Piedad por sueños heredados: parte 1
(En algún lugar dentro de la Pirámide de Obsidiana)
Esa habitación larga y aterradora estaba fría; se percibía el aliento. Eso ayudaba a que la enfermedad avanzara más lentamente, pero no era una cura. Aun así, los síntomas disminuían un poco. Ningún ruido interrumpía ese silencio; ni gemidos ni llantos.
Había una puerta que daba al exterior y se abrió. Una figura entró. A cada paso, un pequeño tintineo resonaba en la habitación, como si un par de campanas chocaran suavemente. La figura era la de un hombre que llevaba una cesta de metal con varios frascos de vidrio dentro, cada uno con una de dos etiquetas. El hombre estaba erguido, caminando como un caballero al servicio de sus deberes, con una mirada severa. Era pálido, casi parecía un enfermo, con el cabello negro y la tez frágil. Caminó por la habitación hasta que encontró una cortina y la abrió, y allí encontró una cama con un hombre convaleciente acostado. El paciente tenía una toalla húmeda y doblada cubriéndole los ojos. Frío. Ayudaba a preservarlos. Al verlo, la espalda del hombre pasó de erguida a ligeramente encorvada. Respiró hondo y, sobre una mesita, colocó la cesta y sacó dos frascos. Sacó un par de jeringas de su abrigo largo y extrajo el contenido de cada frasco. Palpó el brazo del paciente, buscando la vena cefálica, e inyectó el contenido de la primera jeringa.
-—Está muy delgado…
El hombre se quedó de pie allí y acercó una silla a la cama. El silencio era brutal. Lo consumía por dentro. Aun así, el hombre, ese cuidador, sonrió al imaginar lo que su amigo le pediría. Metió la mano dentro de su abrigo y sacó un cordón del que colgaban siete tarjetas metálicas; cada tarjeta estaba hecha de un metal diferente y tenía grabadas distintas fórmulas, palabras y formas geométricas. Las inspeccionó una por una y, finalmente, eligió una.
—Le encantará esta… —pensó con una sonrisa.
Tenía 6 centímetros de ancho, 12 centímetros de largo y medio centímetro de grosor. Para ser una tarjeta, era demasiado pesada, pero le quedaba perfecta. Desenganchó la tarjeta del cordón y la sujetó entre los dientes. En cuanto soltó el cordón, se retrajo dentro de su abrigo, como si algo le hubiera tirado.
La sonrisa se desvaneció. ¡Carajo! Lo que estaba a punto de hacer...
Finalmente, cuatro minutos y medio después de la primera inyección, administró la segunda.
—¿Qué…?—tartamudeó el paciente al despertar, pero la toalla aún le cubría los ojos. —¿Quién anda ahí? ¿Eres tú?- Su voz era débil y sus palabras lentas.
—Sí —dijo el visitante. —Estoy aquí.-
—No… no puedo quitarme esto de la cara, viejo —dijo el paciente. Se resistía, pero su cuerpo no se movía. —¿Podrías…?
-Sí-. El visitante se quitó la toalla. —Me temo que la enfermedad se ha extendido y ha cortado la mayoría de las conexiones entre tu cerebro y tus músculos. Aparte del corazón, los pulmones, los ojos y la boca, no puedes moverte… -
-—Ni siquiera mis malditos párpados, ¿eh? —el paciente rió débilmente. -Qué enfermedad más aterradora provocamos...
Hubo otro momento de silencio. Duró uno, quizá dos segundos, pero se sintió eterno. El visitante conocía cada detalle del paciente y de la enfermedad; había pasado años estudiando e investigando, pero todo había sido en vano. Ver a su amigo así… lo estaba matando. Siempre se había enorgullecido de ser bueno con las palabras, y ahora se le ahogaban en la garganta.
-—Lo siento, Ky. Yo... lo intenté... en serio lo intenté... -
—Está bien, hombre. Lo sé. Tú… hiciste todo lo que pudiste, ¿verdad? Tú… intentaste hacer todo lo posible por salvarnos, ¿verdad? Aunque solo te hayas salvado a ti mismo, eso cuenta.-
El visitante no pudo contenerse más y las lágrimas comenzaron a correrle por el rostro en silencio. Finalmente, su respiración entrecortada y sus sollozos llenaron el vacío.
—¿Cuánto tiempo me queda? —Ahora Ky también estaba llorando. —No soy tan tonto, tío. Te conozco... Me pusiste algo. No me harías rogar, ¿verdad? Nunca fui partidario de la eutanasia, pero... vivir así no es una vida...
-Dos. Quizás tres minutos. Fue una dosis fuerte.-
--Entendido. ¿Podrías...? Yo... Vamos. Quítame esta toalla. —Ky rió entre dientes. —Quiero ver tu cara fea una última vez, tío. Quiero ver tus luces antes de que me vaya.
Entre sollozos, el visitante obedeció. Se miraron a los ojos durante unos segundos, preciosos segundos, por primera vez en siete años. Estaban tan cerca, más cerca de ser amantes que de ser amigos. El visitante levantó la tarjeta metálica mientras sostenía la mano de Ky; la tarjeta mostraba constelaciones, mares y desiertos hechos de estrellas. El visitante no dijo nada; su voluntad, sus pensamientos, su amor y su sangre estaban grabados en ella. Pequeños orbes de luz flotaban desde el objeto, rodeando lentamente a la pareja en un espacio aparentemente infinito de estrellas. Brillaban y tintineaban en el aire, proyectando una luz fría y melancólica sobre ambos.
—¿Dónde están Luca y Ursula, amigo? —preguntó Ky. —No se murieron, ¿verdad? —Pero el visitante no respondió. No importaban. En ese mismo momento, Ky era el centro de su universo.
Ky seguía mirando las estrellas que su amigo le había creado.
--Maldición. Son tan hermosas… y tú tan feo. Je.- Respiró hondo. —Lo… lo siento… nunca imaginé… nunca pensé… —A Ky se le cerraba la garganta. No por la enfermedad ni por la droga, solo… porque sabía que era su último adiós. - Nunca pensé que tú...
En la oscuridad, Ky y el visitante se tomaron de la mano por última vez.
Fueron sus últimas palabras. Todo se desvanecía.
-Aprovéchalo, ¿vale? Ya sé que es mucho pedir. Mierda. Supongo… que los obsidianos tenemos la peor suerte. Tío, no fue tu culpa. Ni lo pienses. —Ky tosió y sonrió. —Te… te quiero. Siempre te quise. Siento mucho no haberte dicho más a menudo.
El visitante presionó sus labios contra los de Ky.
Las estrellas se desvanecieron cuando Ky exhaló su último aliento.
—Te… te haré el favor —dijo el visitante con la voz entrecortada, entre sollozos y jadeos. Era como un nudo en la garganta. —Yo… te lo compensaré… Me convertiré en el magistrado que nos habría salvado a todos. El magistrado que jamás podríamos ser.
El visitante contempló el cadáver de su íntimo amigo durante una eternidad y guardó en lo más profundo de su memoria esa última sonrisa y ese perfecto "Te amo" que tanto anhelaba, en lo más profundo de su mente. Lamentó la muerte de su amigo en la fría soledad de aquella habitación espantosa.
Finalmente, el hombre recuperó la compostura y se levantó. Atendió el cadáver, quitó las cortinas y fijó la mirada en las noventa y seis camas restantes y sus respectivos pacientes que albergaban aquella habitación infinita.
El visitante respiró hondo. Su corazón se rompería noventa y seis veces más ese día.
—Esto les prometo a todos: seré un magistrado que podría habernos salvado a todos.