al mismo momento que se profundizó hacia adelante hundiendo su pene en la acción. La intromisión fue fácil debido al lubricante natural en la entrada del omega, perdiéndose en el calor de las estrechas paredes que lo envolvían.
«No…se…odio…lo odio tanto…odio que…» apretó las sábanas al ser embestido con más intensidad, dejando su mente en blanco. Las piernas se movían de manera involuntaria en cada embestida debido a la intensa presión. Los roces generados por el pene al introducirse y deslizarse dentro de las paredes provocaron algo inexplicable. Sus mejillas, encendidas en un profundo carmesí, retenían el calor que recorría todo el cuerpo ajeno. Era como si su cuerpo empezara a sentir el calor emanado del alfa, alimentado por las feromonas.
«¡¡Reacciona carajo!! ¡¡No puedes caer ante él!! ¡¡No como todos los débiles omega!! !!No eres un débil omega¡¡» grito frustrado pero los intentos de entrar en razón no tenían resultados por esa presión, lo hacía perder la poca capacidad de resistir; las embestidas sentidas eran distintas, entremezclando placer y un dolor incomprensible más que físico, emocional.
Algo en él quería sucumbir, disfrutar, pero su mente no dejaba de gritarle que era incorrecto, que aquello estaba mal aunque su cuerpo sintiera lo contrario, no por mucho. El placer que comenzaba a experimentar se desvaneció de golpe, dejando un malestar desconocido. Su orificio palpitaba con fuerza bajo las embestidas incesantes, ese vaivén interminable le arrancaba pequeños sollozos ahogados. Lo mantenían sumergido en un sin fin de emociones inexplicables.
«¿Por qué demonios naciste omega? Eres tan débil, eres un asco…odio ser lo que soy» sollozo desesperado debido a las reacciones de su cuerpo, y el reproche de su mente al mismo tiempo «…odio ser un omega tan débil…!!ODIO SER UN OMEGA¡¡» lo estaban volviendo loco más de una cosa a la vez.
Una de las manos del alfa se deslizó por su muslo herido el cual aún dolía, subiendo hasta delinear la curva de la cadera antes de descender hasta uno de los glúteos. Sin dudar, lo apretó con firmeza, deleitándose por su suavidad. Sus dedos se hundieron en la carne delicada, dejando marcas rojizas en la piel mientras el ritmo de las embestidas aumentaba, al igual que la intensidad con la que apretaba.
Esas manos se movieron firmemente, acariciando su cuello y bajando lentamente por su pecho. Se estremeció bajo el tacto, incapaz de controlar esas reacciones. Su piel ardía donde el alfa lo tocara, sus sollozos se convirtieron en pequeños gemidos sofocados.
Al ser sujetado con rigidez por la barbilla, obligándolo a mirarlo a los ojos antes de besarlo. La intensidad en esa mirada lo hizo estremecerse. Había algo tan…tan, no sabría cómo explicarlo pero había algo en esos azules ojos que lo hipnotizaba.
Sentir la lengua del mayor deslizarse por todo su cuello le arrancó un jadeo involuntario tanto fue la sensación que curvó su cadera e hizo hacia atrás la cabeza dejándolo más expuesto. Se retorció en la cama al ser golpeado en ese maldito punto dulce también. Los adorables sonidos en respuesta a cada movimiento y esos besos dejados eran un estímulo que lo enloquecía más de la cuenta. Ese cuerpo reaccionó en contra de su criterio desde el inicio, y ya no podía resistirlo más en su mente solo existía un espacio en blanco. Ocupado por un pensamiento.
Necesitaba sentirlo, necesitaba más de él.
Comenzó a mover sus caderas de forma sensual, un ritmo que aunque al principio sorprendió al alfa, no pudo evitar seguirle. Moviendo su cadera por igual, no salía por completo del interior, permanecía dentro, moviéndose suavemente en movimientos circulares entre las paredes. El menor sentía tan bien cómo ese pene se movía, trayendo consigo una sensación jodidamente tensa.
Sutil el alfa empujó más su pene sin salir como si quisiera llegar más profundo de lo normal. La mano del menor apretó el hombro del hombre atrayéndolo hacia él, escondió su rostro en el cuello contrario aspirando ese aroma, perdiendo la poca cordura cuando el vaivén se volvió constante, aún sin salir completamente solo empujando hacia el fondo.
Alzó lentamente su pierna, rodeando la cadera del alfa mientras mantenía la otra recostada en su hombro. Sus caderas se elevaron para encontrarse con las embestidas dadas, con una intensidad que el choque de pieles se escuchó tan escandaloso y en su vientre se podía ver perfectamente cuando entraba; su pequeño cuerpo tuvo violentos espasmos por los movimiento provocados solo para encontrarse con esas embestidas.
Los testículos del alfa golpeaban tan fuerte en los encuentros siendo los responsables de ese escandaloso choque de pieles incluyendo lo rojizo en sus muslos, empezaron arder por la fuerza usada en el encuentro, aunque quisiera detenerse no podía, queriendo más. Las pequeñas manos temblorosa, sujetaron la del mayor, atrayéndolas hacia su cuerpo.
Guiándolas con delicadeza, las posó sobre sus pechos. Sus pezones erectos rozaron las cálidas palmas del alfa el cual solo observaba las acciones del menor. Siguió moviendo esas manos lentamente, buscando que el roce estimulara sus pezones necesitados de atención, enloquecido por la estimulación. Su estómago se hundió al sentir el semen del alfa llenarlo, gimió.
Bajó las manos firmes del alfa por su abdomen, que se contrajo al contacto, su piel reaccionando a cada caricia.
Los ojos oscuros del alfa aún fijos en él, llenos de lujuria, observaron cómo sus propias manos eran dirigidas más abajo. Cuando llegaron al vientre, el omega dejó que las yemas de los dedos acariciaran la delicada piel, provocando un estremecimiento frágil. Fue entonces cuando sus caderas se movieron de una manera tan exquisita, parecía casi deliberada, buscando intensificar la sensación y presionara su propio pene, divididos solo por su delgada piel.
Retorciéndose por la presión, guió las manos hacia su pequeño miembro. Este lo sostuvo entre ambas. Comenzando a moverlas. Subiendo y bajando, mientras continuaba penetrando su entrada, que ahora lo apretaba. Las caderas del omega se alzaban curvándose al ser masturbado por esas musculosa manos. En el pasado concentrado en muchas cosas no había sentido una sensación así, incluso era diferente a la estimulación en su entrada.
Los gemidos, aunque silenciosos por las costuras, resonaban en el espacio entre ambos. Esos suaves sonidos eran una maldita melodía para el alfa, que aumentaba la intensidad de las penetraciones, perdido en el placer de tenerlo así, tan entregado.
Su mirada bajó al sentir un líquido espeso deslizándose por las manos. Al observar con detenimiento, se dio cuenta de que el pequeño había eyaculado sobre ellas, dejando un rastro cálido y perlado que le cubría la piel.
Llevó ambas manos hacia sus labios, dejando que su lengua rozara la superficie cubierta por el semen, saboreo el sabor con los ojos cerrados mientras lo degustaba.









Amo la trama de la historia pero PORFAVOR ACTUALIZAAAA
ACTUALIZAAAA PORFAVOR 😭✨️