La vida del rey Alistair 👑

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Summary

Todo empezó en el año 1150 D.c , la Reina Elara da a luz en su camara privada al pequeño principe Alistair , su padre , el Rey Albert II era un Rey despiadado y conquistador de reinos y tierras . A los 15 años de edad , el principe alistair decide hacerle frente a su padre , el cual lo tomo como fraude y desterro a su propio hijo al mundo de la edad media. Conflictos , guerras , enfermedades , supervivencia ect…

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo 🛡️

La reina Elara gritó.


No era un grito de dolor, aunque el dolor lo partía todo en dos. Era un grito de guerra, de mujer que empuja vida hacia un mundo que no la merecía. Las damas de compañía corrían con paños empapados en agua caliente. La comadrona, una mujer arrugada como pasa que había traído al mundo a cuarenta y tres niños, susurraba oraciones en una mezcla de latín y lengua antigua.


Afuera, en la capilla del castillo, el rey Alberto II no rezaba.


Esperaba.


No era hombre de arrodillarse ante nadie, ni siquiera ante Dios. Prefería que Dios se arrodillara ante él, como hacían los reyes vencidos que desfilaban encadenados por su salón. Alberto el Conquistador, le llamaban. Alberto el Despiadado, susurraban los siervos cuando nadie les oía.


Había quemado siete aldeas el año anterior. Había ahorcado a tres nobles que osaron desafiarle. Había tomado dos reinos y medio, y estaba tramando cómo tomar el tercero.


Pero en aquel momento, con las manos manchadas de sangre que ni el agua bendita limpiaría, esperaba.


—Es niño —dijo la comadrona, apareciendo en la puerta de la capilla con las manos aún rojas—. La reina está débil, pero vivirá. El niño...


Se detuvo.


El rey levantó una ceja. No se levantó de su sitial de piedra.


—¿El niño?


—Es pequeño, mi señor. Muy pequeño. No sé si...


—Que viva o que muera no es cosa tuya —la interrumpió el rey, poniéndose en pie con la lentitud de quien sabe que el mundo espera sus movimientos—. Es cosa de Dios. Y de mí.


Atravesó el claustro sin mirar atrás. La comadrona se persignó.


Cuando el rey entró en la cámara real, las damas bajaron la vista. El olor a sangre y a esfuerzo llenaba la habitación. Las ventanas estaban tapiadas con paños gruesos, como mandaba la costumbre: ningún aire maligno debía tocar al recién nacido. En la chimenea, un fuego que llevaba ardiendo tres días luchaba contra el frío de febrero.


La reina Elara yacía en el lecho, el rostro blanco como el mármol de las tumbas, el cabello pegado a las sienes. Pero sus ojos, azules como el acero bien templado, miraban a su esposo sin miedo.


Nunca le había tenido miedo.


Por eso la odiaba un poco. Por eso la amaba un poco más.


—Enséñamelo —ordenó el rey.


La comadrona se acercó con el bulto envuelto en lino blanco. El rey apartó el paño con un dedo.


El niño era pequeño. Demasiado pequeño. Tenía los ojos cerrados y el puño apretado, como si ya supiera que el mundo en el que acababa de aterrizar no era lugar para débiles.


—Tiene tus ojos —dijo Elara desde el lecho, la voz cascada—. Y tu terquedad. No ha querido salir hasta que ha decidido que era el momento.


El rey miró al niño un largo rato.


Luego hizo algo que nadie esperaba.


Sonrió.


—Se llamará Alistair —dijo—. Como mi abuelo. El que construyó este castillo con sus propias manos y con la sangre de sus enemigos.


Sostuvo al niño un momento. El peso era diminuto, insignificante. Tan fácil de aplastar.


Pero no lo aplastó.


Lo devolvió a la comadrona y se volvió hacia la puerta.


—Que viva —dijo sin mirar atrás—. Ya veremos si merece la corona.


Salió sin despedirse.


La reina Elara cerró los ojos y susurró algo que solo la comadrona escuchó:


—Será mejor que tú, Alberto. Será mejor que todos nosotros.


La comadrona no respondió. Pero cuando miró al niño, vio algo en sus ojos recién abiertos.


Algo que no supo explicar.


Algo que, quince años después, recordaría cuando llegaron las noticias desde el castillo.


El príncipe Alistair ha sido desterrado.