El pulso del despertar
De repente, su corazón empezó a latir con una velocidad que no era normal. No entendía qué estaba pasando. Lo único que podía hacer era sujetarse con fuerza del pasamanos del autobús, mirando bruscamente en todas direcciones, sin saber qué hacer.
Las miradas comenzaban a fijarse en él. Tenía los ojos abiertos de par en par, rojos, de manera que transmitían desesperación y ansiedad a quien los mirara, con la respiración agitada, girando la cabeza hacia todos los lados, mirando por todas las ventanas como si buscara una escapatoria. El aire de aquel lugar no era suficiente.
No aguantó más y presionó el botón de la parada. Cuando se encontraron abiertas las puertas, bajó lentamente, tambaleándose, sin poder sostenerse. Se inclinó hacia adelante, apoyando su mano izquierda sobre su rodilla y apretando el pecho con la otra mano. Levantó la mirada, dándose cuenta de la gente que lo observaba a su alrededor.
Empezó a caminar hacia su casa. Sabía que tenía que llegar, acostarse, tomar algo, hacer algo; no sabía qué, pero tenía que llegar lo más rápido que pudiera.
De pronto, como si no pudiera aguantar las ganas de llegar rápido, como si no fuera capaz de esperar unos pocos minutos, empezó a correr. Al principio lentamente, casi como un trote, pero a los pocos segundos, sin darse cuenta, empezó a acelerar. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, se encontraba en medio de la carretera, con el semáforo en rojo y autos casi encima de él. Se quedó quieto, asustado, rodeado de bocinazos.
Cuando intentó moverse, un dolor que surgía casi de la nada en sus piernas lo paralizó; sentía los músculos hechos pedazos. No le quedó más opción que caminar lentamente hasta llegar a su casa, con el corazón acelerándose a cada segundo.
Al llegar a la puerta, no era posible que siguiera en pie, pero aun así, con las manos temblorosas, intentaba abrirla; era incapaz. Cada vez que acercaba la llave a la cerradura, su mano se apartaba bruscamente, como si una parte de sí mismo se negara a abrir aquella puerta.
Entonces afirmó con la otra mano para introducir la llave. Con la puerta ya abierta, se quedó unos segundos parado frente al interior de su hogar, mirando con un miedo que no comprendía. Cuando avanzó, se encontró con aquel silencio, acompañado de un frío que cubría su cuerpo ardiente por la sangre que se movía violentamente por su cuerpo.
Caminó por los pasillos, subió las escaleras y llegó hasta el cuarto de su madre. Tocó la puerta esperando respuesta; después de una breve espera, abrió y allí la encontró, con una quietud que lo atemorizaba.
—¿Mamá? —dijo con los ojos humedecidos—. ¿Mamá? ¿Puedo faltar solo por hoy? Solo quiero pasar un poco más de tiempo contigo—.
El silencio inundó la habitación nuevamente.
De pronto, cayó de rodillas, cabizbajo, y rompió en llanto.
—Mamá… por favor… dime algo… despierta. Déjame faltar solo por hoy. Te prometo que no volverá a pasar. Por favor… respóndeme… solo respóndeme, por favor—.
Terminó diciendo mientras se dejaba caer hacia adelante, cansado, sin más llanto por soltar, con la vista borrosa que lentamente se iba perdiendo; todo se volvió negro.