Capítulo 1
Love.
Love Van Alen.
La hija de aquel. La nieta de él. La hermana de tal.
La niña prodigio. La joven hermosa. La chica perfecta, educada, inteligente, atlética.
Si. Esa soy yo. Después de todo llevo la sangre de ellos. Una mezcla genética de ambición desmedida y una capacidad casi quirúrgica para ocultar la podredumbre bajo capas de perfume francés.
Mi único pecado sería dejar que la máscara se deslice un milímetro.
Suspiro. Una fina capa de sudor se ha empezado a formar en mi frente.
– Maldición – me limpio con un papel y vuelvo a lavar mis manos por cuarta vez.
La cuarta vez en estos treinta minutos que llevo encerrada en el maldito baño maloliente de la universidad.
Este lugar es una bofetada a mis sentidos. El olor a desinfectante barato intenta, sin éxito, camuflar la humedad rancia de las tuberías viejas y el rastro de perfume dulzón de alguna adolescente que pasó por aquí antes que yo. Un olor a mediocridad, a descuido. Es el escenario menos digno para el colapso de un Van Alen.
Solo un poco más de jabón, un poco más, necesitaba quitarme toda esta asquerosa suciedad.
Abro el grifo al máximo. El agua sale fría, golpeando la porcelana violentamente, salpicando mi rostro. Enjabono mis manos, frotando las palmas, los dorsos, los espacios entre los dedos. Mis cutículas están rojas, irritadas, y la manicura francesa parece empezar a descascararse, pero no es suficiente. Nunca parece ser suficiente.
Cierro los ojos un segundo, pero el destello de la noche anterior me obliga a abrirlos rápidamente. Siento una náusea repentina y me obligo a tragar saliva, mirando fijamente mi reflejo en el espejo manchado.
Mis ojos están demasiado abiertos, demasiado alerta. Parezco un animal acorralado que intenta recordar cómo se siente ser el cazador.
– Control Love. Control – recuerdo las palabras de mi madre.
Mi vida siempre ha sido una serie de ángulos y líneas paralelas. Todo en su lugar. Pero ahora, algo se ha torcido. Hay una mancha en el diseño.
El sonido de la puerta del baño abriéndose me hace saltar. Rápidamente, cierro el grifo y seco mis manos con una tranquilidad fingida, adoptando esa postura de indiferencia que he practicado una y otra vez frente al espejo.
Es Beverly. Por supuesto que es Beverly.
Primero asoma la cabeza y luego entra con ese andar ruidoso, sus tacones cuadrados golpeando el suelo como si estuviera marcando territorio.
Fracasada.
Beverly es la personificación de la popularidad de segunda mano: ropa de diseñador que no sabe combinar o llevar, una risa que siempre suena una octava por encima de lo necesario, y esa mirada hambrienta de quien sabe que que, por mucho que lo intente, siempre será el satélite de alguien más brillante. En este caso, para mi muy mala suerte, el mío.
– ¿Love?¿Sigues aquí? – pregunta mirándome a través del espejo mientras se retoca un labial rosa que le queda fatal – Nat te está buscando por todas partes. Dice que el partido empieza en diez minutos y que te has “evaporado”.
Su tono es ligero, casi amistoso, pero sus ojos escanean mi rostro con una curiosidad maliciosa. Beverly es como un buitre: no mata, pero le encanta alimentarse de los restos de los demás. Ha notado que algo no encaja. Puedo ver cómo analiza mis mejillas ligeramente pálidas y el hecho de que mis manos están temblando de forma casi imperceptible.
Viniste en el peor momento querida.
– Estoy algo ocupada – fuerzo una sonrisa – Como puedes ver, algunos usamos el tiempo para pensar, otros para… bueno, para retocar maquillaje que no tiene salvación.
Ella aprieta los labios, la pequeña grieta en su confianza asomándose por un segundo. Adoro hacer esto. Es mi mecanismo de defensa favorito: atacar antes de que alguien tenga la osadía de preguntar de más, de decir algo que no deberían.
Claro que no siempre puedo sacar esta faceta delante de todos.
Pero funciona perfectamente con este intento barato de Megan Fox.
– Que humor – dice ella, guardando su labial con un chasquido – Solo te decía. Nat parecía… ansioso. Ya sabes como se pone cuando no tiene su accesorio favorito a la mano.
“Accesorio”. La palabra me quema. Nathaniel es perfecto, es el sol de la universidad, el heredero de… ¿de que?, no me importa una mierda sobre él. Solo sé que está hueco, vacío, es un narcisista que se mira en mí porque soy el único espejo lo suficientemente limpio para reflejar su supuesta grandeza. Y yo lo permito. Lo alimento. Porque estar al lado del sol es la mejor forma de que nadie vea tu sombra.
En cualquier otro momento lo habría dejado pasar. De hecho, las palabrerías de Beverly no suelen importarme.
Pero ahora mismo me cuesta mantener la compostura. Y ya de por sí detesto su labial rosa chillón y ese perfume tan dulce que marea.
El impulso me gana. No le doy tiempo a pensar cuando estiro mi brazo y atrapo su rostro entre mi mano, hundiendo mis dedos en sus mejillas hasta que sus horribles labios se deforman grotescamente.
Beverly intenta retroceder, pero la tengo acorralada contra la pared. Sus ojos, antes cargados de malicia, se abren con terror genuino. El labios rosa ahora es una mancha corrida que la hace parecer un payaso de tragedia griega.
– Escúchame bien, Beverly – susurro, mi voz es tan baja que el sonido del agua goteando en el lavabo parece un trueno – Vuelve a usar esa palabra conmigo. Vuelve a sugerir, aunque sea con un parpadeo, que soy un objeto a disposición de Nathaniel o de cualquier otro hombre en este maldito edificio, y te juro por el apellido que tanto envidias que me encargare de que tu única función en este sitio sea ser el ejemplo de cómo una reputación puede incinerarse en una tarde.
Aprieto un poco más. Siento el hueso de su mandíbula. El olor de su perfume dulce se vuelve más insoportable, una mezcla de flores sintéticas y sudor frío que empieza a brotar de sus poros. Me produce una satisfacción enfermiza ver como su fachada se desintegra.
– ¿Entendido? – le preguntó.
Ella intenta asentir, emitiendo un sonido ahogado. La suelto con un movimiento seco, como si estuviera desechando un pañuelo usado.
Genial. Tengo que lavarme las manos. Están sucias.
Por el espejo veo como Beverly trastabilla, llevándose las manos a la cara, jadeando. No dice nada. No puede.
– Límpiate eso – señaló su labial corrido con un gesto de barbilla – Das asco.
Me doy la vuelta y salgo del baño sin mirar atrás. Mis manos vuelven a temblar, pero esta vez es por la descarga de adrenalina. Necesito aire. Necesito espacio. Pero claro, Nathaniel está esperándome, y necesito ser la novia perfecta.
Camino por los pasillos en busca de la cancha donde se está celebrando el partido. Mis zapatos hacen eco, cada nota es una nota en una partitura que dominó a la perfección. Los pocos estudiantes que hay se apartan, algunos me saludan con una sonrisa. Para ellos, sigo siendo Love Van Alen: la chica que tiene el futuro asegurado y una sonrisa en el rostro, la que nunca tiene un cabello fuera de lugar ni una arruga en su falda.
Un papel pegado en el panel de anuncios llama mi atención. Maverick Jones. Desaparecido.
Su rostro me devuelve la mirada desde una hoja de papel pegada con descuido sobre el corcho. Es una fotografía de anuario del año pasado; Maverick sonríe con esa honestidad estúpida de los que creen que el mundo es un lugar inherentemente seguro. Tiene el cabello castaño revuelto y una chispa pícara en los ojos.
Trago saliva. Ni siquiera este maldito pueblo es seguro.
Debajo de él, Maria. También desaparecida.
– Qué tragedia, ¿verdad?
Es un profesor de historia, un hombre cuyo nombre siempre olvido, muy mediocre, pero muy amable, no me cae mal. Me mira con una lástima condescendiente, asumiendo que mi palidez se debe a la conmoción de una joven sensible ante la desgracia de sus compañeros.
– Es… inquietante – respondo. Mi voz es un susurro preocupado – Maverick era un chico muy… activo – un patán – Y Maria era una increíble artista. Espero que los encuentren pronto.
Pongo una mano en mi pecho y le doy una sonrisa de boca cerrada al profesor.
– Todos lo esperamos, Love