La Conversión Del Juez

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Summary

Un abogado penalista, firme defensor de los hechos por encima de las suposiciones, decide cambiar el vértigo de la capital por la serenidad de una pequeña ciudad. Lo que comienza con una simple invitación a una fiesta de cumpleaños se transforma en el punto de partida de una nueva vida: amor, familia y una carrera como juez lejos del caos. Sin embargo, cuando un inesperado incidente en una carretera oscura desafía toda lógica y confronta sus convicciones más profundas, deberá enfrentarse a una pregunta que nunca creyó formular: ¿existen fuerzas que trascienden la razón?

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Capítulo 1

La Invitación

Las suposiciones nos permiten imaginar cómo la realidad puede ser, pero los hechos nos conducen a la verdad.”

Esta frase ha sido el pilar que sostiene su pensamiento y sus creencias como ser humano y como abogado. Su lucha cotidiana contra las equivocadas acciones —justificadas o no— que las personas cometen en detrimento de las normas sociales, le ha confirmado su validez.

En su desempeño como abogado penalista, ha recurrido a las suposiciones para mitigar las sentencias de algunos, mientras que los hechos le han servido para demostrar la inocencia de otros. Sin embargo, las tensiones que le impuso su incesante batalla contra los delitos comunes en el dinámico ajetreo de la ciudad capital terminaron por convencerlo de que necesitaba un cambio: un ritmo de vida más pausado y menos vorágine.

Así, tomó la decisión de postularse para el cargo de juez. Era un giro que implicaba dejar atrás su vida de soltero, formar una familia, tener hijos y todo lo que ese nuevo estilo de vida podría brindarle. Al imaginarse sentado en una butaca, gordo y calvo, contemplando el plácido vivir de una pequeña ciudad, no pudo evitar una sonrisa irónica.

“No es una mala idea”, murmuró, mientras una expresión divertida iluminaba su rostro marcado por las huellas de sus treinta y cuatro años.

Además de su labor como abogado, ejercía como profesor de Derecho Penal en la universidad local. Allí ofrecía a sus estudiantes la oportunidad de experimentar la práctica profesional en su bufete como una extensión de su cátedra. Fue durante una de estas interacciones que Augusto, uno de sus alumnos, lo invitó un día a la fiesta de cumpleaños de su madre en una ciudad cercana. La insistencia del joven, sumada a la posibilidad de tomarse un pequeño respiro, terminó por convencerlo.

Aquella mañana de sábado, empacó en su mochila lo esencial para el viaje, subió a su auto y se dirigió hacia la ciudad, sin imaginar el significado que aquel viaje tendría en su vida.

Primer Encuentro

Al llegar, se registró en el hotel donde previamente había realizado su reserva y, tras un breve descanso, se dispuso a explorar los alrededores de la ciudad.

El hotel estaba ubicado en el corazón del centro histórico. Mientras caminaba por sus calles empedradas, se deleitó con las fachadas pintadas en alegres y vivos colores, y con los balcones, puertas y ventanas que lucían contrastes armoniosos y agradables, reflejando el carácter único de aquella pequeña localidad.

Al llegar a la plaza principal, su fascinación aumentó al observar la iglesia frente a él, rodeada por antiguos pero bien conservados edificios de dos plantas. Estos alojaban comercios de toda índole y habían sido restaurados respetando su esencia colonial. Las amplias aceras permitían un desplazamiento cómodo, y los cafés y restaurantes que ocupaban aquel espacio ofrecían la oportunidad de disfrutar del clima cálido en mesas y sillas exteriores.

Mientras recorría los alrededores de la plaza, un maniquí que exhibía un atuendo masculino captó su atención desde una vitrina. Intrigado, decidió entrar al local.

El timbre dulce de la voz y el genuino interés que percibió al ser recibido con un: —Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? Le agradaron de inmediato. —Buenos días —respondió él—. ¿Qué precio tiene el vestido que exhiben en la vitrina? —650.000 pesos, ¿es para usted?

Al notar su desconcierto por la pregunta, ella aclaró con una sonrisa sincera: —Perdone, es que nuestras prendas son confeccionadas a medida. No producimos en serie. —Entiendo. Solo curioseaba. ¿Tiene pañuelos? —Sí, claro, tenemos estas variedades —respondió mientras bajaba tres cajas de un estante, indicando sus características y precios.

Él escogió una, pagó y se despidió agradeciéndole su atención.

Posteriormente, se dirigió hacia uno de los cafés de la plaza, donde, sentado en una mesa exterior, pidió un café y se dispuso a disfrutar del resto de la tarde observando el tranquilo discurrir de la ciudad.

Aquella mujer lo inquietaba. Mientras saboreaba su café, la recordó con detalle: de estatura mediana, apenas más baja que él, en sus treinta años. Su cara ovalada estaba enmarcada por cabellos lisos y castaños. Tenía una nariz y una boca proporcionadas, pero lo que más destacaba eran sus ojos oscuros, sinceros y expresivos. Vestida con un pantalón oscuro y una blusa azul, su presencia reflejaba una elegancia natural. En conjunto, era una mujer muy atractiva.

“Me gustaría conocer más acerca de ella”, pensó y concluyó que Augusto podría ofrecerle información.

Terminó su café y regresó al hotel para almorzar, descansar y prepararse para la reunión familiar que había motivado su viaje.

Después de vestirse, bajó a recepción y solicitó un taxi. Durante el recorrido, su conversación con aquella mujer volvía una y otra vez a su mente, buscando razones para entender la inquietud que le había causado.

El Interés Continua

Cuando llegó a la casa de Augusto, este lo recibió y le presentó a su familia y a los demás invitados. Para su sorpresa, ella también estaba en la reunión. Al ser presentados, la sonrisa curiosa y divertida con la que ella lo saludó lo animó a pensar que la simpatía era mutua.

Mientras la reunión avanzaba entre charlas, bebidas y comida, encontró el momento ideal para conversar con ella. Descubrió que era soltera, pues ninguna relación la había convencido de dar el siguiente paso. Diseñadora textil y de moda, era propietaria de la boutique donde se conocieron. Además, vivía aún con sus padres, no solo por ser su única hija, sino porque administraba el pequeño hato lechero de la familia. Aunque creyente, no era practicante, pero ocasionalmente acompañaba a sus padres a la misa dominical, más que nada para cultivar las relaciones sociales que consideraba importantes para sus negocios. También viajaba con relativa frecuencia a la capital por motivos laborales.

Por su parte, él compartió detalles sobre su trayectoria como abogado y sus planes de convertirse en juez, con el propósito de desarrollar una vida más tranquila en un lugar diferente. Reconoció la existencia de una fuente creadora, pero se definió como no creyente, pues consideraba que las religiones eran una invención humana orientada por los intereses de sus dirigentes.

La conversación fluyó en un tono agradable y animado, reflejando el interés mutuo que los había conectado desde su primer encuentro. Al finalizar la reunión, intercambiaron información de contacto y se despidieron, ambos con la intención no revelada de encontrarse nuevamente.

Nace una Familia

A la mañana siguiente, después de desayunar, pagó la factura del hotel y regresó a la capital. Durante aquella reunión, se comentó sobre el próximo retiro del juez de esa ciudad. Era su oportunidad. Se inscribió como aspirante a la posición y aprovechó sus relaciones con jueces y magistrados para gestionar su asignación a esa localidad. Y así ocurrió.

Durante todo este proceso, fue fortaleciendo su relación con ella. A través de conversaciones telefónicas y de las visitas que ella hacía a la capital por sus negocios, su vínculo se consolidó. En ambos germinó la idea de llevar esa conexión a un plano más formal.

Cuando recibió la notificación de su nombramiento como juez, vendió su apartamento en la capital, trasladó sus casos pendientes a colegas de confianza y le propuso matrimonio a su novia. Ella aceptó. Después de una ceremonia civil muy sencilla, se establecieron en su nuevo apartamento y comenzaron su vida como pareja.

Muy pronto la familia creció con el nacimiento de sus dos hijos. Su trabajo como juez no era complicado. Los casos que resolvía eran sencillos y estaban lejos de las complejidades que había enfrentado como litigante en la capital. Sus vidas transcurrían tranquilas y felices: él, desempeñándose como juez en aquella ciudad apacible donde apenas se cometían delitos; ella, administrando su familia y sus negocios.

Ser juez le implicaba concentrarse exclusivamente en los hechos. Las suposiciones no tenían cabida en sus decisiones legales. Sin embargo, una duda lo atormentaba: ¿Lo sucedido en aquel viaje había sido fruto del azar? ¿O quizá una fuerza superior y poderosa había sembrado pensamientos e inducido acciones que, armoniosamente combinadas, lo habían llevado a su actual felicidad?

Eran preguntas sin respuestas, enigmas que su mente analítica no podía resolver. Pero todo cambiaría cuando una nueva situación irrumpiera en su vida y transformara radicalmente su manera de pensar.

Lo Inesperado Sucede

Para celebrar el cumpleaños del tío Mateo, la tía Viola organizó una cena en el restaurante “Pasta y Amor”, un popular establecimiento de comida italiana localizado en una ciudad vecina. La cena se llevaría a cabo el próximo sábado. Al consultar con su esposa, ambos decidieron asistir. Era una excelente oportunidad para compartir con familiares y amigos y alejarse un poco de sus actividades diarias.

Ese viernes fue inusualmente ocupado para él, algo extraño en su tranquila ciudad. Por ese motivo, cuando llevó su auto al taller para una revisión mecánica, lo encontró cerrado.

“¡Eso no importa, no usamos el auto con frecuencia!”, pensó mientras se dirigía hacia su casa.

El sábado en la tarde emprendieron el viaje hacia aquella ciudad, con la intención de regresar esa misma noche. Se dirigieron al restaurante, se reunieron con los demás invitados y juntos celebraron el cumpleaños del tío Mateo. La cena concluyó pasada la medianoche. Tras despedirse de los invitados, iniciaron su regreso.

Mientras viajaban y conversaban acerca de la velada, el motor se apagó de repente y el auto se detuvo lentamente.

—¿Qué pasó? —exclamaron al unísono, con la confusión reflejada en sus rostros.

Él salió del vehículo, preocupado. “¿Y ahora qué?”, se preguntó, reconociendo la gravedad de la situación. No sabía cómo reparar el automóvil y, para empeorar las cosas, estaban solos, sin ayuda, tarde en la noche y en medio de una oscura carretera. Sin tener claro qué hacer, notó que un auto se aproximaba desde su ciudad.

—¡Qué suerte! —le dijo a ella mientras aquel vehículo se detenía a su lado.

Un hombre, al que no reconoció como habitante de su localidad, le preguntó: —¿Tiene algún problema? —El motor se detuvo repentinamente y no sé por qué —contestó él, intentando identificar al desconocido.

El hombre salió de su auto y le pidió que abriera el capó. Mientras obedecía, otro auto llegó desde la ciudad vecina sin que él lo notara.

—¡Hola, Rafa-el! ¿Puedes ayudarnos? —preguntó el primer desconocido al recién llegado.

Rafa-el salió de su auto, observó el motor por un breve momento y, dirigiéndose a él, le indicó: —Encienda el auto.

Él subió a su vehículo, giró la llave y, para su sorpresa, el motor cobró vida. Alegres y sonrientes, agradecieron aquella inesperada ayuda y preguntaron a los dos desconocidos por el costo de sus servicios.

—No se preocupen, estamos para servirles —contestó el primer desconocido, mientras ambos subían a sus vehículos. —No se detengan antes de llegar a casa —aconsejó Rafa-el.

Con ese último consejo, continuaron su camino.

—¿Qué piensas de todo esto? —inquirió él mientras conducía. —Mi amor, ellos eran ángeles —afirmó ella. —Mujer, tú sabes que yo no creo en eso. El lunes le preguntaré al mecánico acerca del problema del auto y aclararemos todo.

¿Cómo Explicarlo?

El lunes, cuando intentó encender el auto para llevarlo al taller, el motor no respondió. Llamó al taller para solicitar una grúa que lo trasladara y reparara. Por la tarde, se dirigió al lugar para recoger el auto y preguntar al mecánico sobre el problema.

—Fue la bobina de encendido, Doctor. La encontré dañada y tuve que reemplazarla —contestó el mecánico. —¿Seguro? —preguntó él, incrédulo. —Sí, señor, estaba totalmente inservible.

Con evidente duda, manifestó: —¡No puede ser! El motor funcionó después de apagarse. —Eso es imposible, Doctor. Un motor no puede arrancar sin la bobina de encendido. Puedo apostar lo que sea sin temor a perder —aseguró el mecánico con firmeza.

Pensativo, pagó la factura y condujo de regreso a casa.

Con la situación dando vueltas en su cabeza, le contó a su esposa lo sucedido en el taller. Ella, apoyada en su convicción, afirmó: —Ya te lo dije, eran ángeles.

Más tarde, mientras estaba sentado en su sillón favorito, se dedicó a analizar los hechos: “El motor había dejado de funcionar de forma repentina porque la bobina de encendido estaba dañada. El primer auto llegó desde su ciudad. Conocía prácticamente a todos los vecinos y nunca había visto a esa persona ni a ese vehículo. El segundo auto llegó desde la ciudad vecina casi al mismo tiempo, como si ambos estuvieran sincronizados.”

“Esas dos personas claramente se conocían, ya que se saludaron con familiaridad. Además, el primer desconocido mencionó el nombre del segundo: Rafa-el. Rafa-el no tocó el motor, simplemente miró dentro del capó.”

“A pesar de la afirmación del mecánico sobre la imposibilidad de que el motor funcionara sin la bobina de encendido, eso había ocurrido. Pudo comprobar la veracidad del diagnóstico esa misma mañana, al intentar encender el auto sin lograrlo.”

Aunque su razonamiento se negaba a aceptarlo, los hechos eran indiscutibles. Al revisarlos una y otra vez, solo pudo explicarlos adoptando una nueva premisa para su norma de vida.

Desde ese momento, una nueva frase comenzó a regir sus pensamientos y creencias: “Las suposiciones nos permiten imaginar cómo la realidad puede ser. Los hechos nos conducen a la verdad y los milagros explican lo inexplicable.” Ahora, él es un creyente.