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El autobús avanzaba con lentitud por la avenida principal, atrapado en un embotellamiento que parecía no tener principio ni final. Un hombre de uniforme gris permanecía de pie, la tela de la camisa empapada de sudor, se adhería a su cuerpo como una segunda piel incómoda, desprendiendo a su vez un olor a desinfectante recordándole la jornada que había tenido, como si no hubiera terminado. Se llevó la manga a la frente y se limpió el sudor con un movimiento torpe, resignado. El gesto fue seguido por un suspiro pesado, luego dejó caer la cabeza contra el vidrio de la ventana, un golpe leve. Permanecía de pie, balanceándose suavemente con cada frenada brusca.
Sus zapatillas, gastadas y con los cordones mal atados, dejaban que las tiras colgaran hasta rozar el suelo. Cruzó los brazos y apretó la mochila contra el pecho, usándola como un escudo improvisado ante el gentío. Cada tanto entrecerraba los ojos, intentando tener unos minutos de sueño antes de llegar su lugar de destino. Pero el murmullo constante de conversaciones superpuestas, las bocinas de los autos atrapados en el tráfico y el sonido de la radio del conductor no le daban tregua. Sentía que la ciudad le estaba advirtiendo que el descanso es un lujo, el cual él no tenía permitido tenerlo.
"Esta semana hubo nuevamente otros tres ataques de parte de ---, por favor, tengan cuidado, si se encuentran con uno deben-" La voz de la radio se escuchaba entrecortada, con interferencias que distorsionaban algunas palabras. El chófer golpeó ligeramente el aparato, como si eso fuera a mejorar la señal. Un zumbido estático llenó el espacio durante un segundo antes de que la transmisión volviera, sin embargo ya solo se escuchaba la música de algún anuncio.
Él volteó su rostro hacia la ventana, tratando de concentrarse en el paisaje de las plazas y arboleda de su pequeña ciudad. Pero una mueca de fastidio se dibujó en su rostro: aquellas plazas que recordaba llenas de juegos infantiles y risas despreocupadas que veía en cada ocasión que volvía a su hogar, ahora estaban invadidas por adornos de corazones rojos, guirnaldas brillantes y globos pegados en los árboles. En cada esquina, parejas se abrazaban con exagerada ternura, besándose como si el mundo entero fuera su escenario. Aquello que antes era un espacio simple, ahora parecía una comedia romántica barata. Resopló con enfado, giró el rostro nuevamente, hacia el interior del autobús.
—Ni siquiera es San Valentin todavía—
Se quejó en un murmullo, apenas moviendo los labios, para que nadie lo escuchara. Faltaban un par de días para esa fecha. La fecha que más detestaba.
Y no era porque le molestara el amor. De hecho, era lo contrario.
A ÉL le encantaba el amor, historias dramáticas, romances inocentes y lentos, amores imposibles, él deseaba en secreto algo como eso para sí mismo, anhelaba tener un romance de película, que llegara su príncipe azul y lo sacara de ese mundo nauseabundo. Pero después de casi ocho años de soledad esa fantasía empezaba a sentirse lejana. Había dejado de buscar hacía tanto tiempo que ya no recordaba cómo se hacía. No quería pasar vergüenza, y su situación actual no le ayudaba, no tenía un gran trabajo, mejor dicho, era un trabajo horrible el que tenía.
Limpiar baños.
Se pasó una mano por el cabello intentando acomodarlo hacia atrás, un poco incómodo por lo sucedido anteriormente, su melena oscura se desordenó con el gesto, era bastante corto a los costados, pero largo arriba, dejando más libertad a esa zona, un mechón se rebeló y volvió a caer sobre su frente, rozandole el ojo. Suspiró y lo apartó otra vez, sin mucho esfuerzo. Su cabello no tenía volumen ni ondas marcadas que lo complicaran tanto, era rebelde, había días que su cabellera era recta, lisa y sin forma, y otros era ondulada y esponjada.
El autobús se detuvo en un semáforo, con un tirón breve que hizo que varios pasajeros se balancearan. El hombre, aburrido, dejó que su mirada recorriera el interior. Observó rostros cansados, gente pegada al celular, adolescentes gritando y moviéndose de un lado a otro, una señora a punto de dormirse con un niño inquieto en su regazo.
Entonces lo vio.
Un adolescente estaba sentado un asiento frente a él, inclinado sobre su teléfono. Tenía una sonrisa tímida dibujada en los labios y las mejillas ligeramente sonrojadas, como si intentara contener algo que lo superaba. Sus dedos se movían rápido sobre la pantalla. La luz del celular brillaba con intensidad en medio del interior opaco del autobús.
Sin proponérselo, el hombre entrecerró un poco los ojos para enfocar. La curiosidad pudo más que la indiferencia. Alcanzó a distinguir la imagen antes de que el chico desplazara la conversación.
Un ramo de flores y un oso de peluche.
Seguro estaba planeando algo para su pareja.
El de cabellera oscura resopló molesto y desvío la mirada, como si hubiera visto algo que le quemaba
—Qué ridículo —murmuró, fingiendo que todo aquello le resultaba ridículo, aunque en el fondo le carcomía la envidia—Igual te van a engañar.
El chico lo miró unos segundos más, confundido, antes de volver a su pantalla. Víctor desvió la vista, sintiendo el calor subirle al rostro.
«Eres un envidioso, Víctor.»
La culpa le cayó encima de inmediato, como un balde de agua fría. Bajó la cabeza, esperando que nadie más hubiera oído su comentario. No era el tipo de persona que quería ser… pero a veces el cansancio le sacaba lo peor.
Para distraerse, abrió su mochila y sacó el teléfono. Desbloqueó la pantalla y empezó a revisar redes sociales casi por reflejo. Fotos de compañeros de la secundaria con ascensos, viajes, compromisos. Historias con frases motivacionales, planes, celebraciones.
Una punzada en el pecho le llegó, en el ego y en el orgullo, una envidia que le hacía rechinar los dientes. Sacudió la cabeza tratando de alejar esos pensamientos mientras llevaba su dedo al botón de apagado cuando algo inesperado le apareció.
Un anuncio de una aplicación de citas.
« ¿El universo trata de reírse de mí o qué?»
Hizo una mueca, convencido de que el algoritmo tenía un sentido del humor cruel o que, directamente, tenía algo personal contra él. Iba a deslizar el anuncio sin pensarlo más, pero algo lo detuvo:
“Crimson”, no reconocía el nombre. La interfaz que mostraba era simple, con tonos oscuros, tenía un aire gótico y elegante.
Lo que terminó de engancharlo fue el lema: citas a ciegas.
Era arriesgado, demasiado, pero para un hombre como Víctor, de cierto modo, era un alivio. Desde que empezó a trabajar como personal de limpieza de un colegio secundario su aspecto había cambiado: dormía poco, había perdido peso, y sumamente ojeroso. Más de un amigo le había dicho, medio en broma, que parecía un muerto viviente. La idea de una aplicación donde no tuviera que subir fotos, donde nadie pudiera reconocerlo le resultaba tentadora.
Dudó unos segundos, con el pulgar suspendido sobre la pantalla. Aunque fuera anónimo, le daba vergüenza siquiera considerar algo así.
«¿No estoy un poco viejo para ese tipo de cosas?»
Se preguntó mientras se rascaba la cabeza indeciso. Unos segundos más tarde, sin querer seguir pensando más, apretó el botón de instalar. Aunque en cuanto vio que empezó la descarga pudo sentir un golpe de arrepentimiento. Iba a cancelar la descarga cuando de un momento a otro solo apagó la pantalla de su celular y guardó el aparato en la mochila de forma brusca, cerró los ojos, y apoyó la cabeza contra el vidrio.
Unos segundos después su teléfono vibró, avisándole que la aplicación ya estaba instalada. Se creó una cuenta y agregó un par de detalles estúpidos, como su sabor de helado favorito y el tipo de películas que le gustaba. No planeaba concretar nada con nadie, solo mirar, como si fuera un juego, a medida que iba desplazandose entre los perfiles rechazando y dándole like, empezó a notar patrones en un par
"B+, O, B-, AB+..."
Frunció el ceño confundido.
«¿Es así en todas las apps de citas?»
Se preguntó mientras observaba buscando alguna respuesta. ¿Qué clase de persona pone su tipo de sangre en una aplicación de citas? A cualquier otra persona le habría parecido perturbador. A él… le resultó raro, sí, pero no lo suficiente como para salir corriendo, decidió creer que era alguna moda, como cuando ponían sus signos zodiacales en los curriculums vitae.
Impulsado por una mezcla de curiosidad y terquedad, editó su descripción y añadió: “A+”. Si todos lo hacían, ¿por qué no? Justo en ese momento el autobús frenó con un tirón más brusco de lo habitual, era su parada. Guardó el teléfono rápido y bajó.
El aire de la calle estaba más fresco, pero no más tranquilo. El cielo se teñía de naranja mientras el sol descendía cada segundo más rápido. Víctor apuró el paso casi por reflejo.
Se estaba haciendo tarde y no quería ser víctima de aquellas bestias que se ocultaban entre las sombras. Se desconocía qué eran, pero en los últimos días él había escuchado en muchos noticieros advirtiendo de casos de personas que se creía que pertenecían a una banda, atacaban y se robaban las pertenencias de las víctimas, siempre terminaban acabando con la vida de las víctimas, como si quisieran que no hubiera testigos. Solo se sabía un detalle de ellos, tenían ojos rojos.
Víctor llegó a su casa y, antes de sacar las llaves, miró a ambos lados de la calle. Se quedó unos segundos inmóvil, atento a cualquier movimiento extraño, cuando estuvo seguro de que nadie lo observaba, abrió la puerta y entró rápido, cerrando con llave apenas cruzó la puerta, pero ni siquiera ahí se relajó del todo.
Dejó la mochila en el suelo y recorrió la casa con pasos lentos. Revisó habitación por habitación, comprobó ventanas y cerraduras, sin dejar suelto ningún detalle, por último cerró las cortinas. Todo estaba exactamente como lo había dejado esa mañana.
Recién entonces soltó el aire, se desabotonó la camisa pero sin sacársela se dejó caer en el sillón, hundiendo su rostro en los almohadones. Lo único que quería hacer en ese momento era dormir, estaba agotado; cerró los ojos y estaba a punto de dormirse cuando nuevamente su teléfono vibró.
Gruñó en voz baja y lo tomó con desgano, dispuesto a ignorar cualquier notificación irrelevante. Pero cuando desbloqueó la pantalla, sus ojos se abrieron por completo.
Un match.
Tragó saliva y tocó la notificación. Al entrar en el perfil del anónimo, "Lysander" de apodo, era alguien de pocas palabras, otro más con A+, pero lo que sí le interesó fue otra cosa: decía que le encantaban las maratones nocturnas de películas de terror.
Víctor no era fanático del terror. De hecho, muchas le daban más ansiedad que emoción. Pero las maratones de películas… eso sí le gustaba. Sentarse horas con alguien, compartir una historia tras otra, comentar escenas absurdas. Eso sonaba bien. Demasiado bien.
«Y ahora qué?»
Se quedó mirando la pantalla, inquieto. No había pensado en ese escenario. No sabía cómo empezar una conversación sin parecer torpe, y ni hablar de lo que vendría después si las cosas avanzaban, la idea de una cita real cara a cara le mareó.
Mientras se rompía la cabeza para formular una primera frase que no sonara ridícula, la pantalla volvió a iluminarse.
Un mensaje nuevo.
De Lysander.