Capítulo 1
PARTE I
VACACIONES
Desde que puso el pie en el instituto y se dirigió, con la impaciencia del acusado que está a punto de oír su sentencia, hacia el pasillo donde estaban expuestas las notas, el corazón de Biel se aceleró de tal manera que escuchaba su latido por encima de las voces de sus compañeros. Arremolinados en torno a las listas, un grupo de muchachos le impedían ver con claridad la ansiada cifra que figuraba al lado de su nombre, que será la que determinará su inmediato futuro. Algunos de sus compañeros emitían gritos y saltos de alegría tras conocerla, mientras que otros se alejaban del grupo cabizbajos y en silencio. Biel consiguió por fin acercarse, no sin propinar algún empujón, y recorrió nervioso el listado, señalando cada nombre con el dedo hasta llegar al suyo. Bajó, eufórico, las escaleras del instituto dirigiendo sus pasos hacia el bulevar, sin poder evitar una sonrisa boba en su cara, de la que no era consciente, pues su cabeza viajaba ya hacia otra dimensión, ajena al paisaje urbano que se abría a su paso. Recorrió de manera automática el trayecto hacia su casa, sin percatarse del efecto que provocaba esa sonrisa en la gente con la que se cruzaba, y ajeno por completo a los aromas y fragancias que, en determinados puntos del paseo, emitían los claveles, jazmines, anémonas y marimoñas, que su olfato privilegiado era capaz de distinguir con precisión, cuando se concentraba en la tarea.
El color de las plantas, en los jardines, parterres y parques de Barcelona, variaba a medida que iba avanzando la primavera, al igual que su olor. El blanco floral de los Castaños de Indias y el de los cerezos, dejaba paso al rojo de petunias, amapolas y rosas, que se mezclaban con el amarillo del Jabonero de China y con el de esa planta, tan abundante en las carreteras, que llamaban Lluvia de Oro.
El olor era un tema aparte. Por desgracia, la explosión de fragancias que desprendía la floración primaveral era poco apreciada por los insensibles peatones de la gran ciudad debido, por una parte, a la atrofia progresiva del sentido del olfato en la evolución humana y por otra, a los pestilentes gases que emitían los tubos de escape de los vehículos, que enmascaraban y desvirtuaban cualquier efluvio que emanara de aquellas delicadas plantas aromáticas. En Barcelona, la gente no se percataba ni del tufillo que provenía de los arrabales del puerto.
Desde el momento en que conoció su nota, Biel se sintió liberado, sin barreras, ni líneas rojas en el horizonte; la tierra se transformó de repente en un lugar amable y el cielo se abrió en toda su inmensidad, límpido y accesible, dibujando un calendario sin días, un espacio infinito de luz y de vida, libre de obligaciones. Le aguardaban meses de verano impregnados de azul añil con sabor a mar, un espacio abierto a sus caprichos. En los últimos días de primavera dio cerrojazo a los libros, a las aulas y a las noches en vela. Ahora llegaba el tiempo del desnudo, de la recompensa y de los baños en el mar con los rayos de sol acariciando la piel, para olvidar las frías noches del triste e interminable invierno.
En su cabeza se aglomeraban planes y proyectos para las próximas semanas, empezando a disfrutar de ellos con tan solo imaginarlos. El viernes hay que montar una gorda, la vamos a liar parda con los colegas de clase, para celebrar el fin del puto curso. ¡Joder, qué ganas tenía de que llegara este día!
Se le iluminaba la cara imaginando la escena. Biel era un muchacho alto, en comparación con sus amigos y compañeros de clase. Heredó los rasgos de la cara de su madre y el pelo castaño y ondulado de su padre, además de sus grandes y almendrados ojos verdes. En su casa se hablaba únicamente el catalán y, a pesar de que su padre era extremeño, no aprendió ni una palabra de español, o de castellà, como decía su madre en tono despectivo. Ella le prohibió taxativamente a su padre decir ni una sola palabra en casa que no fuera en catalán, de tal manera que los únicos idiomas que hablaba Biel eran el catalán y el inglés, los dos los hablaba correctamente desde pequeño.
Seguía pensando en sus planes inmediatos, entre los figuraba, en primer lugar, hacer una lista de invitados para la fiesta. Llamaré a Pere y a sus colegas, que traen siempre unas tías macizas, de esas que cuando cogen un buen pedo se dejan magrear sin problemas. Se lo diré a Donat, a ver qué le parece. A las sosas españolitas ya les pueden ir dando; por fin las voy a perder de vista, espero que a nadie se le ocurra invitarlas: María, Berta y Susanita, menudas tres zorras. Ni siquiera son capaces de pronunciar dos frases bien, cuando intentan hablar catalán. Que se vayan a su puto país y nos dejen tranquilos. Me voy a poner la camiseta del Barça, o mejor aún, una de la estelada, con los pantalones vaqueros llenos de agujeros. Espero que tengan la piscina a punto para que nos podamos dar un buen chapuzón durante el fiestón, eso les pone cachondas a las tías y seguro que acaban en el agua con las camisetas mojadas y pegadas a las tetas.
Ajeno al calor, al ruido del tráfico y a la gente que pasaba a su lado, que miraba con extrañeza su cara embobada, Biel seguía su camino, concentrado en el largo verano que tenía por delante y en la celebración que le esperaba tras haber conseguido su objetivo para este curso, sin poder disimular la inmensa felicidad que reflejaba su rostro. Mis padres van a flipar cuando les diga la nota que he sacado en selectividad: ¡un 12,5 sobre 14! Me sobra para entrar en Económicas. Una pasada, después de la vara que me han pegado durante todo el curso para que empollara. Cuando acabe la carrera voy tomar el mando de la empresa. Mi abuelo puede estar tranquilo, conseguiré levantarla de nuevo como en sus buenos tiempos, cuando surtía a toda Cataluña con sus telas y exportaba a España más de la mitad de lo que producía, hasta que llegaron los putos chinos y tiraron el mercado.
A finales del siglo XX, muchas fábricas catalanas tuvieron que marcharse a Marruecos o a la India, donde la mano de obra era muy barata debido a la ausencia de normativas y a la explotación de sus trabajadores, carentes de derechos laborales. Con el nuevo siglo los problemas se fueron agravando en la industria textil europea, que veía impotente cómo invadían su mercado con productos asiáticos baratos y bien confeccionados. El abuelo de Biel le había explicado el tema y él estaba dispuesto a solucionar con esfuerzo e imaginación lo que consideraba una competencia desleal e injusta. Hay que recuperar el mercado compitiendo con calidad y diseño, esas van a ser mis armas. Le comentaba a su abuelo.
Antes de llegar a su casa llamó a su amigo Donat para contarle la excelente calificación que había obtenido y proponerle lo de la fiesta en su casa, para celebrar el fin de curso. El chalet de Donat, con un enorme jardín en el que destacaba su imponente y bien cuidada piscina, era el lugar idóneo para la celebración, como ya habían comprobado en otras ocasiones. Cuenta con ello Biel, no creo que pongan ninguna pega mis padres. Luego hablamos para confirmártelo y hacer los preparativos, ah, y enhorabuena por esa nota.
La avenida Diagonal separaba L´Eixample, donde se ubicaba el instituto de secundaria Granés Batxillerat, en el que estudiaba Biel, del Districte de Grácia, en el que vivía. Su calle estaba cerca de la parroquia de Santa María de Jesús de Gracia, en un barrio señorial y tranquilo. Hacía a diario este recorrido, un paseo de diez minutos que transcurría por el sombreado bulevar del Passeig de Grácia —un verdadero museo del modernismo catalán—, hasta la esquina con el Carrer de Bonavista, al otro lado de la Diagonal. Biel abandonó bruscamente su embebecimiento con el móvil al tropezarse con un amigo.
—Te vas a estampar contra alguna farola por mirar el móvil, tío.
—Hola Ernest ¿vas para casa?
—No, voy hacer un recado aquí cerca ¿Cómo te va, has sabido algo de tus notas?
—Sí tío, acabo de enterarme y voy a casa volando a contárselo a mis viejos. ¡Un 12,5! Me da de sobra para entrar en Económicas. Estoy flipando, menudo verano me voy a pegar. Por cierto, el viernes tenemos una movida en casa de Donat, ¿te apuntas?
—No sé tío, a mí no me ha invitado nadie —contestó con fingido victimismo.
—Y qué más da tío, ¿tú crees que te van a pedir la entrada? Te vienes conmigo y sin problemas, nadie se va a dar cuenta de tu presencia.
—Hombre, muchas gracias, ahora resulta que soy el puto hombre invisible.
—Tranqui, era broma, lo que quiero decir es que cada uno va a ir a su bola. Te veo mañana a las siete en la plaza. Lo vamos a pasar flama.
Siguieron cada uno su camino, después de chocar las palmas a modo de despedida. La calle de Biel era estrecha, con bolardos metálicos a cada lado, para impedir que aparquen los coches o se suban a las aceras. El edificio tenía tres plantas y destacaba por su fachada modernista en color rosa pálido. Su entrada, enmarcada por rectangulares piedras de granito, mostraba una artística verja de hierro forjado protegiendo la gruesa puerta de madera. Biel saludó a Roque, el portero, sin detenerse y penetró en el elegante y amplio portal, subiendo apresuradamente las escaleras de dos en dos, hasta la segunda planta.
—¡Lo he conseguido, lo he conseguido! ¡Un 12,5 mamá! ¿Estás en casa? —entró precipitadamente en la casa, manifestando su felicidad.
Joan, el padre de Biel, saltó del sillón para salir a su encuentro y abrazarle emocionado. Su madre, en cambio, continuó escribiendo en su portátil y se limitó a felicitarle secamente.
—No esperaba menos de ti, ya puedes ir preparando, a partir de mañana, la matricula en la facultad de Económicas. Tu abuelo se va a alegrar mucho cuando le demos la noticia.
—Joder mamá, menudo entusiasmo, podrías alegrarte un poco más; que he sacado un 12,5, después de esforzarme a tope durante meses.
—Y me alegro mucho hijo, pero ya sabes lo que opino de las manifestaciones excesivas de alegría, las encuentro vulgares.
Su padre seguía abrazándole con efusividad, dándole palmadas en la espalda, mientras Carme le clavaba una mirada reprobatoria.
—Enhorabuena chaval, así se hace, estoy orgullosos de ti. No hagas caso a tu madre, esto hay que celebrarlo de verdad. Cuando se consigue algo en la vida y, sobre todo, si ha sido gracias al esfuerzo y a la constancia, hay que celebrarlo y manifestar la alegría abiertamente —sentenció mirando de reojo a su mujer.
Carme aprovechó la ausencia de Biel, que se dirigió con prisas hacia el cuarto de baño, para expresar lo que pensaba sobre la reacción de su marido ante la buena noticia.
—Que vulgar eres a veces, Joan. Sabes que no soporto los gritos y aspavientos. Haz el favor de reprimir tus manifestaciones de alegría y compórtate como es debido.
—No tengo por qué reprimir mis sentimientos y menos aun cuando se trata de una noticia tan buena. Llevamos esperando esto mucho tiempo, siempre con dudas sobre si sería capaz de conseguirlo. Le hemos visto trabajar duro, esforzarse durante semanas encerrado en casa, sin salir de juerga con los amigos y, cuando por fin consigue sacar unas buenas notas, me echas la bronca porque lo celebro. La verdad es que te entiendo menos cada día, siempre con esos aires de prepotencia y de estar por encima del resto de los mortales.
—No digas tonterías Joan, ¡se acabó el tema! Lo único que te pido es que no seas vulgar, ni contagies tu ejemplo al niño. Estos modales no los ha visto nunca en nuestra familia.
—Ah bueno, se trata de eso, hay que preservar las costumbres ancestrales de su familia catalana de toda la vida y no las del catalán de nuevo cuño, procedente de la modesta Extremadura, en lo más profundo de la represora nación española. Aun no se me considera un auténtico catalán, a pesar de haberlo demostrado tantas veces. Es eso, ¿verdad? No tengo el pedigrí catalán. Sigo siendo un charnego para ti —giró la cabeza para susurrar un ¡Me cago en la puta! que se dedicó a sí mismo, procurando no ser escuchado, aunque dejando clara su intención.
Se dio la vuelta, antes de que Carme pudiera reaccionar y se encerró en el dormitorio dando un portazo. Biel apareció en la sala alarmado por las voces y el ruido.
—¿Qué ha pasado?
—Nada hijo, tu padre que tiene un mal día. Comemos en cinco minutos, ve a lavarte las manos.
El silencio se hizo insoportable durante la comida. Evitaban mirarse mutuamente, masticando el resentimiento y la inquina en cada bocado.
—Teníais que cabrearos hoy precisamente, cuando deberíamos estar celebrando mis notas. No entiendo nada, ¡todos los días el mismo marrón!
—No hay nada que entender. Tu padre y yo hemos tenido una discusión sin importancia, eso es todo —trató de quitarle hierro al asunto.
—Pues muy bien. Yo me largo a dar una vuelta para que podáis seguir discutiendo a gusto.
Hizo un amago de levantarse, pero su padre le frenó con un gesto firme, obligándole a permanecer en su asiento.
—Ya está bien, no sigas provocando si no quieres quedarte en tu cuarto encerrado toda la tarde.
Cuando se dio por concluida la comida, Biel recogió su plato y desapareció sin hacer el menor comentario. Es mejor no insistir, ni encender de nuevo la llama. Esta noche comentaré lo de la fiesta del viernes, cuando los ánimos estén calmados. Si digo algo ahora la puedo liar y mi madre empezará con sus típicas preguntas: ¿dónde va a ser la fiesta?, ¿quiénes van a ir?... y otras monsergas parecidas.
Finalmente se quedaron solos y sumergidos en un ambiente tenso. Recogieron entre los dos la mesa y Joan metió la vajilla en el lavaplatos. Trataban de retrasar el momento de afrontar la conversación pendiente, trasteando por la cocina sin ningún propósito concreto y en medio de un silencio que se prolongaba de manera insoportable, temiendo que, al romperlo, se pudiera desatar una escalada de reproches. Joan se encargó de preparar el café, mientras Carme descansaba ya en el sofá, dispuesta a dar una ligera cabezadita, mientras procuraba ponerse al día con las noticias que emitía la cadena autonómica TV3, fiel a las directrices marcadas por la Generalitat, a la vez que cargaba la escopeta dentro de su cabeza, esperando el momento propicio para disparar. Cuando Joan volvió con las humeantes tazas en la mano, Carme se incorporó para echar media cucharadita de azúcar e iniciar el fuego, mientras removía el café.
—No me gusta tu actitud, no recuerdo haberte dicho nada sobre tu catalanidad, que no he puesto en duda en ningún momento, pero te empeñas en volver siempre al mismo tema, como si tuvieras algún tipo de complejo por no haber nacido en Cataluña. Lo hemos discutido mil veces y te he demostrado, después de los problemas que hemos superado juntos, que te considero tan catalán como el que más y te sigo queriendo como eres.
Joan movía el café mordiéndose la lengua, mientras volvía la mirada hacia la ventana para perderse en el paisaje turbio que intuía tras los cristales. Estaban abstraídos, dándole vueltas a un tema recurrente que estaba provocando un distanciamiento insalvable entre ellos. Joan llevaba casi treinta años viviendo en Barcelona, desde aquel lejano día de octubre que regresó en busca de un trabajo y un mejor porvenir, tras haber hecho la mili en esta ciudad: en el cuartel de la Inspección General del Ejército. Pasó un año entero sin viajar a su pueblo, vestido de caqui, aprendiendo contabilidad bajo las órdenes de un teniente nostálgico e indulgente, que procedía también de aquella lejana tierra.
Al licenciarse volvió a su pueblo con la esperanza de encontrar trabajo, pero pronto se convenció de que su porvenir no estaba en la tierra que le vio nacer, ni entre su gente. Regresó, aunque con pena, a la Barcelona que había conocido durante su servicio a la patria. Después de currar varios meses como camarero en un céntrico restaurante y de dejarse la piel como estibador en el puerto, consiguió un buen puesto de trabajo en la Industria Textil Bassols Gramunt, donde, a base de constancia y empeño, se fue ganando la confianza de sus superiores, llegando a ser el comercial que más ventas registraba, lo que le reportó la felicitación personal del presidente ejecutivo, el todopoderoso Jaume Bassols. En dos años ascendió a puestos directivos, en el cuadro medio del organigrama de la empresa. Conoció a la hija del presidente en una de las fiestas que organizaban todos los años por Navidad, para felicitar e incentivar a los empleados, premiando a los mejores del año. Joan tenía veinticinco años y era un atractivo joven que no pasaba desapercibido a los ojos de las jovencitas: un cuerpo atlético que sobrepasaba el metro ochenta, bien proporcionado, ojos con brillo de hoja de faca y una espesa capa de pelo negro con rizos de ola en la nuca. Su carácter alegre y optimista agradaba a las mujeres, puesto que, además de su impresionante físico, conseguía hacerlas reír constantemente, gracias a su agudo sentido del humor y a una especial habilidad para la respuesta ágil e intuitiva, poco habitual entre los jóvenes catalanes de clase media. Había salido con varias chicas antes de conocer a Carme en la fiesta de la empresa. La empresaria le echó el lazo aquella noche y, a partir de entonces, establecieron una relación esporádica que, poco a poco, se fue consolidando, a pesar de la oposición de su familia: una estirpe que presumía de profundas raíces catalanas, cuyos orígenes se remontaba varios siglos atrás y que se sentían orgullosos de que, hasta el momento, su sangre no se hubiera mezclado con la de nadie que no tuviera la misma raigambre.
La noticia de que la única hija del matrimonio Bassols tenía relaciones serias con un español procedente de Extremadura, ocasionó un revuelo de proporciones sísmicas en la alta burguesía catalana. Pero Carme era una joven rebelde y decidida, que no estaba dispuesta a renunciar al amor de su vida por el simple hecho de que se opusiera su familia y los cuatro carcas trasnochados de siempre. Se enamoró perdidamente del joven extremeño desde el momento en que le conoció. De carácter liberar y republicana convencida, estudió Empresariales y Derecho en la Universidad Internacional de Cataluña, entrando, poco después de graduarse, a formar parte de la dirección de la empresa, en la que pasó a ocuparse de los asuntos jurídicos, laborales y fiscales.
Joan seguía siendo reticente con respecto a su aceptación en la soberbia familia catalana.
—Quizás tú estés convencida, pero yo sigo dudando de que lo estén algunos de los que te rodean, empezando por tu familia. Sé que tu padre me tiene un gran aprecio y me considera un buen trabajador, capaz de aconsejar e influir en decisiones importantes para la empresa, pero en el tema nacionalista me sigue considerando un extranjero, incapaz de llegar a comprender en profundidad lo que significa ser catalán de toda la vida y de alcanzar los mismos niveles de odio hacia España que han acumulado tantas generaciones de compatriotas, sometidos a la tiranía del gobierno de Madrid.
—No lo sé Joan, a lo mejor deberías ponerte en su lugar. Tú te has criado en un pueblo extremeño y llevas sangre española, heredada de muchas generaciones. Es imposible que, en tan pocos años, puedas impregnarte de un sentimiento tan profundo y arraigado como el que hemos mamado los que hemos nacido aquí. Además, tú siempre has manifestado tus dudas sobre el tema de la independencia y sus consecuencias catastróficas, según tu opinión. Sabes también que mi mayor anhelo y el objetivo político al que he dedicado mi vida, es el de ver algún día una Cataluña independiente y que nuestra bandera y nuestro himno sean reconocidos en todo el mundo, por encima de cualquier dificultad y sea cual sea el precio que tengamos que pagar.
Se le notaba un cierto sobresalto cuando pronunciaba estas graves palabras. Por un instante fue consciente de que había levantado la voz más de lo que se podía considerar correcto.
—No creo que puedas tener ninguna duda de mi apoyo, he participado en todos los mítines, asambleas y manifestaciones a favor de la independencia y defenderé con todas mis fuerzas el derecho que tienen los catalanes a votar en un referéndum que decida su futuro, respetando el resultado de la consulta. Pero también soy pragmático y considero que la situación o, mejor dicho, que el momento actual no es el mejor para separarse de España. Independientemente de los motivos sentimentales y los lazos familiares que me unen a otras regiones, hay que considerar fríamente otros temas. Cataluña tiene una deuda bestial y una financiación francamente difícil, ya que sus bonos estás calificados como basura. Las empresas grandes y medianas serán las primeras en huir a territorios más seguros, como Madrid o cualquier otro lugar de Europa, quien, según la legislación que conoces de sobra, nos excluiría de la zona euro de manera automática, ya que, al independizarnos, dejaríamos de pertenecer a la unión. Pasarían muchos años antes de que pudiéramos volver a pertenecer a la comunidad europea, dependiendo de que España quisiera retirar su veto, y no creo que eso lo lleguen a ver nuestros hijos. También tendríamos que olvidarnos de vender nada en la península, ya que nos quedarían pocas empresas competitivas. Dime sinceramente que porvenir estamos ofreciéndole a las próximas generaciones, fuera del euro y de Europa. Sin empresas, sin posibilidad de exportar y sin que nadie financiara nuestra deuda. Sería mucho peor que la situación actual de Grecia. Cuanto tardarían en echarnos en cara la ruina a la que llevaríamos a este país. Hay que ser realistas, por encima de ideologías y ansias nacionalistas. Yo os apoyo en todo, pero debéis contar la verdad, antes de tomar una decisión irreversible.
Carme permaneció impasible ante el discurso de su marido, con la mirada perdida, absorta en su propio mundo y ajena a los razonamientos que tantas veces había escuchado.
—Ya salieron los miedos. Ese es el argumento de los putos españolistas para someternos a sus deseos, y tú vienes a recordármelo en mi cara. No se te ocurra comentarle nada de esto al niño. Él es de los nuestros.
Salió del salón masticando estas últimas palabras, haciendo evidente su desprecio. La distancia entre ellos se hacía cada día mayor, algo que Biel percibía, aunque trataran de evitar las discusiones en su presencia.
El chalet de Donat estaba situado en el barrio de Sant Gervasi-La Bonanova, en el Carrer d´Iradier. De arquitectura moderna, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz a todos sus estancias, un edificio de cristal y hormigón de trescientos metros cuadrados en una sola planta, rodeado por una gran parcela de mil metros con una piscina rectangular en la parte posterior, rodeada de césped y abetos centenarios. Biel llegó a media tarde, acompañado de Ernest. Saludó a Jordi y al anfitrión, Donat, que ya habían comenzado con los preparativos de la fiesta. Ellos venían para echar una mano, debían encargarse de colocar las mesas, las bebidas, los platos y los vasos de plástico. Les había encargado traer las bolsas de hielo, diez en total, que compraron en una gasolinera de paso hacia el chalet y que pesaban como si fueran de plomo. Llevaban varios días preparando el evento, convocando a la gente a través de wasaps, que iban pasando entre los diferentes grupos. Biel participaba, entre otros, en el grupo del instituto, en el de los amigos del barrio y en el del club de tenis. A todos ellos les envió una invitación para que acudieran al fiestón. Tras una hora poniendo a punto la intendencia y la música, comenzaron a llegar los primeros invitados. Estaba inquieto, paseando entre los diferentes corrillos que se iban formando. Algunos comenzaban a moverse tímidamente al ritmo de la música, con la copa en la mano, oteando una posible presa entre la diferente fauna reunida alrededor de la piscina. Biel sintió un cosquilleo al percibir la mirada de una chica rubia, con unos llamativos pantalones cortos, deshilachados y muy ajustados, de los que sobresalían los dos bolsillos anteriores. Formaba parte de un grupo de cuatro amigas que reían sin parar delante de la mesa de las bebidas. Se enteró de que eran amigas de Pera y fue en su busca para recabar toda la información posible.
—Qué bien te lo montas colega, ¿quién son esas pivas?
—Que pasa Bielito, te has quedao con ellas ¿eh?
—Bueno, no están mal ¿crees que puede haber rollo?
—Depende de cómo te lo montes, aunque puede que las asustes con esa camisa estelada que te has colocao. Es que no descansas ni cuando sales de marcha tío, menuda brasa que das con lo de la Catalunya lliure. No se te ocurra soltarles un mitin, que te tiro a la piscina
—Mejor tíralas a ellas y yo voy detrás.
Ernest paseaba sin rumbo, enfrascado en los juegos de su teléfono móvil. Descargaba los vídeos y chistes que le enviaban continuamente. De vez en cuando soltaba una carcajada y, cuando algune le gustaba, lo reenviaba a sus contactos. No conocía a casi nadie en la fiesta, por lo que el móvil le servía para aislarse y pasar desapercibido. El volumen de la música iba subiendo a medida que avanzaba la noche, mientras que las botellas de alcohol se iban vaciando en proporción inversa al estado de excitación que se palpaba dentro de la pista de baile, que, en realidad, era el césped que bordeaba la piscina, a la que algunos se arrojaban, desinhibidos por completo, chapoteando torpemente entre gritos y risas, mostrando abiertamente su grado de intoxicación etílica.
Se encargaba de la música Joel Donat, un muchacho de buena familia, como decían las páginas refulgentes de las revistas del corazón, en las que aparecía con frecuencia. Sonaban discos de música tecno, grabados en sesiones de discotecas, como Amnesia y Pachá de Ibiza, por los super disyeis: David Guetta, Daft Punk, o Guy Manuel y por el número uno indiscutible: Calvin Harris. Gracias a la potencia de sus bafles y a la sofisticada mesa mezcladora, la gente no paró de bailar durante las seis horas de sesión, que finalizaron más allá de las cuatro de la mañana. Las pastillas de éxtasis circulaban abiertamente, mezcladas con sándwiches y medianoches, sin que nadie se resistiera a probarlas —algunos por primera vez—. También abundaba el chocolate, entre la fauna más alternativa, que liaban con destreza añadiendo un pequeño filtro, tras mezclar hábilmente la china con la picadura de tabaco.
—¿Y tú dónde vas con esa camiseta del Valencia?
Las carcajadas irritaron a Biel como si le hubieran lanzado el peor de los insultos.
—Ésta no es la camiseta del Valencia, chica lista.
—No me digas, chiquet. ¿Te dan permiso tus padres para volver tan tarde a casa?
—Tócame los collons, pija de mierda.
—Vale tío, no te lo tomes así, ¿no ves que tienen un colocón como un piano? Vamos a bailar con aquellas pivas y deja a estas colgás. ¿Has tomado alguna pilule?
—Ya sabes que paso, Pera, yo me coloco con ron añejo.
—Mira, estas son Mercé, Edurne y Mireia. Este es Biel chicas, al que solo le falta la barretina, pero tranquis que no os dará la brasa nacionalista, ¿verdad president?
—Vale ya Pera, deja el tema. A mí me encanta tu camiseta —Mireia se aproximó a él mostrando una deslumbrante sonrisa que le dejó paralizado—. ¿Te apetece bailar?
A pesar de su estado, fue capaz de reaccionar ante la tentadora proposición. Sus cuerpos se contorsionaban, prácticamente pegados, en medio de un caótico movimiento colectivo. Dos canciones después se fundieron en un beso apretado, antes de caer al agua. El impacto del frío y la humedad, apenas le hizo reaccionar. La realidad parecía desdibujada, bajo los efectos del alcohol, la trepidante música y los movimientos compulsivos de su cuerpo. Todo ello fue conduciéndole a un trance profundo, imbuyéndole en una especie de ritual satánico que le transportaba, con una fuerza intangible, hasta un éxtasis que anulaba su voluntad y le embotaba los sentidos, haciéndole desear que la noche no tuviera fin. No era ya consciente de nada, salvo de que estaba siendo arrastrado sin oposición hacia el césped, donde cayó como un saco de patatas, desmembrado y sin cabeza.
Parecía mentira que, tan solo dos años atrás, Biel fuera un muchacho delgado, tímido, débil y algo más bajo que la media de compañeros de su instituto. La influencia y sobreprotección que ejercía su madre sobre él, era objeto de comentarios y burlas por parte de parientes y amigos. Tenía la obligación de informarle de sus actividades diarias y de los amigos con los que quedaba para jugar. Debía cumplir estrictamente con el horario marcado para volver a casa, bajo la amenaza de que, en caso de retraso, iría a buscarle a la calle para montarle una bronca delante de todos los amigos, con el consiguiente castigo, conocido ya por sus compañeros, de quedar recluido en casa durante varios días.
Cuando cumplió los quince años, su padre le inscribió en el Real Club de Tenis Barcelona, el más antiguo de toda Cataluña, donde comenzó su transformación física. En pocos meses dio un gran estirón, sobrepasando el metro ochenta, lo que, sumado a las sesiones de gimnasio y el entrenamiento diario en la pista de tenis, transformó su débil cuerpo en el de un musculoso atleta que no pasaba desapercibido entre sus amistades, especialmente las femeninas. Se parecía cada vez más a su padre. Era ya frecuente también su participación en todo tipo de actos reivindicativos a favor de la independencia de Cataluña, tanto en los organizados por Esquerra Republicana, el partido de su madre, como los que convocaba CIU o las plataformas civiles. Los días previos a la Diada del 11 de septiembre eran de una actividad frenética. Se encargaba de ayudar en la infraestructura y en la preparación de los diferentes actos programados para que todo saliera según lo previsto. Había que coordinar la participación de cientos de miles de personas, ubicarlas correctamente, seleccionar las pancartas para que ocupen un lugar destacado y visible, conseguir que todos tuvieran su bandera y su camiseta, planificar el recorrido de la manifestación, la seguridad, los grupos de apoyo y avisar a la prensa y la televisión. Los acontecimientos del año 2014 requirieron un sobreesfuerzo organizativo por su carácter histórico, ya que se desafió al Estado organizando un referéndum ilegal en el que se decidiría si los catalanes querían o no independizarse.
Biel llevaba en la sangre este objetivo, como si formara parte de su ser. No entendía mucho sobre partidos políticos, ni le importaba demasiado conocer sus problemas ni su ideología, para él había sólo dos tipos de partidos: los independentistas y los españolistas, partidarios de que la nación Catalana siguiera sojuzgada, sometida y oprimida por los españoles, un pueblo que, según les contaba a los allegados poco convencidos de la causa, se había beneficiado de nuestra industria, nuestra riqueza y nos ha explotado con impuestos abusivos, con el fin de mantener a nuestra costa su renta per cápita. Los españoles eran gente que trabajaba poco, siempre estaban celebrando fiestas y juergas que terminábamos pagando nosotros. Era el trabajo y el esfuerzo de pueblos como el catalán y el vasco los que impulsaban al estado español. Desde muy pequeño escuchó, tanto en su casa como en el colegio, estos y otros argumentos similares, lo que ocasionó un odio en su interior que fue creciendo en la misma medida que lo hacía física y mentalmente. La Historia, la Geografía y la Lengua que estudió, hacían referencia exclusivamente a su nación. Más allá de Lleida o de Tarragona le importaba poco lo que sucediera ni la geografía que existiera. Con Francia, en cambio, la cosa era diferente, pues se trataba de un país avanzado, con una gran historia y enorme peso dentro de la Unión Europea. Estaba convencido de que una alianza con los franceses les abriría las puertas para ser reconocidos como una nación de manera instantánea, en cuanto se proclamara la independencia, siendo admitidos desde ese momento como un miembro más de la Comunidad Europea. Este proceso no alteraría su situación económica, ya que el euro seguiría siendo su moneda durante el tiempo que durara el proceso.
Intentó entrar en casa sin hacer ruido. Eran las cinco y media de la mañana. Se encontró con su madre en el pasillo, cuando ya casi tocaba la puerta de su habitación. Maldita sea, que mala suerte, me va a caer la bronca gorda, lo que me faltaba esta noche.
—¿Te parece bien llegar a estas horas sin haber avisado?
—Mamá vengo de una fiesta, ¿a qué hora quieres que llegue? —la voz le temblaba delatando de manera inequívoca su estado.
—Mira como vienes, borracho, empapado y sucio, como si hubieras estado bebiendo en un estercolero. Qué vergüenza.
—No exageres, que tan poco es para tanto, he tomado un par de copas y me he bañado en la piscina… ¿qué crees que se hace en las fiestas? —entró en su habitación y cerró la puerta para no escuchar la respuesta.
Carme regresó a la cama cabreada, aunque aliviada a la vez, tras superar la ansiedad y angustia que le había provocado la espera. Cada vez que su hijo salía de marcha le ocurría lo mismo, no era capaz de pegar un ojo hasta que escuchaba el sonido de la cerradura y unos sigilosos pasos que hacían chirriar la tarima, mientras se dirigía a su cuarto. Joan protestó, al ser despertado por el ajetreo de su mujer.
—¿Qué haces levantada a estas horas?
—Calla y duerme, que es lo único que te importa —Joan dudó un instante si debería responder o seguir durmiendo, intuyendo que podía caerle una pelotera sin comerlo ni beberlo. Finalmente optó por el silencio—. Duerme, anda, duerme. Como se ve que no te importa si ha llegado tu hijo o se ha quedado por ahí tirado —seguía y seguía con su cantinela, en un tono apenas ya perceptible.
Mejor me voy a callar para no liarla, porque eso es lo que está buscando. Si se me ocurre abrir la boca me caigo con todo el equipo. Mañana me enteraré de la movida. Seguro que será lo primero que me cuente nada más levantarme.
—¿Sabes a qué hora llegó tu hijo anoche? —efectivamente Carme estaba de pie, delante de la cama, en actitud desafiante con los brazos en jarra. Su aspecto desaliñado, con su camisón fucsia, las zapatillas rosas y cierto aire de maruja, estuvieron a punto de provocar la carcajada de Joan, pero, afortunadamente para él, supo contenerse a tiempo.
Carme mantenía aún cierto aire juvenil a sus cuarenta y seis años, una cara alargada con firmes pómulos sonrosados, ojos almendrados de un color indefinido, labios finos que convertían su sonrisa en un marco elegante para sus blanquísimos dientes. No era una belleza deslumbrante, pero atraía su porte refinado, en el que se revelaba una genética con clase. Detestaba maquillarse, tan solo usaba cremas hidratantes, algún fondo de color y, en ocasiones especiales, una tenue línea en los ojos y un toque suave de labios. Tampoco le importaba excesivamente la moda, desaprovechando su estilizada figura con vestidos anchos que no resaltaban sus finas proporciones, dándole una apariencia desgarbada. Vivía para la política, militando en las filas de Ezquerra Republicana, donde se encargaba de la propaganda, al frente de un equipo de diez personas, actividad que alternaba con su trabajo en la empresa familiar.
—Mira Carme, tu hijo ha terminado el instituto y se ha matado todo el año para sacar unas buenas notas que le van a permitir estudiar la carrera que le gusta. Es normal que quiera celebrarlo, como cualquier chico de su edad, ya sabes que ahora les gusta salir muy tarde y que las fiestas acaban de madrugada. Cuanto antes te acostumbres menos sufrirás —se paró un momento para observar su reacción—. No creo que sea bueno que te pases toda la noche en vela esperando a que entre por la puerta.
—Bueno, vale ya —contestó de manera airada, sabiendo que, en el fondo, tenía razón.
Pero no podía evitar la preocupación que le ocasionaban estas salidas. A pesar de intentarlo no lograba conciliar el sueño hasta que no entraba su hijo en casa y se negaba a tomar somníferos por el terror que le ocasionaba la posibilidad de que Biel la necesitara y no fuera capaz de despertarse para socorrerle. Mientras discutía sobre el tema se puso a recoger la habitación alocadamente.
—Yo hago lo que quiero. Además, si no puedo dormir, ¿qué quieres que haga?, ¿tomar pastillas como tú para no enterarme de nada?, y si pasara algo grave, ¿qué?
—Pues si pasa seremos los primeros en enterarnos, estemos despiertos o dormidos —Joan se encaminó hacia la ducha, dando por zanjada la una discusión que se repetía cada vez que Biel salía de noche.
—Lo que te pasa a ti es que te importa una mierda lo que le ocurra a tu hijo, mientras no te interrumpan el sueño – Joan escuchaba de lejos las protestas de su mujer y abrió el grifo de la ducha para ponerles sordina definitivamente.
Biel se levantó poco antes de las tres de la tarde, cuando sus padres habían terminado de comer. En el móvil tenía varios wasaps de Ernest y Donat, pero no tenía cuerpo para contestar en ese momento, lo único que deseaba era averiguar el teléfono de la chica con la que se cayó al agua. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Mireia. Tengo que mandar un wasap a Pera, seguro que él lo tiene. Esperó unos minutos, pero no había respuesta. Este cabrón estará durmiendo la mona todavía. Cuando se dirigía a la cocina, su padre le salió al paso.
—¡Hombre! Ya se ha despertado el señorito, menuda juerga nos corrimos ayer. ¿Dónde fue la fiesta?
—Que más te da papá. En Sant Gervasi, en el chalet de Donat.
—¿Y no estaban sus padres? —Biel entró en la cocina, sin responder, y fue directamente a la nevera—. Espera que llame a tu madre para que te prepare algo de comer.
—Déjalo, ya pillo cualquier cosa —Carme estaba en el salón trabajando con su ordenador, pero se levantó de inmediato al oír que su hijo estaba en la cocina intentando comer algo.
De fondo la sintonía del telediario de TV3 daba paso a la primera noticia: Artur Mas anunciaba la convocatoria de elecciones para el 27 de septiembre, aunque la novedad estaba en que se iban a presentar dentro una coalición formada por Esquerra Republicana, una plataforma de ciudadanos favorable a la independencia y Convergencia, quienes previamente se había desligado de Unió por discrepancias en el objetivo secesionista. La otra novedad estaba en que Mas no figuraría como cabeza de lista, sino que iría en el cuarto puesto, aunque habían pactado que, en caso de ganar, seguiría siendo él quien presidiera el gobierno. Al escuchar la noticia, los tres se acercaron al salón para enterarse bien de esa propuesta, que auguraba el triunfo de la coalición, asegurando de este modo una inmediata declaración de independencia, al ser consideradas las elecciones como plebiscitarias.
—Enseguida te preparo algo de comer hijo. Menudo notición, esto tenemos que celebrarlo. Voy a llamar al partido para ir preparando la campaña.
—Pero mamá, si tú ya sabías esto desde hace tiempo.
—Ya, pero nos ordenaron permanecer callados hasta que fuera todo oficial y apareciera en los medios —Joan la miró con cara de asombro.
—¡Ni siquiera te dejaban contárselo a tu marido! ¿Qué sois, militantes o soldados? ¿Creías que era mejor no contármelo por si lo pregonaba al resto del mundo?
—Bueno, no exageres Joan, sabes que confío en ti, pero éste era un tema muy serio y delicado, se te había podido escapar entre tus amigos, en un descuido.
—Ya estáis como siempre… mejor déjalo mamá, ya me comeré algo más tarde, ahora me apetece tomarme un café y salir a que me dé un poco el aire —Joan aprovechó la ocasión para desaparecer de aquel escenario conflictivo.
—Yo también me voy al club de tenis, he quedado esta tarde con Manel y Sebastiá para jugar un rato y después tomaré una copa con ellos para relajarme. Estoy un poco saturado del proces y toda esta parafernalia. —Carme le dirigió una de esas miradas displicentes con las que pretendía intimidarle.
—Para un español es muy difícil entender el sentimiento que subyace en la cabeza de un catalán de pura cepa, que aspira a tener lo que tiene todo el mundo, un país libre, independiente, que sea gobernado, dirigido y gestionado por su gente. No es nada complicado, ni extraño para los que hemos nacido en esta tierra y hemos tenido que soportar la humillación y el yugo a la que nos han sometido los españoles, con los que llevamos siglos de enfrentamientos. El año pasado se cumplieron trescientos años desde que reivindicamos nuestro derecho a ser un pueblo independiente, con idioma, cultura, tradiciones y una historia propia escrita por nuestros antepasados, cuando éramos una nación fuerte, unida e independiente. Estamos más que hartos de que se beneficien los españoles de nuestro trabajo o de nuestra industria y de que lo que recaudamos con los impuestos sirvan para que ellos vivan de puta madre, sin dar golpe y además se subvencione a la mitad de su población a costa de nuestro esfuerzo y sacrificio. Por lo que es nuestro deber permanecer firmes y no nos vamos a asustar con sus mentiras, ni nos va a acobardar la teoría de la expulsión de Europa o la de que nos van a abandonar las grandes empresas y que las multinacionales cambiarán sus sedes para marcharse fuera de Cataluña. Te digo una cosa Joan, aunque no tuviera para comer, ni donde caerme muerta, seguiría apoyando nuestra independencia por encima de cualquier otra cosa. De modo que ya te puedes ir a jugar con tus pelotitas, si crees que estás harto del proces, porque yo voy a seguir hasta la muerte con él y si no te gusta te puedes ir buscando una españolita y te vas con ella a Extremadura. —Estaba furiosa de verdad. Escupía estas últimas palabras en la cara de Joan, que se quedó paralizado por unos instantes, sin acabar de reconocer a la mujer que le chillaba histéricamente, mirándole desencajada con ojos que escupían fuego.
—Está bien, está bien, tranquilízate un poco, no hay por qué perder la compostura —especuló, durante una décima de segundo, con pasarle la mano por el hombro, pero rectificó a tiempo—. No podemos dejar que este asunto acabe con nuestro matrimonio, creo que nos vendría bien tomarnos unas cuantas semanas de vacaciones este verano y si puede ser lejos de aquí mejor.
Hubo un minuto de silencio en el que, a pesar de la tensión, parecía que volvía la calma.
—Reconozco que este tema me está desbordando y que me hace perder los nervios, pero no admito posturas tibias Joan, o se está a favor de la independencia o se está en contra. Las medias tintas son las que me sacan de mis casillas.
Creo que será mejor que me marche cuanto antes. Me conviene despejarme un rato y que Carme reflexione en soledad. Se dirigió a su habitación para preparar la bolsa de deportes y se despidió de su mujer con un beso rápido y convencional en la mejilla. No hubo ni una sola palabra de despedida.
El restaurante La Tramontana se llenaba los domingos de familias que acudían para degustar alguno de sus variados tipos de arroces y liberar de este modo a la madre de la ingrata tarea de cocinar, al menos un día a la semana. Biel no parecía encajar en este ambiente, en el que se sentía fuera de lugar, al ser su ritmo de vida, sus horarios, incluso sus gustos tan diferentes a los de aquellos comensales. Pidió un café con leche y una tostada con mantequilla, lo que provocó una mirada de extrañeza en el gordo y sudoroso camarero que le atendía al otro lado de la barra. Mientras esperaba probó suerte de nuevo con su amigo Pere, aunque esta vez decidió llamarle por teléfono, en lugar de enviarle un wasap. Sonó tres veces, antes de que escuchara una voz ronca que identificó al instante.
—¿Qué pasa Bielito, te has despertado ya? Menuda tajada te pillaste anoche.
—Si, vale, vale, ya veo que tú estás todavía calentando el catre. Escucha tío, necesito que me pases el teléfono de Mireia, tengo que llamarla hoy mismo.
—Joder que prisas, te has colgao bien colega. Menudo pivón y eso que tu ayer estabas ciego, aunque le diste un buen magreo en la piscina, je, je… —el camarero le sirvió el café mientras él se daba la vuelta pare evitar ser escuchado.
—Bueno, vale ya, me lo vas a pasar o qué.
—Vale, vale, collons, cómo te has levantado hoy. En cuanto me quite las legañas te lo mando por wasap.
—Gracias tío, te debo una.
Desayunó sin prisas, con la mirada fija en el teléfono, repasando las entradas del Facebook, pero sin detenerse demasiado en los contenidos. Abrió el correo sin molestarse en leer los siete mensajes nuevos, publicidad en su mayoría, dejando el wasap para el final. Había mensajes del grupo de tenis, del instituto y de la familia. Les ojeo sin poner mucho interés, ni la menor intención de responder. No encontró el que esperaba. El cabrón de Pere seguro que se ha quedado dormido otra vez. Me va a tener toda la tarde esperando su wasap. A su alrededor correteaban dos niños jugando entre las mesas de los comensales, mientras sus padres daban buena cuenta de los exquisitos postres caseros en animada conversación, ajenos a las travesuras de sus hijos. Los camareros trajinaban yendo y viniendo de las mesas a la cocina, transportando pilas de platos con habilidad de malabarista, sorteando por el camino cuantos obstáculos se cruzaban a su paso, incluidos los traviesos chiquillos. Volvían con bandejas de café humeante, impregnando la atmosfera con su penetrante aroma. En ese momento sonó en su teléfono el tono de un nuevo mensaje. Era el ansiado envío de Pere con el contacto de Mireia. Por un instante permaneció inmóvil delante de la pantalla, sin atreverse a pulsar el botón que revelaría el deseado número de teléfono. Pagó el desayuno y salió a pasear por los bulevares del Paseo de Gracia con la intención de despejar la mente antes de afrontar la llamada. Hacía una tarde sofocante, que presagiaba un verano caliente. Apenas se veía algún transeúnte por las calles caminando al amparo de la sombra que daban los árboles del bulevar o la de los edificios. Marcó nervioso el número de Mireia y, tras tres interminables toques, escuchó una suave y cálida voz que le paralizó por un instante.
—Hola, soy Biel, ¿te acuerdas de mí? El de la fiesta de anoche.
—Pues claro que me acuerdo, ¿qué tal llegaste a tu casa? Tenías un buen pedal.
—Bien, sin problemas, algo jodido esta mañana, pero ya pasó. ¿Y tú, te dieron mucha brasa tus viejos?
—No los he visto todavía —respondió sin darle importancia al asunto.
Biel se encontraba incómodo hablando por teléfono, no le gustaba en absoluto y además había perdido la costumbre. Llevaba varios años ya en los que se comunicaba únicamente a través de mensajes de wasap, fraccionando palabras o mediante signos y abreviaturas, a las que añadía emoticonos que simbolizaban su estado de ánimo, lo que constituía una jerga novedosa, difícil de descifrar por los que no estuvieran habituados o fueran usuarios del lenguaje convencional. En un par de líneas se podía resumir lo que en un lenguaje convencional podía ocupar tres o cuatro veces más, para transmitir los mismos sentimientos o emociones.
—Bueno, te llamo porque me gustaría verte para tomar algo, ¿te apetece?
—Claro que me apetece, chico independentista, pero hoy estoy muerta. Si te viene bien lo podemos dejar para mañana, aunque nos quedan pocos días porque el viernes me abro a Tarragona para pasar un par de meses en Altafulla —Biel reaccionó con premura.
—Pues entonces quedamos mañana. ¿Qué tal te viene la terraza del café Oriental, la conoces?
—Sí, claro que sí, me parece buena idea. Nos vemos allí a las 9,30 ¿Ok?
Disponía de poco tiempo y tenía que decidir entre intentar consolidar la relación o dejar que pasara el verano, ya que era consciente del peligro que suponía estar separados durante ese periodo de vacaciones en la playa, en el que era probable que alternara con nuevos competidores, sintiéndose libre para hacer lo que le diera la gana. Pensándolo fríamente sería mejor no llevar las cosas demasiado lejos, para no sufrir las consecuencias de un fracaso ni sentirse atado tampoco.
El despacho de Joan era amplio, con una enorme ventana a la espalda de su mesa por la que se divisaba todo Montjuic, frondoso aún en esa época del año. Una mesa de nogal, de estilo moderno y sencillo, presidía la sala. Encima de ella tan solo reposaba un ordenador portátil, una lámpara de mesa de diseño vanguardista y un retrato de la familia en un marco plateado. En el extremo opuesto un sofá de cuero con dos sillones de estructura metálica y una mesita baja de cristal completaban el mobiliario. Mientras reflexionaba acerca de la estrategia a seguir para que su plan fuera aprobado por su mujer, se acercó a la ventana y se detuvo contemplando la silueta de su gran ciudad. Con la mirada perdida meditaba sobre lo diferente que era, en comparación a la que contempló por primera vez en los años ochenta. Aquella mañana de octubre llegué temblando a la estación de Sans, tras pasar la noche entera en un incómodo y apestoso vagón del expreso procedente de Madrid. Antes de presentarme en el cuartel estuve vagando por las agitadas calles de aquella desconocida ciudad, repletas de gente que iban de un lado a otro, sin detenerse ni saludarse entre ellos, con rostros serios, como si tuvieran prisa por llegar a sus destinos. Qué recuerdos y qué diferente era todo ahora. Las preocupaciones de la gente eran muy distintas de las que tienen hoy. Aquella era una sociedad menos crispada, menos dividida y centrada en resolver sus problemas cotidianos. No había tantos turistas ni emigrantes y Cataluña, salvo en la Diada y durante las campañas electorales, estaba mucho más integrada en el territorio nacional, participando incluso en su gobernabilidad. Había cierta elegancia en la clase política, al margen de que robaran todo lo que podían, como siempre ha pasado. ¿Estaré haciéndome viejo con ese rollo de que cualquier tiempo pasado fue mejor? Qué sé yo, todo esto me parece una mierda, pero sigo pensando que me gustaba la Barcelona de entonces. La burguesía acomodada y dominante se encargaba de que no hubiera terremotos políticos ni sociales. Todo ello ha pegado un giro de 180º. Quién podría pensar que en el sillón del alcalde se iba a sentar una activista social, defensora del movimiento okupa y de los afectados por la hipoteca, con pinta de mochilera. Esta es la imagen que la ciudad está dando hoy al mundo. Emigrantes subsaharianos dueños del top manta en el Port Vell, que llenan la pasarela del Maremágnum de sabanas repletas de bolsos de marcas, pañuelos de colores, camisetas del Barça, zapatilla Nike, pulseras y baratijas, con el consentimiento de los Mossos dÉsquadra. El “efecto llamada” ha sido aprovechado por emigrantes del este de Europa, indios, pakistanís y chinos. Todos dispuestos a vender, sin licencia ni garantías, su quincalla al turista despistado, consentido además por las autoridades, para desesperación de los Artesans de Palau de Mar, vendedores legales que pagan sus tasas, impuestos y las tarifas de autónomos y se encuentran indefensos ante semejante injusticia. La Generalitat ha propiciado la llegada de emigrantes, favoreciendo la de aquellos que no hablen castellano, para integrarlos mejor lingüísticamente. Todo calculado, aunque le está saliendo el tiro por la culata. Y luego tenemos el tema de los turistas. Sí, es verdad que hay muchos más y que se dejan una buena pasta en nuestra ciudad, pero han llegado muchos visitantes de alpargata, que alquilan pisos o habitaciones en barrios populares, donde montan sus fiestones, se ponen ciegos de alcohol y perturban la tranquilidad de sus vecinos. Joder, menuda herencia les vamos a dejar a nuestros hijos. Joan seguía abstraído en estas reflexiones cuando entró Julia, su secretaria, con una humeante taza de café que depositó encima de la mesa. Joan se acercó a ella y la besó en la boca, de manera rutinaria, como si se tratara de un reflejo automático.
—¿Tú crees que era mejor la Barcelona de hace treinta años que la de ahora?
—No lo sé Joan, hace treinta años yo andaba aún en pañales. ¿Es algún tipo de adivinanza o estás en plan filosófico nostálgico?
—No me hagas caso, estaba pensando en voz alta, ¿has quedado hoy con tu novio?
—Sí, pero mañana podemos vernos, si tú puedes claro.
Julia llevaba quince meses trabajando para Joan. Había estudiado informática y secretariado de dirección, además de tener un dominio absoluto del inglés hablado y escrito. Pero su mejor cualidad no residía en el perfecto conocimiento de su trabajo sino en su gran intuición, algo que fascinó a Joan desde el comienzo de su relación profesional. Con tan solo una mirada podía adivinar el estado de ánimo de los que la rodeaban e intuía sus pensamientos. Se adelantaba a los deseos de su jefe con total predisposición para satisfacerlos. Cuando Joan se reunía con clientes o proveedores, le gustaba tenerla siempre a su lado pues intuía al instante los puntos débiles de cada uno de ellos, indicándole el camino a seguir para favorecer los intereses de la empresa. Todo ello unido a su simpatía, cultura y facilidad de palabra, además de su espectacular belleza, ocasionó lo que era de esperar, el consabido y tópico romance entre el jefe y su secretaria. Aunque la diferencia de edad era llamativa, Joan seguía teniendo un gran atractivo para las mujeres. Él lo sabía de sobra, lo que le llevaba a coquetear abiertamente con todas las que se le ponían a tiro. Los profundos ojos de su secretaria, unido a su negra melenita lisa, magníficamente cortada a nivel de los hombros, su cintura insinuante y su saber estar, no pasaron desapercibidos, desde el primer momento, a su implacable vista de halcón. Dos semanas después de comenzar a trabajar en su despacho la invitó a tomar una copa lejos de aquel ambiente tan formal. Lo demás no resultó muy difícil. El problema residía en que el jefe supremo de la empresa era su suegro y debía andarse con pies de plomo para que no se sospechara nada en la oficina. Cualquier descuido podía ser fatal, había mucho advenedizo deseando hacer méritos y si alguno de ellos les descubría no tardaría en ir con el cuento al súper, quien a buen seguro recompensaría al mensajero chivato. Por otro lado Joan no estaba dispuesto a dejar a su mujer, ya que ello le costaría el despido y su ruina, por lo que aconsejó a su secretaria que se buscara un novio y procurara ser feliz. Le costó algunos berrinches y cabreos, pero finalmente aceptó el consejo. Tardó poco en encontrar al muchacho adecuado, aunque no fue obstáculo en ningún momento para que siguieran con sus esporádicos y discretos encuentros. Solían quedar en un hotelito situado en El Prat, coqueto y apartado del entorno familiar, el Hotel París.
—Dime una cosa Julia, tengo que buscar un destino lejano para llevar a mi mujer de vacaciones, descansar y olvidarme de toda esta mierda durante unas semanas, ¿dónde me aconsejarías ir?
—¿Un lugar romántico donde pudiéramos ir tú y yo también algún día?
—No sé si nosotros podremos escaparnos algún día, qué más quisiera yo que ir contigo y que nos perdiéramos en alguna isla desierta.
—Pues iros al Caribe, seguro que se vuelve a enamorar de ti – recogió la taza de café y se despidió con evidente tristeza.
Durante cuarenta minutos Joan se dedicó a buscar viajes por lugares exóticos, hasta que encontró el destino ideal, unas vacaciones de veinticinco días recorriendo toda la geografía de Costa Rica, pero de manera pausada, disfrutando de cada uno de sus rincones y descansando en sus extensas y tranquilas playas. Imprimió toda la información que la agencia ofrecía a través de su página web, con el propósito de sorprender a su mujer cuando le presentara esta irrecusable propuesta. Necesitaban unas vacaciones como éstas para salir del profundo agujero en el que sus vidas estaban cayendo, para huir del encasillamiento al que les estaba sometiendo la política e intentar reiniciar juntos una nueva vida, lejos, muy lejos del asfixiante entorno que les rodeaba, para mirarse de nuevo a los ojos y recuperar la buena costumbre de conversar, intercambiando sus pensamientos, fantasías, deseos o anhelos, de manera sosegada y sincera. Contemplar una puesta de sol cogidos de la mano, hasta olvidar por completo al resto del mundo y sus problemas. Esto podía ser su salvación, la única y última balsa para evitar el naufragio, la separación y, finalmente, el divorcio. Aunque quizás le estoy pidiendo demasiado a un simple viaje. No me veo yo cogido de la mano de una nacionalista de Ezquerra contemplando una puesta de sol, sería pedir demasiado. Más me valdría regresar a la realidad y conformarme con disfrutar junto a ella de unas relajantes vacaciones, sin esperar postureos románticos. El mes de julio era el idóneo para este viaje, puesto que hasta las elecciones del 27 de septiembre había margen suficiente para hacer los preparativos de la campaña y así debía explicárselo a Carme. Lo más complicado sería convencerla del plan que había pensado para Biel, durante las semanas que estuvieran ausentes. Podía ser una magnífica oportunidad para que conociera a sus padres y a su familia de Cáceres, pasando con ellos el mes de julio en su pueblo, Castañar de Ibor. Sabía las ganas que tenían todos ellos de conocer a Biel y el cariño con que sería recibido. Aunque era consciente de la fuerte oposición que iba a encontrar en los dos. Será muy difícil lograrlo, por lo que debo jugar bien mis bazas. Tendré que hacerles comprender que es la mejor solución para todos. Carme sabe que estamos llegando al límite y que la tensión va en aumento debido a que está pasando por un momento crítico para sus aspiraciones políticas, en las que se involucra cada vez más. Unas vacaciones le vendrían muy bien para descansar y despejar la mente. De esta manera podría afrontar las semanas finales de campaña con mejor predisposición. En cuanto a Biel, temo que sea bastante peor de convencer y tendré que recurrir a sólidos argumentos, desplegando todo mi poder de persuasión para convencerle, siempre que consiga antes ganarme a su madre con el argumento de que es la solución ideal para que podamos viajar con la tranquilidad de dejarle en buenas manos. En fin, tengo una difícil tarea por delante.
No recordaba su cara, ni su apariencia, tan sólo el sabor de sus besos, la sensación de la ropa mojada en su cuerpo y unos senos turgentes que se transparentaban bajo una blusa azul y blanca, pegada a su piel. Espero que pueda reconocerla cuando aparezca o que ella se acuerde de mí. Jugaba con el móvil nervioso, repasando las últimas entradas en el Facebook que habían colgado sus amigos algunas fotos de la fiesta, junto con selfis variados que le ponían al día de lo que estaban haciendo en cada momento.
—Hola chico independentista ¿no te has puesto hoy la camiseta estelada?
Le sorprendió poniendo un mensaje y a punto estuvo de dejar caer el móvil.
—Hola Mireia, perdona, no te había visto. No, ya ves que hoy me he vestido de paisano.
Por un momento permaneció inmóvil, sin capacidad para reaccionar ante la sorpresa, hasta que ella se acercó para darle dos besos en la mejilla. Joder, estoy gilipollas del todo. Que le digo ahora. Parece más alta y rubia de cómo la recordaba.
—Tuvimos un encuentro pasado por agua la otra noche, ¿Qué pasó después?, ¿te dieron mucha brasa tus padres cuando llegaste empapado a casa?
Ella había tomado la iniciativa, mientras Biel seguía envarado, sin reaccionar, intimidado por su soltura y naturalidad. Después de todo ya se habían besado, aunque en aquellas circunstancias no se podía considerar un beso consciente, sino el resultado de una trompa de proporciones bíblicas. No contaba pues como inicio de relaciones, ni como una declaración de amor, aunque sí como un impulso irresistible por ambas partes. Si era cierto que los borrachos no mienten, se podría decir que realmente aquel beso respondió a un sentimiento verdadero o a una irresistible tentación, al contemplar esas dos tetas mojadas con sus dos tiesos pezoncitos. Lo mejor será ir despacio, sin precipitarse.
—Cuando llegué a casa estaban dormidos y no se enteraron de nada hasta el día siguiente, aunque no les quise dar muchas explicaciones.
Mintió para aparentar ser un tipo duro, acostumbrado a trasnochar sin interferencias de sus padres.
—Pues a mí me cayó un buen chorreo —confesó ella—. Cuando llegué me pasó como a ti, no se enteraron de nada, y al día siguiente se marcharon temprano los dos y no los vi hasta la noche. Cuando mi madre vio la ropa y me preguntó por la fiesta, le conté lo que había pasado y no les hizo mucha gracia. Como si ellos no hubieran cogido nunca un pedo de jóvenes.
Pidieron dos cervezas en la terraza del Oriental, muy concurrida a esas horas en las que la temperatura extenuante del día concedía una tregua, que todo el mundo aprovechaba para salir a la calle y respirar un poco de aire fresco. El barrio de Gracia estaba especialmente animado en verano, lleno de turistas y residentes, a pesar de que muchos de ellos se habían marchado de veraneo a la costa. Biel era un muchacho tímido, cuando no estaba arropado por sus amigos o su entorno de confianza. Aquella chica, a la que había besado con ímpetu sin haber sido realmente consciente, era una total desconocida, ante la que se sentía indefenso. Comenzó a explorar aquel terreno ignoto para saber qué suelo pisaba.
—¿Por qué me preguntabas por mi camisa estelada, es que no te gustó?
—Sí, por supuesto, es una camisa muy bonita y muy apropiada para manifestaciones y movidas de ese tipo, pero para una fiesta nocturna, no sé yo…
Se quedó sin terminar la frase mirándole fijamente a los ojos, esperando alguna respuesta que lo aclarase. Biel bajó la mirada.
—Pues a mí me gusta que todos conozcan mi postura y más ahora que nos jugamos tanto en las próximas elecciones.
Pretendía dejar bien claro desde el principio que éste era un tema prioritario en su vida. Un discurso que soltaba de manera automática en la primera ocasión que se presentaba, hasta el extremo de hacerle pasar por un fanático entre los que desconocían su militancia política. En el fondo se trataba de una cuestión muy simple, un modelo que se repetía continuamente entre los hijos y nietos de los que un día tuvieron que emigrar desde cualquier lugar de España hasta la próspera e industrial Cataluña, para ganarse la vida con su trabajo. Esto les convertía en sospechosos, se ponía en duda su catalanidad, aunque hubieran nacido en plena Diagonal. Estaban marcados con el apodo despectivo de charnegos. La mayoría de ellos se radicalizaban, para demostrar que podían ser más catalanes que nadie defendiendo postulados extremos o encabezando manifestaciones y eventos reivindicativos, con el objetivo de dejar bien claro su compromiso con la independencia, renegando de manera ostensible de todo aquello que tuviera un tufo a español. Biel tenía interiorizado el sentimiento de culpa y un complejo hiriente, no sólo por ser hijo de español sino porque, además, procedía de las pobres e incultas tierras de la Extremadura profunda. Esas eran sus raíces por parte de padre y trataba de enterrarlas, de ocultarlas o al menos disimularlas con su posicionamiento inequívoco al lado de los secesionistas más radicales. Había estado una sola vez en el pueblo de su padre, poco después de que le bautizaran, para que le conocieran sus abuelos y tíos, aunque, como es lógico, no recordaba nada de aquel viaje. La mitad de su sangre era extremeña y su apellido le delataba: Gómez. ¿Cómo podía aspirar a pertenecer al elitista club de ilustres catalanes con semejante apellido? Aunque fuera Bassols por parte de madre y su abuelo fuera un destacado representante de la rancia burguesía catalana, no dejaba de sentirse contaminado por más que se envolviera en la bandera, llevara barretina o comiera butifarras y calçons a diario. Su guerra iba mucho más allá, lo que le obligaba a demostrar en cada minuto del día su auténtica catalanidad y el deseo de separarse de la puta Espanya.
—Estás en tu derecho de defender tus ideas, yo también soy partidaria de que Cataluña elija libremente su destino, aunque si quieres que te diga la verdad, no estoy muy convencida de que con la independencia nos vaya a ir mejor que en la actualidad. Sinceramente pienso que nos iría peor.
—Pero seríamos libres de elegir nuestro propio destino. Replicó de manera acalorada Biel.
—Vale, vale, no te enfades que yo no he venido a discutir de política, por mi parte puedes pensar lo que quieras que me da lo mismo.
A pesar de su edad, algunos meses más que Biel, Mireia conocía mucho más mundo. Había vivido en varios países y en muchas ciudades, debido al trabajo de su padre, director ejecutivo en una conocida cadena de restaurantes de comida rápida. Hablaba perfectamente inglés y francés, además del español y el catalán. Los años que pasó en Londres, Paris y Madrid le ayudaron a ver el problema catalán con perspectiva diferente a la que tenía su nuevo amigo nacionalista. Era partidaria de una Europa fuerte, que sumara todas las soberanías de los estados que la componen, aunque ello supusiera una merma en su poder en favor de esa macronación llamada Europa. Sumar en lugar de dividir, para ser una verdadera potencia mundial, con un solo gobierno y una política común. ¿Qué sentido tendría un microestado como Cataluña dentro de esa gran federación? Los países que conforman la actual Unión Europea no van a consentir fácilmente que sus estados se fraccionen y que el ejemplo se multiplique por un efecto contagio, pues eso sería el fin del proyecto europeo y la ruina económica para cada uno de sus componentes y para las fracciones separadas. Si consintieran la independencia de Cataluña sería difícil poder frenar las aspiraciones secesionistas de otras regiones europeas en Alemania, Francia, Italia o de la misma Gran Bretaña. Mireia no quiso entrar en polémica y evitó plantear estos argumentos.
—Vale ya, me hago cargo de tu activismo y de la importancia que tiene en tu vida, pero hoy prefiero que hablemos de otros temas, si te parece bien. Esto es demasiado serio y si vamos a vernos solo un día o dos, hasta que me marche de vacaciones, será mejor hablar de cosas más divertidas.
Se tomaron otras dos cervezas mientras hablaban de sus vidas y sus proyectos de futuro. El paseo de Gracia estaba concurrido esas primeras tardes de verano, en las que los días se prolongaban hasta comerse la noche y los muchachos correteaban alegres, con sus vacaciones recién estrenadas. Las juntas vecinales iniciaban los preparativos de las fiestas del barrio, que se celebraban a mediados de agosto y en las que se adornaban las calles con temas originales e imaginativos, compitiendo entre ellas por llevarse el primer premio. Farolillos, guirnaldas, banderitas, globos y toda clase de figuras de papel realizadas por los vecinos, lograban un decorado artístico, diferente en cada calle, que hacían muy difícil la decisión del jurado. Todo el barrio se llenaba de turistas y hervía de actividad, divertimento, música, baile y vida. Biel lo comentaba con Mireia, que escuchaba atentamente su entusiasmado relato. Parece un buen chico, a pesar de su fanatismo nacionalista. Tal vez le vendría bien pasar una temporada lejos de este asfixiante y endogámico entorno. Pasearon por un cercano parque charlando sobre sus planes para el verano. Biel le contó, entusiasmado, las excelentes notas que había sacado en el curso y que le iban a permitir estudiar Económicas y Dirección de Empresas para hacerse cargo en el futuro de las Industrias Textiles Bassols, fundadas por su abuelo y en las que trabajaba también su padre. El sol se había escondido por completo, por lo que el gris del paisaje había sido desplazado por negras sombras iluminadas tenuemente por unas elevadas y lánguidas farolas, que penetraban tan sólo hasta la entrada del parque. Aprovechó la umbría del interior para guiar a Mireia, sujetando su cintura en un gesto protector que ella aceptó con naturalidad. Tras el largo paseo la acompañó hasta su casa, donde se despidieron con un tímido beso en la boca.
—Te llamaré mañana —sujetaba su cintura resistiéndose a dejarla marchar.
—Hablamos. Lo he pasado muy bien —contestó ella acariciándole la cara. Entró en el portal y se despidió levantando su mano derecha sin volverse.
A las ocho y media de la tarde Carme volvía cansada, con ganas de tirarse en el sofá un rato, antes de preparar con su marido algo ligero y rápido para cenar. Dejó el bolso en la mesa del recibidor y se dirigió a la sala de estar.
—¡Ya estoy en casa!
Joan escuchó la puerta y contestó desde la cocina.
—Hola cariño, estoy aquí. He salido un poco antes del despacho y he pensado que sería buena idea preparar una rica cena para esta noche. He pasado por el mercado de la Boquería para comprar unos salmonetes fresquísimos. Mira que pinta tienen.
—Menuda sorpresa —Carme se acercó, interesada por la propuesta inesperada de su marido—. Pues sí que tienen buena pinta.
Dejó el bolso y se dispuso a echar una mano cuando Joan la detuvo en seco.
—Tú vete a descansar al sofá y a ver la tele un rato, yo me encargo de todo, esta noche.
—Pero bueno, ¿Qué te pasa a ti hoy?, no querrás pedirme algo, ¿verdad? Vale, vale, cumpliré tus órdenes.
Joan sonrió satisfecho. Esto empieza bien, cuando acabemos de cenar le contaré los planes para este verano. El pescado resultó todo un éxito, perfectamente aliñado y acompañado por unas patatas a lo pobre que fueron alabadas por Carme.
—Eres un auténtico chef, aunque no te prodigas mucho. Te han salido unos salmonetes fantásticos —comentó mientras paladeaba un blanco Verdejo de Rueda puesto a enfriar dos horas antes—. Se puede saber qué celebramos.
—Bueno, ya sabes que mañana es mi santo. Además, tengo una sorpresa para ti.
Joan se levantó para coger unos folletos de la agencia de viajes que había dejado encima de la mesa baja del salón. Se los entregó y volvió a sentarse junto a ella.
—¿Qué te parece si hacemos un viaje este verano a Costa Rica? Mira que paraíso para disfrutar durante veinticinco días y olvidarnos de todo.
Su cara, mezcla de asombro y extrañeza, alertó a Joan.
—Pero de qué me estás hablando. ¿Es que no te has enterado de que tenemos elecciones en septiembre? Y, además, ¿Qué piensas hacer con Biel, dejarle aquí sólo?
Me cago en la leche, ya sabía yo que esto se iba a complicar, trataré de calmarme y hacérselo ver de la mejor manera posible. Tomó de nuevo el folleto para abrirlo delante de ella y mostrar todo su atractivo.
—Mira Carme, lleváis meses preparando estas elecciones y ya está acordado que vais a formar un frente común con los de Convergencia y la Plataforma Cívica pro Independencia. Tenéis la estrategia, las consignas y los mítines decididos. Creo que te mereces unos días de descanso, que te vendrán muy bien para estar fresca durante los últimos meses. No creo que se vaya a interrumpir el proces porque faltes unos días.
Tomó un pequeño respiro antes de seguir, comprobando que había conseguido hacerle reflexionar.
—Últimamente estamos muy tensos, demasiado estresados, llevamos una vida agotadora sin parar todo el día entre el trabajo y la política y eso está influyendo en nuestras relaciones. – paró un momento para beber un trago de vino - Apenas hablamos y cuando lo hacemos es para discutir. No tenemos relaciones desde hace no sé cuánto tiempo y esto se está yendo al carajo. Nos va a venir muy bien alejarnos de todo, salir de este entorno asfixiante y disfrutar juntos de unas merecidas vacaciones.
Hubo un silencio prolongado antes de que ella decidiera tomar la palabra. Creo que voy por buen camino, está poniendo cara de duda.
—Puede que tengas razón y que nos venga bien desconectar durante un tiempo, pero ¿Qué hacemos con Biel? Ya sabes que mis padres tienen un verano complicado de viajes y compromisos. No sé si va a querer venir con nosotros, ya le conoces.
—Cómo se va a venir con nosotros, cariño, Biel es ya mayorcito para viajar con sus padres, se aburriría y lo único que conseguiríamos sería empeorar las cosas. No disfrutaríamos ni nosotros ni él.
—¿Entonces qué hacemos, le dejamos solo?
—No, eso sería peor. A su edad dejarle sólo en casa es un peligro. Ni en la de la playa tampoco, sin nadie que le controle. Yo había pensado que sería una buena ocasión para que conozca a mi familia en Cáceres y pase estos días con ellos.
—Pero, ¡que estás diciendo!, ¿te has vuelto loco? ¿pretendes que Biel pase el verano en España, en un pueblo de Extremadura? Tú has perdido el juicio. De ninguna manera pienso consentir que mi hijo sea contaminado por los españoles, por muy padres tuyos que sean.
Carme se levantó de la mesa, moviéndose de un lado a otro del salón sin dejar de hacer aspavientos con las manos.
—Me gustaría hablar sobre esto tranquilamente, si eres capaz de calmarte un momento.
—Ya te digo que no, por mucho que trates de convencerme. Y aunque me convenzas a mí, dudo mucho que él consienta en ir a pasar el verano a tu pueblo.
Joan se pasó al sofá y, tras un breve silencio, Carme hizo lo mismo, aunque seguía mirándole con gesto desafiante, dispuesta a mantenerse firme en su postura, pero tratando de controlar la indignación que le ocasionó semejante propuesta. Joan continuó con su intento manteniendo un tono pausado en la exposición de sus argumentos.
—Mis padres han venido tres veces a Barcelona desde que nació Biel. Nosotros tan sólo hemos ido una vez al pueblo, para que conocieran a su nieto cuando tenía seis meses. La última vez que vinieron fue hace cuatro años y desde entonces no los hemos visto, lo cual no me parece justo. Además, si te acuerdas, ni Biel ni tú hicisteis el menor esfuerzo por hablar en castellano, algo que me abochornó bastante, cuando vi lo mal que lo pasaron con semejante humillación. Son españoles y eso es algo que ni pueden ni quieren remediar, porque se sienten orgullosos de ello, como tú de ser catalana. ¿Les tratarías igual si fueran franceses o italianos? Y, en ese caso, ¿dejarías que nuestro hijo pasara unas semanas con ellos en el extranjero? Pues hazte a la idea de que viven en otro país y de que, tanto ellos como su nieto, tienen derecho a conocerse y a estar juntos cuando tienen la oportunidad de hacerlo. A Biel le vendrá bien conocer otras costumbres y no le va a influir para nada en sus ideas, nadie cambia de manera de pensar porque pase unos días fuera de su casa.
Carme permaneció en silencio, reflexionando sobre las palabras de su marido. Creo que esta vez tiene razón, aunque me cueste reconocerlo, pero la idea de que pase unas semanas en España me pone de los nervios.
—No sé, no sé, deja que lo piense, aunque ya te digo que va a ser difícil que Biel pase por el aro.
Joan se levantó a buscar el folleto del viaje para mostrárselo.
—Mira que fantástico: veinticinco días recorriendo un verdadero paraíso. Llegaremos primero a San José de Costa Rica y comenzamos recorriendo las playas del Caribe, el desove de las tortugas, la ciudad de Limón y las maravillosas playas del Parque Nacional de Cahuita. Luego recorreremos el centro, La Fortuna, la cordillera del Tilarán, junto al volcán Arenal —estaba entusiasmado relatando las maravillas que encontrarían en el viaje, bien expuestas en las sugerentes fotos del folleto promocional—. Haremos excursiones en Kayak, descensos en tirolina, recorridos por extensas zonas salvajes, senderismo y otras actividades al aire libre. Luego descansaremos en las playas del Pacifico antes de regresar a casa. ¿Qué te parece?
—Te han vendido bien el viajecito, ¿eh? Muy bonito todo, pero ya te he dicho que me des tiempo para pensarlo. Lo comentaré en el partido, por si no les parece buena idea.
Al cabo de un rato llegó Biel.
—Hola, ya he cenado, me voy a la cama.
Pasó por delante de los dos sin detenerse, camino de su habitación.
—Espera un momento, tu padre quiere decirte una cosa.
—Joder, qué pasa ahora —se detuvo volviendo hacia ellos la cabeza con un gesto displicente—, ¿me vais a dar la brasa por llegar después de la cena?
—Siéntate un momento y deja de protestar —obedeció contrariado, pero con cierta curiosidad por averiguar lo que querían contarle—. Se trata de tus vacaciones. Este año me gustaría que pasaras unas semanas con tus abuelos en el pueblo. ¿Qué te parece la idea?
Le cambió la cara de repente, apareciendo en ella una expresión de asombro que paralizó todo su cuerpo. Los ojos parecían salirse de sus orbitas mientras la boca permaneció unos instantes abierta e inexpresiva.
—Estarás de broma, ¿verdad papá? ¿pretendes que vaya a España como recompensa por mis buenas notas? Desde luego que no. Si mis abuelos quieren verme que vengan ellos aquí.
—Escúchame bien, esto no es un castigo ni un capricho mío para fastidiarte, deberías tomarlo como una experiencia nueva, una oportunidad para conocer gente y costumbres diferentes, igual que si fueras a Inglaterra o a Francia. Te vendrá muy bien para perfeccionar tu castellano que, aunque lo odies, te hará mucha falta a lo largo de la vida, porque quieras o no tendrás que hablarlo y escucharlo muchas veces.
Biel miraba a su madre buscando un apoyo para rebatir esos argumentos. Ella más que nadie odiaba todo lo que tuviera relación con España y ahora estaba callada, escuchando cómo justificaba su padre semejante disparate sin decir nada.
—Pues no pienso ir de ninguna manera. Me voy a Salou a pasar las vacaciones con vosotros o solo, si vosotros no queréis venir.
—Tu madre y yo vamos hacer un viaje durante el mes de julio y lo único que te pido es que, durante esas semanas estés con tus abuelos en el pueblo.
Antes de que Biel volviera a protestar se adelantó su madre.
—Creo que no es mala idea, hijo, al fin y al cabo, son tu familia también, aunque vivan en España. El pueblo es tranquilo y agradable, comerás bien y conocerás cosas nuevas, pero sin olvidar en ningún momento quién eres y dejándoles bien claro que tú eres catalán, una nación con su idioma, sus costumbres y sus leyes, que nada tiene en común con su España.
No había terminado la frase cuando sonó el teléfono de Biel. Se levantó sin decir nada y descolgó de camino a su habitación.
—¿Qué pasa tío, has salido ya con Mireia?
—Hola Pere, has llamado en el mejor momento, joder que brasa me estaba dando mi viejo, no te puedes imaginar lo que me estaba proponiendo para este verano.
—Cuenta, cuenta ¿te va a meter en un internado de monjas? Ja,ja,ja.
—No tío, me cago en la leche, pues no va y me dice que quiere que pase el mes de julio con mis abuelos, nada menos que en su pueblo de Extremadura, perdido entre cerdos, o vacas o lo que sea la mierda que tengan allí.
Había cerrado bien la puerta de su habitación asegurándose de que nadie le podía oír
—¡Qué fuerte chaval! te veo en el pueblo de tu abuelo arreando el ganado con la boina puesta, ja, ja, ja.
—Déjate de coñas Pere, que esto es muy serio. Ni de coña me voy yo a ese pueblo de mierda, antes me escapo de casa y me voy a la playa, aunque tenga que dormir en la calle.
—Bueno y con Mireia que tal, ¿te la has tirado ya?
—Joder no seas burro tío, es la primera vez que salimos y parece una tía legal, además de que está muy buena. Hemos dado un paseo por el parque y nos hemos dado un par de picos, pero nada más.
—Menudo vaina estás hecho, ya puedes espabilar si no quieres que te la levanten.
—No serás tú, pringao.
Joan lo tenía ya decidido y no había vuelta atrás. Agradeció a Carme su apoyo, sin el cual habría sido imposible conseguirlo. Lo más difícil estaba hecho, ahora quedaba ultimar los preparativos, llamar a sus padres, sacar los billetes de avión y las reservas para el programa completo de vacaciones, además de volver a enfrentarse con su hijo para convencerle o hacerle ver que no hay ninguna otra alternativa. Quizás sea bueno que le compre algún regalo para que no le resulte tan difícil. Se acercó a su habitación y llamó a la puerta.
—Biel puedes abrirme por favor.
—Papá ya te he dicho que no pienso ir a tu pueblo, no sigas insistiendo.
Abrió la puerta de mala gana. La voy a tener que montar gorda para que me deje en paz de una puta vez.
—Escúchame bien, no te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando y no tienes ninguna otra opción. Yo mismo te voy a llevar al pueblo el próximo domingo y me quedaré un par de días contigo.
—¿Y por qué no te vas tú sólo y me dejas a mí en paz?
—Bueno, vale ya, tienes cinco días para prepararlo todo y despedirte de tus amigos. Mañana es mi santo, espero que, como regalo, aceptes ir por las buenas y es posible que tú también consigas un buen regalo. ¿No llevas tiempo pidiéndome una moto? Pues en tus manos está conseguirla.
—Todo esto me suena a chantaje, no lo esperaba de ti.
—Pues ya sabes, a meditarlo bien con la almohada y mañana me cuentas.
Joan conocía bien a su hijo y sabía que la jugada no podía fallar. Llevaba más de dos años pidiendo la moto y ni su madre ni él habían cedido. Esta era una oportunidad que se presentaba inesperadamente y haría cualquier cosa para lograr su capricho.
La noche del veinticuatro de junio era ardiente y luminosa en toda la costa mediterránea. Las hogueras de San Juan iluminaban las playas con altas llamas, en las que se quemaban los trastos inservibles, así como la lóbrega tristeza acumulada durante el largo invierno. Joan organizó una cena para la familia en el restaurante Casa Isabel, situado al final de la Avenida Diagonal, de comida tradicional y casera, pero de excelente calidad. Sentados en la mesa esperaban la llegada del primer plato jugando cada uno con su móvil, sin intercambiar ni una palabra. Menuda mierda, perdiendo el tiempo aquí cuando podía haber quedado con Mireia y aprovechar estos dos últimos días, antes de que se marche a la playa. Biel mantenía una conversación por wasap con ella. “No aguanto este rollo. K haces tú” “Preparando la maleta” “A q hora kedamos mañana” “Antes de las 9 no puedo voy de compras con mi madre” “Ok nos vemos a las 9,30 en park. Bs”
—Que os parece si dejamos un rato nuestros móviles y hablamos.
Biel y su madre le miraron con desdén, pero aceptaron la propuesta.
—Esta mañana me he pasado por la agencia de viajes para reservar los billetes. Está todo arreglado. Salimos el jueves de la semana que viene a las 8,30 del Prat. El domingo nos vamos a Castañar y me quedo contigo hasta el martes.
—Parece que te vas a salir con la tuya ¿eh? Puedes considerarlo como un regalo por tu santo. ¿Qué dices Biel, podrás superar la prueba durante unas semanas?
—No me queda otra opción —miró a su madre resignado.
—Ya, pero al parecer la recompensa merece la pena. Sabes que he estado siempre en contra de la moto, pero eres ya mayor para tomar tus propias decisiones y nosotros no podemos impedirlo. Sólo te pido que practiques mucho en la autoescuela, que domines bien la moto antes de circular por la ciudad, acuérdate de lo que le pasó al hijo de Nogués, que se quedó paralítico para toda la vida en aquel horrible accidente del verano pasado.
—Tendré cuidado mamá, no te preocupes.
Compartieron el postre de la casa, un variado de flanes y bizcochos rodeados de sirope y crema. La cena terminó dejando un regusto agridulce, tras superar algunos momentos de cierta tensión. Regresaron a casa atravesando una ciudad en pleno bullicio festivo, con fuegos artificiales y fogatas por todas partes, para celebrar el comienzo del verano. Antes de llegar Biel recibió un wasap de Ernest que abrió enseguida. “Creo que t kieren llevar a Esp de vacaciones·” “Si ya te contare” “Mañ hemos ked pa botellón en la playa. Vendrán todos y allí me cuentas” “Ok, pero no ire solo”
Tengo que llamar a Mireia para contarle lo de los nuevos planes, no sé si le va a gustar el cambio.
Pera se presentó con dos amigas de aspecto alternativo, Fabia y Roser, a las que había conocido en un concierto de música Indie. Eran poco habladoras y un tanto enigmáticas. Fabia, una muchacha de dieciocho años, delgada y menudita, llevaba un pañuelo en el pelo atado con un lazo en lo más alto, que recordaba la estética de las chicas pik-up de los años cuarenta, con unos ajustados pantalones pirata estampados en vivos colores. Roser lucía unos pantalones anchos a la altura de la cintura, pero que se estrechaban por debajo de las rodillas, lo que le daba un aspecto desaliñado y poco femenino. Era ancha de caderas y bastante más alta que su amiga. Ernest y Donat se encargaron de comprar las bebidas en un bazar de los chinos, whisky DYC y ron Bacardí con tres botellas de Coca-Cola de dos litros. Invitaron a cuatro amigas del instituto, aunque sólo se presentaron dos, Edurne y Llucía, ambas rubias y delgadas, aunque más alta Edurne y menos agraciada de cara. Biel y Mireia llegaron los últimos, cuando ya habían empezado a beber y sonaba a todo volumen una música estridente que salía del maletero abierto del coche de Donat, el único que tenía carnet de conducir, que sacó al cuarto intento, seis meses después de cumplir los dieciocho años.
—Tus amigos tienen pinta de macarrillas y esas tías parece que han salido del Poble Nou – Mireia sonreía susurrando sus comentarios al oído de Biel.
—Bueno, no seas tan quisquillosa. A esas dos es la primera vez que las veo.
—¿Qué pasa parejita?, no os dejáis ver mucho últimamente —Ernest salió a su encuentro ofreciéndoles dos vasos de plástico—. Venga, llenar las copas que esta noche vamos a montar una buena.
Donat y Pera bailaban con Edurne y Llucía mientras que las dos alternativas permanecían sentadas en la arena bebiendo y charlando entre ellas, ajenas al resto. La noche terminó mal, Fabia, la chica del pañuelo, no estaba habituada a beber, pero esa noche relleno sin parar su vaso de ron con cola, pasando por las fases de euforia contenida, baile desbocado y verborrea imparable, hasta que perdió el conocimiento mientras hablaba descontroladamente consigo misma. Roser dio la voz de alarma y todos corrieron a socorrerla, pero al comprobar que comenzaba a convulsionar, decidieron trasladarla en coche hasta el hospital más cercano. La colocaron en el asiento trasero junto a Roser y fue Biel quien hizo de copiloto de Donat para indicarle la dirección del Hospital Clinic, situado a unos cinco minutos de distancia, siempre que no hubiera demasiado tráfico. Había escuchado decir a alguien que en estos casos se debía sacar un pañuelo por la ventanilla a la vez que se hacía sonar el claxon para que los coches se apartaran de su camino y así lo hicieron.
—Venga, pisa a tope y coge la segunda a la derecha.
Donat pisaba el acelerador, pero algo no iba bien. No conseguía superar los 40Km por hora mientras los demás coches les adelantaban, extrañados de que tocaran sin parar el claxon y de ver a un tío con cara de angustia sacando un pañuelo blanco por la ventanilla, mientras circulaban a paso de tortuga.
—¡Pero quieres correr más, capullo! Que parecemos imbéciles sacando el pañuelito y dejando que nos pasen todos.
—Ya lo intento, coño, pero esta mierda no corre.
Seguían sin saber lo que pasaba hasta que Roser les gritó desesperada.
—¡Joder, quita el freno de mano, gilipollas!
Los dos amigos se miraron un segundo sin decir nada mientras Donat realizaba la maniobra de liberar el freno a la vez que se le iban enrojeciendo las mejillas.
Por fin llegaron a la entrada de urgencias del hospital y Biel entró con ella en brazos, precedidos por su amiga. Un sanitario acudió a su encuentro con una camilla.
—Ponla aquí rápido. ¿Qué le ha pasado?
—Ha bebido demasiado y se ha desmallado —contestó Biel.
El camillero les ordenó esperar en la entrada y se llevó la camilla hacia el box de diagnóstico mientras voceaba.
—¡Un coma etílico!
Durante tres cuartos de hora esperaron los tres, pegados a sus móviles sin apenas dirigirse la palabra. Los demás seguían en la playa, compungidos y expectantes, atentos al wasap que recibían de los que estaban en el hospital. Pasadas las tres de la mañana apareció Fabia aturdida y tambaleante. Venía con un papel en la mano en el que se detallaban las exploraciones y análisis realizados y las recomendaciones que debía seguir durante los próximos días. Volvieron de nuevo a la playa donde les esperaban medio dormidos el resto de amigos que, tras intercambiar opiniones y comentarios, marcharon en diferentes grupos hacia sus casas. Biel se sintió mal por Mireia y le pidió disculpas por una noche que no había sido la que él hubiera deseado como despedida. Caminaron despacio por el Carrer de la Selva de Mar hacia la Diagonal.
—Espero que lo pases bien en el pueblo de tu padre, estoy segura de que será una buena experiencia, aunque tú creas lo contrario.
—No es posible que sea una buena experiencia el que te manden a un lugar extraño, donde no conozco a nadie y la gente no tiene nada en común conmigo. Lo tomo como un castigo, como si me encerraran en un calabozo durante un mes. No tengo más remedio que resignarme, dedicarme a leer, hablar por teléfono, mandar wasap, repasar el Facebook y pasar el tiempo lo mejor posible hasta que acabe la pesadilla. Todo para que mi padre se quede tranquilo mientras ellos se pegan un viaje de puta madre, ¿tú lo ves justo después de las notas que he sacado este curso, dejándome las pestañas empollando todas las noches?
—Te comprendo Biel, lo único que te digo es que intentes sacar todo el provecho que puedas de esta experiencia y que no te encierres como un caracol en su concha. Yo he viajado mucho y he conocido gente y costumbres muy interesantes. También me sentaba fatal cuando, después de haberme adaptado a un sitio teníamos que trasladarnos a otro país y teniendo que abandonar a mis amigos, el colegio, la casa y todo lo que era habitual en mi mundo, pero a pesar de todo creo que he podido sacar provecho de todo y que eso me ha enriquecido como persona.
Caminaban despacio disfrutando la cercanía de sus cuerpos, cogidos de la mano y, de vez en cuando, se paraban para abrazarse, deteniendo el tiempo con un beso prolongado que les supo a despedida e incertidumbre. Olía a primavera en el parque, Biel se dejó embriagar por el fuerte y penetrante aroma de un arbusto que florecía cuando se aproximaba el verano, el Galán de Noche, llamado así porque sus flores se abren durante las últimas horas del día, dejando un rastro aromático que inunda y anula al resto de plantas. Mireia apenas se percató de la fragancia, quizás por la intensidad que desprendía su caro perfume de Loewe. Biel, en cambio, diferenciaba con precisión cualquier aroma, ya que había desarrollado de manera extraordinaria el sentido del olfato, posiblemente a consecuencia de una enfermedad de los ojos que le obligó a mantenerlos vendados durante más de tres meses, cuando tenía ocho años. Durante este periodo se potenciaron mucho los demás sentidos, podía identificar objetos y personas a través del tacto, diferenciando texturas, pliegues, rugosidades y relieves que se escapaban a la sensibilidad de los videntes. Se podía decir que aprendió a tocar y no solo con los dedos de las manos, sino también con el resto del cuerpo, especialmente con los labios. Del mismo modo distinguía sonidos, apreciando hasta los más finos matices, llegando a percibir aquellos que pasaban desapercibidos para cualquier oído poco educado. Identificaba por su timbre de voz y modulación, a cualquier persona de su entorno, y era capaz de precisar todos los instrumentos que sonaban en cualquier melodía o concierto. Pero el sentido que más desarrolló fue el del olfato, siendo capaz de distinguir un olor a decenas de metros y de diferenciar entre los muchos que se mezclaban en un parque como el que estaban a punto de penetrar. Biel agarró a su pareja por la cintura guiándola por la semipenumbra de aquel espacio tentador y arbóreo. Se tumbaron en el mullido césped de una pradera oculta cubriéndose de besos mientras Biel exploraba, con la yema de los dedos, territorios ocultos de su anatomía, comprobando la suavidad sedosa de su piel. Ella se dejaba llevar, empujada por la pasión, el alcohol y la noche, hasta que fue consciente del previsible paso siguiente, y tomó la decisión de poner freno a lo que podía ser irreparable.
—Creo que deberíamos dejar esto para la vuelta de vacaciones. Yo me voy mañana y no me gustaría ser tan solo un recuerdo de una noche.
—Pero tú me gustas de verdad —replicó Biel incómodo por la interrupción, cuando estaba en el momento álgido de excitación y medio desnudo – no me hagas esto ahora, por favor.
—Si te gusto de verdad tendrás que respetarme y esperar a que nos volvamos a ver. Pueden pasar muchas cosas este verano y ya te he dicho que no me gustaría ser el capricho de un solo día —Mireia se incorporó, recomponiendo su vestido y alisándose el pelo alborotado.
Retomaron el camino en dirección a la casa de Mireia, tristes, cabizbajos y con el presentimiento de que aquella separación temporal podría ser definitiva. Se conocían muy poco y apenas habían tenido tiempo para consolidar sus sentimientos, aunque la atracción era mutua, por lo que ese parón del verano, con libertad para disfrutar de nuevas compañías y sin un compromiso que les atara, suponía un riesgo que deberían afrontar antes del reencuentro.
Mireia se marchó al día siguiente para Tarragona, y mantuvo el contacto con Biel durante algunas semanas. Ese sábado, Biel se negó a salir con sus amigos y no quiso despedirse de ellos cuando, el domingo por la mañana, emprendió el viaje con su padre hacia Extremadura. Había hecho su maleta sin poner el más mínimo interés. Le daba igual una camisa que otra, iba metiendo las prendas sin previsión ni lógica, convencido de que no saldría apenas de su habitación. Con unos cuantos bañadores y calzoncillos será suficiente para todo el mes porque no pienso salir para nada y si me doy un paseo será de noche, cuando nadie me vea. Su madre no le ayudaba nunca en estas tareas. Desde pequeño le enseñó a valerse por sí mismo y cuando iba a los campamentos de verano tenía que acordarse de meter todo lo necesario en la mochila, pues, de lo contrario, sufriría las consecuencias de su descuido, lo que le servía como lección para no olvidar nada en las siguientes ocasiones. Tampoco le gustaban a su madre las despedidas y los besuqueos, a pesar de ser hijo único no disfrutó jamás de los mimos ni el cariño que cualquier madre dispensaba a sus hijos. En cambio, su padre era bastante afectivo y daba rienda suelta a sus emociones, tanto para alegrarse por sus éxitos como para enfadarse cuando hacia alguna trastada.
Salieron temprano, atravesando la ciudad hacia el oeste.
—Me pone enfermo esto de tener que pagar en cada tramo de las autopistas catalanas, menos mal que salimos ya y desde Zaragoza hasta Extremadura no hay que soltar ni un duro por circular. ¿Te has despedido de tus amigos?
Biel miraba distraídamente el paisaje, pero su mente estaba en Mireia, con la que seguía en contacto por wasap, aunque tenía el convencimiento de que iba a ser muy difícil superar la prueba del verano para una pareja que estaba comenzando a levantarse, pero sin pilares sólidos que pudieran sostenerla.
—¿Me estás escuchando? —subió el tono, irritado por la falta de respuesta.
—Sí, sí, ya te oigo, no hace falta que des voces. Estaba distraído con el paisaje.
—Vale, no tiene importancia, era sólo por conversar un rato, llevamos una hora de viaje sin abrir la boca. ¿Te apetece que paremos en Zaragoza para comer?
—Como quieras, pero no tengo mucha hambre.
Entraron por la Avenida de los Pirineos, cruzando el Ebro por el Puente de Santiago, pasando por el Paseo de Echegaray y Caballero, hacia la Avenida de Cesar Augusto, donde pararon finalmente para comer en el Restaurante La Matilde, que, según le contaba Joan a su hijo, lo recomendaba la Guía Michelin y había escuchado hablar bien de él a varios amigos. Una cocina tradicional, pero con buenos detalles en la presentación, que Joan supo apreciar. Biel, en cambio, apenas probó una ensalada y un par de chuletas de cordero con miel.
Este chico está realmente jodido, me cuesta un mundo arrancarle una palabra, pero ésta es una oportunidad única para tener una conversación sincera y profunda. No la puedo dejar escapar.
Volvieron a la A-2, camino de Madrid y Joan no paraba de darle vueltas a la cabeza sin saber cómo empezar una conversación seria y sincera con su hijo. Pero al final fue él quien tomó la iniciativa.
—¿Tú lo pasaste bien cuando vivías en el pueblo?
Era una pregunta directa, que transmitía la inquietud y el temor que comenzaba a sentir ante el nuevo mundo que se estaba abriendo ya a sus ojos, un entorno que creía o imaginaba hostil, ante el cual buscaba respuestas para poder hacerle frente.
No puedo negarle una contestación sincera, aunque lo tome como algo contrario a su ideología.
—Sí, la verdad es que fui feliz durante mi infancia y mis años mozos. En el pueblo vivíamos en libertad, me sentía libre para salir o entrar de mi casa cuando me diera la gana, para jugar con los amigos a lo que se nos ocurriera en cada momento. No teníamos muchos juguetes, ni la tecnología que hoy tenéis todos los chicos, pero tampoco la necesitábamos, para disfrutar nos bastaba con cualquier cosa. Tampoco había peligro por las calles y con un balón o una bicicleta pasábamos toda la tarde, hasta que mi madre enviaba a alguien para avisarme de la cena. La escuela estaba cerca de nuestra casa, por lo que nadie tenía que llevarme ni recogerme, mis hermanos y yo salíamos cinco minutos antes de nuestra casa y llegábamos con tiempo suficiente a la clase. Había cuatro maestros únicamente, dos para los chicos y otros dos para las chicas.
—Pero… —interrumpió Biel —¿no estabais en la misma clase los chicos y las chicas?
—Pues no, claro que no. Te estoy hablando de un pueblo de Extremadura de hace cuarenta y cinco años. Todavía no había muerto Franco. Los niños estaban separados desde pequeños hasta que terminaban el bachillerato y en la universidad porque no se podía, que, si no, también.
Volvió el silencio mientras atravesaban las extensas llanuras castellanas. Las relaciones entre padre e hijo habían sido formales, correctas y convencionales, pero nunca demasiado profundas, salvando las cuestiones políticas. Los dos echaban de menos un conocimiento más profundo de sus respectivas personalidades y de la complicidad que se establece en una relación cercana y afectiva.
No sé lo que voy a encontrarme en un pueblucho extremeño, pero no pienso hablar más que lo justo para pedir lo que necesite, ni quiero conocer a nadie.
—Un pueblo pequeño y perdido como Castañar de Ibor tiene que ser muy aburrido ¿Qué voy hacer yo un mes entero encerrado allí? No conozco a mis primos ni a mis tíos. Ni siquiera a los abuelos a los que he visto una o dos veces en mi vida. No tengo nada en común con nadie y supongo que de ciertos temas no podremos hablar. No entiendo por qué me quieres traer a este puto pueblo. ¿Es que acaso no he cumplido la promesa de aprobar el curso?
—Ya te he dicho que tendrás tu recompensa. ¿Te parece poco una moto a cambio de pasar un mes sin hacer nada? Algunos no lo consiguen ni trabajando dos o tres meses. Lo único que te pido es que seas respetuoso con los abuelos; fíjate bien lo que te digo, no te pido que seas cariñoso, sólo que seas amable y respetuoso. No es demasiado ¿verdad?
—Yo, si lo son ellos, seré todo lo respetuoso y amable que pueda, pero que no me pidan que salga ni que los acompañe a ningún sitio, esteré encerrado y si salgo lo haré sólo.
En la radio sonaba Roxette de Police y durante unos minutos escucharon ausentes, cada uno encerrado en sus pensamientos.
—Vas a tener muchos sitios para pasear. El pueblo tiene muchas cuestas y se hace duro andar por sus calles, pero por cualquier parte que mires tienes entornos fantásticos para pasear en plena naturaleza. De jóvenes salíamos muchas veces de excursión los sábados y en verano nos quedábamos en el bosque, cerca del río, acampados durante toda la noche. Lo que más recuerdo era el cielo plagado de estrellas, podía pasar horas tumbado boca arriba mirando los planetas y las constelaciones. Aquel espectáculo no lo he vuelto a ver, ni en las noches de la ciudad, ni de las de la playa. Recuerdo un día que estuvieron a punto de mordernos una manada de jabalíes que aparecieron de repente detrás de unos matorrales. Salimos corriendo como si hubiéramos visto al diablo, yo me subí a una encina y me quedé allí más de una hora sin atreverme a bajar. Menudo susto.
—Entonces ¿por qué te marchaste del pueblo si te gustaba tanto?
—En el año 83 me tocó hacer la mili en Barcelona y no me quedó más remedio que marcharme. Era un poco mayor que tú y me costó abandonar la tranquilidad del pueblo para hacer algo que no me gustaba pero que me obligaban, aunque no quisiera. Las primeras semanas lo pasé muy mal, pero poco a poco me fue gustando la ciudad y llegué a tener buenos amigos. Cuando regresé al pueblo las cosas habían cambiado, o quizás yo las veía de otra manera, porque ya no era el mismo. Comprendí que tenía que salir de allí si quería tener un porvenir. No me atraía la idea de hacerme cargo de las tierras de mi padre y él lo comprendió también. Decidí entonces volver a Barcelona, donde conservaba aún los amigos de la mili, para estudiar y formarme, con el fin de conseguir un buen trabajo. Mis padres me apoyaron y pagaron mis estudios, aunque tuve que buscarme algunos trabajos para poder pagar el alquiler y mis caprichos, antes de entrar a trabajar en la empresa de tu abuelo.
A pesar del aire acondicionado hacía calor dentro del coche, con el sol dándoles de frente durante todo el viaje. Tras dos breves paradas, la última poco antes de llegar a Madrid, rodearon la capital por la M-50 para salir por la radial R-5 hacia Talavera de la Reina, donde llegaron una hora después. Hicieron la última parada para repostar gasolina y tomar un sándwich, antes de emprender la etapa final. La carretera transcurría con cierta monotonía hasta pasar el pueblo de Peraleda; desde ese momento el paisaje se transformó radicalmente, al iniciar la ruta que conducía al monasterio de Guadalupe: una sinuosa carretera en ascensión permanente, flanqueada por un espectacular paisaje repleto de arbustos, encinas, alcornoques, robles, castaños cubiertos de matorral y setos, que te hacían sentir en estrecho contacto con la naturaleza. Inmensos bosques que cubrían las lomas y todo cuanto alcanzaba la vista. Por lo menos hay un bonito paisaje, donde podré pasear tranquilamente y perderme sin que nadie me moleste.